Andrés Cure Martelo es la prueba viviente de que la tal cola de puerco que tanto pánico les ha infundido a los pueblos de la Costa no es solo un mito urbano. La vida de este joven en sí es una muestra de realismo mágico, pues, contra todo pronóstico, no solo sobrevivió a una enfermedad vista en el Caribe como el resultado de un fuerte incesto, sino que se dedicó a vivir su vida combatiendo las miradas y repartiendo los dones sanatorios que, según él, Dios le ha dado.
Los verdaderos nombres de las personas en esta historia van a permanecer ocultos, pues, a pesar de que han pasado más de 25 años desde el suceso, los padres del joven aún quieren protegerlo para que no sea visto como una consecuencia más de la irresponsabilidad de sus antepasados.
Cuando Cristina y Ricardo se conocieron, ambos venían de descendencias en las que imperaba el incesto. Como sus familiares habían nacido en pueblos pequeños, uno en Sucre y otro en el Atlántico, preservar la raza blanca era el interés primordial, y qué mejor manera que mezclarse entre ellos mismos. Fue solo cuando descubrieron que los niños venían con enfermedades que decidieron detener esa pequeña tradición.
Aunque la medicina descartó que lo sucedido con Andrés fuera secuela de esto, la gente nunca dejó de pensar que el caso de este muchacho fue de los peores que el incesto había dejado, ya que nació con la espina dorsal abierta, una condición que hace parecer que tuviese una cola de puerco.
“Recuerdo perfectamente el día en que nació. Era un 6 de septiembre del año 1986 y toda la familia estaba feliz con el nacimiento de Andrés”, dice Ana María, tía de Andrés, mientras mueve sus manos. “Había venido toda la familia, tanto la de mi cuñada Cristina como la nuestra, cuando sale el doctor con cara de espanto. Nadie entendía qué había ocurrido y todo lo que nos decían parecía mentira. Había nacido con cola de puerco, la famosa cola de puerco que se decía en los pueblos que salía por revolcarse con parientes”, afirma esta mujer de unos cincuenta y cinco años, cabello oscuro y piel trigueña.
“En seguida, las dos familias nos miramos, los unos culpando a los otros, sacando pruebas del árbol genealógico de cada uno, ya que, de lado y lado, nos habíamos unido. Por nuestra parte, mis padres eran primos y, por la de ellos, también”, termina de contar, mientras se plancha con las manos su hermoso vestido de lino italiano.
Desde siempre, Ana María había padecido este miedo, pues supo a muy temprana edad que su familia era propensa a desarrollar enfermedades gracias a la permanente unión de sus ascendientes. Por ello, cuando nació Andrés no pudo evitar pensar en aquella cola de puerco a la que tanto su abuela le había temido. Hoy en día, aún se debate entre lo que la tradición le ha enseñado y lo que los especialistas dicen, ya que estos últimos aclaran que el caso de su sobrino no fue producto del incesto, sino de una carencia de ácido fólico que se presenta durante los embarazos.
“Andrés nació con una condición que se llama mielomeningocele, un defecto de nacimiento en el que se produce una hernia en la médula espinal y, por ende, la espina dorsal no se cierra del todo, dándole un aspecto de cola de puerco”, afirma con total convicción el médico de la familia y primo hermano de Andrés, Mauricio Alviar.
“Con esta malformación, Andrés sufrió de hidrocefalia, una consecuencia recurrente cuando se presenta la apertura de la espina dorsal, condición en la que la persona nace sin una válvula que comunica dos
cavidades cerebrales. Cuando no se tiene esa válvula, hay un aumento en la presión de la cabeza de la persona”, dice Mauricio con sus grandes ojos verdes que combinan con su piel dorada y cabello castaño claro. “Todo esto que le pasó a Andrés era muy común en el pasado, ya que a las mujeres no se les entregaba el suplemento de ácido fólico que hoy se les entrega. No fue el incesto lo que llevó a Andrés a un nacimiento como el que tuvo, pero aún hoy, incluyendo a gran parte de las mujeres de esta familia, existe gente que considera que sí es por ello”.
A sus 85 años, Luz, la abuela del lado paterno de Andrés, con su maquillaje hecho a base de tonos tierra, su indiscutible peluca de rizos negros y su sastre de algodón color rosa, aún intenta disfrazar su vejez con la vanidad que le queda. Tiene una personalidad arrolladora y su lengua es tan aguda que es capaz de contradecir al mismísimo papa Francisco. Por ello, cuando se le pregunta por el incidente de Andrés, dice exactamente lo que está pensando.
“Si algo he sido en esta vida es ser sincera. Yo sé cuándo se mete la pata y cuándo no. Por eso, cuando nació Andrés, digan lo que digan, entendí que parte de la culpa la habíamos tenido mi marido y yo por habernos casado. Que un nieto mío me hubiese salido con cola de puerco, solo podía significar que Dios nos estaba castigando por ir en contra de la naturaleza”, dice con la voz ronca que la ha caracterizado toda la vida.
Luz interrumpe el relato para contestarle a su hija Ana María. Mientras habla, se puede ver en sus fuertes rasgos, nariz larga, ojos caídos y orejas paradas, que no fue nunca una mujer hermosa, pero sí una muy sagaz e inteligente. Tiene una forma de decir las cosas que así te esté pidiendo un favor, termina sonando como si te estuviese dando una orden. Y hablando con su hija, se puede apreciar aún más su autoridad.
Como casi toda mujer fuerte, tiene un hogar tan grande como su carácter, pues su apartamento es de unos 400 m2, tiene tres cuartos, dos salas, un estar de alcobas, una amplia cocina y un balcón con vista al río Magdalena. A pesar de que es constantemente visitada por sus cinco hijos, trece nietos y cuatro bisnietos, y que aún vive con su marido y empleados de servicio, sigue creyendo que el lugar es muy grande para ella.
“Como venía diciendo, en mi época, los primos hermanos eran los mejores candidatos para un marido, pues toda la familia de entrada ya se quería y se preservaban los buenos genes. Ahora, cuando ya los médicos empezaron a decir que estábamos era propiciando malformaciones, me entró miedo y todo cambió. Me salvé con mis cinco hijos y les inculqué que los primos eran como hermanos, pero yo sabía que si algún nieto o bisnieto mío nacía con algo animal en su cuerpo era por mí. Súmale además que por el lado de mi nuera la cosa era igualita. Nunca sabremos qué lado fue el que más influyó, pero me gustaría
aclarar que por el lado de ella sus abuelos eran hermanos de sangre paterna. Solo digo eso y ya”, afirma Luz con la malicia indígena que suelen tener sus indirectas.