El puma y el muchacho descansaron largo rato, mientras Polulu se lamía sus heridas, y cuando Bomba reinició su viaje, el carnívoro lo acompañó un trecho por la jungla.
Se hacía tarde y Bomba se preguntaba ya si podría visitar la aldea de los Araos y regresar a su casa el mismo día.
Naturalmente, no le preocupaba la idea de pasar la noche en la selva. Lo había hecho muchas veces y nunca se asustó por ello. Ahora, acompañado por Polulu, estaría a salvo de cualquier peligro.
¿Pero, y Casson? Debía pensar en el anciano. En cualquier momento podría producirse el ataque de los feroces cazadores de cabezas de Nascanora. Y cuando tal cosa ocurriera Bomba deseaba estar al lado de su viejo amigo para vivir o perecer con él, según lo quisiera el destino.
Continuó avanzando lo más rápidamente posible, con la jaboty colgada sobre los hombros y Polulu marchando a su lado. Se acercaba ya a la maloca, y si era posible llevar a cabo su misión y regresar antes de medianoche estaba dispuesto a hacerlo.
Apretó el paso acompañado de Polulu, quien con su presencia alejaba no sólo a los enemigos de Bomba, sino también a sus amigos, los monos y papagayos los cuales se apartaban apresuradamente al ver el terrible guardián que iba a su lado.
Cuando se acercaron al sitio donde Bomba esperaba encontrar a la tribu el muchacho se despidió de Polulu, diciéndole que si los indios lo veían acompañado por un puma considerarían poco amistosa su visita.
Aunque el carnívoro quizás no entendió claramente estas palabras, se hizo cargo de que ya no lo necesitaban, y después de restregar una vez más su cabeza contra el cuerpo del muchacho, se alejó de su lado. No obstante, Bomba tuvo el presentimiento de que no se había apartado mucho y de que se mantenía cerca por si era necesario acudir de nuevo en su ayuda.
El muchacho comenzó a sentirse algo preocupado porque no tenía más nada que llevar a los Araos. Tanto tuvo que hacer para conservar la vida durante ese día lleno de sobresaltos que no había tenido tiempo para buscar otra presa.
En cierta oportunidad le pareció que la fortuna iba a favorecerlo. Fue cuando vio a un tapir parado cerca de un arroyo. Pero el animal lo había visto, y desapareció como una sombra en las profundidades de la jungla antes de que Bomba pudiera tender su arco.
Esto le molestó bastante. La carne de tapir habría sido un suculento presente para los Araos. Cargado con un regalo así era difícil que los indios no lo recibieran cordialmente.
Empero, no disponía de más tiempo para cazar. Al menos contaba con la tortuga, y podía prometer a los nativos que más adelante les llevaría más caza si le daban las hamacas que necesitaba.
En ese momento resonó en los alrededores el redoblar de un tambor. Bomba se detuvo aguzando el oído.
Era seguro que se hallaba cerca de una maloca india. El médico brujo de la tribu estaba batiendo el tambor para propiciar a alguno de los dioses que adoraban los nativos.
¿Sería la aldea de los Araos? Así debía ser, si no se equivocaba en sus cálculos. Empero esto no era seguro, ya que esas tribus cambiaban frecuentemente de ubicación al seguir los senderos de caza o buscar mejores sitios para pescar.
No obstante, aunque se tratase de alguna otra tribu, Bomba no creía tener motivos para temer un ataque. Los cazadores de cabezas eran los únicos enemigos reales que tenía en la selva.
Así pues, continuó la marcha, tratando de ahogar un vago presentimiento que se despertaba en su interior y parecía advertirle que no todo era como debería ser.
Muy pronto se dio cuenta de que estaba muy próximo a la aldea.
De acuerdo con la etiqueta india batió palmas y lanzó un grito de aviso. El eco de su grito murió en la selva, mas no hubo respuesta para el mismo.
Bomba esperó pacientemente, sin dar muestras visibles de intranquilidad. Al cabo de un momento volvió a gritar elevando más la voz.
Tampoco obtuvo respuesta esta vez, y comenzó a sentirse muy preocupado.
Si los indios hubieran estado dispuestos a recibirlo amistosamente, ya habrían enviado a un explorador para ver quién era el visitante y qué deseaba, y darle la bienvenida a la maloca.
Bomba gritó por tercera vez sin obtener respuesta. Todos los sonidos indicadores de actividad humana se habían apagado, y en los alrededores reinaba un silencio sepulcral.
De pronto el muchacho tuvo la impresión de que la jungla estaba llena de formas sombrías y furtivas. Le pareció que tras de cada árbol y cada matorral se ocultaba un enemigo que aprestaba ya el arco para atravesar al intruso con sus flechas.
Sin embargo, Bomba se quedó donde estaba, sin mover ni un solo músculo ni dar señales de alarma.
Oyó de pronto un ruido leve a sus espaldas y giró rápidamente sobre sus talones.
Allí, donde un momento antes no había habido nada, se hallaba un magnífico guerrero indio de piel morena y un metro ochenta y cinco de estatura.
No sonreían los labios del indio. Sobre su rostro se veía una mueca tan feroz que Bomba sintió que le daba un vuelco el corazón.