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Las primeras conquistas musulmanas fueron la expresión de ese yijad, que, subrayémoslo, no fue una guerra misionera: su objetivo no era convertir, sino conquistar. Por otra parte, la revelación coránica prohíbe la conversión forzada: «¡No hay apremio en la religión! La rectitud se distingue de la aberración» (Corán 1 1 , 256). Judíos y cristianos fueron, pues, autorizados, en el seno de la comunidad, a conservar bajo ciertas condiciones su fe, en calidad de «protegidos» (dimmíes). El proselitismo, en cambio, fue prohibido y la apostasía, el abandono de la religión musulmana, severamente reprimida. La tolerancia, por tanto, fue real, aunque limitada.

El origen de esa actitud de «tolerancia» relativa, sobre la que volveremos, se remonta tal vez a un episodio muy antiguo de la conquista de Arabia, bajo Mahoma, a propósito de la ciudad de Nachran, en Yemen, donde la población cristiana, muy numerosa,

había sido perseguida antes por el rey judío Yusuf. Entre los cristianos y los musulmanes se entabló una disputa «teológica» respecto de cómo había que considerar la persona de Jesús. Dicha «disputa», observémoslo, atestiguaba esta vez una real tolerancia religiosa. Mahoma propuso resolver el debate mediante una ordalía. Los cristianos prefirieron concluir un tratado que les permitió conservar su religión en ciertas condiciones: el pago de un tributo anual y un suministro de armas, camellos y caballos para las opera- ciones militares. Gracias a ese tratado de sumisión, quedaban protegidos de cualquier atentado contra su persona, su religión y sus bienes. Esta práctica llegó a ser normal después. Los judíos se beneficiaron de un tratado idéntico. Sólo los paganos, politeístas, debían elegir entre la conversión y la muerte.

Esa actitud «tolerante» del islam hacia las «religiones del Libro» debe subrayarse; no siempre fue bien percibida ni bien comprendida por los cristianos de la Edad Media, y tal vez tampoco por muchos de nuestros contemporáneos. Por limitada que fuera, no dejó de ser relevante. Judíos y cristianos se mostraron mucho menos «tolerantes» respecto al islam. Trataremos de ofrecer una explicación sobre ello en nuestro último capítulo.

En cambio, los cristianos de la época, en su polémica contra el Islam, insistieron muy pronto, sobre todo en Oriente, en el carácter guerrero del Islam. Lo oponían al teórico pacifismo cristiano, apoyándose más bien en la doctrina primitiva de las dos religiones y en las actitudes diametralmente opuestas de sus dos fundadores que en el comportamiento efectivo de los cristianos y de los musulmanes en la vida real, en la sociedad de la época, donde la guerra se había convertido en una realidad «ineluctable» para ambos, a consecuencia de su proximidad geográfica y de sus respectivas voluntades expansionistas.

La expansión musulmana apenas comenzó en vida de Mahoma. Sin embargo, quedó inscrita desde entonces en la lógica de la doctrina musulmana y respondía a las condiciones que presidieron el nacimiento de la nueva entidad político-religiosa por él fundada. Las circunstancias, por lo -demás, le eran favorables, como revela un examen ligero y superficial de las condiciones históricas de aquel tiempo.

Cuando Mahoma creó en Arabia la primera comunidad musulmana, toda la región atravesaba, en efecto, una crisis profunda. Entre 609 y 628, el Imperio bizantino cristiano se enfrentó allí al Imperio persa. En el año 610, Heraclio depuso al emperador Focas en Constantinopla y se apoderó del poder: la guerra civil vino a añadirse a la guerra exterior. Los persas se aprovecharon de ello, se apoderaron de Siria, donde las poblaciones cristianas, hartas de la opresión fiscal y de la intolerancia de la Iglesia bizantina, los acogieron como libertadores.

Lo mismo sucedió en Palestina, donde la población judía acogió de buen grado a los persas. Éstos autorizaron a los judíos, hasta entonces desterrados de Jerusalén, a vivir de nuevo en ella, y les entregaron el gobierno de la ciudad. Los judíos planearon incluso

reconstruir el Templo, destruido desde Tito. La dominación política judía resultó en algunas ocasiones dura para las otras poblaciones del lugar: de ello se siguió una persecución de los cristianos por los judíos. Una revuelta cristiana anti-persa y anti-judía fue ahogada allí en sangre en 614: la ciudad de Jerusalén fue tomada al asalto, saqueada, sus iglesias incendiadas, y masacrada la población cristiana; las víctimas se contaron por decenas de miles. Los persas deportaron la población cristiana de Jerusalén y se llevaron la Vera Cruz infligiendo así un severo golpe al prestigio del Imperio y de la cristiandad bizantina. En 628, sin embargo, Heraclio venció al rey de reyes Cosroes II, que fue asesinado; en 630, la Vera Cruz regresó a Jerusalén y los deportados cristianos fueron liberados y restituidos.

Pero la población, mayoritariamente cristiana, resultó extenuada, diezmada por dichas guerras, desmoralizada. Cuando los primeros ejércitos musulmanes penetraron en Palestina, encontraron poca resistencia, y a veces apoyos por parte de los judíos y de importantes minorías cristianas, agotadas por las molestias imperiales. Desde el año 635, ante el avance de las tropas árabes, Herac1io se replegó, llevándose la Vera Cruz a Constantinopla. La expansión musulmana había comenzado. Un siglo más tarde alcanzó sus límites extremos, hasta el corazón de la actual Francia en Occidente, hasta Samarcanda y el Indo en Oriente.

La guerra de conquista árabo-musulmana tenía, sin ninguna duda, componentes religiosos. ¿Acaso no podía suscitar o aumentar reacciones del mismo tipo en el mundo cristiano que sus victorias fueron sometiendo, región tras región, a la ley de Alá? ¿Contribuyó el yihad a engendrar la guerra santa en el seno del mundo cristiano, a pesar de las fuertes reticencias doctrinales procedentes del Evangelio y de la actitud no violenta y pacifista de Jesús?

CONCLUSIÓN

Jerusalén cayó en 638 en manos de los árabes islamizados. No todos los cristianos, que constituían la inmensa mayoría en los territorios conquistados, percibieron en seguida que habían entrado en relación con una nueva religión. Algunos vieron ante todo en el islam una de las numerosas «sectas» cristianas, y en Mahoma un nuevo «hereje» cristiano, de los muchos que ya había conocido Oriente. La victoria de los musulmanes podía parecer un juicio de Dios favorable a la doctrina predicada por Mahoma.

Otros, en cambio, interpretaron aquellas victorias como un castigo divino sobre su pueblo cristiano, a causa de sus pecados, como antaño el Dios de la Biblia había castigado a su pueblo mediante la deportación a Babilonia. El islam era para ellos un azote de Dios, y atribuyeron los éxitos de los árabes a su alianza con las fuerzas demoníacas, ligadas al Anticristo, demonizando así al islam, y tratando de atribuir al nuevo poder árabo-islámico un lugar en la historia dirigida por Dios y proféticamente anunciada. La

construcción de una mezquita denominada de manera impropia «mezquita de Umar», en la explanada del Templo, lugar santo del judaísmo y del cristianismo, podía interpretarse en este sentido y presagiar la inminencia del Final de los Tiempos: una realización de la profecía que anuncia «la abominación de la desolación instalada en lugar santo».

Primero en Oriente, y más tarde en Occidente, las invasiones árabes fueron así percibidas a veces por los cristianos como queridas o permitidas por Dios. Una llamada al orden, una punición, aunque sólo temporal, realizada a través de un nuevo poder creado por un falso profeta, ligado a las fuerzas del mal, anunciador de la próxima aparición del Anticristo, preludio del combate final de los últimos tiempos.

Esa percepción, como vamos a ver, contribuyó también a la sacralización de los combates emprendidos por los cristianos contra aquellos invasores musulmanes, a la formación del concepto de guerra santa, que, en la cristiandad, iba a convertirse en el equivalente del yihad musulmán de los orígenes, cuya doctrina se forjó y fijó en menos de dos siglos.

CAPÍTULO 5

LA DOCTRINA DEL YIHAD EN EL CORÁN

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