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Part II Statistical Methods on Drug Discovery Data

Chapter 8 Dimension Reduction Based Clustering on Drug Discovery

8.2 Dimension Reduction Methods

8.2.2 Supervised Dimension Reduction

Casi al comienzo de su libro “Dos tratados sobre el gobierno”, John Locke parece imponerse como tarea, en opinión de Goldwin59, oponerse a las teorías de Filmer. En este sentido reduce las teorías del autor de “Patriarca” a que “todo gobierno es monarquía absoluta y que nadie nace libre”. No advierte en él argumento razonable donde sustentar tales asertos. En contra formula la teoría contraria: “Todo gobierno está limitado en sus poderes y existe el consentimiento de los gobernados”. En todos sus libros sobresale el concepto de la libertad humana como valor permanente de la sociedad.

Locke ataca por su base la teoría de Filmer del origen divino del poder político a partir de la Biblia, pero sin alejarse del todo de la idea del Dios supremo, origen de la ley moral que rige la naturaleza: el origen de la libertad en que todos los hombres se encuentran en la naturaleza, instante a partir del cual han de ordenar las acciones que regulen su convivencia. No existen los reinos proféticos, derivados del mandato divino. La igualdad política de los hombres es causa de su propia responsabilidad directa ante Dios. No es cierto, en contra de lo que dice Filmer, que el estado de naturaleza haga imposible el gobierno.

Hay que situar el pensamiento de Locke en el marco de una debate político religioso, en el que las naciones católicas, dirigidas por monarquías absolutas, bendecidas por el Papa, provocan amplios recelos y temores en la Inglaterra protestante, donde nunca se extinguió la idea de imponer limitaciones parlamentarias al poder del soberano. Sostiene Hamspsher-Monk60 que la obra de Looke (“Discursos sobre el Gobierno” y los “Dos Tratados”) no se escribieron para explicar la revolución de 1688 o animar la posterior. Pese a las simpatías de

59 GOLDWIM, Robert A, John Locke, en “Historia de la Filosofía política” (Leo STRAUSS, y Joseph

CROPSEY, compiladores. México. D.F., Fondo de Cultura Económica, primera reimpresión, 1996, de la primera edición en castellano de la tercera en inglés, 1987), pág.451.

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algunos de sus actores, aquel movimiento no era tempranamente republicano. Locke justifica a quienes se resisten contra la actuación tiránica, de parlamentos o soberanos, que hayan abandonado la senda del respeto constitucional. Es decir, que frente a Filmer o Hobbes, Looke sí que formula el derecho a oponerse, a alzarse y resistir. Se esgrimen estos argumentos en un contexto donde el Rey podía ser considerado como un funcionario ejecutivo del Parlamento, asamblea o Estado, en quien descasaba la autoridad constituyente del pueblo. De este modo, se manifestaba la supremacía del Parlamento sobre el monarca y posiblemente de los Comunes sobre los Lores.

Tras la guerra civil de Inglaterra y la breve república de Cromwell (de dónde procede el, hoy común y con otro sentido, término de Commowealth) volvieron a resurgir las mismas cuestiones que la provocaron. Pero en la historia de la Humanidad quedará para siempre con apoteósica resonancia la celebérrima afirmación del Lord Protector, tantas veces ansiada por los pueblos, tras cortar la cabeza de Carlos I: “Queda abolido el empleo de Rey”. La audacia de los escritos de Locke se alza razonable en sus Tratados sobre el gobierno y las leyes, especialmente combativo el primero contra la teoría absolutista de Filmer. Locke se va a adelantar a los padres fundadores de la nación norteamericana, cuando formula la teoría de que la libertad está vinculada a la felicidad, objetivo del hombre en este mundo a través de una vida cotidiana digna y segura. Pero la felicidad está vinculada esencialmente a la propiedad; es decir, en poseer bienes que proporcionen aquélla. Es la función esencial de la sociedad civil garantizarla.

No obstante, como subraya Sabine, hablar de republicanismo en este contexto es una utopía61. No se contempla como tal en ninguna de las fases de la “Revolución puritana de 1648”. Es más, los oficiales de Cromwelll estaban dispuestos a poner en libertad al rey a devolverle su poder con las adecuadas salvaguardias. Cuando Harrington describe un nuevo gobierno republicano lo sitúa

61 SABINE, George H, Historia de la Teoría Política. (Primera reimpresión en castellano de la

en un ficticio lugar llamado “Océana”, por lo que su obra se considera una utopía política.

John Milton y Algernon Sidney defendieron el republicanismo basándose en el argumento abstracto de que estaba implícito en el derecho natural y en el poder soberano del pueblo. James Harrington, aunque creador de una utopía, se aportó de modo mucho más completo que ningún otro escritor de la argumentación juridicista familiar y defendió el republicanismo como consecuencia de la evolución social y económica”62.

En el caso de Locke, la teoría del pacto tiene una formulación bien diferente a Hobbes: El acuerdo que hacen entre sí todos los miembros de la sociedad política tiene por finalidad transferir los poderes que cada uno poseía en estado de la naturaleza a manos de la comunidad. De partida, el hombre tiene dos capacidades o poderes, hacer lo necesario para su propia salvaguarda y la de los demás, y poder reprender y castigar los atentados a esta ley. El poder natural del hombre deviene en poder político de la sociedad civil. Pero es un poder limitado. De todos modos, hace una distinción entre sociedad política y gobierno, que son cosas distintas, y la segunda consecuencia de la primera. Establecer un poder legislativo es, a su entender, el primer deber y objetivo de aquella comunidad. La decisión de crear un gobierno debe ser seriamente meditada. Y se adelante a expresar con claridad la necesidad de la separación de los poderes63. Esta separación es para Locke el principio necesario a toda sociedad bien ordenada. El poder judicial forma, empero, parte del legislativo, y éste, el legislativo, es superior al ejecutivo.

En su teoría del poder, Locke, lo fundamental, más allá de la propia forma, es el grado de dominación que pretenda tener sobre los individuos. Un gobierno no puede actuar, es ilegal que lo haga, en contra de los intereses de quienes lo instituyeron (insiste siempre en que el Poder legítimo es poder más Derecho). La

62 SABINE, George H, ibidem.

63 GOLDWIM, Robert A, John Locke, en “Historia de la Filosofía política” (Leo STRAUSS, y Joseph

CROPSEY, compiladores. México. D.F., Fondo de Cultura Económica, primera reimpresión, 1996, de la primera edición en castellano de la tercera en inglés, 1987), pág.476.

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ley debe ser general, no simples decretos individuales. Las leyes han de ser públicas e iguales para todos. Además de que el gobierno no puede ser arbitrario, sus acciones tampoco pueden ser confiscatorias de la propiedad. La conservación de ésta (al servicio de los fines de la sociedad, la felicidad del hombre), requiere garantías de que el gobierno, a través de la fiscalidad, no va apropiarse de los bienes particulares. No obstante, la sociedad ha de ser una comunidad de bienes ordenada.

Touchard resumen con estas palabras el pensamiento de Locke: “Defensa de la propiedad privada y llamamiento a la moral, preocupación por un poder eficaz y necesidad de consentimiento; un individualismo que se inclina ante la mayoría, empirismo, racionalismo, tolerancia y dogmatismo”64. Locke parece tener claro la capacidad de las mayorías, al reconocerle la capacidad de imponer sus decisiones65.

La autoridad legítima no se justifica por el ejercicio competente del poder (cosa que reconocen Hobbes y Filmer), sino por su origen. Intentar someter a alguien a un poder absoluto es un atentado contra las personas, pues el que empieza quitando la libertad, ¿qué no podrá quitarme cuando tenga el poder absoluto? La autoridad política legítima es Poder y Derecho.: “Precisamente porque el absolutismo reclama más derechos sobre los individuos de los que los individuos mismos poseen bajo la ley de la naturaleza, sus regímenes no pueden ser legítimos”66.

Dada la naturaleza limitada del poder paterno y la naturaleza consensuada de la comunidad política, para Locke todo poder ilimitado no es natural. Y cada hombre, frente al mismo, tiene derecho a defender su propia vida, y el objeto de

64 TOUCHARD, Jean, Historia de las ideas políticas. (Madrid, Tecnos, 1979), pág. 297.

65 Y aquí hace una curiosa disquisición sobre las desavenencias matrimoniales que no gustaría

hoy a las feministas en el sentido de que, caso de controversia, decide el hombre por ser más fuerte.

ésta. Pero el mero descontento del pueblo no es causa suficiente para la resistencia. Pero si el gobierno comete actos ilegales o arbitrarios, el pueblo será lanzado a la resistencia. Pero ante la dificultad de resistirse a un régimen tiránico, es mejor prevenirlo, evitarlo en un estadio anterior del proceso. No se entiende que los hombres acepten cambiar su situación para empeorarla. La resistencia debe tener como fin la reposición de un régimen político que ha sido perturbado o que se ha perdido.

El poder supremo es el poder de hacer las leyes, el poder legislativo. Este poder no puede estar en las mismas manos que el ejecutivo. El problema del poder es para Locke, como lo será para Kant, un problema moral. Si el poder perjudica los derechos naturales, a la propiedad y la libertad, los gobernados tienen derecho a resistir, a sublevarse. De todos modos, su formulación del derecho a la resistencia está condicionada por la prudencia y la posibilidad de llegar a compromisos.

Dice Locke que en tanto que exista un gobierno, el cuerpo legislativo es operativamente el poder supremo; pero el poder latente del pueblo subsiste. Si el gobierno llega a disolverse, ese poder latente volverá a activarse necesariamente, pues la sociedad no puede estar sin gobierno y es necesario restablecerlo, a través del juego de las mayorías; es decir, otra Constitución y otro poder legislativo. Locke expresa con claridad el principio de la separación de poderes67. Es una necesidad de las sociedades bien organizadas, pues sería peligroso, dada la debilidad humana, que las mismas personas hagan las leyes y las apliquen, si bien no describe tres poderes separados, sino que legislativo y judicial forman parte del mismo núcleo, frente al ejecutivo, subordinado al legislativo. No obstante, desde una visión pragmática, reconoce al ejecutivo la capacidad de resolver con su buen juicio la toma de decisiones en asuntos que no hayan sido previstos. Y es más, llega a reconocer el viejo aforismo romano de que la aplicación rigurosa de la ley puede ser dañina, por lo que cabe establecer gradaciones. Es lo que llama una “prerrogativa” del ejecutivo, siempre

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contempladas desde el mejor servicio al pueblo. Y quien determinará cuando se gobierna en beneficio del pueblo será el pueblo mismo. Si el gobierno deviene en tiraría se coloca en guerra con el pueblo y pierde su legitimidad de origen. Ya no es un gobernante en el sentido político de la palabra.

En este caso, el príncipe que no se atiene a la medida de su mandado es el “rebelde” y el pueblo que quiere destituirlo el defensor de la sociedad. Estima Goldwim que este mensaje va dirigido a aquellos que tienen el poder político; es decir, a los príncipes68. Es una especie de “aviso a los navegantes”, en la moderna expresión de uso común que todos entendemos en nuestros días. Pero al mismo tiempo es muy prudente en cuanto a desatar una revolución que ponga en peligro la sociedad. Resistencia y revolución no son para él sinónimo. El tirano que está en guerra con el pueblo aniquila la razón de su gobierno. Se regresa al estado de guerra previo a la ordenación de la sociedad política.

En el poder legislativo, para Locke, no cabe nunca la arbitrariedad, porque en ese poder, el ser arbitrario, es una contradicción que ni el pueblo mismo posee. No se puede gobernar con decretos que no estén bien fundamentados y meditados. Los hombres se unen para preservar sus derechos; pero sí reconoce la capacidad de las mayorías de establecer cuál es el interés público. Locke coincide con el juicio de Milton de que el Poder de los jueces es fiduciario, ya que el pueblo tiene el supremo poder de modificar el legislativo cuando no responda a la confianza que se le ha depositado. Pero mientras el Poder sea fiel a sus deberes, el pueblo no pueda ejercer esa acción de reserva que le atribuye, pero como dice Sabine, será desarrollada de manera más contundente por posteriores concepciones democráticas69.

68 GOLDWIM, Robert A. Op. cit., pág.479.

69 SABINE, George H, Historia de la Teoría Política. (Primera reimpresión en castellano de la

Sabine70, al referirse a la utopía republicana de la época, dice que la argumentación de Harrington, situada su república en un lugar ficticio, llamado Océana, -que por cierto es bien fácil identificar como Inglaterra-, tiene el valor de reconocer que el contexto socioeconómico es un factor condicionante de los gobiernos. La forma del gobierno se va a ver influencia por el modo en que esté distribuida la propiedad. La historia de las guerras es, ante todo, una historia de luchas sociales. Retoma la vieja idea de Aristóteles de que la causa de las revoluciones son las desigualdades.

Este autor llega a la conclusión de que la república es el punto de llegada de un proceso que se inicia en el Parlamento, que ha de convertirse poco a poco en una asamblea popular que haga leyes populares, y en consecuencia conduzcan a la república. Pero una república es un imperio de leyes, no de hombres; es un gobierno estable y el arte de la política consiste en hacer coincidir el interés de las personas con el interés general público. Harrington, en cierto modo, se adelanta incluso a Montesquieu, al señalar que una república, es un gobierno, basado en una ley equitativa, se levanta sobre tres órdenes: el senado que discute y propone, el pueblo que resuelve y la magistratura que ejecuta71. Y para demostrar su posibilidad con hechos, llega incluso a redactar un detallado proyecto de constitución para Gran Bretaña.

De las aportaciones de John Milton nos interesan sobre todo en este caso, su folleto “Aeropagtica”, publicado en 1644, que es un interesante precedente de la defensa de la libertad de prensa. Esta obra, que casi pasa desapercibida en su tiempo, es, como destaca Sabine, junto al ensayo “Sobre la libertad”, de John Stuart Mill, dos de los pilares clásicos de la teoría liberal sobre la libertad de expresión.

70 SABINE, George H, Op. cit., pág.384. 71 Ibidem, pág. 389.

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La posición de Milton, como secretario del Consejo de Estado de la Commonwealth, es un excelente observatorio para propalar sus ideas. Instituye como verdad indiscutible que resistir al tirano es un derecho natural y recupera el viejo concepto de Platón de que la verdadera justificación de la autoridad es superioridad intelectual y moral72.

Así deja establecido que los hombres nacen libres y el gobierno que establecen tiene como finalidad la defensa mutua. La autoridad pública acoge el derecho de todos los hombres a defenderse y lo sustituye a su servicio, pero la misma ley establece los límites al poder público. “El poder de reyes y de magistrados es un poder derivado del pueblo en fideicomiso para el bien común de todos; pero el poder fundamental sigue residiendo en el pueblo, sin que se le pueda privar de el sin violar el derecho natural”.

De todos modos, Berns no cree que Milton fuera un demócrata73. Su opinión política sobre la capacidad de la gente para organizarse aparece más claramente definida al comienzo que al final de su carrera. No hay que olvidar que antes de volverse republicano fue un convencido monárquico. Pero a medida que pasó el tiempo se convenció de que la monarquía tiende a degenerar en tiranía. Si el pueblo eligió en principio reyes, del mismo modo puede rechazarlos. Y aunque en algún momento la soberanía del pueblo pueda ser compatible con un monarca y con su sucesor natural, esa visión de monarquía constitucional es rechazada del mismo modo que la monarquía absoluta. Claro que para Milton, su república tendrá un cierto componente aristocrático (por eso no es un demócrata del todo), ya que estará regida por los hombres más “capaces y nobles”, pero no de sangre, sino de espíritu. O pueden ser simplemente los hombres más hábiles, que gobiernen con el consentimiento del pueblo.

72 Ibidem, pág. 393.

73 BERNS, Laurence A, John Milton, en “Historia de la Filosofía política” (Leo STRAUSS, y Joseph

CROPSEY, compiladores. México. D.F., Fondo de Cultura Económica, primera reimpresión, 1996, de la primera edición en castellano de la tercera en inglés, 1987), pág.420.

Ese gobierno se elige a través de un consejo general y de funcionarios locales (este consejo evoca lejanamente el futuro sistema electoral del presidente de los Estados Unidos). Milton defiende un estado equilibrado, lejos del simple asamblearismo popular. Lo más sorprendente es que ese consejo general sea elegido “a perpetuidad”. “Milton bien sabía que esta constitución sería atacada por no haber levantado, presuntamente, salvaguardias en torno a los intereses del pueblo, y señaló que la única salvaguardia era elegir hombres dignos, de confianza para el consejo, hombres que ejercieran un gobierno justo, y esto podrían efectuarlo lo electores debidamente educados”.74

Touchard75 concluye que el autor de “El paraíso perdido”, sin ser un doctrinario, aporta una defensa de la Revolución Puritana y de la Ilustración. Son un alegato a favor de la libertad de prensa y de la libertad de conciencia. En su contexto y en el nuestro, es decir mucho.

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