• No results found

Una división boliviana al mando del general Narciso Campero debía amagar a los chilenos por la frontera de Atacama. Avanzó con excesiva lentitud. Al saber lo que había ocurrido en Camarones, Campero optó, por iniciativa propia, por volver a Bolivia.

LOS CHILENOS EN DOLORES, JAZPAMPA y PISAGUA.

Una vez capturada Pisagua, los chilenos se dirigieron al interior. El 10 de noviembre ya estaban en la oficina salitrera de Dolores donde podían contar con abundante agua de un pozo vecino. La artillería fue concentrada allí. Otra parte del ejército invasor permaneció en la estación ferroviaria de Hospicio y en la base de Pisagua. Tropas destacadas para vigilar el avance de Daza creyeron encontrarse con las señales de que se aproximaba el enemigo; con tal motivo hubo orden para concentrar una

columna en el estratégico lugar llamado Jazpampa. El ejército chileno quedó así fraccionado en tres porciones: la de Dolores, con la artillería, según la versión de los historiadores de ese país, ascendía solamente a 4.500 hombres si bien testimonios peruanos la elevan a más de 6.000; la de Jazpampa tenía un efectivo calculado por aquéllos en 3.000; mientras unos 5.500 continuaron estacionados en Hospicio y Pisagua.

Con la retirada de Daza, las fuerzas de Buendía habían quedado solas. Al avanzar ellas hacia el norte, pues decidieron no permanecer encerrados en Iquique que podía convertirse en una ratonera, buscaron el contacto con el Presidente boliviano y se tropezaron con los chilenos. El comandante de estas tropas, general Erasmo Escala, hallábase en Jazpampa y se había negado insistentemente a mandar la artillería a Dolores. Los batallones acampados en este lugar pertenecían al comando del coronel Emilio Sotomayor, hermano del ministro de Guerra. El coronel Sotomayor, mal de su agrado, acabó por acceder al pedido de varios de sus jefes, encabezados por un militar improvisado, el teniente coronel José Francisco Vergara para que fuesen ocupadas las "excelentes y salvadoras" alturas de San Francisco o de Dolores desde donde se dominaba el ferrocarril, los depósitos de agua y el camino a Jazpampa. El plan de Sotomayor (calificado como suicida por historiadores chilenos) había sido combatir en la llanura a lo largo de la línea férrea.

LA MARCHA DEL EJÉRCITO ALIADO A SAN FRANCISCO.

En lo que atañe a las condiciones en que el ejército del sur abandonó la ciudad de Iquique, escribió Belisario Suárez en su parte oficial de 23 de noviembre de 1879: "Salió el ejército, como V.S.

consta, casi desnudo, muy próximo a quedar descalzo, desabrigado y hambriento, a luchar, antes que con el enemigo, con la intemperie y el cansancio durante la noche, para evitar en las pampas el sol abrasador y, en una palabra, con el equipo que al principio de la campaña era ya inaparente para emprenderla porque ninguno de los pedidos que V.S. y este despacho han reiterado, fue satisfecho en los siete largos meses de estación en Iquique". El gobierno había celebrado un contrato con la casa Puch Gómez y Cía. para la provisión de la Carne , en el cual se había pasado sobre lo excesivo del precio confiando en la seguridad del suministro; pero éste había sido súbitamente cortado. Otros elementos tampoco existían o eran escasos. Faltaban las bestias, las vituallas y el agua que hubieran hecho menos difícil la travesía por el desierto.

El 5 de noviembre las tropas caminaron en dirección a Pozo Almonte donde a partir del 6 concentraron nuevamente sus fuerzas, a las que se unieron los fugitivos de Pisagua; y allí estuvieron, a pesar de que era un

campo arenoso y ardiente, sometido a los rigores de un viento cegador y constante. Los pocos víveres fueron disminuyendo sin esperanza de reemplazarlos y la tropa contó con un alimento sólo de dos onzas de papas, tres de arroz y un pedazo de charqui.

Soldados, oficiales y jefes estaban en absoluta ignorancia acerca del enemigo. Se notaba gran descuido en el servicio del Campamento. La aprensión y la desconfianza minaban la moralidad y la disciplina. Entre el 13 y 14 se produjo la salida de Pozo Almonte, el 16 descansó el ejército en Ramírez y en la tarde de ese día emprendió la marcha sobre Agua Santa, el punto terminal del ferrocarril del Pisagua. En esta travesía hubo a veces separación excesiva entre la vanguardia y el resto de las tropas. Al acampar el 17 en Agua Santa hubo necesidad de desafiar a los rayos del Sol.

Sólo al caer la tarde se decidió al traslado a Negritos, situado a media legua y provisto de pozos de agua. Ella compensó en parte la escasez de alimentos.

La salida de Negritos en la tarde del 18 fue solemne. "Un sublime sentimiento de entusiasmo se apoderó de todos los ánimos, moviéndose como por un solo resorte". (Escribió el militar boliviano Lisandro y Quiroga en su poco conocido folleto La campaña de los 18 días). "La fraternidad del Perú y Bolivia pocas veces encontrará una hora de más elocuentes manifestaciones.

Las bandas militares del Perú entonaron el himno boliviano; las nuestras el del Perú, permaneciendo durante su ejecución todos con la cabeza descubierta y después atronadores vivas a la alianza llenaban el aire. Por fin los comandantes generales de división y los jefes de cuerpo se dieron un abrazo que simbolizaba el de los pueblos armados que representaban".

La marcha fue penosa, habían sólo de tres a cuatro leguas entre Negritos y Santa Catalina y la carencia de guías libró el destino del ejército al acaso en el desierto. Al rayar la aurora del 19 las tropas estaban al norte de la oficina de Santa Catalina y el comando supuso que había cortado al enemigo su retirada. Este ocupaba, sin embargo, a corta distancia, las alturas de San Francisco.

Muchos opinaron por ataque inmediato e instantáneo aprovechando de la sorpresa, sin que se escuchara esta opinión. Bajo los rayos abrasadores del sol, los aliados estuvieron todo el día sin comer, si bien hallaron un poco de agua en la oficina salitrera del Porvenir, situado al pie de San Francisco. Serían unos 4.000 peruanos y 3.500 bolivianos. Buendía había recibido el 14 un telegrama en clave del director de la guerra en que le

decía: "Ataque Ud. en el acto y sin trepidar". Una orden posterior le indicó que esperara a Daza.

Entre quienes tenían la responsabilidad de dirigir al ejército, iban en aumento la desorganización y la discordia. Según manifiesta Cáceres en sus memorias, "con motivo de la ruta que se debía seguir promoviose una acalorada discusión entre los jefes en la cual se exaltaron los ánimos y poco faltó para que se dieran de sablazos. El comandante Rubin de Celis, ayudante del general Buendía, vino entonces a noticiarme de lo que pasaba y a decirme que fuera yo a apaciguar a los jefes".

LA ORDEN DE ATACAR Y LA CONTRAORDEN.

El mismo Cáceres cuenta que en la tarde del 19 vino primero la orden de atacar y luego la de postergar el ataque hasta el día siguiente, recibida con amargas críticas por muchos jefes. "Cuando abrumados por el hambre y el sol (dice Quiroga en confirmación de este dato) nuestros infelices soldados estaban en una especie de sopor bajo los pabellones de sus rifles, a las 3 p.m. se nos aproximó el coronel Suárez y personalmente a cada cuerpo anunció que se había resuelto "atacar aquella tarde, formándonos en consecuencia en columna de ataque. La primera línea de las tres en que estaba dividido el ejército ocupaba nuestra derecha" y sus columnas se formaron en la pampa que se extiende hacia el Este. La segunda línea se adelantó por el costado izquierdo nuestro, o derecho enemigo, permaneciendo atrás la línea de reserva. Cuando habíamos ya avanzado en actitud hostil sobre el enemigo y estábamos a una cuadra del pie del cerro, nos mandaron hacer alto y el jefe del E.M.G., que estaba en los cuerpos que formábamos la segunda línea llamó a consulta a los primeros jefes de cuerpo. Nos detuvimos más de media hora hasta que, después de aquellas deliberaciones tan extemporáneas, se volvió el coronel Suárez a dirigir a cada cuerpo y en un discurso breve nos dijo "que la hora era avanzada para completar esa tarde la victoria por lo cual convenía postergar el ataque para el siguiente día en que al amanecer subiríamos a las posiciones enemigas, que mientras tanto fuésemos a descansar y tomásemos el rancho que se nos iba a distribuir.

Según Suárez en una comunicación a Buendía (Puno, 12 de agosto de 1885) la contraorden se inspiró en la desorganización y el descontento que reinaba en el ejército boliviano.

BATALLA DE SAN FRANCISCO.

Según Cáceres, después de dada la consigna de aplazar la batalla, surgió una provocación chilena con disparos de artillería a los que siguieron la arremetida de parte de las tropas peruanas y bolivianas. Quiroga afirma

que, no obstante la contraorden, la primera línea continuó su avance de frente, "en pocos minutos llegó al pie del cerro y, cuando Ilenos lo creíamos, comprometió la batalla". En su opinión el Estado Mayor no llegó a comunicarle la decisión adoptada, lo cual no parece verosímil pero da una idea acerca de la precipitación con que se sucedieron los acontecimientos.

Según Buendía (ratificado en esto por Suárez) el primer disparo fue de rifle y provino de un sargento boliviano. Eran las 3 y pocos minutos de la tarde.

Buendía, en un memorándum sobre la batalla (que ha utilizado Paz Soldán y que figura en el libro con sus documentos recientemente publicado) no menciona la contradicción entre las disposiciones adoptadas y afirma que se hizo alto y se decidió que el ejército, que estaba extenuado, se retirase a descansar, comer y dormir, citándose a una junta en la noche de todos los comandantes generales y jefes de cuerpo. A los pocos minutos (agrega) se oyó la detonación de un tiro disparado por un sargento de la compañía Illimani, boliviana, desplegada, en guerrilla. "Corrí a impedir se hiciese fuego (sigue contando Buendía); pero mis esfuerzos, como los de todos, eran desatendidos y desoídas las cornetas que tocaban "alto el fuego".

Ya desde la mañana se había esparcido con rapidez prodigiosa la noticia de la retirada de Daza trasmitida por uno de los propios enviados por Buendía para suplicarle que precipitase su marcha; esta información desmoralizó a las tropas bolivianas y llenó de recelo y encono a los peruanos. Tan desalentadora noticia, más que las fatigas y penurias de la campaña, sirvió como factor psicológico muy importante para explicar lo ocurrido en San Francisco. Iniciado el tiroteo, como se ha visto, sin una orden alrededor de las tres de la tarde, algunos jefes y tropas de infantería peruana y boliviana se lanzaron a combatir con arrojo temerario estimulados por los gritos de: ¡Al cerro! ¡Al cerro!, mientras los fuegos de las compañías colocadas a retaguardia a veces herían o mataban por la espalda a quienes buscaban al enemigo, por lo cual se produjo una gran confusión en la que el resto del ejército boliviano y la caballería peruana al mando del coronel Rafael Ramírez se dispersaron.

En condiciones muy desfavorables empezó así, sin plan previo, esta arremetida prematura de parte de la infantería peruana y boliviana contra treinta y dos cañones de campaña, teniendo los asaltantes que atravesar una zona mortífera de 3.000 metros, bajo un sol abrasador. Algunos combatientes lograron escalar el cerro y acercarse a los cañones. Entre ellos se contó el héroe máximo de la jornada, el coronel Ladislao Espinar,

oriundo del Cuzco. De él se, ha dicho que era un explorador sin puesto en el ejército, hombre de treinta y ocho años, alto, esbelto y arrogante.

Notable por su impetuoso valor, Castilla le había hecho avanzar en su carrera desde soldado hasta teniente coronel. El día de la batalla estaba envuelto en un ancho albornoz africano que le daba a la distancia el aspecto de un monje. Al hablar del asalto a las alturas por los batallones Zepita e Illimani en medio de un diluvio de balas dice Vicuña Mackenna: "Conducíalos Espinar y desde a caballo impávidamente señalando con la espada a los soldados los sitios y hasta las personas a quienes debían tirar. Cayó en ese momento el caballo del atrevido peruano atravesado por una bala de carabina; pero, sacudiéndose el polvo del gabán y enjugándose el sudor del rostro, continuó la repechada gritando a los que le seguían: "¡A los cañones! ¡A los cañones!" "voces que en el fragor de la batalla oíanse distintamente". Llegó hasta ellos. El mayor Salvo que manda la artillería dijo entonces en una carta particular: "Sucumbió (Espinar) gloriosamente a pocos pasos de donde yo me hallaba contestándole con mi revólver los fuegos que me hacía con el suyo".

Entre los batallones que treparon el cerro estuvieron los que tenían cuadros preparados en la Escuela de Clases, los famosos cabitos; entre ellos el Lima N°8 a las órdenes del teniente coronel Remigio Morales Bermúdez. Eran casi niños.

"Las Fuerzas del ejército aliado (escribió Belisario Suárez en su parte oficial del 23 de noviembre de 1879) en completa dispersión, sin orden, sin que nada autorizara ese procedimiento, rompieron un fuego mortífero para nuestros soldados e inútil contra el enemigo, El campo se cubrió de esos soldados fuera de filas que disparaban desde largas distancias, avanzaban a capricho o escogían un lugar para continuar quemando sus municiones sin dirección ni objeto; en cada sinuosidad del terreno, tras de cada montón de caliche aun entre cada agujero abierto por el trabajo, había un grupo que dirigía sus fuegos sin concierto, sin fruto y produciendo un ruido que aturdía y una confusión que no tardó en envolverlo todo". Agregó Suárez que él intentó contener este desborde y, asimismo, dirigir el ataque a la altura; "pero (confesó) tuve que abandonar también ese empeño a ruego de los soldados heridos por la espalda mientras combatían denodadamente".

Después de casi dos horas de lucha, en las que disparó la artillería chilena 815 cañonazos, según testimonios de esa nacionalidad y en que participó también la infantería para defender el cerro, se hizo evidente a las cinco de la tarde la suerte adversa de los aliados. El comando no logró evitar el desorden en ningún momento.

El general Pedro Bustamante, jefe de una de las divisiones, a quien (según él dijo en un manifiesto que luego publicó en Lima) se le dio la orden de avanzar para tomar la artillería enemiga, tuvo que retroceder y al notar que la pampa se hallaba regada de dispersos optó por retirarse y, con parte de sus tropas, como cuatrocientos hombres aproximadamente, llegó a Arica antes que el grueso del ejército sin haber combatido en Tarapacá.

Buendía llegó a negar el nombre de batalla al tiroteo de San Francisco: ¿Qué derrota hemos podido sufrir los que no fuimos atacados por el enemigo (exclama); ni qué victoria alcanzaron los que desde el cerro en que estaban posesionados nos dirigían sus tiros de cañón sin haber bajado al campo? Lo que hubo en San Francisco fue una dispersión preparada, arreglada y ejecutada en esos momentos en que se encontró oportuna la ocasión y la hora, por una tropa cansada, disgustada, alucinada y conturbada por las noticias recibidas en la mañana de ese día. Fue la suya la misma versión de Suárez, muy antiboliviana. Seguramente ambos exageraron al considerar como un plan lo que fue efecto del desgobierno.

Pero las consecuencias de esta jornada -cañoneo en las alturas, dispersión en la planicie- fueron trascendentales. El ejército de Tarapacá quedó grandemente reducido, no por las bajas (calculados en 220 muertos y 76 heridos), sino por la dispersión de todas las fuerzas bolivianas (cuyo número ascendió según se ha anotado, apoco más de 3.000) y de algunas unidades peruanas. Los chilenos tuvieron, según Encina, 60 muertos y 148 heridos, casi el doble de las bajas confesadas. Los vencedores no hicieron prisioneros y permanecieron en sus mismas posiciones. Ni ellos ni el general Escala que llegó esa misma tarde precedido, según cuenta José Francisco Vergara en sus memorias, del "estandarte de la Virgen del Carmen", (su división de 3.000 hombres se hizo presente en la noche) tuvieron sospechas de la magnitud del triunfo. Hasta la mañana siguiente lo creyeron un reconocimiento. Cuerpos de infantería chilenos descansados hubieran podido lanzarse a la carga después de la batalla, en vez de quedar retenidos en torno al cerro y (según testimonios de esta nacionalidad) deshacer a los restos del ejército aliado. Los mismos aseveran que, después de haber tomado el mando el general Escala, ni él ni el coronel Sotomayor, al divisar la columna de polvo que marcaba la retirada del enemigo por el desierto, supieron lanzar la caballería para exterminarlo o rendirlo Sin haberlo esperado, se encontraron conque tenían en su poder heridos y armamentos peruanos y bolivianos. Vergara dice: "Habíamos obtenido

una victoria sin saberlo y sólo porque Dios lo había querido." Singular interés ostenta, en relación con la batalla de San Francisco, la exposición que publicó el general Manuel Velarde, en El Comercio del 9 de diciembre, de 1884. Este jefe se retiró del lugar del combate, y acusó a Buendía. Lo mismo hizo en otro manifiesto, el general Pedro Bustamante (la Patria, 19 de enero de 1880).

APRECIACIÓN SOBRE SAN FRANCISCO.

Antes de que se librara la batalla de San Francisco, pareció que, a pesar de las circunstancias adversas, para los peruanos y bolivianos, las tropas invasoras podían ser destrozadas. Al dividirse ellas en tres núcleos, en San Francisco, Jaspampa y Hospicio, hubieran tenido que afrontar ataques sucesivos. Si Daza se une a Buendía o concierta sus operaciones con él, habría aumentado la fuerza y elevádose la moral de los jefes, oficiales y soldados aliados. Aun después de quedar sólo Buendía, si este general organiza y comanda adecuadamente sus fuerzas, la fortuna le hubiese sido acaso propicia, pues los chilenos no lo esperaban. Castilla triunfó muchas veces bajo condiciones mucho más adversas. Todo el, curso de la invasión en el sur del territorio peruano habría sufrido un cambio trascendental si no hay deslealtad en el aliado que suscitó la guerra y si no surgen en seguida la precipitación y el atolondramiento en las fuerzas que habían caminado desde Iquique. San Francisco no fue una batalla donde la victoria pareciera sonreír durante unos instantes a los combatientes peruanos, como ocurriera luego tanto en Tacna como en Miraflores y hasta en Huamachuco; pero antes de que se disparara el primer tiro, de ella, en ese lugar y entre esos hombres estuvo, teóricamente, la mejor oportunidad para arrollar al adversario. Sin embargo lo que en realidad sucedió, fue un desastre. Pero cabe pensar que bien pudo haber sobrevenido algo peor, a causa de la anarquía, la excitación y la incertidumbre reinantes. Por ejemplo, que el ejército peruano cayera prisionero sin combatir; suponiendo el brusco surgimiento de un fenómeno de desbande en las tropas bolivianas ante la noticia de la retirada de Daza con un proceso de contagio parcial en las filas peruanas, o una lucha cruenta entre los aliados, o algún otro estigma similar, del que fue redimido aquel ejército, por la sangre de los héroes de San Francisco. Producida la derrota, los vencidos (no hay que olvidarlo tampoco) hubieran podido ser aniquilados inmediatamente después si los vencedores bajan de sus posiciones en las alturas.

En la catástrofe de esta batalla se escucha como un eco de la pérdida de la Independencia; así como, en cierto modo, hay algo del Huáscar en

Related documents