En los albores del siglo VIII, el Imperio bizantino se hallaba gravemente amenazado por los árabes y hubo momentos en que pareció posible un inminente derrumbamiento. León III (717-741), el fundador de la dinastía Isáurica, salvó a Bizancio de los peligros exteriores y le infundió renovado vigor. Pero suscitó una grave crisis religiosa que iba a alterar durante más de un siglo la vida de la Iglesia griega: la cuestión de las imágenes. La veneración de las imágenes se hallaba muy arraigada entre la población bizantina y era una de las formas de expresión más tradicionales de la religiosidad popular. León Isáurico procedía, en cambio, de una provincia asiática, donde pudo sentir el influjo de las doctrinas judías y musulmanas acerca de la imposibilidad de representar plásticamente a la Divinidad, y quizá también de la secta dualista de los paulicianos, celosamente iconoclasta. El hecho es que, en el año 726, León decretó la prohibición de venerar las imágenes y poco después ordenó la destrucción de todos los sagrados iconos. El emperador pretendió que el Papa sancionase estas medidas y, ante la negativa de Gregorio II, decidió la confiscación de las propiedades pontificias enclavadas en los dominios imperiales del sur de Italia y la segregación de la jurisdicción de la Sede romana de los territorios que constituían el antiguo Vicariato de Tesalónica, creando con ello un nuevo motivo de fricción entre Roma y Constantinopla.
El problema de las imágenes provocó la escisión de la Cristiandad bizantina en dos bandos irreconciliables. Los emperadores isáuricos se apoyaron especialmente en el ejército, que les prestaba una adhesión entusiasta y fue el brazo ejecutor de la política iconoclasta. Los monjes, en su gran mayoría, fueron, en cambio, fervientes defensores de los iconos y muchos de ellos sufrieron por esta causa persecución y muerte. Junto a los monjes estuvo la gran masa del pueblo, muy amante de las tradiciones religiosas y profundamente herida en sus sentimientos. La cuestión alcanzó sus momentos álgidos en el reinado del hijo de León III, el emperador Constantino V Coprónimo (741-775), que pretendió revestir la lucha iconoclasta de un ropaje teológico. Convocado por él se reunió en el año 754 un concilio en Constantinopla, que condenó como idolatría la veneración de las imágenes y excomulgó a los defensores de su culto, y de modo especial al más ilustre de todos, san Juan Damasceno. Tales fueron los acuerdos adoptados, bajo la coacción imperial, por aquel concilio, denominado el «Sínodo acéfalo», porque ni el Papa romano ni ninguno de los patriarcas estuvo representado, y también el «Sínodo execrable», en expresión del papa Esteban III. Tras del sínodo, la autoridad pública procedió a una sistemática destrucción de obras de arte y persiguió con saña a los monjes, únicos que osaron resistir al emperador.
Constantino V fue todavía más lejos en sus medidas represivas. No tan solo ordenó destruir las imágenes, sino también las reliquias, llegando incluso a prohibirse la oración y el culto a los santos. Mas, a su muerte, la situación comenzó a mejorar. Su hijo León IV estaba casado con la emperatriz Irene, ferviente partidaria de la «iconodulia». A los pocos años, Irene enviudaba y se convertía en regente del Imperio, durante la minoría de su hijo Constantino VI. La emperatriz, de acuerdo con el papa Adriano I, reunió en el
año 787 el concilio II de Nicea, que en la historia conciliar es el séptimo de los ecuménicos. El concilio declaró nulas las decisiones del sínodo iconoclasta del 754 y formuló la doctrina ortodoxa sobre la veneración de las imágenes. Base de esa doctrina fue la teología de san Juan Damasceno, expuesta en plena controversia iconoclasta y que consideraba a las imágenes como «sermones silenciosos» y «libros para los iletrados» por todos fáciles de entender. San Juan distinguía entre la verdadera «adoración», que tan solo a Dios es debida, y la «veneración» relativa, que se tributa a las imágenes de Cristo y de los santos. El concilio definió que la verdadera «latría» –adoración– tan solo a Dios corresponde; pero que las imágenes del Salvador, de la Virgen, de los ángeles y de los santos pueden ser veneradas y que era legítimo honrarlas «con la ofrenda de incienso y de luces, como fue piadosa costumbre de los antiguos, porque el que adora a una imagen adora a la persona en ella representada».
Así quedó definida la doctrina dogmática sobre las imágenes. Todavía en la primera mitad del siglo IX se registró una nueva oleada iconoclasta, iniciada con la ascensión al Imperio de León V el Armenio (813-820). Sus principales víctimas fueron ahora los monjes del monasterio de Studios, cuyo abad san Teodoro Studita se erigió en principal defensor de las imágenes. También en esta ocasión correspondió a una mujer el principal mérito del triunfo de la ortodoxia. La emperatriz viuda Teodora, regente del Imperio durante la menor edad de su hijo Miguel III, reunió en el año 843 un sínodo en Constantinopla que restauró definitivamente el culto de las imágenes. Este acontecimiento es todavía celebrado por la Iglesia griega en el primer domingo de Cuaresma, bajo el título de «Fiesta de la ortodoxia».