Los últimos gobiernos previos a la ascensión del nazismo, encabezados por Von Papen y Schleicher, prometieron mantener los derechos de los judíos, a pesar de que –simultáneamente– desde el Ministerio del Interior comenzaron las discri- minaciones Después de la toma del poder, y al día siguiente de las últimas elec- ciones democráticas, las del 5 de marzo de 1933, un funcionario de es cartera envió una carta a su superior sosteniendo que “ha llegado el momento de ini- ciar una legislación racista clara”, y sugirió –a tal efecto– dos propuestas para que fueran elevadas a Hitler: una, anular todos los cambios de nombres realiza- dos después del 1º de noviembre de 1918,12y la otra, impulsar una ley que im-
pidiese la entrada de judíos desde el Este. Estas propuestas no afectaban la con-
11Hitler, Adolf. Mein Kampf. 1925.
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dición de los judíos que eran ciudadanos alemanes. La reacción de Hitler ante la propuesta, ampliada con el agregado de expulsar –por lo menos– a los judíos orientales que entraron a Alemania y no eran ciudadanos, fue la indiferencia. La misma actitud tuvo el Führer ante otras propuestas de “grupos de expertos”. ¿Cuál fue la razón de esta conducta? Hitler cambiaba constantemente su estra- tegia y su política relacionadas con los judíos. Pero nunca renunció al objetivo planteado al iniciar su camino político.
La reacción relativamente enérgica de los países de Occidente ante los pri- meros actos de agresión y segregación –realizados, justamente, en marzo de 1933– impulsaron, a último momento, a los dirigentes nazis a reducir a un solo día el boicot promovido el 1º de abril contra los comerciantes judíos. Por ello, decidieron actuar en forma gradual.
La base jurídica de las leyes discriminatorias fue desarrollada en forma inad- vertida y sin que los judíos pudieran reaccionar. Aun en 1932, los judíos que po- lemizaban con los nazis sostenían que las propuestas de ley antisemitas no te- nían una base real, pues contradecían la Constitución de Weimar en su artículo 109º, que aseguraba la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.13 La hipó-
tesis argumental se basaba en que no podrían reunir los dos tercios del Parla- mento necesarios para aprobar esa ley. Pero a esto también pudieron responder los nuevos gobernantes: según el artículo 2º de la ley del 23 de marzo de 1933, el gobierno podía legislar incluso si las leyes se oponían a la Constitución. Que- daba, así, abierto el camino para la futura legislación.
La historia del régimen del Tercer Reich adquiere una fisonomía y caracterís- ticas particulares no sólo por la persecución metódica e implacable a los ene- migos políticos del nacionalsocialismo, sino también por el objetivo de eliminar y extirpar núcleos enteros de población, desde judíos y gitanos hasta los pue- blos eslavos de Europa oriental. Estas fueron las últimas consecuencias del ra- cismo, unido de manera inseparable a la concepción de mundo nacionalsocia- lista. Hitler deploraba, en Mein kampf, que la Primera Guerra hubiese sido una ocasión perdida para la mejora racial:
Si al principio de la guerra y en el curso de la misma hubieran estado bajo el gas venenoso doce o quince mil de estos judíos corruptores del pueblo, así tuvieran que soportarlo en el campo de batalla centenares de millares de nuestros mejores trabajadores alemanes, de todos los medios sociales y todas las profesiones, el sacrificio en el frente de millones de hombres no habría resultado absolutamente vano. Al contrario, con la
13Jüdische Rundschau, 24/11/32. El abogado Lewkovich sostiene que “no será factible crear una condición especial para los judíos si no es por medio de una ley modificatoria de la Constitución”.
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eliminación a tiempo de doce mil canallas, tal vez se habría salvado un millón de alemanes normales, valiosos para el futuro.
El antisemitismo se convirtió en una auténtica y temible obsesión colectiva, en la que tampoco faltaba una buena dosis de delirio: “El miedo ante el peligro marxista del judaísmo se insinúa lentamente, como un íncubo en el cerebro y el alma del hombre decente”.
Cuando el nacionalsocialismo tomó el poder, en 1933, se infiltró el antisemi- tismo en todos los órdenes de la vida y se lo irradió desde todas las oficinas con- sulares y diplomáticas en el extranjero. Las afirmaciones de la propaganda en los diez años anteriores tenían que incorporarse a todos los aspectos de la vida nacional. Científicos, historiadores, filósofos, juristas se dedicaron a probar, en sus respectivas áreas, que era cierto y sin lugar a dudas que los judíos eran tal como Hitler los había descrito.
La principal dificultad era decir quién era judío, y éste era el único problema que nunca encontraba solución, a pesar de la inmensa estructura construida sobre la hipótesis del “veneno judío”. Un verdadero ejército de funcionarios se dedicó a buscar y controlar registros, consultando toda clase de fuentes de información, pero quedaba en pie la imposibilidad de establecer con precisión quién era judío.
A pesar de que una minoría se sintió horrorizada y llena de vergüenza, es in- dudable que gran parte de la población fue atraída por el prejuicio antisemita y aceptó –contra la evidencia de sus propios ojos– las exposiciones seudocientífi- cas y estadísticas de su gobierno y de todo orador nazi sobre el tema. Llegaron a creer que los judíos formaban una vasta red mundial, llena de hostilidad, que destruía y manchaba todo lo que era sagrado para los alemanes, constituyendo un enemigo poderoso, y que se justificaban todos los medios para la defensa de la cultura y los valores arios.
El incendio del Reichstag, el 27 de febrero de 1933, le dio a Hitler la oportu- nidad que necesitaba. Con la firma del presidente Hindenburg se promulgó una serie de decretos de emergencia, suspendiendo las garantías de la libertad indi- vidual, permitiendo al gobierno del Reich asumir –en caso necesario– plenos po- deres en los estados y aumentando la pena por delitos como traición, sabotaje y “graves violaciones a la paz”. A pesar de los medios a su alcance, en las eleccio- nes de marzo –las últimas realizadas democráticamente– el partido obtuvo el 43% de los votos. Pero su alianza con el nacionalismo lo afianzó en el poder.
Hitler era ya capaz de llevar a cabo sus planes por la vía legal. La base cons- titucional del régimen la dio una única norma: la Ley para la Supresión de la Miseria del Pueblo y el Reich, llamada “ley de plenos poderes”. La misma con- cedía al gobierno capacidad legislativa por cuatro años, sin necesidad del con- senso del Reichstag, e incluso omitir las normas y tratados internacionales. Las leyes eran decretadas por el canciller del Reich (Hitler) y entraban en vigencia
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al día siguiente de su publicación. Con esta nueva arma, los nazis desencade- naron la política de “coordinación” (Gleichsaktung), gracias a la cual las insti- tuciones vitales pasaban al control del partido.
Después de la aprobación de la “ley de plenos poderes”, Hitler comenzó a buscar –entre otras cosas– respuestas a sus preguntas acerca de la “cuestión judía”. El 1º de abril de 1933 fue declarado un boicot contra toda la comunidad israelita del país. Su organización demostró la capacidad de Hitler para encau- sar el antisemitismo popular y transformarlo en político.
Oficialmente, el boicot era dirigido por una comisión encabezada por Julius Streicher, redactor del semanario Der Stürmer, la cual fue designada por el parti- do. La comisión declaró, el 28 de marzo, que el boicot planeado se prolongaría hasta que los judíos del mundo pusieran fin a su conducta provocadora, que había llevado a esa reacción. Pero finalmente, como vimos, duró un día. Goebbels anun- ció, el 4 de abril, el fin del boicot, dado que se habían logrado los objetivos, pues “salvo algunas excepciones (...), la propaganda extranjera fue neutralizada”.
La legislación que, de ahí en más, comenzó a aplicar el gobierno confirmó la eliminación de los judíos del servicio oficial y la vida pública. Los derechos civi- les fueron divididos en dos categorías y se creó una ciudadanía de segunda clase para los judíos y los de sangre judía o casados con mujeres judías. Esta legislación fue abundante hasta septiembre, y luego comenzó a reducirse. Este hecho mani- festaba la decisión de “eliminar la influencia de los judíos de la vida pública”.
El 7 de abril, dos días después de que Hitler escribiera a Hindenburg asegu- rándole la “solución legal” de la “cuestión judía”, fue adoptada –en el Reichstag– la primera ley antisemita de las aproximadamente cuatrocientas que se promul- garon a fin de destruir la vida judía europea. Esta norma fue la Ley de Restitu- ción de las Funciones Públicas Profesionales de la Nación a su Base, que soste- nía en uno de sus artículos: “Los funcionarios que no sean de origen ario serán transferidos a jubilación; cuando se trate de funcionarios honoríficos, es nece- sario destituirlos de sus cargos”
La falta de una definición clara del concepto “no ario” obligó a agregar un su- plemento, y la reglamentación de la ley, publicada el 11 de abril, tenía más im- portancia –en este aspecto– que la propia norma. El párrafo 2º del reglamento, llamado “Párrafo de ariedad”, decía:
1) Se considera como no ario a quien no sea de origen ario, especial- mente si tiene padres o abuelos judíos. Basta con que uno de sus padres o abuelos sea no ario. Esto se aplica, especialmente, cuando el padre o el abuelo pertenecen a la fe judía. 2) Si un funcionario no se encontraba en su cargo el 1º de agosto de 1914, deberá probar que pertenece a la raza aria, o que combatió en el frente, o que es hijo o padre de alguien caído en el campo de batalla durante la Gran Guerra. Es necesario presentar esta prueba mediante documentación: acta de matrimonio de los padres,
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certificado del ejército. 3) Si el origen ario se presta a duda, es necesario obtener la opinión del especialista en la investigación de la raza del Mi- nisterio del Interior.
En la reglamentación se hacía una concesión a los funcionarios nombrados antes de 1914 o que lucharon en la Primera Guerra o sus hijos, consecuencia de la intervención del presidente Hindenburg, jefe del Estado Mayor durante la contienda. Esto demuestra que, durante ese período, Hitler podía ser presiona- do por la política antijudía de su gobierno.
En el curso de la sanción de leyes se fue definiendo la importancia del con- cepto “judío” a partir del “Párrafo de ariedad”, tal como puede apreciarse en al- gunas de las normas:
• 22 de abril de 1933: Expulsión de los médicos judíos del Seguro Nacional de Salud.
• 25 de abril de 1933: Limitación en la aceptación de nuevos alumnos ale- manes no arios en las instituciones educativas de todos los niveles hasta el 1.5% y hasta que el número se reduzca al 5% del total.
• 2 de junio de 1933: Expulsión de dentistas y técnicos dentales del Servicio Nacional de Salud.
• 6 de junio de 1933: Imposición de la ley para la reconstrucción del aparato profesional del Estado a profesores honorarios y conferencistas de las universi- dades y notarios.
• 5 de julio de 1933: Interrupción de la asistencia a parejas jóvenes cuando uno de los cónyuges no es ario.
• 14 de julio de 1933: Cancelación de la ciudadanía a inmigrantes, especialmen- te de Europa oriental, que habían obtenido la ciudadanía desde fines de 1918. La re- glamentación de la ley (26 de julio) definió a los inmigrantes judíos de Europa orien- tal como “indeseables”, incluso si no hubieran cometido trasgresión alguna.
• 20 de julio de 1933: Obligación de las oficinas de abogados de implemen- tar el “Párrafo de ariedad”.
• 22 de septiembre de 1933: Establecimiento de la Oficina Nacional para la Cultura, exclusivamente para arios. Se ocupaba, además, de eliminar a los judí- os de las instituciones culturales (arte, pintura, literatura) y los espectáculos pú- blicos (cine, teatro, radio).
• 4 de octubre de 1933: Promulgación de la Ley para la Prensa Nacional, prohibiendo a los judíos y a los casados con judíos ser editores de los periódi- cos alemanes, ejerciendo el control político sobre los mismos y aplicando el “Párrafo de ariedad” a los periodistas.
Comenzó, así, el drama de los judíos alemanes. Los suicidios, cuya divulgación estaba prohibida, eran frecuentes, y hacia el otoño de 1933 ya habían emigrado
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50.000 personas. Testimonio de ello lo brinda una nota dejada por Fritz Rosenfelder, dirigente de un club deportivo, quien se suicidó en octubre de 1933:
¡Mis amigos! ¡Este es el último adiós! Un judío alemán no puede vivir sabiendo que el movimiento del cual Alemania espera su salvación le tiene por un traidor. Me voy sin odios. Formulo un deseo ardiente: ¡Que la razón retorne! Imposibilitado de ejercer actividad alguna, opto por sui- cidarme antes que apelar al socorro de mis amigos cristianos. Que esto os haga ver lo que experimentan los judíos alemanes. ¡Cuánto habría pre- ferido dar mi vida por mi patria! ¡No me lloréis, procurad comprender y
ayudar al triunfo de la verdad! Es así como me honrareis.14
El diario local, anunciando el suicidio, escribía:
Fritz Rosenfelder es razonable y se ahorca. Nos sentimos felices y no vemos inconveniente alguno en que sus congéneres nos digan adiós de la
misma manera.15
A lo largo de 1934 no se promulgaron leyes antijudías de relevancia, hecho que fortaleció la idea de que los judíos podrían permanecer en Alemania, in- cluso con sus derechos limitados. Pero 1935, año de grandes éxitos para Hitler, fue el de la sistemática introducción del antisemitismo en la vida del Tercer Reich, que se había movido –hasta entonces– en el plano de la propaganda y los obstáculos interpuestos a las actividades profesionales de la comunidad judía.
A fines de marzo se renovaron las agresiones contra los judíos y el boicot con- tra sus negocios. Todos los organismos partidarios, locales y nacionales, y las ins- tituciones vinculadas con ellos se unieron en esta campaña. En el verano de 1935 se prohibió el ingreso de judíos a las salas cinematográficas, teatros, natatorios y parques públicos. Estas normas fueron el marco de manifestaciones populares an- tijudías espontáneas y sirvieron como base para crear un sistema legal más ade- cuado. Este marco serán las Leyes de Nuremberg, del 15 de septiembre de 1935.