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Summary – Importance of Microstructure to AGR Fuel Cladding

Todas las mañanas, Ximena y yo dábamos una caminata en las fal-

das de la montaña que está a tres kilómetros de mi casa. No vivo en la ciudad sino en los alrededores. La caminata, sin ninguna pretensión deportiva, sucedía justamente minutos antes del amanecer. Caminábamos en silencio y era cuando más cerca me sentía de ella. Compartíamos más en silencio que con el habla. Encontrábamos sin esfuerzo las cosas que nos unían. Si nos dete- níamos, nos mirábamos cara a cara, nuestros rostros, despojados y desnudos, mostraban la dimensión de vulnerabilidad de ambos, su total asimetría. Era cuando más la amaba. Pero nos perdimos en el camino. Redujimos nuestras diferencias a una mismidad

por las exigencias de la ética.

Søren Kierkegaard

paralizante, nos convertimos en objetos de crítica y juicio del otro, nos transformamos en el monstruo de las dos cabezas jaloneán- dose torpemente hacia destinos diferentes.

Este texto lo empecé a escribir días antes de que Ximena me abandonara. Llevaba días reclamándome mi aislamiento, las noches en vela, la forma en que fumo. Le preocupaba que me llamaran la atención en el trabajo porque me quedaba dor- mido en la biblioteca. Ximena lloraba porque creía que mi com- portamiento era muestra de desamor. Si quería humillarme, tomaba el lugar de aquel maestro de secundaria y se mofaba de mis deseos de ser escritor. Una noche, devorado por la furia, le exigí que cada quien viviera en su casa. Ella terminó la rela- ción por completo. Sé que sus amigos le dan la razón y pien- san que estoy lleno de soberbia, misantropía y locura. Pero juro que, como el Minotauro de “La casa de Asterión”, las puertas de mi casa están abiertas día y noche a los hombres y a los animales, que entre quien quiera.

La urgencia de silencio y aislamiento la tengo desde niño. Mis padres me instaban a salir a jugar con los vecinos, cuando lo único que yo quería era quedarme en mi cuarto pensando lunas y soles, leyendo, escribiendo, hablando en silencio con los perso- najes que había creado. Sólo Marco tenía acceso a ese mundo y me alentaba a seguir escribiendo. Recuerdo mis cumpleaños, la vergüenza que sufría en el momento en que todos me cantaban

Las mañanitas y aplaudían. Invariablemente yo ocultaba el rostro

en el regazo de mi madre y le pedía que no me miraran. No sé si se trataba de una timidez exacerbada o si mi carácter poco a poco ya se iba delineando. Pero mi condición no es única. La he visto en otros lados. Y no somos locos incapaces de relacionarnos con el mundo.

Emily Dickinson pasó la mayor parte de su vida encerrada en una habitación en casa de su padre. Sus poemas “Podría estar más sola sin mi soledad” y “Ensueño” son una muestra de su carácter melancólico y retraído:

Podría estar más sola sin mi soledad, tan habituada estoy a mi destino, tal vez la otra paz,

podría interrumpir la oscuridad y llenar el pequeño cuarto, demasiado exiguo en su medida para contener el sacramento de él, no estoy habituada a la esperanza,

podría entrometerse en su dulce ostentación, violar el lugar ordenado para el sufrimiento, sería más fácil fallecer con la tierra a la vista, que conquistar mi azul península,

perecer de deleite.

**

Para fugarnos de la tierra un libro es el mejor bajel; y se viaja mejor en el poema que en el más brioso y rápido corcel Aun el más pobre puede hacerlo, nada por ello ha de pagar:

el alma en el transporte de su sueño se nutre sólo de silencio y paz.1

Algunos se atrevieron a sospechar que Dickinson padecía una enfermedad mental, otros apostaron por la muerte de sus dos

grandes amores, lo cierto es que sus cartas son muestra de lucidez y de afectación emocional.

Thomas Pynchon desapareció del mapa varias décadas atrás sin dejar más rastro que sus libros. Su fuga ha sido exitosa y sólo se conocen de él media docena de fotos de cuando era estudiante en la Marina. Nunca ha concedido entrevistas, y al parecer ni sus edi- tores le han visto la cara. Su expediente universitario desapareció, la documentación del servicio militar fue quemada y el apellido del escritor no figura en los registros de la empresa de aviación donde laboró. Jules Siegel, un ex amigo de la universidad, publicó en un artículo de Playboy que el motivo de la ocultación de Pynchon es el complejo que le producen sus dientes,2 versión que, por supuesto,

no me convence.

Cormac McCarthy no daba entrevistas ni se dejaba ver por las calles. En una entrevista que concedió como gesto de reciprocidad hacia la conductora Oprah Winfrey, quien había recomendado su novela La carretera a su nutrido grupo de lectura dijo: “No creo que [dar entrevistas] sea bueno para la cabeza. Se pierde mucho tiempo pensando en cómo escribir un libro; seguramente no habría que dedicarse a hablar del libro, habría que dedicarse a escribirlo”.3

Ésta es la comunidad del silencio y su silencio es el ético; la pos- tura como escritor. Que las palabras coleteen como peces para salir al paso, no significa que un escritor también desee hacerlo. Tengo necesidad de desaparecer, de que mi nombre caiga como residuo del proceso mientras me escondo. La necesidad de ser exterior,

2 http://waste.org/mail/?list=pynchon-l&month=9505&msg=1496&sort=date.

3 Periódico El Mundo, edición impresa, España, 6 de junio de 2007; también en www.biblioteca- vic.com/uploads/publicacions/mccarthy.pdf .

como decía Pessoa, es del alma, no del rostro, el rostro ya es exterior y muestra su fragilidad. Afirma Lévinas:

El acceso al rostro es de entrada ético [...] Ante todo, hay la derechura misma del rostro, su exposición derecha, sin defensa. La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida. La más desnuda, aunque con una desnudez decente. La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos. El rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar.4

El silencio ético, al igual que el ontológico, tampoco puede defi- nirse, porque la ética es trascendental y, por lo mismo, es indife- rente a las proposiciones. Para Wittgenstein el sentido del mundo tiene que residir fuera de éste porque en el mundo todo es como es y sucede como sucede: “es por ello por lo que no puede haber proposiciones éticas. Las proposiciones no pueden expresar nada que sea más elevado. Es claro que la ética no consiente en que se le exprese. La ética es trascendental. (Ética y estética son uno y lo mismo.)”5

El silencio ético brilla en la luz detrás de la puerta, una luz que no necesariamente ilumina, es hueco por donde brotan todos los silencios. Imposible escucharlos sin permanecer atento al muro que la contiene. Porque el muro contiene a la puerta, la puerta contiene a la luz y la luz contiene al silencio. Hay una promesa de finitud en su iluminación. Es su parpadear luminiscente el que me evoca. Sólo logro percibir la encrucijada entre lo que se ve y

4 Emmanuel Lévinas, Entre nosotros..., p.176. 5 L. Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, p. 269.

se oculta, únicamente es el límite el que se muestra, las sombras que, como asegura Tanizaki, la hacen bella. La luz es mi silencio y el muro la forma en que me habitan. Lo que escribo es el trán- sito entre ellos.

La banalidad de la palabra hablada cuando intenta esclarecer a la palabra escrita me resulta prosaica; nunca se está más lejano de lo que se escribe que cuando se habla de ello. Una interpretación de las literaturas es doblemente una ambición: por un lado está la interpretación pretendidamente objetiva, la cual presenta dificul- tades de origen y, por otro, está la ilusión de la lectura como algo bello que no permite allanar las palabras. Ninguna interpretación es cierta, porque no existe el yo único en la voz del narrador, ese yo se refiere a una personalidad genérica, irremediablemente humana. En el narrador no existe un individuo aislado, es acaso la compleji- dad de todo lo que significa ser humano: su rostro desnudo y mar- cado por las batallas.

No existe una presencia real como tal que respalde la escritura, pero a decir de Steiner, no estaría de más intentar leer como si esa pre- sencia real fuera eso, real, y estuviera presente. Sin la idea de una revelación en las literaturas sería imposible comprender lo que habita el texto, sería encontrarse con la nada.

En mi renuncia al exterior hay una invocación de libertad e inde- pendencia: una libertad de la obra respecto a mí mismo, de mí res- pecto a la tradición histórica, de la tradición histórica respecto al acontecimiento propio de la obra. Hay en mi ocultamiento la nece- sidad de que la presencia del propio texto se muestre. No se trata simplemente de la libido nescire, aquella pasión de los estoicos por el anonimato, sino el convencimiento de que, sobre lo que se ha escrito, es mejor callar la boca.

J.D. Salinger publicó El guardián entre el centeno en 1951, sin espe- rarlo, el libro se convirtió en un best seller de un día para otro. La reacción de Salinger fue de náusea por la fama y la atención des- medida. Intentó huir de la prensa, los admiradores y los reflecto- res, pero su postura sólo consiguió llamar más la atención. En 1974 concedió una entrevista a The New York Times debido a unos cuen- tos que se publicaron sin su autorización. Salinger declaró: “Hay una maravillosa paz en no publicar. Publicar es una invasión terri- ble de mi privacidad. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí y mi propio placer”.6 En ese blindaje de su entorno,

Salinger huía de la maldición de la inmediatez, era su búsqueda de silencio. Sontag lo explica de otra forma:

Así como la actividad del místico debe concluir en una vía negativa, en una teología de la ausencia de Dios, en un anhelo de alcanzar el limbo del desconocimiento que se encuentra más allá de la palabra, así tam- bién el arte debe orientarse hacia el antiarte, hacia la eliminación del “sujeto” (el “objeto”, la “imagen”), hacia la sustitución de la intención por el azar, y hacia la búsqueda del silencio.7

No puedo renunciar a escribir pero la escritura sí puede renunciar a mí. Temo que me abandone, que un día como cualquier otro, con sus minutos y sus horas, simplemente desaparezca. En ese momento sabré que he terminado. Si bien la verdad y el sentido no están hechos de mis palabras, son la condición para expresarlos. Es en el silencio ético que la palabra recibe el sentido alejándose del lenguaje como mera transcripción. Pocos lo consiguen, y cuando lo hacen dejan atrás su obra como quien abandona un despojo:

6 Lacey Fosburgh, “J.D. Salinger Speaks About His Silence”, The New York Times, http//www.nyti- mes.com./books/98/09/13/specials/salinger-speaks.html.

Rimbaud ha ido a Abisinia para enriquecerse con el tráfico de escla- vos. Wittgenstein, después de desempeñarse durante un tiempo como maestro de escuela en una aldea, ha optado por un trabajo humilde como enfermero de hospital. Duchamp se ha dedicado al ajedrez. Al mismo tiempo que renunciaban de manera ejemplar a su vocación, cada uno de estos hombres proclamaba que sus logros anteriores en el campo de la poesía, la filosofía o el arte habían sido triviales, habían carecido de importancia. Pero la opción por el silencio permanente no anula su obra. Por el contrario, otorga retroactivamente un poder y una autoridad adicionales a aquello de lo que renegaron: el repudio de la obra se convierte en una nueva fuente de validez, en un certificado de indiscutible seriedad. Esta seriedad consiste en no interpretar el arte (o la filosofía practicada como forma artística: Wittgenstein) como algo cuya seriedad se perpetúa eternamente, como un “fin”, como un vehículo permanente para la ambición espiritual. La actitud realmente seria es aquélla que interpreta el arte como un “medio” para lograr algo que quizá sólo se puede alcanzar cuando se abandona el arte.8

Salinger decidió retirarse de la vida pública tras el éxito de El guar-

dián entre el centeno. Se borró de la vida literaria y social. No vol-

vió a conceder entrevistas a los medios de comunicación, incluso no volvió a publicar nada. Solamente su círculo íntimo de ami- gos tenía acceso a él. El escritor parecía ajeno a los admiradores que le rondaban para tener unos minutos de diálogo con su autor preferido. Salinger parecía olvidar el propio anhelo literario que había puesto en boca de Holden Caulfield: “Los que de verdad me vuelven loco son esos libros que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo y pudieras llamarle por telé- fono cuando quisieras”.9 Pero Salinger estaba harto de locos que

8 Ibid., p. 16.

quisieran hablar con él como si fuera un amigo y, seguramente, también de asesinos que, durante sus crímenes, leían o termina- ban de leer El guardián entre el centeno. Salinger halló en el silen- cio y en su aislamiento la salida a la sujeción servil al mundo. “El silencio es el supremo gesto ultraterreno del artista: mediante el silencio, se emancipa de la sujeción servil al mundo, que se pre- senta como mecenas, cliente, consumidor, antagonista, árbitro y deformador de su obra. Sin embargo, no se puede dejar de advertir en esta renuncia a la ‘sociedad’ un gesto marcadamente social”.10

Lo escrito muestra más allá del decir. El silencio tiene un valor más- allá de la palabra, no se trata de conocimiento. Wittgenstein advir- tió que si se identifica el lenguaje con la lógica, ésta será los límites del lenguaje y por lo mismo del mundo. El conocimiento al cual accedemos con la lógica no posibilita el camino hacia la ética, lo obtura. El discurso humano tiene como instinto colocar la razón bajo su dominio, quiere poseerla, así el lenguaje se reduce a sig- nos utilizados para dominar al mundo y al Hombre. Con estos signos se aseguran los conceptos: disertaciones xenófobas, perora- tas religiosas, proclamas políticas, teorías bélicas, cumbres econó- micas, argumentos discriminatorios, etcétera. Quienes escuchan convencidos y absortos, piensan sin entender, no escuchan la ética en medio de los discursos, pero está ahí, es un rostro vulne- rable y silente.

Escribo para mí, como explicaba Salinger. Ni siquiera Ximena podía dar un atisbo a mis papeles. Tocaba a la puerta inflamada de curio- sidad femenina: “¿Qué tanto haces ahí?”, pero nunca le respon- día, era íntimamente mío. Debo confesar aquí mi dualidad, una parte de mí quería que lo leyera. También debo confesar que por

vergüenza nunca he mandado un texto a consideración de ninguna editorial, pero otra parte de mí siempre deseó ver un libro mío edi- tado a toda ley, con mi nombre en letras pequeñas en la portada y el título gigante sobre una pintura negra de Goya. Me corría por las venas el deseo de que alguien lo leyera, aunque finalmente yo no diera la cara. Sontag también observa esa contradicción: “Pero también es una forma contradictoria de participar en el ideal de silencio. Contradictoria no sólo porque el artista continúa produ- ciendo obras de arte, sino también porque el aislamiento de la obra respecto de su público nunca es duradero”.11

Mi torpeza con la palabra hablada, la cual, al igual que Rousseau, yo pensaba que no mostraba mi verdadera valía, es sufrida por Holden Caulfield en El guardián entre el centeno. Él le cuenta a su antiguo profesor Antolini que aprobó lenguas y que casi todo era literatura, no obstante, lo suspendieron en expresión oral. Le explica que es un curso en el que deben improvisar una charla en la que, si el ora- dor sale de tema, los demás compañeros gritan “Digresión”, asunto que le ponía nervioso.12 Recuerdo al personaje, Caulfield, con un

cariño especial, a veces creo que la voz de ese joven molesto, la cual resuena en mi cabeza, y que tanto trabajo le cuesta al extran- jero contener es la de él, que de alguna manera, después de leer la obra de Salinger a la misma edad del personaje, su voz se quedó dentro de mí y pasó a formar parte de mi confederación de almas. Cuando pienso en él fuera del hospital, y lo imagino convertido en adulto, podría jurar que se convirtió en escritor, pero un escritor de libros, no de guiones como su hermano.

11 Ibid., p. 19.

De la misma forma que hay varios tipos de lectores, también hay varios tipos de escritores: los que escriben con el hambre de trans- mitir un conocimiento; los curiosos y frívolos que solamente suben a la aventura si en ésta existe la promesa del éxito; los que niegan la posibilidad del lenguaje puro; los que escriben con asepsia, sin atravesar el proceso y con el único anhelo de tener la razón; los que usan la escritura para combatir el libre pensamiento; quienes escriben porque no tenían nada mejor que hacer; aquellos que les gusta parafrasear sus propias citas en reuniones; los que se ganan la vida escribiendo best sellers; los que creen que los libros son puro entretenimiento; los que quieren recibir premios para ganar dinero, los que quieren recibir premios para sentirse con- decorados; los que escriben porque no saben hacer otra cosa; quienes creen en el lenguaje puro; los enanos que, como decía Goethe, escriben gruesos libros para poder subirse en ellos; los que buscan el reflector y el micrófono; los que escriben compulsi- vamente; los que intentan ocultarse hasta donde pueden; los que conforman la comunidad del silencio. Yo no he sido ninguno, pero me hubiera gustado ser la combinación de algunos cuantos. Si he de escoger me decanto por los escritores fantasmas. Si hubiera tenido la suerte de dedicarme a escribir, sería uno de ellos. Me ence- rraría en una habitación y me vestiría de blanco como Dickinson, o tendría una escopeta detrás de la puerta de mi casa para espantar a los curiosos, como cuentan que Salinger lo hacía. Si el reflector y la fama se me dieran, sin duda huiría de ellos, o negociaría la forma de permane- cer aunque sea un poco oculto; siempre bordeando la frontera. No hay nada más valioso que el sabor del secreto que guarda el silencio, la dis- creción. El escritor argentino Rodrigo Fresán se pregunta en un arti culo respecto a la invisibilidad de Pynchon: “¿Habrá sueño más dulce para un escritor que el que sus libros sean esperados y alcancen las listas de best sellers y ganen premios y el amor de sus fans sin necesidad de