Chapter 5 SUMMARY, CONCLUSION AND RECOMMENDATIONS 58
5.1 Summary and conclusions 58
Ahora bien, cabría preguntarse el por qué de una oposición tan férrea a que la educación, y por extensión la sociedad en su conjunto, se dirija principalmente por criterios tecnocráticos, productivos y económicos, cuando el supuesto común invita a pensar que el desarrollo económico y productivo traerá como resultado mejores condiciones de vida a la sociedad que lo sustenta. Desarrollo económico y mejoramiento de las condiciones de vida serán asumidos en una relación causal, en donde el primero de los términos de la relación es la causa condicionante para la emergencia del segundo. Sólo podrá haber progreso social, si, y sólo si —nos dice este supuesto— existe desarrollo económico previo, el cual traerá consigo el resto de beneficios que una sociedad necesita para poder conducirse en paz y armonía, como lo es el desarrollo cultural, cívico, moral, democrático, etc.
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Sin embargo la evidencia demuestra166 que el desarrollo económico per se no es condición suficiente para generar progreso, estabilidad y calidad de vida al conjunto de la sociedad que genera dicho desarrollo, si es que no va acompañado de aquellos elementos indispensables para formar una ciudadanía responsable y consciente del papel fundamental que juega ella misma en la estabilidad para con un sistema democrático. Más aún, son estos mismos elementos formadores de una ciudadanía provista de conciencia y responsabilidad social, las que posibilitan un ambiente idóneo para la inversión económica, la innovación y la creatividad empresarial, que redundarán a la postre, en prosperidad económica sustentada, esta vez, de los mismos principios formadores de ciudadanía. De esta manera, un sistema educativo orientado exclusiva o principalmente a la generación de renta y al crecimiento económico, margina, y en ocasiones excluye, de su repertorio cognitivo las bases culturales que garantizan la formación de una ciudadanía como la antes descrita. He aquí el principal cuestionamiento a un planteamiento educativo que no considere esta dimensión humana dentro de su proyecto formativo, ya que al subestimar una formación integral se pone en riesgo la propia convivencia democrática, relegándose que “la guerra contra el mal físico (…) no debe ser tan furioso que incapacite al hombre para gozar de las artes de la paz”167.
Cuestionamos, por tanto, el paradigma que establece el crecimiento económico como el principal eje sobre el que debe orientarse las políticas educativas, ya que en dicho paradigma
“[…] no importan la distribución de la riqueza ni la igualdad social. No importan las condiciones necesarias para la estabilidad democrática. No importa la calidad de las relaciones de género y de raza. No importan los otros aspectos de la calidad de vida que no están vinculados con el crecimiento económico […] Por tanto, producir crecimiento económico no
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Véase a este respecto las diferentes publicaciones del “coeficiente de concentración de Gini”, herramienta de medición de la desigualdad en la distribución de la riqueza entre la población que la produce, que muestra la clara tendencia a la concentración económica en sociedades con débil institucionalidad democrática.
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equivale a producir democracia, ni a generar una población sana, comprometida y formada que disponga de oportunidades para una buena calidad de vida en todas las clases sociales”168.
Así pues, el modelo de desarrollo económico no garantiza por sí sólo la creación de una sociedad más justa, democrática y cohesionada si no va de la mano con un modelo que priorice el desarrollo humano del individuo y de la sociedad como condición de posibilidad de un progreso económico de componente ético, basado en ideales y valores que fomenten la integración, cooperación y comprensión entre seres humanos. Así, los sistemas educativos, inspirados en criterios que priorizan el crecimiento económico, la competitividad entre personas, la maximización de utilidades y un exitismo social basado en la posesión material, se encuentran cada vez más cuestionados como herramientas sociales que permitan un desarrollo humano acorde a los valores que lo sostienen, generando un ambiente de crisis sistémica entre aquellos encargados de concebir la institución educativa, los encargados de implementar los procesos educativos, y la sociedad resultante de todo aquello.
Dadas las incompatibilidades entre las directrices de los sistemas educativos basados en criterios de autoridad jerárquica, orden y control social, sumisión, adaptabilidad, obediencia y represión, y una ciudadanía ávida de convivencia y ejercicio democrático, emerge un escenario de crisis institucional del modelo educativo clásico. Dicho modelo buscaba conciliar los aspectos integradores, igualadores y desarrollistas para el conjunto de la sociedad, obviando de su diseño y ejercicio educativo, las relaciones sociales que generan las estructuras económicas y productivas imperantes, contradictorias respecto a los objetivos buscados de desarrollo humano, integración social e igualadora de oportunidades.
Etimológicamente el concepto de «crisis» lo podemos rastrear hasta su denotación griega «krinein» que indica la acción de decidir, distinguir y escoger, y de donde proviene el campo semántico de términos como criterio y crítica.
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Una segunda acepción, y la única que se mantuvo hasta ya entrada la edad moderna, es la que procede del ámbito médico, según la cual, una crisis es un momento crucial en el rumbo de una enfermedad, ya sea para la mejoría o empeoramiento de la misma. Es por ello que se puede hablar con toda propiedad de una “buena” o “mala” crisis dependiendo del desenlace del evento crítico169. De esta manera, ambas acepciones invitan a la configuración de un concepto en términos de juicio y resolución —en tanto que decisión final de un proceso—. “La crisis «resuelve», pues, una situación, pero al mismo tiempo designa el ingreso de una situación nueva que plantea sus propios problemas”170. Dicha resolución no evita la existencia de nuevas situaciones críticas, sino que presenta un escenario nuevo y distinto al anterior, con nuevas problemáticas, peligros y desconfianzas, pero también con nuevas posibilidades de renovación y superación. Ya que una característica fundamental de la vida humana es la pretensión a vivir orientada y confiada, es común que tan pronto esta vida entra en una situación crítica, busque la forma para salir de la misma.
Toda crisis no debe, necesariamente, valorarse negativamente, siempre que entendamos el concepto en términos de «posibilidad» y «superación» de una realidad problemática. La tarea será, pues, buscar entre ese abanico de «posibilidades» aquella que conduzca a una vida humana que supere la condición crítica en la que se encuentra. En el caso propiamente educativo, el reconocimiento de una situación crítica permite la reflexión y búsqueda de soluciones acordes a las nuevas condiciones de vida existentes, y a las sensibilidades de una ciudadanía cada vez más madura y consciente de la responsabilidad común que le cabe en la construcción de un mundo global e interdependiente. Una vez conscientes del hecho de vivir en un mundo interconectado y que las decisiones tomadas en un punto del globo repercutirán en el opuesto, se hace imprescindible en la toma de decisiones globales la participación de grupos humanos cada vez mayores, que permitan
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Respecto al concepto de crisis y sus derivados en la sociedad contemporánea, véase de Jordi Pigem, Buena crisis. Hacia un mundo postmaterialista, Kaidos, Barcelona, 2009.
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una comprensión más acabada de las comunes necesidades compartidas por todos.
Ahora bien, para lograr que dicha participación conjunta obedezca a los principios de colaboración, integración, comprensión y desarrollo armónico entre los diversos grupos humanos, es menester la emergencia de un sistema educativo que se oriente según estos criterios y valores, que permita la correspondencia entre aquello que se busca y aquello que se lleva a la práctica. Esta batería de valores que potencian el desarrollo de lo humano como concepto aglutinador y universal, tanto del mundo interior de cada individuo, así como también en el contacto con el resto de seres humanos, lo encontramos en la apuesta por una educación cultural integradora de todas las formas de expresión humana, en la que quede patente la diversidad existente y por sobre todo, las raíces de las tensiones y conflictos que ha generado el contacto permanente entre distintos grupos humanos, para así detectar las causas del malestar social y la, muchas veces, arbitrariedad y contingencia de éstos.
Sobre el concepto de «cultura» —y sin querer adentrarnos en discusiones sociológicas ni antropológicas aún abiertas en torno a esta cuestión, en especial a su comprensión en términos de continuación, negación, superación u obstáculo de su par «naturaleza»— lo entenderemos como “el subsuelo de carácter valorativo”171 que subyace a todo acontecer humano, en donde el hombre crea y modifica su realidad natural transformándola cualitativamente; un conjunto de ideas, saberes y creencias que orientan la existencia concediendo sentido y rumbo, construyendo, al mismo tiempo, marcos de acción que permiten al ser humano ciertas seguridades; un piso medianamente firme sobre el cual poder construir su mundo, sabiendo a qué atenerse dentro de un devenir complejo, problemático e inestable.
Cultura, es como
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“[…] «un movimiento natatorio», un bracear del hombre en el mar sin fondo de su existencia con el fin de no hundirse; una tabla de salvación por la cual la inseguridad radical y constitutiva de la existencia puede convertirse provisionalmente en firmeza y seguridad. Por eso la cultura debe ser, en última instancia, lo que salva al hombre de su hundimiento […] La cultura podría definirse así como aquello que el hombre hace, cuando se hunde, para sobrenadar en la vida, pero siempre que en este hacer se cree algún valor”172.
Entendida de esta manera la cultura será el conjunto de ideas fundamentales sobre las cuales el hombre construye su mundo y da sentido a su existencia y a la existencia del resto de seres humanos, trasmitiendo dicho conjunto de ideas de generación en generación, y produciéndose transformaciones, a veces radicales, de estos sistemas culturales, siendo, por tanto, epocales —propios de cada período histórico—; y vitales —sin las cuales el ser humano no puede desarrollar su existencia—; “Cultura es lo que salva del naufragio vital, lo que permite vivir al hombre sin que su vida sea tragedia sin sentido o radical envilecimiento […] es el sistema vital de las ideas en cada tiempo”173.