El quinto y último dispositivo o maniobra asilar, es el enunciado de la verdad. Veremos a continuación cuál es el procedimiento en el caso Leuret. Recordemos que Dupré afirmaba obstinadamente que París no era París sino Langres disfrazado de París. Leuret opera enviando a Dupré a dar un paseo por París guiado por un residente quien lo lleva por diversos monumentos y a cada oportunidad lo incita a que se reconozca en París. Sin embargo, Dupré manifiesta estar en Langres, incluso a pesar de guiar al acompañante por diversos lugares. De
104 Ibídem. 105 Ibídem, p. 186.
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vuelta en el hospital de Bicêtre Dupré se niega a aceptar que ha estado en París, por este motivo es sometido a la ducha fría y se ve obligado a aceptar que ha estado en París. Una vez sale del baño persiste en la afirmación de su idea errónea, de manera que se le aplica nuevamente el castigo de la ducha y vuelve a reconocer que París es París. Sin embargo, ahora afirma ser Napoleón, vuelve a la ducha, corrige su delirio y se va a dormir. Leuret es consciente que esta terapia resulta insuficiente, por ello recurre a un ejercicio más elaborado. La descripción es la siguiente:
Al día siguiente lo hago venir y luego de algunas palabras sobre el viaje de la víspera lo interrogo. “¿Su
nombre? – He usado otro, mi verdadero nombre es Napoleón Luis Bonaparte. - ¿Su profesión? –
Teniente retirado del 19º de línea; pero voy a explicarle algo: teniente quiere decir jefe del ejército. - ¿Dónde nació? – En Ajaccio o, si lo prefiere, en París. – Este certificado dice que fue alienado en Charenton. – No he sido alienado en Charenton. Estuve nueve años en mi castillo de Saint- Maur”.
Disconforme con sus respuestas, hago que lo lleven al baño; bajo la ducha, le muestro un diario y le pido que lo lea en voz alta; obedece; lo interrogo y me aseguro de que haya entendido la lectura. Entonces, luego de preguntar en voz bien audible si el depósito de la ducha está lleno, mando traer al señor Dupré un cuaderno en el cual lo conmino a dar, por escrito, respuestas a las preguntas que voy a formularle.
“¿Su lugar de nacimiento? – Paris. - ¿Cuánto tiempo pasó en Charenton? – Nueve años. - ¿Y en Saint –
Yon? – Dos años y dos meses. - ¿Cuánto tiempo permaneció en la sección de alienados en tratamiento de Bicêtre? – Tres meses; desde hace tres años soy un alienado incurable. - ¿Dónde fue ayer? – A la ciudad de París. - ¿los osos hablan? –No”.106
Este adelanto en el tratamiento debe consolidarse a través del relato autobiográfico. Después de varias duchas, Dupré es obligado a escribir detalladamente la historia de su vida, y lo termina haciendo sin una sola falsedad o proposiciones fuera de lugar. En los anteriores procedimientos hemos visto la maniobra del enunciado de la verdad, lo cual admite las siguientes consideraciones. Primero, la verdad no es lo que se percibe. El ejercicio de llevar a Dupré a recorrer París no tiene como finalidad que a través del juego de la percepción el paciente reconozca a París como lo que realmente es, se sabe de antemano que Dupré percibirá a esta ciudad como su imitación. Lo que se le pide a Dupré es que confiese; “lo indispensable no es que perciba la cosa sino que la diga, aunque lo haga bajo el apremio de la ducha. El mero hecho de decir algo que sea verdad tiene de por sí una función; una confesión, aun bajo apremio, tiene mayor eficacia terapéutica que una idea justa o una percepción exacta, si no se expresan. Por lo tanto, carácter performativo de ese enunciado de la verdad en el juego de la curación”107.
106 LEURET, François,
Du traitement moral de la folie, op. cit. pp. 440 - 442. Citado en: FOUCAULT, Michel, El poder psiquiátrico, op. cit., pp. 187 - 188.
107 FOUCAULT, Michel,
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En segundo lugar, aunque es importante que el enfermo reconozca efectivamente que París es París, lo es más que el enfermo se reconozca a sí mismo en la identidad constituida por sus diferentes acontecimientos biográficos. La verdad se referirá en primer lugar a sí mismo más que a las cosas. Por último, ésta propia verdad, biográfica, arrancada por vía de la confesión, es una verdad canónica y no la que él podría expresar sobre sí mismo. Es decir, ésta identidad biográfica del paciente, se va constituyendo desde afuera, a partir del interrogatorio, de los apartados de su vida conocidos de antemano por el médico, desde el sistema familiar, social, civil y médico. De no llegarse hasta el momento de la confesión biográfico – identitaria, la curación no tiene lugar. Leuret tuvo una paciente considerada como incurable, precisamente por la imposibilidad de lograr la confesión dentro del esquema biográfico. El diálogo entre Leuret y la paciente es el siguiente:
¿Cómo está usted, señora? – Mi persona no es una señora, dígame señorita, por favor. - No sé su nombre; ¿querría decírmelo? – Mi persona no tiene nombre: desea que usted no escriba. –Me gustaría, sin embargo, saber cómo la llaman o, mejor dicho, cómo la llamaban antaño. –Entiendo lo que quiere decir. Era Catherine X, no hay que hablar más de esas cosas. Mi persona ha perdido su nombre, lo entregó al entrar a la Salpêltière. - ¿Qué edad tiene? – Mi persona no tiene edad. – Pero esa Catherine X de la que acaba de hablarme, ¿qué edad tiene? –No sé… - Si usted no es la persona de la que habla, ¿es acaso dos personas en una sola? – No, mi persona no conoce a la que nació en 1779. Tal vez sea esa
señora la que usted ve allá […] – ¿Qué hizo y qué le sucedió desde que es su persona? – Mi persona
residió en la casa de salud de […]108
Así continúa el relato a través de múltiples preguntas sin que se logre sacar a la paciente del
impersonal “mi persona”. Ninguna de las maniobras de Leuret logra sacarla del relato en
tercera persona, haciendo imposible la confesión, no es capaz de acceder a sus recuerdos y ubicarse en la identidad estatutaria. Al mismo tiempo, este relato es un claro ejemplo de existencia en un asilo, la paciente, es en efecto, una persona que no es nadie, que no es persona desde que entrega su nombre al ingresar en la Salpêtière. La curación, por tanto, toma lugar cuando el paciente es capaz de reconocerse en una identidad estatutaria, administrativa y médica, construida por el poder asilar; la locura debe reconocerse en primera persona en esta realidad, su enunciado de verdad debe coincidir con ella.
108 LEURET, François,
Fragments psychologiques sur la folie, París: Crochard, 1834, pp. 121 – 124. Citado en: FOUCAULT, Michel, El poder psiquiátrico, op. cit., p. 190.
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