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El modelo de cortesía verbal de Brown y Levinson, así como el concepto de imagen, ha sido criticado y complementado por diversos lingüistas. En particular, destaca la propuesta de Diana Bravo (1999, 2003, 2004) y su reformulación del concepto de imagen social que involucra el factor sociocultural.

Bravo (1999: 158) sugiere una “caracterización de la imagen social (face) que relaciona comportamientos comunicativos con contextos socioculturales”, lo cual supone considerar comportamientos, actitudes, valores aceptados y practicados por una comunidad de habla; por ende, se presupone que los hablantes comparten un eje de contenidos socioculturales que influye en la producción e interpretación de sus actos de habla.

Asimismo, Bravo propone adoptar el concepto de actividades de cortesía en lugar de actividades de imagen (el face-work de Brown y Levinson), como producto de la experiencia cultural de los hablantes desde tres categorías:

• la descripción dual de la imagen social según las nociones de autonomía (imagen negativa) y afiliación (imagen positiva),

• la existencia de una imagen básica compartida por una comunidad de habla,44

• la aplicación del concepto de imágenes de roles, que asignan determinados papeles a los hablantes en función de las convenciones sociales aceptadas y puestas en práctica por una comunidad sociocultural.

44 Ver nota 16.

La imagen de autonomía, aquella “mediante la cual integrante de un grupo adquiere un contorno propio” en él, y la de afiliación, relacionada con “comportamientos tendientes a resaltar los aspectos que hacen a una persona identificarse con las cualidades del grupo”, son categorías vacías cuya carga sociocultural se actualiza en la propia interacción; se ligan con una serie de premisas que se cumplen en la construcción de la imagen social (Bravo 2004: 27-31).

Entre las premisas ligadas a la autonomía en los apelativos del corpus se encuentra el verse o ser visto como original, novedoso y diferente frente a los adultos, a los niños y a otros jóvenes que no pertenecen al grupo. Por un lado, la originalidad y la innovación se refleja en el uso de términos con un componente humorístico o con un sentido lúdico como en el caso de lic. (de licenciado), caballero (por la formalidad que denota), mopri (y los sinónimos mop y moprix), osiro, amiguis, teque, tea. Por otro, la diferencia se relaciona con la imagen de grupo de los jóvenes, la autonomía de su sociolecto frente a la lengua estándar, lo que supone tener un código diferente que marque el límite de edad –con respecto a los valores, actitudes y usos de adultos, y por qué no de los niños– y, al mismo tiempo, que les permita usar un lenguaje para identificarse y crear, entonces, una identidad cultural propia.

Es en relación con este afán de los jóvenes por innovar y diferenciarse que se desafía la normatividad lingüística al emplear un amplio repertorio de palabras consideradas soeces o que se muestren abiertos al uso de préstamos como el anglicismo.

Con todo, también se encuentra autonomía que promueve distinción entre géneros. Por ejemplo, los hombres se diferencian de las mujeres, y viceversa, en cuatro aspectos:

1. Mayor empleo de términos interdictos, que se verifica en el apartado del disfemismo, en el cual se contabilizaron 45 lexías, de las cuales los varones usan 27, esto es, un 60% del total.

2. Alta propensión al empleo entre ellos de apelativos con alguna connotación de índole sexual, del tipo carepicha(-s), maricón, culiolo, playo(-s), loca(-s), gai(-s), puto, y denigrantes, como

En contraste, los apelativos dirigidos por el género masculino a mujeres, en estos ámbitos son

zorra(-s), prosti, perra(-zorra(-s), hijueputa(-zorra(-s), mongola(-zorra(-s), bruta, caballa, bestia y animal. Mientras las mujeres,

entre ellas, usan zorra(-s), prosti, bitchi e hijueputa(-s), mongola(-s), babosas, zorompas; los dirigidos a hombres son carepicha, culiolo, hijueputa(-s), idiota(-s), mongolo(-s), estúpido(-s),

imbécil, güevón y cabrón. Incluso, cabe destacar que las mujeres emplean, igual número de términos

disfemísticos, 11 en total, dirigidos a hombres y a mujeres.

3. Construcción de un espacio masculino que implica confianza y camaradería, caracterizado por el uso de apelativos con un valor semántico de parentesco o de diversa índole del tipo papillo(-s), pa,

tata, jefe, hermanillo, primo, moprix, manito, manillo. Por su parte, las mujeres, entre ellas, en ese

mismo contexto únicamente señalan emplear un término, amiguis.

4. Empleo reducido y solo hacia mujeres de lexías cariñosas, probablemente por considerarlas propias del mundo femenino, del tipo cariño, amor, darlin, corazón, cielo, suiri, bebé, princesa,

linda, preciosa, divi, hermosa, mami, guapa(-s); además, la mayor parte de ellas usadas solo para

apelar a la novia. En tanto, las féminas emplean entre ellas: cariño, amor, darlin, corazón, suiri,

joni(-s), cari, querida(-s), cosita y para los hombres: cari, joni(-s), querido(-s), bebé, vida, osito, osiro, beibi, precioso, papacito, amor, cielo, guapo, cosito.

Las premisas ligadas a la afiliación se relacionan principalmente con tres aspectos: la reciprocidad, el ser solidario y la cohesión de grupo.

La reciprocidad o confianza implica ofrecerle un trato igualitario al interlocutor que sea considerado un igual. En este sentido, apelativos como mae(-s), hijueputa(-s), compa(-s), bruja, chic(-s),

chiquillo(-a-s), usados por ambos géneros, expresan que la cortesía con la que los hablantes se dirigen al

destinatario no solo satisface los deseos de imagen de este último sino también los del propio hablante que realiza el acto cortés; así se beneficia la imagen de ambos para conseguir un equilibrio y se queda bien con los demás y con uno mismo.

La afiliación de grupo, como ya se ha mencionado, es un rasgo que propicia una identidad, en este caso juvenil, que caracteriza a un determinado grupo de hablantes frente a los demás; representaría una especie de cualidad –consciente o inconsciente– que asegura la existencia de afectividad, conocimientos y valores comunes, así se crea complicidad y solidaridad grupal, a su vez, permite validar un espacio propio en la sociedad.

Cabe mencionar en este punto, que si bien existe una afiliación de grupo del lenguaje juvenil por parte de hombres y mujeres, corroborado por el empleo de apelativos como mae(-s), gente, chico(-a-s),

amigo(-a-s) e hijueputa(-s); también se encuentra afiliación propiamente entre el grupo de varones y entre

el grupo de féminas, ratificado por el uso de diferentes lexías según el destinatario sea hombre o mujer, como se observa en el siguiente cuadro.

CUADRO 30

Uso de apelativos y afiliación de grupo por género

Hablante Destinatario Apelativos del corpus con mayor frecuencia de uso Hombres y

mujeres Hombres mujeres y mae(-s), gente, mongolo(-a-s-), amigo(-a-s), hijueputa(-s), chico(-a-s), compañero(-a-s)

Hombres Hombres mae(-s), gente, compa(-s), cabrón(-es), güevón(-es), carepicha(-s)

Hombres Mujeres mae(-s), gente, chica(-s), chiquilla(-s), güila(-s), amor, cariño

Mujeres Hombres mae(-s), gente, chico(-s), chiquillo(-s), gordo, amor

Mujeres Mujeres mae(-s), gente, chic(-s), bruja, chicas, chiquillas

De tal modo, el sentido y la necesidad de pertenecer a un determinado grupo se manifiestan en el esfuerzo por parte de sus integrantes para actuar según las expectativas discursivas que propicia el contexto de interacción verbal, con el objetivo de reforzar, a un mismo tiempo, la identidad personal y asegurar la pertenencia intragrupal o subgrupal (Granato 2003: 165-166).

Finalmente, el ser solidario supone un conjunto de estrategias vinculadas a la conservación de la imagen para establecer o mantener la armonía social. Desde este punto de vista, el empleo de apelativos como mae(-s), compa(-s), chico(-a-s), chiquillo(-a-s) propician la comunión fática y crean un ambiente de

solidaridad que posibilita entablar una interacción verbal placentera para los interlocutores. Y aunque el uso de palabras en principio consideradas ofensivas, podría representar una amenaza potencial a la imagen de los interlocutores y, por consiguiente, dificultar la interacción, lo cierto es que la estrategia de los jóvenes es justamente servirse de los insultos no necesariamente para ofender al interlocutor, sino para reforzar los lazos sociales del grupo, lo cual es el resultado de una situación contextual particular: igualdad funcional entre hablante y destinatario en cuanto al estatus social, relación vivencial de proximidad, marco discursivo familiar, temática no especializada, ausencia de planificación, finalidad interpersonal de la comunicación y tono informal.

Con todo, para entender las posibles causas del fenómeno de ser cortés empleando términos “descorteses”, también se deben sopesar las características particulares del lenguaje juvenil como su posición distintiva frente al statu quo del mundo adulto; su conducta antinormativa; el afán lúdico, creativo y novedoso de su estilo comunicativo; la estimación positiva del particular conjunto de valores, actitudes o comportamientos de su identidad personal y grupal. Siguiendo lo planteado por Zimmermann (2002: 58), es, entonces, desde esta identidad propia, que se debe entender y analizar su actuación lingüística, sus estrategias de cortesía verbal.