2.4 A Taxonomy of Spatiotemporal Change Footprint Patterns
2.4.1 Taxonomy of Change Patterns with Raster-based Spatial Footprint
Cuando Vincent decidió regresar a Petit Wasmes, el reverendo Pietersen le dio un par de zapatos suyos, y le pagó el boleto de regreso al Borinage. Vincent lo aceptó con toda sencillez, como muestra de amistad, y convencido de que la diferencia entre dar y recibir es puramente temporal.
En el tren empezó a pensar en el recibimiento que le había dispensado el Reverendo y por primera vez se percató de que ni una sola vez se había referido a su fracaso como evangelista, tratándolo como a un compañero artista. Y su dibujo le había agradado suficientemente como para desear poseerlo.
—Si a él le agrada mi trabajo, a otra gente también le agradará —se dijo Vincent. Cuando llegó a lo de Denis encontró que habían llegado "Les Travaux des Champs" que había pedido a su hermano, aunque sin ninguna carta que los acompañara. Su entrevista con Pietersen le había hecho bien, y se enfrascó con entusiasmo en los dibujos de Millet. Acompañaban los dibujos varias hojas de buen papel blanco que Theo le había mandado y en pocos días Vincent terminó de copiar las diez páginas del primer volumen de las obras de Millet. Sentía que necesitaba trabajar el desnudo y como estaba seguro de que nadie en el Borinage posaría para él en esa forma, escribió a su viejo amigo Tersteeg, el gerente de las Galerías Goupil de La Haya, pidiéndole que le prestara los "Exercises au Fusain" de Bargue.
Recordando los consejos de Pietersen, alquiló una choza en la calle principal de Wasmes, por nueve francos mensuales. Esta vez buscó la mejor choza que pudo encontrar y no la peor. Tenía un tosco piso de madera, dos grandes ventanas por las cuales entraba buena luz, una cama, una mesa, una silla y una cocina estufa. Era suficientemente amplia para que Vincent colocara su modelo en un extremo y él se instalara en el otro teniendo una buena perspectiva. Como Vincent había sido tan bondadoso con los mineros y los había
ayudado tanto, nadie se negó a venir a posar para él en la choza. Los domingos, grupos de mineros iban a visitarlo y les divertía que el joven hiciera rápidos croquis de ellos.
Los "Exercises au Fusain" llegaron de La Haya, y Vincent, trabajando desde la mañana hasta la noche, copió los sesenta estudios en dos semanas. Tersteeg también le había enviado el "Curso de Dibujo" de Bargue que lo llenó de alegría.
Ya no se acordaba de sus cinco fracasos anteriores. Ni siquiera cuando servía a Dios había sentido tal éxtasis, tanta satisfacción como la que le procuraba su arte creador. A veces pasaba días y días sin un céntimo, y solo comía el pan que le fiaba la señora de Denis, pero nunca se quejaba. ¿Qué importaba el hambre de su estómago cuando su espíritu estaba tan bien alimentado?
Durante una semana fue todas las mañanas a las dos y media a dibujar a los mineros y a sus mujeres que entraban a la mina. En segundo plano veíanse las construcciones de la Compañía, y las pirámides de terril que se destacaban contra el cielo. Hizo una copia de aquel estudio y se lo envió a Theo en una carta.
Así transcurrieron dos meses; dibujaba desde el amanecer hasta que oscurecía y luego copiaba su trabajo a la luz de la lámpara. Nuevamente le invadió el deseo de ver y hablar con algún artista y cerciorarse si había hecho algún progreso. Pero esta vez quería la opinión de un maestro, alguien que pudiera protegerlo, enseñarle lentamente los rudimentos de su arte. En cambio de tal favor, se sentía dispuesto a hacer cualquier trabajo para ese hombre, hasta los más humildes y serviles.
Sabía que Jules Breton, cuyo trabajo había admirado siempre, vivía en Courrieres, a ciento setenta kilómetros de distancia, y decidió ir a verlo. Mientras tuvo dinero, viajó en tren, pero luego se vio obligado a seguir a pie. Caminó cinco días seguidos, durmiendo en las parvas de heno y comiendo el pan que le daban en cambio de uno o dos dibujos. Cuando llegó a Courrieres y vio el hermoso estudio que Breton acababa de hacerse construir, su valor lo abandonó. Durante dos días anduvo por la ciudad de un lado a otro sin atreverse a entrar en aquel edificio de apariencia inhospitalaria. Cansado, hambriento, sin un céntimo en el bolsillo y con los zapatos del reverendo que comenzaban a agujerearse peligrosamente, emprendió el regreso de los ciento setenta kilómetros que lo separaban de Borinage.
Llegó a su choza enfermo y desalentado, y no encontró ni carta ni dinero que lo esperara. Se acostó, y las mujeres de los mineros vinieron a cuidarlo y a traerle la poca comida que podían.
Durante su viaje había perdido muchos kilos de peso; sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillaban otra vez por la fiebre A pesar de estar tan enfermo, su cerebro conservaba la lucidez y comprendía que había llegado a un punto en que era necesario tomar una decisión.
¿Qué haría con su vida? ¿Sería maestro de escuela, vendedor, comerciante? ¿Dónde viviría? ¿En Etten con sus padres, en París con Theo o en Amsterdam con su tíos?
Un día, cuando ya se sentía con un poco más de fuerza, estaba sentado al borde de su cama copiando "El Horno en las Landes", de Théodore Rousseau, y preguntándose
cuánto tiempo le sería permitido divertirse con sus dibujos, cuando de pronto se abrió la puerta y entró alguien.
Era su hermano Theo.