Antes de responder a esta pregunta, destaquemos el mérito de santa Teresa, que con insistencia nos ha señalado el misterio del crecimiento espiritual y nos pone en guardia contra toda interpretación por analogía, fácil, pero errónea:
«Ya he dicho y no querría esto se olvidase, en esta vida que vivimos no crece el alma como el cuerpo, aunque decimos que sí, y de verdad crece»18.
Quiere la Santa que tomemos contacto con el misterio que envuelve el crecimiento espiritual. Haber descubierto esta oscuridad hace ser más prudente, más humilde en los juicios, enseña a respetar los derechos de Dios, a tener en cuenta, indudablemente en primer lugar, su poder y su libertad en la obra de nuestra santificación. Ignorar o descuidar esta intervención divina, sistematizar todo con la razón para explicar con fórmulas claras y en un cuadro aparentemente luminoso, es caer en el error de un grane número de almas que quieren «conocer espíritus sin tenerle»19. No podrá uno ser, espiritual desconociendo el misterio que envuelve la acción de Dios.
Al exponer, por así decirlo, esta oscuridad con tal insistencia, santa Teresa ha completado fe- lizmente su doctrina precisa sobre el crecimiento espiritual y, muy lejos de disminuir su interés, ha aumentado su valor indicando en qué sentido se debe interpretar.
Es cierto que las precisiones de su doctrina no se vienen abajo en la oscuridad del misterio; al contrario, se mantienen y brillan como puntos luminosos en la noche, indicando el camino y señalando las etapas hacia las cumbres.
Por supuesto, no todo es irregular y oscuro en la acción santificadora de Dios. La Sabiduría di- vina, aun siendo trascendente, no siempre aparece en desacuerdo con nuestra razón humana. Tiene sus modos habituales de obrar, basados en leyes que nosotros podemos discernir.
Con bastante facilidad descubrimos que Dios conduce a los seres conforme a su naturaleza, sir- viéndose para ello de leyes que les son propias. Los astros gravitan en el espacio y cantan la gloria de Dios obedeciendo la ley de la gravedad mutua de los cuerpos. Dios lleva al animal al fin natural que le ha fijado por la sumisión ciega a su instinto. Al hombre, Dios le indica su camino por la ley moral que respeta su libertad.
La acción de Dios en el hombre se hace mucho más delicada en el campo sobrenatural. La gra- cia se injerta en la naturaleza. Se derrama, por así decirlo, en el alma y en sus facultades y adopta per- fectamente sus formas. Dios conduce por ella al alma a su fin sobrenatural sirviéndose de sus modos naturales de obrar, respetando la jerarquía de las facultades, sin violencia inútil, suave y fuertemente,
17 Ibid., 39, 9. 18 Vida 15, 12. 19 Ibid., 34, 11.
9. El crecimiento espiritual 85
hasta tal punto que la acción de Dios desaparece con mucha frecuencia bajo la actividad natural, y pa- rece no surgir sino a pesar de este enterramiento en lo humano, donde su simplicidad le permite mo- verse con facilidad y entera libertad.
Familiarizada con Dios, psicóloga incomparable, santa Teresa penetra en las profundidades del Espíritu de Dios y en las de nuestra naturaleza. Conoce la Santa el modo de obrar de Dios, que respeta nuestra libertad, y discierne los efectos de su acción en nuestras facultades. La progresión lógica de la marcha del alma hacia Dios se basa en este doble conocimiento.
Nos enseña la Santa cómo Dios deja en un principio al alma a su iniciativa, se le muestra de le- jos, pero suavemente, arrastra a continuación su voluntad, se sirve de este influjo para purificarla pro- fundamente, lo utiliza después y, finalmente, se une a ella perfectamente.
A través de los hechos particulares o gracias extraordinarias, indica ella un proceso lógico de las etapas, fundado justamente sobre la constitución de nuestra naturaleza humana y sobre una influencia progresiva de Dios.
La misericordia podrá acelerar las etapas, invertir en una u otra parte el orden de las purificacio- nes, crear formas nuevas de santidad, alterar la bella disposición regular de las ascensiones teresianas; el proceso lógico y clásico se mantiene con sus referencias luminosas que, jalonando las etapas del crecimiento, permite comprobar aquí el trabajo lento y profundo de la gracia y admirar allí las brillan- tes manifestaciones de la misericordia, que no ha tenido cuenta ni del tiempo, ni del trabajo, ni de los obstáculos.
Tal es la doctrina de santa Teresa sobre el crecimiento espiritual, flexible y enérgica, precisa y respetuosa con el misterio.
Quedan así manifiestos de modo muy admirable toda la gracia y el genio teresianos: su maravi- llosa ciencia del hombre y su sentido eminente de Dios, su poder penetrante de análisis que discierne los menores acontecimientos psicológicos del alma y las más delicadas unciones de Dios, su poder de síntesis que no se ofusca con los, detalles y que bajo la luz divina guarda siempre la visión amplia y precisa del camino que hay que recorrer en la ruta que, va hacia el Infinito. Además, esta doctrina va más allá, de una época y una escuela de espiritualidad. Nos parece que tiene un alcance universal, Bas- taría ella sola para colocar a santa Teresa entre los grandes maestros de todos los tiempos.