Llamaré «tabú» un grupo de historias que personalmente encuentro útil que sean explicadas a los niños, pero delante de las cuales muchos fruncirán el ceño. Estas historias representan un intento de dialogar con el niño sobre temas que le interesan íntimamente pero que la educación tradicional relega generalmente entre las cosas de que «no se debe hablar»: sus funciones corporales, sus curiosidades sexuales. Se entiende que la definición de «tabú» es polémica y que apelo a la infracción de ese mismo «tabú».
Creo que no sólo en la familia, sino también en la escuela, debería poderse hablar de estas cosas en plena libertad y no sólo en términos científicos, porque no sólo de ciencia vive el hombre. Conozco bien los problemas de los maestros, tanto de la escuela primaria como secundaria, cuando intentan que los niños se expresen libremente, sin miedos, y desafiando cualquier sentido de culpa. Aquella parte de la opinión pública que respeta los «tabús» corre a lanzar acusaciones de obscenidad, a hacer intervenir las autoridades escolares, ondeando como una bandera el código penal. Basta que un niño ose dibujar un desnudo, masculino o femenino, con todos sus atributos, y fácilmente se desencadenarán contra su maestro la sexofobia, la estupidez y la crueldad del prójimo. Pero, ¿cuántos maestros reconocerán a sus alumnos la libertad de escribir, si fuera necesario, la palabra «mierda»?
Las fábulas populares, sobre este asunto, están olímpicamente limpias de cualquier hipocresía. En su libertad narrativa no dudan en recurrir a la denominada «jerga escrementicia», a suscitar la risa considerada «indecente», a dar una explicación detallada de las relaciones sexuales, etcétera. ¿Podemos hacer nuestra esta risa, no indecente, sino liberadora? Honestamente pienso que sí.
Sabemos la importancia que tiene en el crecimiento del niño la conquista del control de sus funciones corporales. El psicoanálisis nos ha rendido un gran servicio al enseñarnos que esta conquista está asociada a un intenso y delicado trabajo emotivo. Asimismo forma parte de la experiencia de toda familia el largo período en que el niño tiene una relación muy especial con el «orinal», que involucra en mayor o menor grado a todos los miembros de esa misma familia. Hay amenazas si «no la hace», promesas si se decide a «hacerla», premios y triunfo cuando ya «la ha hecho» y la va mostrando
orgullosamente como una prueba de su bravura. Entonces vienen las atentas inspecciones, los cambios de impresiones entre adultos sobre el significado de determinados indicios, consultas con el médico, llamadas telefónicas a la tía que lo sabe todo. No hay que asombrarse si en la vida del niño, durante años, el «orinal» y todo lo que lo rodea adquieren un relieve casi dramático, asociado con impresiones contradictorias e incluso misteriosas. Porque, además, de esta cosa tan importante no se puede hablar a la ligera, ¡cuidado con bromear! Los adultos, para decir que una cosa no es «buena», que no se debe tocar, que no se debe mirar, dicen que es «caca». Así, en torno a la «caca» nace un mundo de sospechas, de cosas prohibidas, quién sabe si culpables. Surgen tensiones, preocupaciones, pesadillas. El hombre adulto lleva estas cosas dentro, sin saberlo, como en un compartimiento prohibido. Pero él al menos puede buscar una compensación en la comicidad de lo sucio, de lo obsceno, de lo prohibido, de todo lo cual hay una amplia representación en las fábulas populares, representación que es aún más amplia en el mundo de los chistes que no se explican en presencia de los niños y que los viajantes de comercio ayudan a difundir de pueblo en pueblo, como los grandes viajeros de otros tiempos difundían la noticia de maravillosos sucesos lejanos o los milagros de los santos. Esta risa al niño le está vedada. Y, sin embargo, él la necesita más que el adulto...
Nada como la risa puede ayudarlo a desdramatizar, a equilibrar sus relaciones con este tema, a salir de la prisión de las impresiones inquietantes, de las teorizaciones neuróticas. Hay un período en que es casi indispensable inventar para él y con él historias de «caca», de «orinales», y de otros afines. Yo lo he hecho. Conozco otros muchos padres que lo han hecho y nunca se han arrepentido.
Entre mis recuerdos de padre -al menos en este tema- sin tabús, hay muchas rimas y canciones sobre este argumento, improvisadas para el uso de los niños de la familia. Estas canciones las cantábamos en automóvil, no sé por qué reflejo condicionado, el domingo por la mañana (por la tarde, al retorno, los niños estaban demasiado cansados para cantar). Si no fuese porque yo, como todos, soy más o menos esclavo de los convencionalismos, habría incluido estas mismas canciones «escrementicias» en mis colecciones de patrañas. Me temo que sólo después del año 2000 tendremos autores lo bastante valientes para hacerlo...
La idea del automóvil ha influido directamente sobre mi Storia del Re Mida: que, liberado del don de transformar en oro todo lo que toca, por algún contratiempo viene a transformar lo que toca en «caca», y justo lo primero que toca es su automóvil...
Esta historieta no tiene nada de especial, pero a menudo, cuando visito una escuela, los niños me la piden, mientras se percibe en el aula, una expectación maliciosa. Los niños quieren oírme decir la palabra «caca» con todas sus letras, y por su forma de reír, llegados a este punto, se comprende que los pobrecitos nunca han podido desahogarse repitiéndola en voz alta hasta quitarse las ganas.
Una mañana en el campo, con un grupo de hijos de la tribu familiar, inventamos una novela escrementicia completa, que duró un par de horas y tuvo un éxito extraordinario. Pero más extraordinario aún fue que después de haber reído hasta que nos dolió la barriga, una vez acabada ninguno volvió a referirse a ella. La historia había cumplido su función, habiendo llegado a sus consecuencias extremas, con toda la agresividad del caso, en la contestación de los «convencionalismos». El argumento de la novela, si a alguno interesa, era el siguiente:
-En Tarquinia suceden accidentes de todo tipo: un día cae un tiesto de un balcón y mata un señor que pasaba, otro día se desprende la cornisa de un edificio y aplasta un automóvil... Siempre en las cercanías de una cierta casa... Siempre a una cierta hora... ¿Brujería? ¿Mal de ojo? Una maestra jubilada, después de cuidadosas investigaciones, consigue establecer que los desastres están en relación directa con el «orinal» de un cierto Maurizio, de tres años y cinco meses, a cuya influencia se han de atribuir, también, muchos acontecimientos alegres: premios de lotería, descubrimientos de tesoros etruscos, etc. Para abreviar, estos acontecimientos -faustos o funestos- dependen de la cantidad, la forma, la consistencia y el color de la «caca» de Maurizio. El secreto no puede continuar. Primero los familiares, después otros grupos de amigos y de enemigos, empiezan a conspirar para dirigir el curso de la historia. Intrigas y conjuras se entremezclan en torno a la alimentación de Maurizio: el fin justifica los medios... Bandas rivales luchan por conseguir el dominio de sus intestinos y realizar sus proyectos tan opuestos. Sobornos al médico de la familia, al farmacéutico, a la chacha... Un profesor alemán, de vacaciones en Tarquinia, informado del asunto, decide escribir un ensayo científico que le dará gloria y dinero, pero a consecuencia de una purga imprudente se transforma en caballo y huye a la costa de Toscana, seguido por su secretaria. (Lamentablemente no me acuerdo del final, que se alargaba a escala cósmica, y no me siento con ganas de inventarme uno nuevo, así en frío).
Si un día llego a escribir esta historia, confiaré el manuscrito a un notario, con el encargo de publicarlo allá por el 2017, cuando el
concepto de «mal gusto» haya sufrido la necesaria e inevitable evolución. En ese futuro será de «mal gusto» abusar del trabajo de los demás y meter en la cárcel a inocentes, y los niños serán muy dueños de inventar historias verdaderamente educativas sobre la «caca».
En las escuelas primarias, cuando los niños son realmente libres para inventarse historias y para hablar de las cosas que les interesan, suelen hacer un uso intenso, agresivo y casi obsesivo de las «palabrotas». Prueba de esto es la historia que sigue, explicada por un niño de cinco años, en el colegio «Diana», de Reggio Emilia, y recogida por la profesora Giulia Notari.