La socialización que se da en la comunidad, en el barrio, es la que otrora ocurría mayormente en los sindicatos, en los partidos políticos, en los espacios laborales y en las instituciones públicas. Allí, se encontraban con otros/as, se organizaban actividades colectivas y se discutía de política o de la vida en general. En la actualidad, las mujeres experimentan la política en el ámbito de lo comunitario. Desde pequeñas, fue el barrio la escuela política donde se aprendieron estrategias colectivas de abordaje de las necesidades como en los años 90, y se llevaron a cabo actividades culturales, como festejos comunitarios en fechas religiosas o festivas.
En el caso de la comunidad Bajada San José, las mujeres vivieron la emergencia de organizaciones barriales de participación popular a partir de redes familiares de ayuda mutua, donde se generan dispositivos de participación democrática, como asambleas, elección de representantes y “de unión”. El objetivo “de construir un barrio” implicaba solidaridades territoriales y la
intervención del sistema político para favorecer la realización de un proyecto, de la proyección a futuro de la comunidad: “las organizaciones barriales se convirtieron así en una de las bases principales de participación popular en la creación de una nueva demanda social ya no asociada al mundo del trabajo ni organizada por sindicatos” (Merklen, 2010:69). Esto lo comprendemos también en las experiencias de las mujeres de Villa Libertador, quienes vivenciaron procesos de “toma de tierra” y aún hoy luchan por “levantar el barrio con nuestras casitas” (Miriam Libertador, Entrevista, 2014).
En ese sentido, para todas las mujeres de las diferentes comunidades, a lo largo de sus trayectorias de participación y de socialización comunitaria, participar en política fue condición para el acceso a derechos básicos como la vivienda o el alimento y a recursos de todo tipo, ya sean materiales o simbólicos. Organizarse con otros/as para acceder a los derechos y a los recursos fue un aprendizaje comunitario de gran importancia que marcó los modos en que las mujeres participan. Así como organizar grupos, participar de espacios colectivos para encontrar diversión y contención. De manera que es parte de su cultura política la necesidad de reunirse en un colectivo o grupo social para conquistar determinados derechos: “nunca me enseñó nada, nunca tuve escuela. Lo único que sé leer y escribir es porque me enseñaron mis hijos que iban al colegio, ellos me enseñaron lo que sé. El resto, el barrio, la calle” (Ana, Entrevista, 2013)
Por otro lado, la socialización política que experimentaron en sus comunidades es importante porque influye en lo que valoran (por ejemplo, la unidad), por las actitudes que toman frente a las propuestas políticas: de mucha apatía debido a los fracasos que percibieron y experimentaron; simpatías, identificaciones con determinados espacios políticos de acuerdo a lo que vivieron como éxitos. En la comunidad conocieron las primeras experiencias de organización, se vivieron las ollas populares y los comedores, experiencias positivas que las mujeres relatan con pasión y que muchas veces las lleva a decir que “todo tiempo pasado era mejor, que la unidad era más posible” (Marisel, Entrevista, 2013).
Como ya dijimos, las mujeres de Bajada San José y de Las Tablitas, en su mayoría, no han finalizado la escuela, interrumpidas por conflictos familiares, políticos, etc. Por lo que ellas sienten que la socialización se realizó “en la calle”, donde fueron creciendo en el espacio público de la comunidad, acompañadas de vecinos, familiares lejanos... “Agarrar la calle” es la frase más repetida por estas
mujeres. Es allí donde “se avivan” como sinónimo de aprender a sobrevivir, a lidiar con la violencia por parte de los varones y la desprotección social. En la comunidad se aprende que las prácticas ilegales son modos legítimos de sobrevivir, como vender quiniela clandestina o “chorear” para obtener recursos que garanticen festejos familiares como un cumpleaños de 15 años. A veces no respetar las normas, la ley, es la única manera de acceder a derechos que otros tienen garantizados por su estatus económico. Otras veces, la organización es el modo de garantizarlos.
De las primeras experiencias de organización se desprenden valores como el trabajo cooperativo, la unidad como símbolo de fuerza y resistencia, la conciencia de la potencia de lo colectivo para la trasformación de los problemas cotidianos: “antes vivíamos ahí y éramos muy unidos, por eso te digo, venía alguien de otro lado a llevarnos por delante y nosotros, que sé yo, nos defendíamos entre todos” (Mipy, Entrevista, 2013). Estas experiencias instalaron convicciones en las mujeres, como que es mejor colectivizar los problemas que asumirlos individualmente.
Sin embargo, en Bajada San José, el presente se experimenta como cargado de desunión, donde “cada uno tira para su rancho”. El pasado representa la potencia de lo colectivo, las capacidades de organización comunitaria, frente a un presente vivido como desertificación organizativa y desconfianza del otro/a: “se creen dueños de la cooperativa, te estafan y te pasan por arriba” (Beatriz, Entrevista, 2013). Sucede que las crisis económicas y el desempleo -sumados a la finalización de las experiencias de construcción colectiva del hábitat-, han horadado los vínculos vecinales.
Al contrario, tenemos la situación de las comunidades de Villa Libertador, donde la socialización comunitaria implica participar activamente de la construcción del hábitat. Por ejemplo, en el caso de Marta Juana González, la comunidad se vivencia en las fiestas comunitarias como el festejo de la Virgen de la Cupiña, tradición boliviana que se celebra debido al fuerte componente inmigratorio de la zona. También en ARPEBOCH, donde se encuentran organizadas en una cooperativa que lucha por la titularidad de las tierras.
Por otro lado, las experiencias de las mujeres mayores de 60 años están atravesadas también por la dictadura militar y la amenaza de la violencia constante. Ser “zurdo”, pensar como subversivo, era un riesgo. Estas experiencias marcaron políticamente a estas mujeres para quienes la política
partidaria, llevar banderas partidarias a los espacios de visibilidad ante la comunidad, identificarse con un nombre político, es indeseable y riesgoso.
Finalmente, la socialización comunitaria durante años de extrema pobreza junto con los condicionamientos de género y la posición de marginación que vivencian, llevan a que se construya una sensación de ser “marginal”, de no “servir para nada”:
Si siempre, cuando me agarraba entusiasmo con algo de la comunidad, se cortaba todo y…no sé… ha de ser que no sirvo, que no es para mí, que no es para mí o no quieren o no me aceptan, o qué verán de mí…porque siempre te ponés a pensar así…cosas así. (Beatriz, Entrevista, 2013).
De este modo se significan problemas de origen estructural como causas individuales: creer que la falta de empleo, los problemas económicos y sociales son fallas personales, equivocaciones del individuo estigmatizado como vago, inútil, etc., cuando en realidad no existe continuidad en las actividades que proponen los agentes externos, no se ofrecen oportunidades reales de empleo, entre otras cuestiones. Todo esto termina constituyendo una matriz política que indica que la culpa de las desigualdades las tiene el individuo y no la sociedad.