Aswathi Murali & Rhea Mishra Jayashankar.J
TABLE 4.13:CORRELATION BETWEEN CUSTOMER RELATIONSHIP MANAGEMENT ANDCUSTOMER LOYALTY
Uno de los objetivos básicos de la universidad es el fo- mento de la investigación. Cuando asistimos, con el inicio del nuevo siglo, a los primeros pasos serios para la implan- tación del EEES, la investigación que se hace en la universi- dad española tiene poco que ver con lo que se hacía en el momento en que se abordó la reforma de la LRU, en la dé- cada de los 80. Es cierto que en esos momentos el esfuerzo
inversor realizado en el país seguía siendo comparativa- mente bajo, y que estaba en el furgón de cola en Europa. Pero la década de los ochenta, «los felices ochenta»39, en
palabras de Juan Rojo (2001-2002), supusieron la puerta de entrada de la modernidad en España, también en la investi- gación: entre 1986 y 1998, el gasto en I+D se había duplica- do, al igual que se había más que duplicado el personal de- dicado a la investigación. Y eso, claro, estaba rindiendo fru- tos: la contribución de la producción científica española en el conjunto de la producción mundial era en 1986, según datos delScience Citation Index,algo superior al 1%, mien- tras que en 1998 había superado el 2,4%. Cifras muy mo- destas, si se quiere, pero que indicaban que la universidad estaba cambiando de forma radical en este capítulo. El es- fuerzo de financiación de I+D había pasado del 0,61% del PIB al 0,89%, aunque los indicadores de innovación y de- pendencia empeoran en esos años40. Ese crecimiento se
debe, en gran medida, a las universidades. Mientras los gas- tos en I+D se incrementan un 43% en organismos públicos y un 80% en las empresas, en las universidades se incre- mentan nada menos que un 257%. Los investigadores liga- dos a la universidad están presentes en el 74% de las publi- caciones del Science Citation Index y su contribución neta representa, en el conjunto de investigadores españoles, más del 53%. Había habido una mejora sustancial del nivel de los investigadores universitarios españoles, tanto en canti- dad como en calidad: en esos momentos, los investigadores españoles tienen un grado de internacionalización impor- tante, y publican codo con codo con investigadores extran- jeros, ya que uno de cada cuatro artículos que publican lo
39 Juan Rojo (2001-2002).
40 Todos los datos tomados, mientras no se indique lo contrario, son
de Miguel Ángel Quintanilla (2001). Rojo indica que en los 70 la inver- sión en investigación suponía el 20% de la media europea.
hacen junto con un extranjero. Esa importancia se incre- menta en los años que siguen.
Juan Rojo señala los siguientes elementos como funda- mentos para explicar el impulso adquirido por la investiga- ción en años posteriores:
— El empuje y presión de jóvenes investigadores que se habían formado en laboratorios de prestigio y volvía de nuevo a España.
— Las consecuencias de la creación de las universidades autónomas a las que hemos hecho referencia: Barcelona, Bilbao y Madrid.
— La creación de la Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica (CAICYT) en 1958, que comenzaría una década después sus evaluaciones científico-técnicas.
La LRU (1983), la Ley de la Ciencia (1986), que crearía la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) y la integración en Europa harían el resto. No fue ajena a este proceso la introducción de los llamados «sexenios» que premian el esfuerzo investigador personal de los profesores universitarios. El país estaba pasando de una situación en la que la investigación estaba atomizada, y muy poco coordi- nada, a una situación en la que se pretendían utilizar los pa- rámetros comúnmente utilizados en el resto de los países más desarrollados. Aunque, como señala Emilio Muñoz (2001-2002), en los albores del siglo XXI, es decir, cuando se pone en marcha el proceso de Bolonia, todavía España «permanece desestructurada en su sistema científico-técni- co». Los mecanismos de transferencia de tecnología, en este contexto, son, por supuesto, muy débiles. Además, como se verá más tarde, la universidad española ha carecido de una verdadera carrera investigadora, porque la carrera académi- ca se ha diseñado pensando siempre en las tareas docentes del profesor. Y fuera de la universidad tampoco ha habido demasiados puestos de trabajo, lo que ha hecho que mu- chos investigadores doctores han optado por marcharse del
país tras cumplir 30 años (Tuson, 2001-2002). Sin embargo, y esto es paradójico, el sistema de selección del profesorado implantado en la LRU concedía una importancia primor- dial al currículo investigador de los aspirantes a una plaza. Al final, se contrataba profesorado por razones exclusivas de docencia, teniendo en cuenta las necesidades docentes y sin tener en cuenta las necesidades de investigación, pero se valoraban, por encima de todo, los méritos de investiga- ción.
Con todo, es conveniente matizar un poco más todo esto. Es cierto que se partía prácticamente de la nada. Es cierto también que cuando se parte de muy abajo, cualquier paso es percibido como un salto casi de gigantes. Pero los datos son tozudos, y cuando se comienza a hablar de la necesidad de impulsar el proceso de Bolonia en España, la situación es la que sigue: en 1997, el gasto en I+D ejecutado por las uni- versidades era el 0,28% del PIB, muy inferior a la mayoría de los países avanzados. La universidad refleja al final la si- tuación del conjunto del sistema, porque las cosas no están mejor si cogemos todo el gasto ejecutado dentro del estado en I+D (0,86 del PIB en España frente al 2,2% en el conjun- to de países de la OCDE). El gasto realizado en España por habitante equivalía sólo al 36% del gasto por habitante rea- lizado en el conjunto de la Unión Europea. El Informe Bri- call41señala lo siguiente:La tasa de cobertura de la balanza tecnológica española apenas alcanza el 10%, mientras que en Alemania y Francia es del orden del 75% y en el Reino Unido del 80%. En los sectores de alta tecnología, la tasa de cobertu- ra ha alcanzado el 0,86%, partiendo del 0,72% en 1988. La cuota española de producción científica durante el mismo pe- riodo ha pasado del 1,3% al 2,3% del total mundial42. Tam-
41 CRUE 2000, 39.
42 Con frecuencia se tiende a mezclar conceptos que son muy dife-
bién estaban desequilibrados, en comparación con otros países europeos, los porcentajes de participación en I+D de la empresa privada y de las administraciones públicas: estas contribuían en España con un porcentaje superior al 52%, mientras que la media de la OCDE no llegaba al 34%. Las desigualdades territoriales internas dentro de España eran, por otro lado, notables.
La investigación, finalmente, está también vinculada de un modo u otro a la innovación: se trata de un proceso complejo, largo, interactivo y altamente sectorial, que pue- de comenzar en un laboratorio y acabar, aunque no necesa- riamente, en un producto que alguien pone a la venta. En los distintos pasos de este proceso intervienen múltiples ac- tores, muchos de ellos externos a la universidad, pero todos ellos contribuyen a crear riqueza en una sociedad. La inno- vación es, al final un producto social en el que han interve- nido agentes de muy distinto tipo (universidades, centros tecnológicos, empresas, proveedores, etc.), de modo que los procesos innovadores pueden ser a su vez el producto final de sistemas regionales o transnacionales de colaboración.
Por esa misma razón, cuando se habla de ciencia o del fo- mento del desarrollo tecnológico, estamos hablando de un fenómeno complejo que tiene en cuenta múltiples facto- res: la investigación básica, fomentada sobre todo desde el ámbito público; transferencia de resultados entre distintos agentes; colaboración entre entidades públicas y privadas; aplicación de tecnologías modernas a las empresas, etc. En toda esta cadena, estamos hablando al final de la sociedad del conocimiento, la universidad juega un papel central, como hemos indicado.
tados, etc. Son distintos indicadores, que miden cosas muy diferentes, de la actividad investigadora.