Box 3.1 Employers matter, not just occupations
5 Breaking the cycle
5.2 Supporting progression
Basados en la idea de que la primera asociación entre forma y sentido en el caso de la producción vocal infantil supone un dominio suprasegmental más que segmental, es decir, prosódico más que fonológico, diversos estudios han explorado las asociaciones que es posible establecer en el caso de las vocalizaciones y primeras palabras infantiles entre aspectos prosódicos —frecuencia fundamental media, contorno final de entonación, accent range, alargamiento de la sílaba final, etc.— y las funciones pragmáticas o comunicativas —los actos de habla, según Searle y Austin— que estos codifican. Así, en momentos tempranos del desarrollo comunicativo, el manejo de ciertos parámetros de la calidad de la voz como la entonación podría servir una función importante: la modulación o manipulación de la prosodia del enunciado deviene para los infantes una herramienta sumamente útil para comunicar sus intenciones y, en este proceso, se establecen asociaciones entre forma y contenido o, más bien, entre forma y uso o función comunicativa. La prosodia permitiría al infante descubrir que el proceso comunicativo supone variaciones en el nivel de la forma que corresponden a precisiones en el nivel del sentido o la función pragmática.
La temprana asociación entre forma prosódica y función en la producción vocal infantil podría explicarse, por lo menos en parte, a partir de las características particulares del habla dirigida a niños. Se ha hallado que, cuando los adultos se dirigen a infantes, sus enunciados exageran ciertas características entonativas. Así, Fernald (1989) halló que los enunciados que los adultos producen con el objetivo de captar la atención de los infantes presentan una frecuencia fundamental más alta y, a menudo, también un contorno ascendente. En cambio, los enunciados que buscan reconfortar al infante se caracterizan por una frecuencia fundamental baja. Por otro lado, Katz et al. (1976) hallaron que los enunciados paternos que tenían la función de captar la atención del infante podían ser mejor caracterizados como ascendente- descendentes: ascensos seguidos de un ligero descenso. Estos autores no hallaron evidencia que corroborara la idea de Fernald en relación con que los enunciados paternos dirigidos a reconfortar al infante se caracterizaban por un contorno final descendente.
66 En todo caso, resulta claro que el énfasis puesto por parte de los padres en estos aspectos vocales podría facilitar al niño la tarea de asociar una característica prosódica con un tipo de función o intención comunicativa. En este sentido, los aspectos prosódicos serían más notorios para los niños en proceso de adquisición de su lengua. Esto, sumado al hecho de que tempranamente les resulta más sencillo dominar estas características de su producción vocal que las más segmentales, redundaría en un desempeño prosódico temprano bastante eficiente comunicativamente.
D´Odorico (1984) exploró las características no segmentales de las vocalizaciones prelingüísticas, comparando el llanto y otros tipos de producción vocal. D´Odorico y Franco (1991) confirmaron, a su vez, que diferentes tipos de vocalizaciones —comentarios o asertivos frente a demandas— son producidos en diferentes contextos comunicativos, lo que los lleva a concluir que, a los nueve meses, los infantes poseen un sistema idiosincrático que les permite asociar sonidos y significados. Así mismo, hallaron que las vocalizaciones infantiles que demandan algún tipo de intervención por parte del adulto —ya sea entregarle un objeto, hacer algo con este o tomar un tipo de iniciativa social— suelen ir acompañadas de un contorno melódico final ascendente y un tono más alto. Finalmente, hallaron que, luego de los nueve meses, parecería producirse una reorganización sustancial en la producción prosódica, la cual podría deberse al aumento de la producción de formas fonéticamente más consistentes con el balbuceo reduplicado y a la aparición de las primeras palabras. Este acercamiento a lo lingüístico podría quebrar la anterior organización, basada en regularidades no segmentales.
Halliday (1975), a partir del estudio de las vocalizaciones de su hijo Nigel, asoció los tonos ascendentes con aquellas vocalizaciones que requieren una respuesta por parte del receptor —denominadas vocalizaciones pragmáticas. Por otro lado, asoció las vocalizaciones que no requieren respuesta alguna —denominadas, a su vez, matéticas— con un contorno final descendente. Así, de acuerdo con el autor, la entonación ascendente tendría una función regulatoria, específicamente la de obtener una respuesta por parte del adulto.
Marcos (1987) exploró la producción vocal comunicativa de infantes entre los 14 y los 22 meses. Específicamente, exploró pedidos repetidos y pedidos iniciales, actos de denominación, de entrega y otros asociados con el acto de mostrar un objeto. Sus resultados mostraron que el pitch range (rango de tono) de los pedidos repetidos es consistentemente mayor que el de los pedidos iniciales. Así mismo, el pitch range fue mayor para los pedidos iniciales (de objetos y cooperación) que para los actos de denominación. A su vez, los actos asociados con que el
67 niño entregara o mostrara un objeto al adulto ocuparon un lugar intermedio entre los pedidos y las denominaciones. Finalmente, los tonos ascendentes ocurrieron más frecuentemente asociados con pedidos, mientras que los tonos descendentes aparecieron más a menudo acompañando a las denominaciones; esta diferenciación empezaría a notarse hacia los 15 o 16 meses.
Flax et al. (1991) analizaron la producción vocal infantil en tres momentos: antes de la aparición de las primeras palabras, cuando el vocabulario consistía de diez palabras y cuando este comprendía cincuenta palabras. Hallaron una relación entre la función contextual de los enunciados infantiles y su contorno entonativo terminal. La mayor proporción de tonos finales ascendentes se produjo en el caso de las vocalizaciones codificadas como demandas. Sin embargo, se trató de una asociación relativa: fue más probable que un niño produjera un tono ascendente si estaba emitiendo una demanda que un comentario, por ejemplo, pero no ocurrió que todas sus demandas tuvieran un tono ascendente ni que usara este contorno final solo en el caso de esa función comunicativa. Por otro lado, los autores hallaron, también, que las categorías funcionales con mayor contenido emocional, como la protesta y las demandas de atención, tendían a tener una frecuencia fundamental central más alta que aquellas expresiones menos emotivas, como las respuestas o los comentarios no interactivos.
Papaeliou et al. (2002) exploró las vocalizaciones producidas entre los siete y los once meses. Hallaron que las vocalizaciones que expresan funciones comunicativas son más cortas, presentan valores de frecuencia fundamental más bajos y una mayor intensidad, en comparación con las vocalizaciones que expresan emociones. Esta evidencia permite a los autores sostener que, a su entrada en el lenguaje, los infantes son capaces de transmitir de forma distinta emociones y funciones comunicativas a través de aspectos no lingüísticos —más precisamente, no segmentales— de la voz. Esto sería posible dado que los patrones acústicos de sus vocalizaciones son distintos según expresen una emoción o una intención comunicativa.
Posteriormente, Papaeliou y Trevarthen (2006) contrastaron dos tipos de vocalizaciones de infantes de entre nueve y once meses: por un lado, las vocalizaciones sociales, aparentemente emitidas con la intención de comunicar, y, por otro lado, el habla privada infantil, relacionada con actividades solitarias. Los resultados arrojaron que las vocalizaciones clasificadas como comunicativas presentan una frecuencia fundamental media y máxima más alta que las codificadas como investigativas. Además, las vocalizaciones comunicativas son más breves que
68 las investigativas, lo cual podría explicarse porque, en la producción vocal dirigida a un interlocutor, el infante se aproxima a la sílaba adulta