3.5 Consequences for future market development
4.1.3 Technological progress expectations for wind turbines
El primer hito en nuestro camino hacia el Encuentro 1 se halla en el corazón del penúltimo periodo glacial, hace unos 160.000 años. He decidido hacer esta escala para examinar unos fósiles procedentes de Herto, en la depresión etíope de Afar3. Los hombres de Herto son
interesantes porque, en palabras de sus descubridores, Tim White y su equipo, pertenecen a «una población que desde el punto de vista anatómico se encuentra muy cerca del hombre moderno pero to- davía no es moderna del todo». Según el ilustre paleoantropólogo Christopher Stringer, «los fósiles de Herto son el testimonio más anti- guo de lo que hoy se tiene por Homo sapiens moderno», un récord que anteriormente poseían unos fósiles de Oriente Próximo cuya anti- güedad oscila en torno a los 100.000 años. Dejando a un lado estas dis- tinciones bizantinas entre moderno y casi moderno, lo que está claro es que los humanos de Herto representan la cúspide entre el hombre moderno y sus predecesores, llamados genéricamente «Homo sapiens arcaicos». Algunos paleontólogos emplean este nombre hasta los 900.000 años de antigüedad; a partir de ahí recurren al de una espe- cie anterior, Homo erectus. Como veremos, otros especialistas prefie- ren dar diversos nombres latinos a las formas arcaicas intermedias entre esas dos especies. Vamos a eludir estas disputas usando términos del lenguaje corriente, tal y como hace mi colega Jonathan Kingdom,
3. El mismo Afar que dio nombre a un fósil mucho más antiguo: Australopithecus
que simplemente habla de Modernos, Arcaicos, Erectos, y otros que iremos mencionando sobre la marcha. No es posible trazar una níti- da línea divisoria entre los primeros Arcaicos y los Erectos de los cua- les evolucionaron, o entre los Arcaicos y los primeros Modernos que evolucionaron a partir de aquéllos. A propósito, que nadie se con- funda por el hecho de que los Erectos fuesen aún más arcaicos (con a minúscula) que los Arcaicos (con a mayúscula) ni por el hecho de que los tres fuesen... erectos con minúscula.
Los Arcaicos coexistieron con los Modernos hasta hace al menos 100.000 años (más aún si incluimos a los neandertales, de los que hablaremos enseguida). Los fósiles de Arcaico se encuentran por todo el mundo y datan de diversas épocas repartidas en un espacio tem- poral de algunos centenares de milenios; entre los ejemplos más cono- cidos están el hombre de Heidelberg, descubierto en Alemania, el hombre de Rhodesia, en Zambia (que en su día se llamó Rhodesia del Norte), y el hombre de Dali, en China. Los Arcaicos tenían el cerebro un poco más pequeño que el nuestro, de 1.200 a 1.300 centímetros cúbicos de media frente a los 1.400 del nuestro, pero la gama de tamaños era casi la mis- ma. Eran más robustos que nosotros, tenían el cráneo más grueso, el arco supraciliar más pronunciado y el mentón más retraído. Se pare- cían más que nosotros a los Erectos y no en vano, vistos en retrospec- tiva, se les considera una especie intermedia. Algunos taxónomos los clasifican como una subespecie de Homo sapiens denominada Homo sapiens heidelbergensis (nosotros seríamos Homo sapiens sapiens); otros ni siquiera los reconocen como Homo sapiens y los llaman Homo hei- delbergensis, e incluso hay quien divide a los Arcaicos en más de una especie, como por ejemplo Homo heidelbergensis, Homo rhodensiensis y Homo antecessor. Bien mirado, lo preocupante sería que no hubiese dis- crepancias en cuanto a las divisiones. Desde el punto de vista evolu- tivo, lo lógico es que exista una gama continua de estadios interme- dios.
El moderno Homo sapiens sapiens no es el único vástago de los Arcaicos. Otra especie de humanos avanzados, los llamados neander- tales, fueron contemporáneos nuestros durante buena parte de nues- tra prehistoria. En algunos aspectos se parecían más que nosotros a los Arcaicos, y parece ser que surgieron de una raíz Arcaica hace entre 100.000 y 200.000 años, en este caso no en África sino en Europa y
en Oriente Próximo. Los fósiles procedentes de estas regiones indi- can una transición gradual de Arcaicos a neandertales y los primeros fósiles inequívocos de neandertal encontrados datan de hace unos 130.000 años, justo antes del comienzo de la última glaciación. La especie siguió viviendo en Europa durante casi todo el periodo gla- cial y se extinguió hace unos 28.000 años. En otras palabras, durante toda su existencia los neandertales fueron contemporáneos de Modernos que habían emigrado de África a Europa. Hay quien cree que los responsables de su extinción fueron los Modernos, bien por- que directamente los mataron o porque compitieron con ellos y salie- ron victoriosos.
Dado que la anatomía de los neandertales era bastante diferente de la nuestra, algunos paleontólogos prefieren considerarlos una espe- cie diferente y llamarlos Homo neanderthalensis. Conservaban algunos rasgos de los Arcaicos, como el arco supraciliar pronunciado, que los Modernos no tenían (razón por la que algunos expertos los clasifi- can simplemente como otro tipo de Arcaicos). Entre las adaptacio- nes a su gélido entorno cabe citar un cuerpo bajo y fornido, extremi- dades cortas y narices enormes; seguramente se abrigaban con pieles de animales. Tenían el cerebro tan grande como el nuestro o incluso mayor. Se ha incidido mucho sobre ciertos indicios de que enterraban a sus muertos. No se sabe si hablaban, tema éste que suscita opinio- nes encontradas. Ciertos hallazgos arqueológicos dan a entender que neandertales y Modernos pudieron haber intercambiado conocimien- tos de índole tecnológica, pero podría haber sido por imitación, no mediante un lenguaje.
Las reglas de la peregrinación estipulan que sólo tienen derecho a contar un cuento aquellos animales actuales que emprendan el cami- no desde el presente. Vamos a hacer una excepción con el dodo y el ave elefante porque los dos vivieron en épocas históricas recientes. Los fósiles de Homo erectus y Homo habilis también tienen derecho en cali- dad de peregrinos fantasma, pues entra dentro de lo posible que fue- sen nuestros antepasados directos. ¿Esto también faculta a los nean- dertales como narradores? ¿También descendemos de ellos? Ése es precisamente el tema del cuento que quieren contarnos. «El Cuento del Neandertal» viene a ser una petición de palabra.
EL CUENTO DEL NEANDERTAL Escrito en colaboración con Yan Wong
¿Descendemos de los neandertales? Si así fuese, tendrían que haber- se cruzado con Homo sapiens sapiens. ¿Lo hicieron? Ambas especies coincidieron en Europa durante un largo periodo y sin duda se pro- dujeron contactos, pero ¿hubo algo más que simples contactos? ¿Han heredado los europeos genes de los neandertales? El tema es objeto de acalorados debates que recientemente se han visto avivados por la extracción de ADN de unos huesos de neandertal. Naturalmente, sólo se trata de de ADN mitocondrial heredado por vía materna, pero basta para arriesgar una conclusión provisional. Las mitocondrias nean- dertales son claramente distintas de las de todos los seres humanos modernos, lo que indica que los neandertales no están más empa- rentados con los europeos que con ningún otro pueblo moderno. Dicho de otro modo, el antepasado común por línea femenina de los neandertales y de todos los humanos vivió en fechas muy anterio- res a la Eva Mitocondrial: hace medio millón de años frente a los 140.000 de ésta. Dado que este testimonio genético indica que los cru- ces fructíferos entre neandertales y Modernos fueron raros, se suele afirmar que se extinguieron sin dejar descendientes.
Sin embargo, no debemos olvidar el argumento del 80% que tan- to nos sorprendió en «El Cuento del Tasmano». Todo inmigrante que hubiese logrado introducirse en la población fértil de Tasmania habría tenido un 80% de probabilidades de pasar a formar parte del conjunto de antepasados universales, esto es, de los antepasados de todos los tasmanos que viviesen en un futuro lejano. Del mismo modo, si un solo macho neandertal se hubiese introducido en un círculo reproductor sapiens, eso le habría otorgado buenas posibilidades de convertirse en antepasado común de todos los europeos actuales, y esto sería cierto aun cuando los europeos no poseyeran un solo gen neandertal. Una posibilidad asombrosa.
Así pues, aunque pocos de nuestros genes, por no decir ninguno, procedan de los neandertales, es posible que algunas personas tengan muchos antepasados de esta especie. Ésta es la distinción que anali- zamos en «El Cuento de Eva» entre árboles genéticos y árboles gene- alógicos de personas. La evolución está determinada por el flujo géni-
co, y la moraleja del Cuento del Neandertal, si le dejamos que nos lo cuente, es que no podemos, o al menos no deberíamos, examinar la evolución en términos de linajes de individuos. Por supuesto que los individuos son importantes en muchos otros planos y sentidos, pero cuando se trata de linajes, lo que cuenta son los árboles genéticos. La expresión «descendencia evolutiva» se refiere a antepasados-genes, no a antepasados-persona.
Los cambios en el registro fósil también son reflejo de linajes gené- ticos, no (o al menos no sólo por casualidad) de linajes genealógicos. Los fósiles señalan que la anatomía de los Modernos se extendió por el resto del mundo a través de las migraciones de tipo SRA. Sin embar- go, de las investigaciones de Alan Templeton (descritas en «El Cuento de Eva») se deduce que en parte también descendemos de Arcaicos no africanos y puede que hasta de Homo erectus que tampoco lo eran. La descripción es más simple y a la vez más convincente si, en lugar de hablar de personas, pasamos a hablar de genes. Los genes que deter- minan nuestra anatomía Moderna salieron de África a bordo de emi- grantes SRA que dejaron tras de sí un rastro de fósiles. Al mismo tiempo, las pruebas de Templeton indican que otros genes que aho- ra poseemos circulaban por el mundo siguiendo diversas rutas pero dejaron pocas huellas anatómicas de sus andanzas. La mayoría de nues- tros genes probablemente siguieron la ruta SRA mientras que tan sólo unos pocos nos llegaron por otras vías. Creo que no hay una forma más eficaz de expresar el concepto.
¿Han demostrado, pues, los neandertales que tenían derecho a con- tarnos su historia? Puede que sí, aunque sólo desde el punto de vista genealógico, no genético.
Ergaster
Adentrándonos más en el pasado en busca de ancestros, volvemos a aterrizar con nuestra máquina del tiempo, esta vez hace un millón de años. Los únicos antepasados probables de esta época pertenecen al tipo normalmente denominado Homo erectus, aunque algunos paleon- tólogos se refieren a su versión africana como Homo ergaster, ejemplo que seguiré en estas páginas. A la hora de buscar un término en len- guaje informal, me he decidido por Ergaster en lugar de Erectos, en parte porque creo que la mayoría de nuestros genes proceden del tipo africano, y en parte porque, como ya he señalado, no eran más erec- tos que sus predecesores (Homo habilis) ni que sus sucesores (nosotros). Sea cual sea el nombre que le pongamos, el caso es que los Ergaster vivieron desde hace aproximadamente 1,8 millones de años hasta hace unos 250.000. Existe un amplio consenso a la hora de aceptarlos como predecesores inmediatos y contemporáneos parciales de los Arcaicos, que a su vez fueron los predecesores de nosotros, los Modernos.
Los Ergaster eran sensiblemente diferentes del moderno Homo sapiens y, a diferencia de los sapiens Arcaicos, diferían de nosotros en aspectos sobre los que no existe coincidencia alguna. Los fósiles halla- dos demuestran que vivieron en el Medio y Extremo Oriente, inclui- da la isla de Java, y que provienen de una antigua migración proce- dente de África. Puede que el lector los conozca por sus antiguos nombres: hombre de Java y hombre de Pekín. En latín, antes de que se les admitiese en el género Homo, tenían el nombre genérico de Pithecanthropus y Sinanthropus. Eran bípedos como nosotros, pero te-
nían el mentón retraído y un cerebro más pequeño (900 c.c. los espe- címenes más antiguos y 1.100 c.c. los más recientes) alojado en crá- neos más achatados, menos abombados que los nuestros, con la fren- te más inclinada hacia atrás. El prominente arco supraciliar formaba una especie de cornisa horizontal encima de los ojos, que parecían hundidos en mitad de una cara muy ancha.
Como el pelo no se fosiliza, no hay un lugar concreto en nuestra historia donde podamos analizar el hecho evidente de que en un momento dado de nuestra evolución perdimos casi todo el pelo del cuerpo salvo la frondosa cabellera. Es muy probable que los Ergaster fuesen más peludos que nosotros, pero no se puede descartar la posi- bilidad de que hace un millón de años ya hubiesen perdido el pelo del cuerpo y fuesen tan lampiños como nosotros. Pero es igualmente plausible que fuesen tan peludos como los chimpancés o presenta- sen un grado intermedio de hirsutismo. Los seres humanos moder- nos, al menos los machos, variamos mucho en cuanto a vellosidad, una característica que aumenta o disminuye repetidas veces a lo largo de la evolución. El pelo vestigial, con sus correspondientes estructuras celulares de apoyo, acecha hasta en la piel más aparentemente lam- piña, listo para evolucionar y convertirse en un espeso pelaje (o reple- garse de nuevo) en cuanto se lo ordene la selección natural. No hay más que fijarse en los lanudos mamuts y rinocerontes que evolucio- naron rápidamente en respuesta a las últimas glaciaciones de Eurasia. Por extraño que parezca, volveremos a ocuparnos de la pérdida evo- lutiva del pelo humano en «El Cuento del Pavo Real».
Unos indicios un tanto tenues de hogueras usadas repetidamente indican que al menos algunos grupos de Ergaster conocía el uso del fuego, lo que, visto a posteriori, representa un hecho trascendental en la historia del ser humano. Las pruebas no son todo lo concluyentes que sería de desear. Los tiznajos del hollín y del carbón no se conser- van durante periodos muy dilatados, pero el fuego deja otras huellas más duraderas. Los investigadores actuales han llevado a cabo expe- rimentos sistemáticos encendiendo diversos tipos de fuegos y exami- nando posteriormente los efectos causados. Sin que se sepa por qué, se ha descubierto que las fogatas encendidas por la mano del hom- bre magnetizan el suelo de un modo particular que las diferencia de los incendios de monte y de los tocones incinerados. Estas señales
demuestran que los Ergaster, tanto en África como en Asia, ya se calen- taban al amor de una hoguera hace casi un millón y medio de años. Esto no significa necesariamente que supiesen encenderlas. Quizá empezaron capturando y reavivando fuegos de origen natural, alimen- tándolos y manteniéndolos con vida como quien cuida de un Tama- gochi; quizá, antes de comenzar a usarlo para asar alimentos, se sir- viesen del fuego para ahuyentar animales peligrosos, obtener luz y calor, así como para crear un foco de socialización.
Los Ergaster fabricaban y utilizaban útiles de piedra, y es de supo- ner que también de madera y hueso. No se sabe si hablaban y es difí- cil conseguir pruebas a este respecto. Hay quien pensará que aquí «di- fícil» es un eufemismo, pero es que en esta peregrinación nuestra hemos llegado a un punto en el que los testimonios fósiles empiezan a revelarnos información. Del mismo modo que las hogueras dejan huellas en el suelo, las exigencias del lenguaje hablado comportan pequeñas modificaciones en el esqueleto: nada tan llamativo como los huesos en forma de cajita que los monos aulladores de las selvas sud- americanas tienen en la garganta y que les sirve para amplificar sus estentóreas voces, pero sí signos reveladores como los que se puede esperar encontrar en algunos fósiles. Por desgracia, los signos descu- biertos no son lo bastante significativos como para zanjar la cuestión, que sigue siendo controvertida.
Según parece, hay dos partes del cerebro humano relacionadas con el habla: el área de Broca y el área de Wernicke. ¿En qué momento de la historia humana aumentaron de tamaño? El objeto más pareci- do a un cerebro fósil es el molde endocraneal que describiré en «El Cuento del Ergaster». Por desgracia, las líneas que dividen las diferen- tes regiones del cerebro no se fosilizan con demasiada nitidez, pero algunos paleontólogos creen estar en condiciones de afirmar que las zonas del cerebro relacionadas con el habla ya habían aumentado de tamaño hace más de dos millones de años, un dato alentador para quienes desean creer que los Ergaster poseían la facultad del habla.
Sin embargo, cuando pasamos a analizar el esqueleto, los datos ya no resultan tan alentadores. El Homo ergaster más completo que se cono- ce es el Niño de Turkana, que murió cerca del lago del mismo nom- bre, en Kenia, hace más o menos un millón y medio de años. Las cos- tillas y el reducido tamaño del foramen intervertebral por el que pasan
los nervios indican que el niño de Turkana carecía del preciso con- trol respiratorio que se suele vincular al habla. Otros científicos, tras estudiar la base del cráneo, han concluido que ni siquiera los nean- dertales, que vivieron hace apenas 60.000 años, eran capaces de hablar. Lo demostraría el hecho de que la forma de su garganta no les per- mitía toda la gama de vocales que nosotros empleamos. Sin embar- go, tal y como ha señalado el lingüista y psicólogo evolucionista Steven Pinker: «en lengueje que selemente tengue en némere pequeñe de vequeles tembén pede ser expreseve». Si el hebreo escrito se puede entender sin vocales, no veo por qué el neandertal hablado, o inclu- so el ergaster, habrían de ser incomprensibles. El veterano antropó- logo sudafricano Philip Tobias sospecha que el lenguaje podría ser incluso anterior al Homo ergaster, y quizá tenga razón. Como ya hemos visto, hay, en cambio, otros paleotólogos que se van al extremo opues- to y fijan el origen del lenguaje en el gran salto adelante, hace unas pocas decenas de milenios.
Podría tratarse de una de esas controversias que jamás se resuel- ven. En todas las deliberaciones sobre el origen del lenguaje se empie- za aludiendo a la Sociedad Lingüística de París que, en 1886, prohi- bió debatir sobre este asunto por considerarlo imposible de responder y, por tanto, fútil. Será difícil dar con una respuesta, pero, a diferen- cia de lo que ocurre con determinadas cuestiones filosóficas, el pro- blema, al menos en principio, no carece de solución. Siempre que lo que está en juego es el ingenio científico me declaro optimista. Del mismo modo que hoy en día la deriva de los continentes es un hecho incontestable avalado por múltiples y convincentes pruebas, y que los análisis de ADN permiten determinar la procedencia de una man- cha de sangre con una precisión que los forenses de antaño ni soña- ban, me atrevo a confiar en que un día los científicos descubrirán un ingenioso método para determinar cuándo empezaron a hablar nues- tros antepasados.
Con todo, ni siquiera yo tengo la menor esperanza en que poda- mos llegar a saber qué se decían aquéllos homínidos ni en qué idio- ma se lo decían. ¿Empezaron con simples palabras, sin nada de gra-