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Task-Specific Concepts

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Quiero hacer memoria, Señor, de mi historia. Quiero hacer recuerdo entrañable de un pueblo. Quiero traer a mi vida tu liberación del hombre. Quiero hacer presentes tus pasos en mis pasos, en desierto.

Quiero volver los ojos a la llama ardiente de la zarza. Quiero recordar el oír tu nombre y mi nombre, ciertos. Quiero de nuevo quitar las sandalias de mis pies

y acercarme con temblor y asombro en nuevo encuentro. Aquí estoy, Señor, oyendo el grito del duro látigo

en tu corazón de Padre, sobre la espalda de los nuestros. Aquí estoy oliendo el barro y la paja pisada

por los pies desnudos y las manos entre cepos. Aquí estoy oyendo el grito, los gritos y los llantos

de los hombres que no tienen derechos, ningún derecho. Aquí estoy abrasado por el fuego de tu presencia

presente en el dolor de cada hermano vivo o muerto. Recuerdo, Señor, la noche de la salida en la sangre.

La noche después de comer juntos el cordero. Recuerdo el miedo con que huíamos todos como hermanos,

en busca de la libertad soñada, como un sueño.

Recuerdo la experiencia del barro en la huida, en la salida, cuando nos perseguían los que nos tuvieron presos. Recuerdo tu columna de fuego

abriendo camino en la noche porque eras Tú , sólo Tú , Señor, quien nos pusiste en éxodo.

Recuerdo el paso a pie descalzo entre las aguas y los despojos llevados en las olas de otros tiempos. Recuerdo el gozo del pueblo cantando la victoria después de enfrentar las aguas y surgir,

como hombre nuevo.

Recuerdo la arena insegura, el calor hecho pisadas. Recuerdo la soledad de los hombres llenos de miedo. Recuerdo la tentación y la rabia y la rebelión.

Recuerdo la arena en los ojos volviéndonos a todos ciegos. Tú nos diste la Promesa de una Tierra nueva,

signo de la libertad del hombre, de fraternidad y riesgo. Tú nos hiciste maduros en hambre y sed y cansancio, y nos agrupaste como un solo hombre. Cierto.

Nos diste pan y agua fresca y tienda y oasis,

y la serpiente en alto, los ojos en ella como un reto. Tú hiciste, junto a la montaña, alianza: tu alianza. Y nos diste tu Palabra de vida como ley y mandamiento. Nos hiciste pueblo tuyo entre los hombres

para llevar a la tierra la libertad de hombres nuevos. Tú estabas con nosotros en la lucha por la tierra

cuando nosotros contigo contábamos como fuego que abre paso entre las llamas y arrasa las zarzas, porque tu poder, Señor, es como columna de hierro. Tú nos dejabas en las manos de otros hombres poderosos cuando nosotros te dejábamos de lado,

como simple recuerdo.

Tú eras nuestro. Y nosotros éramos tuyos, sólo tuyos, como esposa y esposo que se quieren en el lecho.

Señor, me dejaste a las puertas de la Tierra Prometida como grano de trigo que se pudre y se queda muerto para dar fuerza a la espiga que en fruto florezca y haga de uno solo, multitud de pueblos.

Me hiciste tenaz, -tenaz- , como si viera al Invisible, porque cuando Tú llamas te haces realidad del Reino.

Salmo de Elías

Sentí miedo, Señor, ante el poder y huí.

La sangre derramada gritaba como un búho en la noche. Y yo sentí el cuchillo afilado en mi espalda

y para salvar mi vida dejé en Bersebá mi odre. Caminé por el desierto todo un día

arrastrando mi cansancio

y, rendido, deseé la muerte bajo un árbol, como un pobre. Puse en tus manos mi vida, mi ansiedad y mi miedo y me quedé dormido, acostado,

como quien no tiene dónde.

Sentí una mano tocar mi manto y desperté.

Oí una voz y escuché decirme: «Levántate y come». Fue sabroso, Señor, el pan cocido y aún caliente, y el jarro de agua alivió mi sed, y entonces el miedo volvió a envolverme en el sueño

y me acosté sobre la arena, despojado de mi nombre. Otra vez oí tu voz. Tu llamada como el viento

que pide que me levante y coma y ore

porque el camino, tu camino, será largo para mí y hay que llegar al destino, aunque se haga noche. Tu comida me dio fuerza y me puse en pie.

Cuarenta días y noches fue la andadura de este hombre. Llegar, llegar al Cerro de Dios, ¡oh Dios, oh Dios!,

¿por qué, para qué?...

el Horeb es el lugar donde se esconde el hombre, el profeta salido del desierto,

para ser cruz alzada en alto sobre el monte.

Señor, Dios del Profeta, Dios de la soledad y del silencio, mi refugio eres Tú en la cueva de la roca, óyeme. Fui yo quien oyó tu palabra: «¿Qué haces aquí, Elías?». Yo te respondí: «Sólo he quedado yo

y me buscan por tu Nombre.

Sólo he quedado yo, ardo de amor por el celo de tu Casa,

y tus altares y tus profetas han caído como un roble». Me mandaste salir fuera y he esperado tu paso, permaneciendo de pie, como columna, en el monte. Vino un viento huracanado que quebraba las rocas y hendía los cerros y Tú no estabas en lo enorme. Luego vino un terremoto y estremeció la tierra

y tampoco estabas Tú ... Tampoco. ¿Dime en dónde?... Después se abrió el cielo y brilló un rayo

y mi corazón no te encontró en el rayo.

Entonces sentí un murmullo de brisa suave sobre mi rostro y Tú estabas en el murmullo: mi corazón lo sabe.

Yo cubrí mi cara con mi manto y salí de la cueva

y a la entrada te esperé. De nuevo dijiste: «¿Qué haces?». De nuevo te dije que estaba solo, que ardía en amor por Ti y que por ser profeta, -ser tu profeta- querían matarme. Tú me mandaste volver por donde había venido

y atravesar el desierto, de nuevo con miedo y hambre. Yo cumplí tu misión volviendo de nuevo al pueblo para anunciar tu Palabra

que es fuego en mi corazón que arde.

Señor del desierto y la prueba, de la tentación y soledad; Señor de la oración para ver tu rostro y encontrarte; Señor de la Palabra que quema y rasga los corazones, dame tu pan y tu agua para el camino, que es tarde. Dame la fuerza de tu Espíritu de amor y verdad para que el mundo crea -te crea- , al escucharme.

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