Chapter VI. Synthesis
1. Summary and discussion
Ante el mostrador de ‘Lufthansa’ había un grupo de portugueses que ha- blaban un inglés fluido y mantenían una animada charla con las esbeltas y
El autor de este libro con el mismo dorsal y ropa que usó en la ‘Spartathlon’ griega.
plateadas azafatas alemanas, las cuales les hacían entrega de una especie de ‘souvenirs’ a cambio de unos ‘tickets’. No comprendía el trueque que estaban llevando a cabo, ni maldita gana que tenía de entenderlo. Eso sí, hacían gala de un excelente buen humor, lo cual maldije en esos momentos, deseando que llegara pronto el fin del feliz mercadeo.
Aún no habían acabado los portugueses con el asunto de los ‘tickets’ (que se me antojaba interminable), cuando casi me entrometí, anunciando con cier- ta vehemencia la cuestión que me atormentaba y que no era otra que el extra- vío de mis pertenencias.
Pero las empleadas de ‘Lufthansa’ no comprendían lo que, con encomiable esfuerzo, intentaba explicarles en mi inglés lamentable. Una de ellas preguntó entonces a los lusos si yo iba en su grupo. Le contestaron que no, extrañados, pero ello sirvió para que uno de los mismos —de tez morena, cabello acicalado y rostro afable—, que hablaba español, se interesara por mí y, una vez que le hube expuesto la cuestión, pusiese a ambas mujeres al corriente del problema que me traía a mal vivir.
El griego flaco y huesudo, que me auscultaba en un segundo plano, sí sabía qué era exactamente lo que me sucedía, pero no abrió la boca.
Di las gracias, de corazón, al vecino portugués por su ayuda y le seguí con la vista cuando se perdió a lo lejos con los demás, con tanta tristeza como nostalgia.
Allí y entonces me di perfecta cuenta de lo ignorante que yo era. Tenía tí- tulos universitarios, masters y otras acreditaciones de conocimientos, pero no lograba comunicarme con mis semejantes ni de la forma elemental… Pocas veces me sentí tan indefenso en mi vida. Un hombre podrá saber muchas cosas, ser una eminencia en la economía, el derecho o la ciencia matemática, pero si no es capaz de comunicarse con los demás fuera de su país en un lenguaje universal, estará perdido y se verá abocado al fracaso, seguramente. Quede ahí mi reflexión fatalista.
El griego que se encargaba de los equipajes, de pelo desaliñado, cara hundi- da y ojos sancionadores (así lo recordaré siempre), seguía escrutándome desde detrás del mostrador. Él —famélico y sombrío— y las dos espigadas alemanas —rellenitas y rubias, cuan sendos querubines—, formaba un trío extraño. Todo parecía indicar que el empleado de los equipajes actuaba a las órdenes de ambas mujeres, pero, en aquéllos momentos de frustración, yo lo veía —desde luego, infundadamente, pobre hombre— como un meticuloso y malvado ma- quinador que movía los hilos desde la sombra, tal era mi fobia hacia él.
Historias de la Maratón, los 100 kms. y otras largas distancias
Les entregué el resguardo que acreditaba que los enseres perdidos habían sido facturados en Asturias (España). Teclearon los nombres en el ordenador y, al poco rato, localizaron la ubicación de mi equipaje: Santa Cruz de Tenerife, también en territorio español. Consigo entenderles que tardarán dos días en llegar a Atenas. Demasiado tarde, maldigo.
Todo parece estar perdido. Me derrumbo sobre el mostrador y me pongo a llorar. Y no me avergüenzo de haberlo hecho. Lloré de rabia, de impotencia, de frustración… de todo lo imaginable e inimaginable. No me puedo creer que haya tenido tan mala suerte. Me maldigo a mí mismo y a la compañía aérea es- pañola. De entre todos los viajeros, tenía que sucederme precisamente a mí…, que había estado un año entero realizando sacrificios inhumanos para poder llegar a punto en Atenas. Y ahora, en el momento crucial, iba a verme privado —por la ineptitud de unos empleados— de lo que más falta me hacía: la ropa para el Monte Parthenio y los avituallamientos.
Las dos empleadas de ‘Lufthansa’ abrían mucho los ojos ante mi conato de desesperación. El griego continuaba impasible.
Les anoté en un papel el nombre del hotel de Atenas en el que me iba a alojar y mi dirección en España. En esos momentos no tenía claro a dónde irían a parar mis pertenencias. ‘A donde sea’, refunfuño para mis adentros, teniendo en cuenta lo dramático de la situación. Durante unos instantes ya todo me da igual. Asumo, en lo más profundo de mi mismo, que he perdido la partida sin remisión.
En un extremo de la solitaria sala del aeropuerto, la tripulación del ‘airbus’ en el que había viajado, con sus uniformes impecables, me contemplaba con indiferencia. Cual si fueran los instrumentos, con sus coquetas maletas negras parecían formar una especie de orquestina, dispuesta a comenzar su dulce tro- va en cualquier momento.
En el mostrador las chicas de ‘Lufthansa’ me hacen firmar unos papeles y me envían a la oficina de ‘American Express’. Son las dos de la madrugada, aproximadamente. Busco la citada dependencia por el aeropuerto. Cuando la encuentro no tengo claro para qué me envían a la misma. Dentro de una espe- cie de blindaje hay dos mujeres jóvenes. Les entrego los papeles. Me preguntan si marcos o dracmas. Me quedo pensativo…
Interpreto que me quieren cobrar una especie de fianza e intento explicar- les que yo soy un perjudicado, que mi equipaje lo ha perdido una compañía aérea y que no voy a pagar nada. Creo que no me entienden. Hablan entre ellas, me estudian severamente durante unos instantes y hasta se incomodan la una
con la otra. Por fin, me extienden un documento para que lo firme. Dudo , pero decido rubricarlo, porque he entrado en una dinámica en que todo empieza a darme igual Sólo quiero irme a dormir y llamar a Hilda, mi esposa, para des- ahogarme un poco. (Como siempre, mi pequeña hada volvería a ser el soporte en los momentos difíciles).
Me sueltan una indemnización en dracmas, cuya cuantía no recuerdo, por- que además ni conté el dinero. Lo deposité en un bolsillo del chándal, sin mucha convicción, pensando sólo en salir al exterior del aeropuerto y respirar un poco de aire fresco. (Fragmento de ‘Odisea en Grecia: tras la huella de