3.3.2.1. Estado de salud y autonomía funcional
Un estado de salud física deteriorado se ha asociado de forma consistente con un mayor nivel de soledad (de Jong Gierveld, 1987; Koropeckyj‐Cox 1998; Long y Martin, 2000). Las medidas de salud utilizadas son habitualmente de tipo subjetivo, preguntando a la persona cómo evalúa su propio estado de salud. Sin embargo, también se han utilizado medidas objetivas, midiendo distintos aspectos de la salud (presión sanguínea, diagnósticos de enfermedades crónicas, toma de medicamentos, etc.) (Cacciopo y cols., 2000; Tomaka, Thompson y Palacios, 2006)
Victor y cols. (2002a) obtienen que dos de los factores que se asocian con una mayor vulnerabilidad a la soledad en personas mayores son un estado de salud pobre y la percepción de un empeoramiento de la salud con la edad.
Mullins, Elston y Gutkowski (1996) observaron que la salud subjetiva, junto al nivel económico, era el factor que más se relacionaba con la soledad de forma negativa. En otro estudio con personas muy mayores (80+), los dos predictores más potentes de la soledad, después de controlar el efecto de otras variables, eran la salud auto‐percibida y tener problemas de audición (Kaasa, 1998). Otras investigaciones también han detectado una correlación positiva significativa entre la presencia de problemas visuales y auditivos y la soledad (Dykstra y cols., 1999; Savikko, Routasalo, Tilvis, Strandberg y Pitkälä, 2005).
Por otro lado, se ha encontrado una relación directa entre la soledad y distintas medidas objetivas de salud, como la presencia de enfermedades crónicas, tener problemas cardiovasculares, una mayor presión sanguínea y un peor funcionamiento del sistema inmunitario (Cacciopo y cols., 2002a; Hawkley y Cacioppo, 2003; Russell, 1996; Sorkin, Rook y Lu, 2002). En un estudio de Havens, Hall, Sylvestre y Jivan (2004), con personas mayores residentes en el entorno rural y urbano, el único factor común que predecía la soledad era la salud física, medida de forma objetiva por la presencia de cuatro o más enfermedades crónicas.
La relación causal entre salud y soledad se puede dar en las dos direcciones. Se ha propuesto que la soledad puede empeorar el estado de salud mediante distintos mecanismos. Fees, Martin y Poon (1999) proponen que fuertes sentimientos de soledad predicen una evaluación subjetiva de la salud más negativa. En su modelo, la soledad también actúa como mediadora en el efecto de otras variables, como la edad o la ansiedad, sobre la salud. La soledad también se ha asociado a comportamientos poco saludables como el consumo de alcohol y tabaco o una dieta pobre. Las personas que se sienten solas pueden no cuidar su salud física tanto como otras personas que reciben apoyo social sobre los comportamientos saludables. Caccioppo y cols. (2002a) proponen distintos mecanismos causales por los cuales la soledad puede llevar a padecer
problemas de salud tanto a corto como a largo plazo. Plantean que, en las personas que se sienten solas, los mecanismos restaurativos del sueño se encuentran alterados y se produce un efecto negativo en la salud. Los resultados de un estudio con personas mayores apoyan esta hipótesis (Caccioppo, Hawkley y Berntson, Ernst, Gibbs, Stickgold, y Hobson, 2002b).
En otro estudio, Sorkin, Rook y Lu (2002) encuentran que altos niveles de soledad se asocian con una mayor probabilidad de padecer enfermedades coronarias después de controlar el efecto de la edad, otros problemas de salud y el estado de salud percibido. Sin embargo, ninguno de los mecanismos mediadores analizados (factores fisiológicos, conductas saludables y estados afectivos) resultan significativos.
En sentido contrario, se ha planteado que un estado de salud deteriorado y un bajo nivel de autonomía también pueden conducir a un aumento de la soledad, debido a la reducción de las posibilidades de interacción social y a la imposibilidad de mantener el estilo de vida (Slivinske, Fitch y Morawski, 1996). Por ejemplo, las personas mayores dependientes obtienen generalmente más ayuda instrumental, pero ven reducidas sus posibilidades de compartir actividades de ocio y de relacionarse con amigos y conocidos fuera del hogar (Victor y cols., 2002a). El aumento del apoyo instrumental también puede aumentar la tensión en las relaciones con los cuidadores familiares y, por tanto, disminuir la probabilidad de que las necesidades emocionales sean satisfechas (Walker, Acock, Bowman y Li, 1996).
Todavía no se ha encontrado una explicación concluyente sobre los mecanismos causales que subyacen a la relación entre salud y soledad. Probablemente soledad y estado de salud son dos variables interrelacionadas que se influyen mutuamente y que correlacionan con otras variables, dificultando la distinción entre antecedentes y consecuentes.
3.3.2.2. Salud mental
La soledad también se asocia en numerosos estudios con la presencia de problemas de salud mental, como la depresión y la ansiedad (Cacioppo y Hughes, Waite, Hawkley y Thisted, 2006; Heikkinen y Kauppinen, 2004; Jones y Hebb, 2003). También se ha encontrado una relación significativa entre la soledad, el suicidio y la ideación suicida (McWhirter, 1990; Rubenowitz, Waern, Wilhelmson y Allebeck, 2001).
Las correlaciones entre soledad y depresión oscilan de 0,38 a 0,72 en distintos estudios (Alpass y Neville, 2003; Cohen, 2000; Mullins y Dugan, 1990; Young, 1982). El contenido de las escalas de depresión y soledad en ocasiones se superpone y, por tanto, resulta complicado separarlas de forma empírica. Sin embargo, se han establecido diferencias teóricas entre los conceptos de soledad y depresión. La soledad tiene características distintivas, como su origen en la ausencia de relaciones sociales o el impulso de aliviarla buscando el contacto con otras personas. Por su parte, la depresión es un fenómeno mucho más amplio que la soledad. Sin embargo, la soledad puede ser un precursor de síntomas depresivos, siendo ambos indicadores importantes del bienestar subjetivo (Koropeckyj‐Cox, 1998; Weeks, Michela, Peplau y Bragg, 1980).
Otros autores han argumentado que el aumento de la soledad y la depresión en la edad avanzada se explican por una compleja red de factores que tienen que ver con las pérdidas de salud, la capacidad funcional y las redes sociales (Heikkinen y Kauppinen, 2004; Tijhuis, de Jong Gierveld, Feskens, y Kromhout, 1999). En un estudio longitudinal, se encuentra que, en las mujeres muy mayores, los síntomas depresivos predecían la soledad en el mismo momento temporal (r = 0,40), mientras que en la muestra total el mayor predictor de la soledad eran los sentimientos de soledad cinco años antes (r = 0,30) y lo mismo ocurría con los síntomas depresivos (r = 0,50). Los autores
concluyen que la depresión y la soledad están asociadas con percepciones de una interacción social inadecuada que pueden ser la causa común de los dos estados (Tikkainen y Heikkinen, 2005).
Por último, la presencia de la soledad junto con síntomas depresivos puede dar lugar a consecuencias muy negativas en la edad avanzada. En un estudio con personas muy mayores (85+) residentes en la comunidad el riesgo de mortalidad era dos veces más alto si, además de un estado de ánimo depresivo, estaban presentes sentimientos de soledad (Stek, Vinkers, Gussekloo, Beekman, van der Mast y Westendorp, 2005).