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T HE E NVIRONMENT AND E COSYSTEM W ILL D EVELOP F URTHER

TABLE 3: EXTENDED LIST OF DOMAINS AND CHARACTERISTICS

C. R ESEARCH I SSUES AND THEIR C LASSIFICATION

4. T HE E NVIRONMENT AND E COSYSTEM W ILL D EVELOP F URTHER

La prim era aparición de Alcibíades en la obra de Tu­ cídides, es decir, en la Historia, se sitúa en el año 420 y en el capítulo 43 del libro V, donde es objeto de un a p ri­ m era presentación, que no posee la concreción ni la se­ ducción de la que hace Platón, pero va directam ente al fondo del carácter del personaje.

Por el m om ento, dejarem os a un lado la ocasión de la intervención para centrarnos en lo que im porta.

«Con ellos estaba, entre otros, Alcibíades, hijo de Cli­ mas; su edad lo convertía únicam ente en un joven, se­ gún criterios de otros lugares, pero el nom bre de sus antepasados le daba lustre. Y sin duda era tam bién opi­ nión suya que era conveniente el acercam iento a Argos, pero una ambición ligada al orgullo le dictaba oponerse a ello.» Siguen las explicaciones, precisas y coherentes; pero retendrem os sobre todo la palabra am bición, lan ­ zada desde el prim er m om ento, y la existencia de dos series de motivos, unos racionales y otros dictados por el egoísmo. Con el agravante de que estos últim os p ri­ m an sobre los prim eros, que no se m anifiestan sino com o una especie de concesión, o la com probación de u na feliz coincidencia.

La palabra «ambición» es grave si recordam os el jui­ cio em itido por Tucídides a propósito de Pericles, en el que explica que los sucesores de Pericles, excesivamente iguales entre sí, se dedicaban a halagar al pueblo y a

«practicar intrigas personales, sobre quién sería el jefe del pueblo» (II, 65, 10-11).

E sta yuxtaposición de objetivos, unos beneficiosos para el futuro de Atenas y otros que favorecían intereses egoístas, acom paña, en la obra de Tucídides, todas las intervenciones im portantes de Alcibiades: tanto la expe­ dición a Sicilia como la acción en Asia Menor. Más ade­ lante tendrem os ocasión de volver sobre esto. Alcibiades nunca actúa sin que entre en juego su interés personal.

La nota se da, pues, con claridad, y todos los acordes siguientes le hacen eco.

Agregaremos que Plutarco (que, evidentem ente, ha leído a Tucídides) suscribe tam bién esta interpretación. Después de m encionar los desórdenes de la vida priva­ da de Alcibiades, señala: «No obstante, fue m ás bien p o r su am bición y su sed de gloria p o r lo que sus co­ rruptores lo lanzaron prem aturam ente a las grandes em ­ presas, persuadiéndole de que, desde su en trad a en la carrera política, no sólo eclipsaría de inm ediato a los otros generales y oradores sino que superaría incluso el p oder y la fam a de los que el propio Pericles gozaba en Grecia» (6, 4).

Desde el m om ento en que abordam os la política, to­ dos los defectos e insolencias de Alcibiades pasan a se­ gundo plano ante esta am bición que lo llevará a los más brillantes triunfos y a los peores desastres.

¿Cómo utilizar esta am bición? ¿A qué aplicarla? Prim eram ente, tenía que consolidar su posición en Atenas y conquistar el poder. Pero, ¿cómo?

Atenas tenía una dem ocracia directa. Todos los ciu­ dadanos podían hacer uso de la palabra en la Asamblea. Para el que, como Alcibiades, perteneciera a una fam i­ lia im portante, ello era todavía m ás fácil y norm al. Él debió de hacerlo. Sabem os que intervino para ofrecer a la ciudad un donativo de dinero (fue en esta ocasión cuando soltó la codorniz): se le aplaudió y consiguió po­ pularidad. Sabem os tam bién que apoyó el proyecto de

Cleón, que aum entaba el tributo aportado por las ciuda­ des del imperio.

Pero, ¿que podía esperarse de tales intervenciones? Quien quisiera desem peñar u n papel influyente debía ejercer un cargo. Ahora bien, no lo olvidemos, en Atenas todas las funciones públicas se sorteaban y además eran colegiadas y no renovables. Jam ás u na dem ocracia ha hecho tanto para evitar la influencia de los individuos y la constitución de un «personal político» (algo que, al parecer, hoy nos aqueja). N inguna función ni adm inis­ tración podía proporcionar la m enor influencia.

H abía u na excepción: la m ás alta m agistratura era electiva y renovable, porque com portaba responsabili­ dades m ilitares. Era la que ejercían los diez estrategos, elegidos a m ano alzada p a ra un año. H abía tam bién varias funciones financieras, pocas y de escasa relevan­ cia. Los verdaderos jefes de la dem ocracia eran los es­ trategos: Pericles había dirigido la ciudad siendo estra­ tego y había sido reelegido quince veces. Además, entre los diez estrategos (cuyas atribuciones respectivas dife­ rían ligeram ente) existía u na prioridad de hecho para uno de ellos. En Tucídides encontram os con frecuencia la fórmula: «siendo Pericles estratego con otros nueve». A veces, no siempre, un personaje célebre o popular con­ seguía hacer elegir, consigo, a amigos personales.

Lo cierto es que Alcibíades q u ería ser estratego y no ta rd a ría en serlo, ya que fue elegido aquel m ism o año 420.

Ni en las elecciones ni en las intervenciones en la Asam­ blea se configuraba la actuación en un esquem a de p ar­ tidos, puesto que los partidos no existían. Había, eso sí, am istades políticas y tendencias predom inantes. Incluso había, en aquel régim en dem ocrático, opositores secre­ tos que perm anecían adictos a la oligarquía y esperaban verla restaurada: años después desem peñarían cierto papel; y se sabía que se agrupaban en sociedades, o «he- terías» en torno a personajes im portantes. Pero todos los que aspiraban a intervenir en la vida política activa

eran dem ócratas: la diferencia residía principalm ente entre dem ócratas a ultranza y dem ócratas m oderados. Alcibíades oscilaba entre las dos tendencias. En reali­ dad, la política ateniense se p reo cu p ab a poco de p ro ­ gram as y principios generales; y Alcibíades —como de­ m o straría su ulterior conducta— se p reo cu p ab a m enos todavía: él prefería el oportunism o a los principios.

Ahora bien, en este terreno, contaban las rivalidades personales, y así lo dice Tucídides. En aquel entonces, se hablaba m ucho de Nicias convertido en el rival natural de Alcibíades. Sus ideas no diferían m ucho en política interior; pero adoptaron posturas diam etralm ente opues­ tas en la cuestión que en aquel entonces tenía im portan­ cia capital, es decir, la política exterior y la guerra.

Atenas y sus aliados estaban en guerra co n tra E sparta y la liga del Peloponeso desde el 431. La guerra había em ­ pezado bajo la jefatura de Pericles y se desarrolló d u ­ ran te los años de juventud de Alcibíades.

La guerra, por otra parte, daba ocasión de distin­ guirse, y Alcibíades no la dejó escapar. Él m ism o relata en El Banquete, o Platón le hace relatar, cóm o había in ­ tervenido con Sócrates en la batalla de Potidea, en Cal- cídica, al norte del Egeo. E ra el año an terio r a la guerra; Alcibíades fue herido y salvado po r Sócrates. Pidió que se concediera a Sócrates la «insignia del honor»; pero, a instancias del m ism o Sócrates, se la otorgaron a él. El joven aristócrata había servido en la batalla como solda­ do de infantería. Más adelante, en el año 424, interviene en la b atalla de Delión como jinete. Todo esto le hacía acu m u lar méritos.

Pero la guerra era más que la ocasión de distinguir­ se p ara un joven como Alcibíades; com portaba la adop­ ción de u n a actitud decisiva en el planteam iento de los asuntos.

Hem os de representarnos el m undo griego de enton­ ces dividido en dos grandes bloques: a un lado, Atenas, con su dem ocracia y su im perio m arítim o; al otro, E s­ parta, con su oligarquía y sus aliados continentales.

La oposición se había desarrollado poco a poco, des­ de la victoria conjunta de los griegos en las guerras m é­ dicas, a principios de siglo. En cincuenta años, Atenas había acrecentado su autoridad, transform ando a sus aliados en súbditos y am pliando su flota con el dinero que recibía de ellos en form a de tributo anual. El es­ plendor de la Atenas de Pericles, su poderío, la cons­ trucción de la Acrópolis, todo ello estaba estrecham en­ te ligado a su fuerza naval. Y la guerra del Peloponeso estalló, precisam ente, po r el tem o r que suscitaba esta hegemonía.

Así pues, desde hacía diez años, se enfrentaban dos grupos: de un lado, Atenas, que dom inaba casi todas las islas en las que se encargaba de que reinara, lo mismo que en la metrópoli, el régim en democrático; al otro lado, Esparta, la ciudad oligárquica, que presidía la liga del Pe­ loponeso y sostenía a las oligarquías; la liga com prendía a todos los pueblos del Peloponeso menos dos: argivos y aqueos tenían alianzas con uno y otro bando.

Desde hacía diez años, se guerreaba por todo el m un­ do griego; los peloponesios invadían el Ática regular­ m ente y los atenienses, tras du ra lucha, habían conquis­ tado una cabeza de puente en Pilos, en el Peloponeso. Ambos grupos habían intervenido contra los respectivos aliados. La guerra civil se había instalado en diversas ciudades: los atenienses apoyaban a los partidarios de la dem ocracia y los lacedemonios, a los de la oligarquía, lo que daba a los conflictos una violencia y una tenacidad monstruosas.

Ello hizo que acabara po r nacer, tanto en Atenas com o en Esparta, un deseo de paz: el 421 es el año de la paz.

Hay que decir que am bas ciudades tenían razones p ara querer negociar. Los atenienses habían conseguido hacer prisioneros, en Pilos, a cierto núm ero de esparta­ nos (espartanos puros, a distinguir de la fam ilia más am plia de los «lacedemonios») m ientras que los lacede­ m onios habían logrado la defección de varios aliados de Atenas de la zona de la Calcídica; y Atenas, que ya había tenido que atajar varias deserciones, tem ía esta ola cre-

cíente de abandonos. Entonces, en u n a y otra ciudad, en traro n en acción los partidarios de la paz: en Atenas fue Nicias, y los historiadores de hoy aún llam an a la paz del año 421 «la paz de Nicias».

La relevancia que adquiría Nicias en el esfuerzo por la paz no podía menos que im pulsar a Alcibíades a decan­ tarse por la guerra. De principio a fin de su carrera, Alci­ bíades se identificará con la am bición y el imperialismo atenienses; para empezar, se opondrá a Esparta; después, y siem pre por oposición a Nicias, insistirá en la idea de nuevas conquistas...

Desde el principio pudo explotar la fragilidad y las am ­ bigüedades de la paz. Que existían. N aturalm ente, h a ­ bía problem as de restituciones recíprocas que dieron lu g ar a dem oras y protestas diversas; problem as de fe­ cha y orden de restitución. Pero las com plicaciones se debían, sobre todo, a que los aliados de E sp arta esta­ b an descontentos. Algunos se hab ían negado a votar la paz. Además, el tratado preveía la posibilidad de m odi­ ficaciones, si eran aceptadas conjuntam ente por E sp ar­ ta y Atenas: en esta cláusula no se hacía m ención de los aliados, y éstos se ofendieron.1 Ello tuvo dos conse­ cuencias: la prim era, que los aliados m ultiplicaran los retraso s y negativas en las restituciones y, la segunda, que p en saran en reagruparse co n tra Esparta.

Esto, que en cualquier m om ento hubiera sido grave, lo era todavía más en el año 421, a causa de Argos.

Hem os visto que Argos no había intervenido en la guerra con la liga del Peloponeso: en el 451, había con­ certado con E sparta una paz de trein ta años que expira­ b a precisam ente ahora, p o r lo que tenía libertad para aproxim arse tanto a Atenas com o a E sparta, es decir, desem peñar u n papel im portante reagrupando en torno a sí a los aliados de E sp arta descontentos de los tra ­ tados.

Todos los ojos se vuelven, pues, hacia Argos. Desde el m om ento del acuerdo de paz, los corintios entablan con­ versaciones con ciertos dirigentes de la ciudad: Argos, les

dicen, ha de «velar por la salvación del Peloponeso». Por ello debe hacer saber «que toda ciudad autónom a y res­ petuosa de los derechos podía, si lo deseaba, aliarse con los argivos en un convenio defensivo»; y debía designar a m agistrados habilitados p ara negociar con estas ciuda­ des. Los corintios esperaban que se aliasen muchos, por hostilidad a Esparta.2

¿Qué debía hacer Atenas? Según Nicias, optar por la paz y llegar a un acuerdo con Esparta. Él había dado el ejemplo ordenando la devolución a E sparta de los rele­ vantes prisioneros que tan to deseaba recuperar. Ello le había valido el descontento de m uchos atenienses.3 Alci­ bíades adoptó la tesitura contraria. Desde el principio declaró que E sparta «no era de fiar»: quería aprove­ charse del tratado para acabar con Argos y después vol­ verse contra Atenas. De inm ediato, un a vez trazada su línea de acción, Alcibíades jugó con decisión la carta de la alianza con Argos.

La alianza argiva era un a gran idea, y tenía ilustres p re­ cedentes. A principios del siglo, Temístocles, víctima del ostracism o se refugió en Argos. Quizá po r influencia suya, Argos, conjuntam ente con M antinea, adoptó la de­ m ocracia. Un poco después, cuando fracasó la política de am istad con Esparta, Atenas recurrió a la alianza a r­ giva. Argos era el aliado que podía oponer resistencia a E sparta en pleno Peloponeso.

Pero recu rrir a Argos im plicaba u n a elección irrevo­ cable. M ientras que Pericles h ab ía fom entado con ener­ gía la superioridad del poderío m arítim o, m ientras que, desde las guerras m édicas y desde Temístocles, la tradición ateniense había sido la de «vincularse al mar» (άντέχεσθαι τήζ θαλάσσηζ, Tucídides, I, 93, 4), Alcibía­ des, en sus intentos p o r a se n ta r el pie y afianzarse en el Peloponeso, propugnaba la política de «vincularse a la tierra» (άντέχεσθαι τήζ γηζ, Plutarco, 15). Era la ru p ­ tu ra con la tradición, u na novedad, un a audacia.

Plutarco agrega, incluso, que Alcibíades apoyaba este program a en el ju ram en to de los efebos, que reconoce

com o fronteras del Ática los trigales y cultivos, como si toda la tierra cultivada les perteneciera. ¡Argumento atractivo pero falaz! Hace varias décadas fue hallado, grabado en piedra, el texto del juram ento de los efebos, y no dice tal cosa.4 ¿Error de transm isión? ¿Mala inter­ pretación deliberada de Alcibiades, deseoso de d ar una base a su política? Quién sabe. Una cosa es cierta: la alianza argiva, al renunciar a la oposición entre poderío m arítim o y continental, rep resen tab a u n a actitu d o ri­ ginal que exigía un esfuerzo de p ro p ag an d a conside­ rable.

Alcibiades no perdió el tiempo.

Los prim eros m ovim ientos de descontento entre los aliados de E sparta habían acercado rápidam ente a Ar­ gos las ciudades de M antinea y Elida. Aquí había habi­ do dificultades entre Atenas y E sp arta a propósito de las restituciones: ésta fue la ocasión.

Y, en efecto, es ahora cuando Tucídides nom bra a Al­ cibiades po r prim era vez y lo presenta en el texto que ci­ tam os al principio de este capítulo. Y no sin razón, pues es ahora cuando tom a iniciativas.

Alcibiades, que tiene amigos en diversas ciudades, especialm ente en Argos, les envía u n m ensaje privado invitando a las gentes de Argos, de M antinea y de Élida a presentarse en Atenas lo antes posible, p ara ofrecer su alianza: «El m om ento, dicen ellos, era oportuno, y él m ism o serviría a su causa con todas sus fuerzas.» Y... él los convence.

Las gentes de Argos, convencidas p o r Alcibiades, se decantan del lado ateniense, diciéndose que «así, una ciudad am iga de m ucho tiem po que vivía como ellos en dem ocracia y poseía un poderío m arítim o considerable, estaría a su lado en caso de hostilidades» (44, 1). Envían delegados: el asunto m archa.

La en trad a de Alcibiades en la política está m arcada, pues, p o r la audacia y la decisión. Parece que ha de ser un éxito. Y hay que observar que h a actuado por inicia­ tiva propia, a través de sus am istades y de form a p a r­ ticular: Tucídides es categórico.

cutibles todavía, tanto que aú n hoy desorientan a los historiadores.

Desde luego, el episodio es insólito. Tucídides hace u n relato detallado pero desconcertante; y se adivinan unas intrigas tan sutiles que resulta difícil distinguir en ­ tre realidad y fantasía.

Así pues, Argos envió a sus delegados. Pero, al m is­ mo tiempo, llega una em bajada de Esparta, cuyos com ­ ponentes habían sido elegidos entre los amigos de Ate­ nas; se les envía apresuradam ente, con una doble m i­ sión: im pedir el acercam iento entre Argos y Atenas y solventar del m ejor m odo posible ciertos problem as de restitución im portantes p ara Atenas. Son recibidos por el Consejo y declaran tener plenos poderes para zanjar las restituciones. Alcibíades, nos dice Tucídides, se asus­ ta e idea una estratagem a. ¡Y no es un a trivialidad! «Se com prom ete con los lacedem onios, a cam bio de que ellos no confírm en ante el pueblo que poseen plenos po­ deres, a devolverles Pilos (interviniendo personalm ente p ara convencer a los atenienses, del m ism o m odo en que lo hace ahora en sentido contrario) y a liquidar todo el resto.»5

¡Extraño consejo! Con una docilidad más extraña to­ davía, los lacedemonios acceden. Se contradicen ante el pueblo, con lo que se desacreditan. El pueblo pierde la paciencia; y, m ientras Alcibíades ataca violentam ente a Esparta, la Asamblea se m uestra dispuesta a concertar la alianza con Argos.

Mala suerte: se produce un terrem oto. Hay que se­ ñ alar que los atenienses, incluso en el siglo de las luces, seguían respetando estas señales divinas (a veces, se lle­ gaba a invocar u n terrem oto dudoso p ara suspender u na Asamblea), y la Asamblea se aplaza hasta el día si­ guiente.

Para entonces, Nicias volvía a dom inar la situación. Hizo decidir el envío de em bajadores a E sparta (entre los que figuraba él) p ara conseguir que los lacedemo-

nios concretaran sus intenciones, habida cuenta de que Atenas no se había aliado (o no se había aliado todavía) con Argos.

Era u n últim o recurso, y fracasó. Nicias obtuvo cier­ tas satisfacciones de poca im portancia que no afectaban a lo esencial. Resultado: el pueblo ateniense, furioso, concertó sin tard an za dos tratados de paz y alianza con Argos y sus aliadas Élida y M antinea. Corinto no se ad ­ hirió. Pero era u n buen triunfo p a ra Alcibiades. Un triunfo personal. A la prim avera siguiente, era estratego y enviaba un a expedición m ilitar al Peloponeso, in stru ­ m entaba la alianza y m andaba co n stru ir fortificaciones dondequiera que podía.

Éstos son los hechos que n arra Tucídides. De todos m o­ dos, hay que reconocer que no dejan de suscitar cierta desconfianza, y algunos buenos historiadores se han preg u n tad o si Tucídides no h ab rá cargado un poco las tintas, describiendo la acción de Alcibiades con una se­ veridad precipitada. Se ha aducido tam bién la circuns­ tancia de que el libro V esté inconcluso.

Algunos han dicho: ¡Qué curioso! Alcibiades da a los lacedem onios un consejo absurdo, ¡y ellos lo aceptan,