“La ansiedad es el estado en que un ser es consciente de su posible no–ser... La ansiedad de la muerte es la más básica, universal e ineludible”.29
PAUL TILLICH
“Nadie está libre del temor a la muerte... Siempre está presente en el funciona- miento de nuestra mente”.30
G.ZILBOORG
“La profunda comprensión de la fragilidad y fugacidad del hombre por ser una criatura biológica, está acompañada por una agonizante crisis existencial”.
STANISLAV GROF
“Aquel que termina con veinte años de vida, termina también con veinte años de temor a la muerte”.
SHAKESPEARE,JULIO CÉSAR,TERCER ACTO
¿Qué pasa entonces con nuestra función de la ansiedad cuando es confrontada por la conciencia tan particular que nuestra especie tiene sobre la muerte? ¿Cómo podemos utilizar de manera eficaz nuestra capa- cidad de previsión cuando constantemente nos informa que algún día moriremos?
nuestra función de la ansiedad, que siempre estamos vigilantes y alertas a cualquier situación que pueda ser peligrosa. Y aunque esta misma con- ciencia nos motiva a evitar esos peligros, simultáneamente nos enfrenta, cara a cara, con el hecho de que, a pesar de todo lo que hagamos para protegemos, nuestros actos son inútiles. A pesar de que nos esforcemos al máximo por asegurarnos techo y comida, sin importar lo que hagamos para protegernos y defendernos, para planear y preparar nuestro futuro, sabemos que la muerte es inevitable e ineludible. Esta conciencia anula toda la eficacia que tiene la función de la ansiedad, y termina por despo- jar a la humanidad de su capacidad para sobrevivir eficazmente.
No existe otra criatura en este planeta que pueda entender el concep- to de su propia existencia. Por lo tanto, no hay otra criatura que pueda concebir su inexistencia, su mortalidad y su muerte. Esto coincide con el hecho de que no hay ningún ser que pueda comprender el concepto de su propio futuro. Antes de nosotros, todas las criaturas vivían por y para el momento; si un animal sentía hambre, buscaba comida; si sentía can- sancio, dormía: vivía y moría sin haber tenido un solo pensamiento cons- ciente acerca de su existencia o inexistencia mortal. No tenía una con- ciencia conceptual de su posible futuro, y por lo tanto de su posible muerte. La pregunta “¿Qué podrá pasarme mañana?” nunca había sido formulada hasta que el hombre comprendió que ese día existía. Como aparece de manera acertada en la Enciclopedia Británica, “Esta conciencia del tiempo que posee el hombre, y que ninguna otra especie tiene con semejante claridad, le permite aplicar las experiencias pasadas al tiempo presente y planear contingencias futuras. Sin embargo, esta capacidad tiene otro efecto: hacer que el hombre sea consciente de que está sujeto a un proceso que trae consigo el cambio, el envejecimiento, el deterioro, y finalmente la muerte a todos los seres vivos. Por lo tanto, el hombre sabe sobre sí mismo lo que ningún otro animal sabe, especialmente, que es mortal; puede proyectarse mentalmente en el futuro y prever su propio deceso. Las costumbres funerarias del hombre atestiguan de manera som- bría su preocupación por la muerte desde el comienzo de la cultura hu- mana en la era del Paleolítico. Es muy significativo que la sepultura de los muertos sólo sea practicada por nuestra especie; así, la amenaza de la muerte está unida de manera indisoluble a la conciencia del tiempo que tiene el hombre”.31
Como si esto fuera poco, no sólo sabemos que vamos a morir, sino que la muerte puede llegarnos en cualquier momento. Nada es seguro en lo que concierne a nuestro futuro; vivimos llenos de ansiedad debajo de la mítica espada de Damocles, esperando el día en que se reviente el hilo que mantiene precariamente suspendida a la muerte inevitable sobre nuestras cabezas.
Imaginemos lo que debe haber representado esto para nuestros pri- meros ancestros. ¿Qué seguridad tenían los humanos primitivos de que el día siguiente no sería el último? Imaginemos esa época, en la que los conocimientos médicos eran prácticamente inexistentes, cuando las per- sonas podían morir de un simple dolor de estómago o de muelas. La vida de nuestros antepasados debió estar regida por un temor y una incerti- dumbre constantes. Para estos pueblos nómadas, el simple acto de buscar alimentos para la próxima comida representaba una posible amenaza mortal. Mientras que en la actualidad simplemente podemos detenernos en un restaurante para conseguir nuestra ración diaria de alimentos, es- tos hombres tenían que atacar a una bestia feroz con sus utensilios rudi- mentarios y matarla a golpes para conseguir un poco de comida. En esa época, la amenaza de la muerte era constante. Pero a pesar de todas las comodidades modernas y de la tecnología médica, pocas cosas han cam- biado. Todo nuestro progreso resulta inútil para escapar al hecho de que todos estamos destinados a morir y que la muerte puede ocurrir en cual- quier momento. Por supuesto que podemos vivir veinte o treinta años más que nuestros antecesores, pero ¿de qué vale esto si se compara con toda la eternidad?
Tener el conocimiento seguro de una muerte inminente es algo que nos produce un estado perpetuo de ansiedad. Para expresarlo con una metáfora, a cada instante nos enfrentamos cara a cara con un león del que no podemos escapar, mirando de cerca las garras de la muerte. Por consiguiente, estamos obligados a vivir en un estado total de terror y an- gustia.
La principal diferencia entre nuestra condición y la del conejo que se encuentra frente al león, es que mientras que el conejo puede escapar al objeto de su miedo, los seres humanos no podemos hacerlo. Desde que fuimos conscientes de la muerte inevitable, hemos estado sumidos en un estado de pánico ante un enemigo al que no podemos escapar, ver, ni
derrotar. Básicamente, es como si hubiéramos nacido con una bomba amarrada a nosotros y con un detonador que la hará explotar en unos 50 años o algo así. ¿Qué haríamos ante semejante situación si no pasar el resto del nuestras vidas en un estado continuo de miedo y amenaza, es- perando a que la bomba explote en cualquier momento? La amenaza de la muerte nos acecha en cada esquina, en cada instante y situación. Y aunque no sepamos de dónde vendrá, estamos condenados a saber que de todos modos lo hará.
Además de esto, el miedo de perder a nuestros seres queridos es casi tan fuerte como el de nuestra propia muerte. Como organismos socia- les que somos, dependemos de los demás para nuestra supervivencia física y emocional. Son muchos los estudios que muestran los efectos nocivos que tiene el aislamiento en los seres humanos. En términos generales, vivimos afligidos cuando no tenemos amor.* Por esta razón, les asignamos casi el mismo valor —o incluso más— a las vidas de nuestros seres queridos que a la nuestra. Por consiguiente, vivimos con un miedo constante no sólo a perder nuestras vidas, sino las de quienes queremos y amamos.
Así como no podemos escapar a la muerte, tampoco podemos esca- par a la ansiedad derivada de nuestra conciencia mortal. Con la aparición de esta conciencia, la humanidad se sumió en un estado perpetuo de angustia o de “enfermedad de muerte”, como lo definió Kierkegaard. Con el surgimiento de la conciencia sobre nuestra muerte, la función de la ansiedad hizo implosión y nos dejó reducidos a seres débiles e inefica- ces.
Es este colapso de nuestra función de la ansiedad lo que hace que los seres humanos seamos animales disfuncionales. En nuestros vanos inten- tos de oponernos o escapar de la muerte, canalizamos nuestras energías en un conjunto patológico de comportamientos autodestructivos. En me- dio de nuestros esfuerzos inútiles por evitar lo inevitable, nos hemos con- vertido en el único animal que se mata mutuamente y también a sí
* Esto fue demostrado de manera efectiva por el trabajo pionero de Harry Harlow, quien crió a varios monos pequeños en diferentes grados de aislamiento y observó que quienes no recibieron el amor materno desarrollaron neurosis. En el caso más extremo, los que fueron criados en confinamiento solitario se transformaron en adultos disfuncionales, que para compensar su falta de contacto, pasaban sus días agachados en un rincón, temblando de miedo y chupándose los dedos para obtener la estimulación sensorial que necesitaban.
mismo. A diferencia de cualquier otra criatura de la Tierra, somos capa- ces de cometer actos como suicidio, genocidio, sadismo, masoquismo, automutilación y abuso de drogas, entre una multitud de respuestas per- turbadoras, todas las cuales se deben a la capacidad especial que tiene nuestra especie de ser consciente de sí misma y de su muerte. Debido a nuestra gran capacidad para conceptualizar nuestra desaparición, la hu- manidad se ha transformado en una entidad psicológicamente inestable, o como lo llamó Freud, en un animal “neurótico”.
Adicionalmente, y a causa de nuestra conciencia de que la muerte es inevitable, la vida ha tomado una nueva dimensión de sinsentido exis- tencial. Nuestra lucha por sobrevivir se ha convertido en un ejercicio de futilidad. Entre lo inevitable de la muerte y todo el sufrimiento que esta- mos obligados a soportar mientras esperamos nuestro deceso, nos vemos obligados a preguntar: ¿para qué seguir viviendo? ¿Qué sentido tiene? ¿Cómo habría nuestra especie de justificar su existencia en vista de una circunstancia tan desesperada? ¿Para qué luchar hoy si es posible que ma- ñana no existamos? Bajo estas circunstancias, el principio motivador de la autopreservación que ha sostenido la vida durante miles de millones de años, ya no se aplica a nuestra especie. El animal humano se encontró con un conjunto de reglas completamente nuevas por las cuales tenía que regirse, y a menos que pudiera hacerse algo para aliviar el dolor y la de- sesperación de su especie, este animal recién evolucionado podría sucum- bir a las fuerzas de la extinción al cabo de poco tiempo.