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3.4 Prediction of loads for a new weight variant

3.4.2 From 238t to 242t

La Modernidad fue la época del orden, del orden de la razón, del orden ilustrado, del orden eurocéntrico. Pero, como decía Roman Rolland, tras el brillo del orden acechaban los ojos del caos, cosa que se hizo manifi esto con la primera guerra mundial y sobre todo con la segunda, a la vez que también los físicos (Planck, Einstein, Heisenberg) mostraban también el caos de la materia y Freud el caos psicológico que se escondía tras el orden mental burgués. Y antes de todos ellos, guiándolos, Nietzsche. En efecto, como se deduce de las conclusiones de la Nueva Física, lo que está en consonancia con las ideas de Nietzsche y de la nueva época, parece evidente que los postulados newtonia- nos han perdido su presunto carácter universal: no tenemos acceso alguno a Todo. Los conocimientos son siempre parciales y, por consiguiente, relativos. En consecuencia, tras la aparición de la física cuántica, los «a priori» kantia- nos, es decir, las condiciones espacio-temporales de la sensibilidad y las cate- gorías de causalidad y sustancia han dejado de ser aplicables a la totalidad de los fenómenos físicos. Con ello, la objetividad ya no es posible o, si lo es, lo es en un sentido radicalmente diferente al de la Modernidad: mientras que para la física clásica el observador no era más que un refl ejo pasivo de los datos de

los sentidos y la observación era independiente de la teoría y, por tanto, obje- tiva; para la física cuántica la observación pura no existe, pues nunca es ajena a toda teoría. Lo específi co de la teoría cuántica consiste justamente en recha- zar el supuesto clásico de que los objetos físicos y sus cualidades primarias existen con independiencia de que se les observe. El propio Einstein le dijo a Heisenberg que era imposible incluir tan sólo magnitudes observables en una teoría: «Es la teoría la que decide lo que se puede observar». Después de la segunda guerra mundial, esta postura fue adoptada, tras la estela de Nietzs- che, por numerosos fi lósofos de la ciencia que dejaron claro que los enuncia- dos derivados de la observación nunca se hallan libres de alguna carga teórica (Ovejero, 2004). En suma, frente a las creencias modernas de que existía un orden absoluto en el cosmos, regido por unas leyes universales y sencillas, con lo que lo único que teníamos que hacer nosotros era dejarnos guiar por la ra- zón y el método científi co para llegar no sólo a descubrir tales leyes y tal orden sino incluso a utilizarlas en provecho de la humanidad, se colocaban las nue- vas creencias, postmodernas, según las cuales el cosmos es complejo e incluso caótico, sin leyes de ninguna clase: estamos ante un nuevo mundo, caracteri- zado por la complejidad y dominado por el caos, donde, por tanto, ya no po- demos hablar de leyes de causa y efecto, sino de mera probabilidad. No existe orden ninguno ahí fuera, sino que somos nosotros los que ponemos el orden con la estructura de nuestras teorías y de nuestro lenguaje. Eso es, esencial- mente, la postmodernidad: pluralidad, discontinuidad, particularismo, desor- den y, en defi nitiva, relativismo (Bauman, 2010). Los sofi stas tenían razón y de poco han servido, a este respecto, 25 siglos de pensamiento fi losófi co.

Todo ello por fuerza está teniendo una fuerte —aunque todavía insufi cien- te— infl uencia en la psicología, de forma que si la psicología tradicional, posi- tivista, fue la respuesta a la Modernidad y a la Revolución Industrial, la Nueva Psicología Social lo es a la Postmodernidad y a la Revolución Tecnológica. Estamos ante una nueva etapa de la historia humana y la psicología debe ser capaz de dar respuestas coherentes a esa novedad. La nueva sociedad postmo- derna sólo puede ser entendida desde la psicología social si esta disciplina cambia radicalmente de perspectiva y es capaz de captar simultáneamente los aspectos psicológicos, sociales e históricos de los fenómenos psicosociales, as- pectos estos que se relacionan entre sí a lo largo de un proceso dialéctico que la psicología social tradicional, psicologista, positivista y experimentalista, no es capaz de captar. Y fue precisamente, entre otras cosas, por no ser capaz de captarlas por lo que la psicología social tradicional entró en la profunda crisis, ya mencionada, que cuestionaba radicalmente los propios fundamentos sobre los que se asentaba mayoritariamente la práctica científi ca de los psicólogos. Pero tal crisis fue altamente fértil, habiendo tenido efectos profundos, irrever- sibles y duraderos (Ibáñez, 1990; Ovejero, 1999; Torregrosa, 2010, en este volumen), a pesar de que algunos lo niegan (Jiménez Burillo et ál., 1992).

En concreto, aunque las causas de la crisis venían de atrás, su principal detonante fue la publicación, nada menos que en el Journal of Experimental

crítica de Ring fue realmemte demoledora, al acusar a los psicólogos sociales de puro ritualismo metodológico, de tal forma que lo único que les interesaría sería construir unos cuidadosos y sofi sticados experimentos con el único obje- tivo de ser aceptados en las más prestigiosas revistas del campo, pero sin inte- rés ninguno ni preocupación por las cuestiones sustantivas y por los proble- mas socialmente relevantes. Es decir, lo que planteaba Ring, y eso fue realmen- te el disparador de la crisis, era la falta de relevancia de la psicología social experimental. En última instancia, se trataría de una crisis de identidad, pro- vocada por la incapacidad de los paradigmas teóricos existentes para captar el concepto y el objeto de la psicología social. Desde esta perspectiva ya se en- tiende mejor la afi rmación de Farberow (1973) de que la crisis de la psicología social es crónica, puesto que es constitucional (Torregrosa, 1985). Al fi n y al cabo, no era sino un refl ejo más de la profunda crisis en que fue entrando a lo largo del siglo XX tanto el positivismo como la concepción moderna de la rea-

lidad, así como la racionalidad científi ca en la que ambas cosas se basaban. La crisis de nuestra disciplina se debió, pues, a múltiples causas, destacan- do entre ellas la adopción de la epistemología positivista a nivel teórico y el experimento de laboratorio a nivel metodológico, lo que si, ciertamente, incre- mentó su «respetabilidad científi ca», también paralizó su crecimiento, sobre todo por estas razones (Brannigan, 2004, 1) principalmente por lo inadecuado del experimento de laboratorio para analizar cuestiones tan complejas como son las humanas (los fenómenos humanos y sociales son de carácter cualitativo, son multidimensionales y muy infl uidos por factores culturales e históricos, lo que lleva a una gran variabilidad de tales fenómenos en el espacio y en el tiem- po), lo que hace que los datos obtenidos en el laboratorio no puedan generali- zarse; 2) la gran ventaja de la experimentación de laboratorio, su capacidad para controlar todas las variables extrañas, lo que le permite establecer relacio- nes de causa-efecto, es aquí inviable, como en su día mostraron Orne, Riecken o Rosenthal, lo que hace que sus datos no sean generalizables; 3) la adopción del experimento de laboratorio empobreció muy considerablemente a la psi- cología social, pues la aisló casi totalmente de las demás ciencias sociales; y 4) todo lo anterior llevó a nuestra disciplina a encerrarse en sí misma y a no pro- ducir sino conocimientos triviales y de escasa o nula relevancia social, lo que, a la postre, y como ya se ha dicho, sería el principal detonante de la crisis.

Pero tal vez el origen fundamental de la crisis haya sido el no haber sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En efecto, la crisis de la psicología social no era sino una de las consecuencias de la crisis de la modernidad y de la crisis de la racionalidad científi ca (véase Ibáñez, 1983). Por ello fue tan profunda, de tal manera que afectó a prácticamente todos sus componentes, de tal manera que lo que la crisis exteriorizó fue el fuerte descontento entre los psicólogos socia- les con la concepción mecanicista que la disciplina convencional tenía del ser humano, con su metodología tan restrictiva, con su ideología política subya- cente, con su escasa relevancia social, y con los problemas éticos a que llevaba la experimentación. A todo ello se añadió el resurgimiento de las tendencias historicistas que habían quedado en segundo plano tras la victoria del positi-

vismo, así como la necesidad de tener en cuenta el lenguaje como ingeniero de la construcción de la realidad, tras la fuerte infl uencia que en la segunda mitad del siglo ejercieron autores como Wittgenstein o Heidegger. Si a ello añadimos la impronta que al pensamiento europeo posterior al Mayo francés le dió Mi- chel Foucault así como los intentos «postmodernos» de Habermas por salvar los muebles de la Modernidad, tendremos un panorama bastante aproximado de la efervescente situación de la Nueva Psicología Social cuando pretendió incluir todos estos elementos.

En conclusión, aunque los cambios no han sido tan generales y profundos como a algunos nos hubiera gustado, sin embargo tras la crisis las cosas ya no volverán a ser como antes en nuestra disciplina, pues como dice Ibáñez (1991, pág. 43), «los planteamientos críticos más radicales fueron cuestionando, uno tras otro, los diversos supuestos sobre los que se fundamentaba la pretendida

legitimidad científi ca de la experimentación psicosocial, propiciando de esta

forma un intenso debate metateórico», del que fueron saliendo una serie de psicologías sociales alternativas, que podrían etiquetarse con el término gené- rico de Psicología Social Postmoderna o Nueva Psicología Social (Ovejero, 1999), con un nuevo paradigma caracterizado por el énfasis en los aspectos históricos, dialécticos y simbólicos de la conducta humana, el interés por la ideología, el reconocimiento del carácter activo de las personas, la preocupa- ción por los análisis lingüísticos, el estudio de la vida cotidiana y la utilización de métodos alternativos de investigación. Más específi camente, la crisis:

a) Ha fomentado la búsqueda de métodos menos obstrusivos que los uti- lizados habitualmente por la psicología social tradicional y, en todo caso, ha hecho posible que se acuda, sin complejo de inferioridad algu- no, a métodos no experimentales.

b) Ha servido para poner de relieve el compromiso sociopolítico del psi- cólogo social y para mostrar que «la psicología social se hace política no por tomar partido, sino como saber o ignorancia, como desvela- miento o encubrimiento de procesos implicados en nuestra vida coti- diana» (Torregrosa y Crespo, 1984, pág. 727).

c) Ha contribuido poderosamente al desarrollo y fomento de las aplica- ciones en psicología social, con los efectos positivos y negativos que ello tiene.

d) Pero tal vez —y como consecuencia de las cuatro anteriores— la con- secuencia más importante que ha tenido ha sido la ampliación del mar- co teórico y el surgimiento de una serie de nuevas perspectivas psico- sociológicas (psicología socioconstruccionista, psicología feminista, psicología del discurso, etc.) que genéricamente pueden ser engloba- das dentro de la etiqueta de Nueva Psicología Social y cuyas caracterís- ticas esenciales y defi nitorias serían éstas (Ovejero, 1999):

1. Una mayor y más estrecha interdisciplinariedad, no sólo entre los distin-

pos, pues en la antropología, la fi losofía, la sociología, la literatura o la historia hay discusiones psicosociológicas más ricas y más sofi sticadas que en la propia psicología social e incluso más interesantes descripcio- nes de la subjetividad.

2. Un análisis metateórico que nos permita contemplar la psicología so-

cial, las prácticas sociales y psicosociales y nuestro propio quehacer cotidiano con cierta distancia (Stam et ál., 1987). Este análisis metateó- rico es justamente el que nos permitirá poner los fundamentos para una psicología social auténticamente crítica y no opresiva, e incluso explíci- tamente emancipadora (Armistead, 1974; Parker, 1989; Sampson, 1991; Wexler, 1983; Ibáñez e Íñiguez, 1997).

3. Una perspectiva socioconstruccionista: esta tercera característica de la

Nueva Psicología Social ha llegado a convertirse incluso en «una alter- nativa válida frente al modelo empiricista de la ciencia que caracteriza a la corriente dominante en la disciplina» (Ibáñez, 1990, pág. 227). De ahí que, con Gergen (1982, 1985a, 1985b, 1992, 1996, 1997, 1999, 2001; 2006, 2010 en este volumen) a la cabeza, esta perspectiva ya ha conseguido aglutinar a muchos psicólogos sociales provenientes de otras líneas alternativas que tenían en común tanto el situarse frente al positivismo como el estar a favor de una epistemología post-positivista, como es el caso de los partidarios de la teoría crítica, de la psicología feminista, de la hermenéutica o del contextualismo.

4. Deconstruccionismo y preocupación por los análisis lingüisticos: tal vez

una de las características más relevantes de muchas de las más recientes tendencias en nuestra disciplina, como la retórica, el textualismo y el socioconstruccionismo estriba, para bien y para mal, en considerar en el hombre más lo que dice y sobre todo cómo lo dice que lo que es o lo que hace. De ahí que, y siempre bajo la infl uencia del segundo Witt- genstein, se haga un especial hincapié en el análisis lingüístico y del discurso (Íñiguez, 2003; 2010 en este volumen), y de ahí también el interés por el deconstruccionismo, ya que, como afi rman Parker y Shot- ter (1990), nuestro conocimiento del mundo exterior y de nosotros mismos no viene determinado por la naturaleza de ese mundo exterior ni por nuestra propia naturaleza, sino más bien por los medios litera- rios y textuales que usamos para formular nuestros intereses y argu- mentos.

En conclusión, actualmente, tras las aparentemente tranquilas aguas de la Psicología Social Heredada, al menos si sólo nos asomamos a sus principales órganos de expresión (Annual Review of Psychology, Journal of Personality

and Social Psychology o Handbook of Social Psychology), existe una caudalosa

corriente de aguas turbulentas que presagian cambios profundos en nuestra disciplina, cambios que ya se están produciendo —y éste libro es uno de sus muchos refl ejos— y que nos están llevando a preguntarnos en qué medida nuestras actividades y nuestras teorías están debilitando y hasta eliminando las

prácticas sociales opresivas o, por el contrario, las están fortaleciendo y hasta reproduciendo.

5. CONCLUSIÓN

Me siento altamente identifi cado con las quejas que hace ya 35 años expre- sara Nagel Armistead (1983a/1974). En efecto, Armistead empezaba la Intro- ducción a su libro con estas palabras (1983b, pág. 7):

Este libro ha surgido de nuestro descontento con mucho de lo que está siendo denominado como psicología. Este descontento se hace más agudo con referencia a la vida que llevamos y al mundo que vemos en torno nuestro. Creemos que la psicología social debería dar algún sentido a nuestra expe- riencia y no lo da: nos sentimos decepcionados... Aunque estamos de acuer- do en que la psicología social no puede ser nunca, ni debe serlo, una solución total a los problemas de la vida, no perdemos la esperanza de que pueda decir mucho más de lo que ha dicho hasta ahora.

Hoy día, 36 años después, debemos seguir diciendo lo mismo con respec- to a la psicología social dominante. Y tenemos que decir lo mismo porque la frustración de Armistead a causa de que la psicología no le sirvió para dar respuesta a los dos problemas que por entonces le preocupaban (cómo funcio- na la sociedad que nos rodea y cómo menos llegado a ser el tipo de personas que somos), sigue siendo hoy día compartida por muchos estudiantes de psi- cología y por muchos psicólogos. Y concluía Armistead (1983b, pág. 9):

Veo la mayor parte de la psicología social como un estudio alienado he- cho por personas alienadas (sospecho que mi propia alienación no es atípi- ca). Mis preguntas originales sobre ‘cómo funciona la sociedad’ y sobre ‘cómo llegué a ser el tipo de persona que era’ nunca obtuvieron una respues- ta. En relación con la psicología social, lo que estaba ocurriendo en mi vida y en el mundo que me rodeaba hizo que lo que estaba estudiando me parecie- se trivial, aburrido y sin relación con las cuestiones que me estaban afectando acerca de los valores y el cambio social.

Pues bien, corregir estas serias limitaciones constituye el principal objetivo de la Nueva Psicología Social. Su segundo objetivo, estrechamente relaciona- do con el anterior, estriba en adaptarse a los nuevos tiempos postmodernos, cosa de la que es incapaz la psicología social dominante. O dicho de otra ma- nera: se trata de un producto intelectual moderno que no sabe —o tal vez no le interesa— adaptarse a los nuevos tiempos postmodernos, pues sin tal adap- tación tendríamos que repetir la desmoralizante sentencia que Wittgenstein incluía en su Tractatus, «sentimos que cuando todas nuestras posibles pregun- tas ya han sido contestadas, nuestros problemas vitales no han sido ni siquiera tocados». Sin embargo, mantengo la esperanza de que la Nueva Psicología

Social, crítica, posmoderna y construccionista, consiga modifi car radicalmen- te esa situación.

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