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2.3 Conclusions

3.3.2 Surface-based techniques

El film Continente perdido ilustra muy bien el actual mito del exotismo. Se trata de un gran documental sobre el "oriente", cuyo pretexto es una vaga expedición etnográfica, visiblemente falsa por otra parte, realizada en Insulindia por tres ó cuatro barbudos italianos. El film es eufórico, allí todo es fácil, inocente. Los exploradores son buenas gentes, que durante el descanso se ocupan de diversiones infantiles: jugar con un osito-mascota (la mascota es indispensable en cualquier expedición; no hay film sobre el polo sin foca domesticada, ni reportaje tropical sin mono) o volcar cómicamente un plato de espaguetis sobre la cubierta del barco. Esto

significa que esos buenos etnólogos no se preocupan para nada por problemas históricos o sociológicos. Para ellos la penetración del oriente se reduce a una corta vuelta en barco en un mar azul, bajo un sol esencial. Y ese oriente, que precisamente hoy se ha convertido en el centro político del mundo, aparece sin contrastes, pulido y coloreado como una tarjeta postal pasada de moda.

El procedimiento de irresponsabilidad es claro: colorear el mundo siempre es una manera de negarlo (es posible que haya que comenzar un cuestionamiento al color en el cine). Privado de toda sustancia, arrojado al color, desencarnado por el lujo de las "imágenes", el oriente queda preparado para la operación de escamoteo que el film le reserva. Entre el oso-mascota y los graciosos espaguetis, nuestros estudiosos etnólogos no necesitarán ningún esfuerzo para postular un oriente de formas exóticas, en realidad profundamente similar al occidente, por lo menos al occidente espiritualista. ¿Los orientales tienen religiones particulares? No interesa demasiado, pues sus variaciones son poco relevantes ante la profunda unidad del idealismo. De este modo, cada rito está, a la vez, especializado y eternizado: promovido, al mismo tiempo, al rango de espectáculo excitante y de símbolo paracristiano. Y si el budismo no es estrictamente cristiano, poco importa, pues también tiene monjas que se rasuran los cabellos (gran tema patético en las tomas de velo), pues tiene monjes que se arrodillan y se confiesan a su superior, pues, como en Sevilla, los fieles van a cubrir de oro la estatua del dios.1 Es cierto que siempre son las "formas" las que mejor revelan la identidad de las religiones; pero, lejos de desenmascararlas, esa identidad las entroniza, las incluye a todas dentro del prestigio de una catolicidad superior.

Se sabe perfectamente que el sincretismo ha sido siempre una de las grandes técnicas de asimilación de la iglesia. En el siglo XVII, en ese mismo oriente, cuyas predisposiciones cristianas nos muestra Continente perdido, los jesuítas avanzaron demasiado en el ecumenismo de las formas: se ejercieron ritos malabares que, por otra parte, el papa terminó por condenar. Ese mismo "todo es semejante" es insinuado por nuestros etnógrafos: oriente y occidente, todo es igual, sólo existen diferencias de colores, lo esencial es idéntico. Es la eterna postulación del hombre hacia Dios, el carácter irrisorio y contingente de las geografías en relación con la naturaleza humana, cuya clave detenta únicamente el cristianismo. Aun las leyendas, ese folklore "primitivo" que parece destinado a destacar su rareza, sólo tienen por misión ilustrar la "naturaleza". Los ritos, los hechos culturales nunca se vinculan con un orden histórico particular, con una situación económica o social explícita, sino solamente con las grandes formas neutras de los lugares comunes cósmicos (estaciones, tormentas, muerte, etc.). Si se trata de los pescadores, por supuesto que no se nos muestra el modo de pescar; lo que aparece hundida en la eternidad de un poniente de cromo es una esencia romántica de pescador, que nada tiene que ver con un obrero que tanto en su técnica como en sus ganancias es tributario de una sociedad definida, sino que más bien se ofrece como tema de una eterna condición: el hombre en la lejanía, expuesto a los peligros del mar, la mujer que llora y reza en el hogar. Lo mismo ocurre con los refugiados, de quienes se nos muestra al principio una larga fila que baja la montaña; evidentemente es inútil situarlos: son esencias eternas de refugiados y producirlos es parte de la naturaleza del oriente.

1 Tenemos un buen ejemplo del poder mistificador de la música: todas las escenas "budistas" están sostenidas por un vago jarabe musical, que a ¡a vez tiene algo de romanza americana y del canto gregoriano; e* monódico (signo de monacalidad).

En suma, el exotismo revela su justificación profunda, que consiste en negar cualquier intento de situar la historia. Al mostrar la realidad oriental con alguno* signos indígenas, se la vacuna eficazmente contra todo contenido responsable. Un poco de "situación", la mal superficial posible, facilita la coartada necesaria y dispensa de una situación más profunda. Frente a lo extranjero, el orden sólo conoce dos conductas, ambas mutilantes: o considerarlo como ficción o desmontarlo como puro reflejo de occidente. De cualquier modo, lo esencial es suprimir su historia. Vemos, pues, que las "bellas imágenes" de Continente perdido no pueden ser inocentes; no puede ser inocente perder al continente que se ha reencontrado en Bandung.

ASTROLOGÍA

Según parece, en Francia el presupuesto anual de la "brujería" es de alrededor de trescientos mil millones de francos. Vale la pena, por ejemplo, echar un vistazo, sobre la semana astrológica de un semanario como Elle. Contrariamente a lo que se podría esperar, allí no se encuentra ningún mundo onírico, sino más bien una descripción estrechamente realista de un medio social preciso: el de las lectoras de la revista. Dicho de otro modo, la astrología —al menos en este caso— no es en absoluto apertura al ensueño, sino puro espejo, pura institución de la realidad.

Los rubros principales del destino (la suerte, el mundo exterior, el hogar, el corazón) reproducen escrupulosamente el ritmo total de la vida laboriosa. La unidad de esa vida es la semana, durante la cual, la "suerte" elige un día o dos.

Aquí la "suerte" es la parte reservada de la interioridad, del humor; es el signo vivido de la duración, la única categoría a través de la que se expresa y se libera el tiempo subjetivo. En lo demás, los astros no conocen otra cosa que un empleo del tiempo: el mundo exterior es el horario profesional, los seis días de la semana, las siete horas diarias de oficina o de tienda. El hogar, es la comida de la noche, el breve tiempo de velada antes de acostarse. El corazón es la cita a la salida del trabajo o la aventura del domingo. Pero entre estos "dominios", ninguna comunicación: nada que, de un horario al otro, pueda sugerir la idea de una alineación total; las prisiones son contiguas, se turnan pero no se contaminan. Los astros jamás postulan subversión del orden, sino que influyen en la semana respetuosos de la situación social y de los horarios patronales.

Para la astrología el "trabajo" es el de empleadas, de dactilógrafas o de vendedoras: el microgrupo que rodea a la lectora resulta fatalmente el de la oficina o la tienda. Las variaciones impuestas, o más bien propuestas por los astros (pues esta astrología es teológicamente prudente, no excluye el libre albedrío), son débiles, jamás tienden a trastornar una vida. El peso del destino se ejerce únicamente sobre el gusto por el trabajo, el nerviosismo o la tranquilidad, la perseverancia o el abandono, los pequeños desplazamientos, las promociones indefinidas, la acritud o complicidad en las relaciones con los colegas y, sobre todo, la fatiga, ya que los astros prescriben con mucha insistencia y cordura dormir más, siempre más.

El hogar está dominado por problemas de humor, de hostilidad o de confianza del medio; con frecuencia se trata de un hogar de mujeres, donde las relaciones más importantes son las de madre e hija. La casa pequeñoburguesa aparece presente con toda fidelidad, con visitas de la "familia" diferenciada, por otra parte, de los "parientes políticos", a los que los astros no parecen tener en muy alta estima. Este

ambiente es casi exclusivamente familiar y existen pocas alusiones a los amigos. El mundo pequeñoburgués está esencialmente constituido por parientes y colegas, no produce verdaderas crisis de relación, sólo pequeños enfrentamientos de humor y de vanidad. El amor es el del correo sentimental; es un "dominio" totalmente separado: los "problemas" sentimentales. Pero al igual que una transacción comercial, el amor conoce "comienzos prometedores", "errores de cálculo" y "mala elección". En este terreno la desdicha tiene escasa amplitud: en tal semana un cortejo de admiradores menos numeroso, una indiscreción, celos sin fundamento. El cielo sentimental sólo se abre en toda su dimensión frente a la "solución tan anhelada", el matrimonio, que, una vez más, es necesario que sea "conveniente".

El único rasgo que idealiza ese pequeño mundo astral, muy concreto por otra parte, es el hecho de que jamás aparece el dinero. La humanidad astrológica se desliza sobre su salario mensual; el salario es lo que es, jamás se habla de él puesto que permite la "vida". Vida que los astros se encargan de describir, mucho más que de predecir; raramente se arriesga algo sobre el porvenir y la predicción siempre está neutralizada por el balanceo de los posibles: si hay fracasos, serán poco importantes; si hay rostros ensombrecidos, el buen humor de la lectora los alegrará; las relaciones fastidiosas resultarán útiles, etc. Y si su estado general debe mejorar, será como consecuencia de un tratamiento que usted habrá seguido, o quizás también gracias a la ausencia de todo tratamiento (sic).

Los astros son morales, aceptan dejarse influir por la virtud: el ánimo, la paciencia, el buen humor, el control de sí, son requisitos permanentes frente a desengaños tímidamente anunciados. Y lo paradójico es que este universo del puro determinismo de pronto es domeñado por la libertad del carácter; la astrología es, ante todo, una escuela de voluntad. A pesar de todo, aunque las salidas propuestas sean pura mistificación, aunque se escamoteen los problemas de conducta, la astrología sigue siendo institución de lo real ante la conciencia de sus lectoras. No es vía de evasión, sino evidencia realista de las condiciones de. vida de la empleada, de la vendedora.

Si no parece implicar ninguna compensación onírica, ¿para qué puede servir esta pura descripción? Sirve para exorcizar lo real, nombrándolo. En este sentido, la astrología se ubica entre los intentos de semialienación (o de semiliberación) que tienen por función objetivar lo real sin llegar a desmistificarlo. Otra de esas tentativas nominalistas es bien conocida: la literatura, que en sus formas degradadas no va más allá de contar lo vivido: astrología y literatura tienen la misma tarea como institución "retrasada" con respecto a lo real: la astrología es la literatura del mundo pequeñoburgués.