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In document The Future of International Relations (Page 198-200)

5. “Los errores de la época”.

Hemos de comenzar recordando algo tan importante como evidente: la dis- tinción entre las manifestaciones patológicas y las sanas, resultantes del modo de afrontar las dificultades, no siempre es tan fácil como puede parecer. Básica- mente porque lo sano y lo patológico forma parte de un continuo a lo largo de la vida, además las manifestaciones han de ser contextualizadas para poder ser comprendidas por el entorno. Y en la adolescencia nos encontramos una con- sideración más: el cambio es salud. La no-curiosidad, el no-deseo de cambio, la falta de paciencia y la pasividad por nombrar solo algunas actitudes son una manifestación si no de patología sí de alarmas que han de ser observadas cui- dadosamente.

3.1. Control de la pulsionalidad

Para Freud (1972) la pulsión (trieb) es un concepto que hace referencia a

la acción de moverse hacia delante con energía, de empujar. Estará presente a lo largo de la vida y en cada uno de los momentos evolutivos. En la adoles- cencia resulta quizás más visible puesto que después de la etapa de latencia va a reaparecer de forma más directa. Tiene un componente biológico que se transformará en energía psicológica, y nos permitirá observar la presión ener- gética del sujeto.

El adolescente requerirá un sistema complejo para poder transformar un impulso cuya tendencia va a ser la descarga directa mediante la mentalización. Ésta le permitirá no estar ocupado únicamente con la preocupación por descar- gar sus propias tensiones internas y externas, que le invaden. Porque será capaz de dar otro sentido a esas tensiones, de mentalizarlas, y pensar en los estados mentales propios y de los otros diferentes, separados de los suyos.

El control de la pulsionalidad, es quizás el aspecto más mirado por la socie- dad y por el propio sujeto en la adolescencia. Seguramente resulte el indicador sobre el que se tiende a valorar el estado general del adolescente: el ¿qué tal se porta? o ¿cómo se controla? serán las preguntas con las que se base una impre- sión sobre el desarrollo y el estado general del adolescente.

Como mencionaba anteriormente, el adolescente buscará en el adulto las señales que le permitan orientarse en el camino hacia la madurez, observará con atención y juzgará severamente las contradicciones o incoherencias que observe en su entorno, no sólo en la sociedad o comunidad, sino también en su entorno familiar. Podrá ver con perplejidad, por ejemplo, la ambivalencia que se observa en la sociedad ante la dialéctica de control y descontrol pulsional. Por un lado

El adolescente ante las dificultades 87 se enfatiza la necesidad de tener control sobre las cosas, de no sobrepasarse, pero por otro lado es muy frecuente observar actuaciones y mensajes que van dirigidos justo a los aspectos contrarios, pelear sin descanso, dejarse la piel ante la necesidad de conseguir un buen futuro, e incluso la frase enunciada por el adolescente: “hasta que el cuerpo aguante” que grita sin pudor en sus primeras salidas al exterior, no deja de ser la expresión del descontrol y del desprecio pre- cisamente hacia esa obtención de control.

El adolescente se empapa de los mensajes contradictorios que escucha de sus adultos. Y simultáneamente se ve reprendido por ello creándole un estado de confusión difícil de elaborar. Vemos con mucha frecuencia el temor y el deseo que los adultos tienen a su propio descontrol, lo vemos por ejemplo en la realiza- ción de deportes de riesgo o inadecuados para la edad del deportista, en activi- dades dominadas por la voracidad a todos los niveles. En este sentido podemos observar cómo el adulto teme que el adolescente se contagie de ese descontrol o deseo de descontrol que “tuvo en su día —cuando él era adolescente— y que actualiza ahora”.

El adulto teme que se contagie tanto de la violencia del descontrol pulsional como de la inhibición y de la pasividad (otra forma de expresarla). Teme por ejemplo que la visualización de imágenes violentas en el cine, la televisión o los videojuegos, vuelva al adolescente más agresivo y descontrolado, como negan- do que las actuaciones en realidad son expresiones conflictivas previas o con- secuencias de rasgos de carácter que se han ido conformando a lo largo de la educación recibida.

El entorno familiar es el más adecuado para poder apuntalar la formación de criterios y valores para ayudar a resolver esas contradicciones observadas. En las conversaciones o comentarios generados por las imágenes de la televisión, o sobre la vida cotidiana, los padres podrán dotar al adolescente de elementos que le permitan compatibilizar y comprender esas incoherencias para que vean los diferentes modos de actuar y las consecuencias de esas actuaciones.

La reactivación de la actividad pulsional tras la fase de latencia, posibilitará la expresión tanto de la agresividad como de la sexualidad. Necesitará manifestar el empuje generado en principio por los cambios fisiológicos pero rápidamente apuntalados por la transformación psíquica de todos esos cambios

Cuando ésta expresión pulsional es directa, emerge en forma de acting-out, sin ningún tipo de mediación la tensión es descargada directamente. El adoles- cente no puede frenar ni contener esa tendencia que le impele a hacer algo, “cuando me da el punto no puedo evitarlo, se me ocurre sin más”. Ésta es la palabra-frase-compendio más actual, “sin más” sin... más pensar, sin... más tratar de expresar, sin... más elaborar...

En otras ocasiones no es la actuación, la temida actuación, la que prima y caracteriza el comportamiento del adolescente, sino que es la inhibición. Este síntoma resulta más “delicado” o más difícil de percibir como tal por los diferen-

tes agentes implicados ya que no molesta, no se muestra evidente ni cuestiona. “Es un chico encantador, no da ningún problema, no sale con amigos, todavía prefiere ir con nosotros en vez de con los de su clase porque beben y hacen gamberradas. Por nosotros no hay ningún problema, ¡mejor!, ya tendrá tiempo de salir, tal y como está la calle, ¡cuanto más tarde mejor”. En estos casos cuando el adolescente ha tenido la suerte de que alguien haya observado ese bloqueo y haya sugerido a los padres pedir ayuda, vemos cómo vienen a consultar perple- jos no entendiendo qué hay de malo en ese comportamiento. La expresión de la actividad es vivida como peligrosa, la innovación, el cuestionamiento de lo esta- blecido, la curiosidad, imprescindibles en todos los momentos de la vida pero en éste especialmente. Parece que el adulto expresa sus temores ante “la lucha”, lo que nos permite reflexionar sobre la dificultad en poder asumir ellos mismos esos aspectos “luchadores” rebeldes.

En otras ocasiones el adolescente consigue una expresión de su pulsionali- dad a través de la sublimación. Transformando las energías sexuales y agresi- vas en otro tipo de actividades socialmente valoradas o útiles. El adolescente es capaz entonces de “pelearse con los libros”, de investigar y buscar incansable- mente, de enamorarse de sus iguales y de sus aficiones.

Como era de esperar, algunas de estas actividades sublimatorias se con- funden o pueden confundirse con actividades patológicas: los rompedores de la música, los grafiteros, los alternativos, y otros muchos grupos caminan por ese filo de navaja entre en la fina línea de la patología y la sublimación.

3.2. El establecimiento y adecuación a su Ideal del Yo

El ideal del Yo resulta de la convergencia del narcisismo, de la estima de sí mismo del sujeto y de las identificaciones con los padres y con los ideales colecti- vos. Son tres niveles los que participan en ello: el sujeto, los padres y la sociedad. El adolescente debe transitar del mundo del niño al del adulto con el objetivo de poder acceder a ese nuevo mundo con el máximo de capacidades y “con las ideas claras”. Partiendo de un narcisismo sano, los padres, los profesores y adul- tos en general y la sociedad, han de mostrar “la meta” que se espera alcancen de una forma clara y lo más unívoca posible.

En este momento (quizás haya ocurrido lo mismo en otros momentos de la historia de la humanidad), la falta de valores hace difícil al adolescente saber hacia donde debe de ir. Hay una ausencia de normas claras y unívocas, una “ausencia de padre” que se manifiesta en diferentes niveles. Numerosos compor- tamientos transgresores que buscan la intervención de la autoridad, es como si el adolescente dijera “que alguien ponga las cosas que yo no he sabido poner, en su sitio”. De hecho no es extraño oírles decir en consulta “si yo fuera padre no le dejaría hacer esto a mi hijo”.

El adolescente ante las dificultades 89 Por un lado está el “todo o casi todo vale” con tal de que obtengas los resul- tados esperados. No refiero solo a que se obvien comportamientos poco éticos o de dudoso valor moral sino también al cambio en la escala de valores de las cuestiones importantes. Por ejemplo, para que el adolescente no se quede atrás, se le imponen una serie de actividades a pesar de que cualquier entorno saluda- ble considere que “hay otras cosas importantes”. Se priorizan actividades que no son para el mejor desarrollo integral sino para el desarrollo de aspectos parciales tendiendo a confundir el todo con las partes.

Unos padres trataban de explicarle a su hija confusa ante una descompen- sación sufrida por un consumo de cannabis, “Ahora tienes que volver al instituto porque si no vas a repetir curso y te vas a quedar atrás”. La chica perpleja se queda paralizada llorando y diciéndoles que no puede ir, ellos insisten porque como dicen “solo queremos lo mejor para ti”. La angustia presente también en ellos no permite discriminar cuál debe de ser el objetivo principal si estar bien ahora o estar bien en el futuro.

La confusión implantada también por la sociedad, llegando incluso a confun- dir entre lo que debe ser el sujeto o debe aspirar a ser y el cómo ha de llegar a alcanzarlo, es una expresión más de la dificultad en establecer un funcionamiento equilibrado y coherente en el adolescente.

3.3. La aceptación de sus limitaciones

Al adolescente se le brindan “todas las cosas” que necesite, “que no le falte de nada”, la idea subyacente está basada en que si tiene todos los recursos ya está casi todo conseguido. En la base de esta posición, encontramos la negativa a la existencia de las limitaciones. Es muy probable, lógicamente, que estemos hablando de la aceptación de las limitaciones propias, éstas no se aceptan hacia uno mismo y por lo tanto tampoco pueden ser aceptadas en el hijo que, como prolongación narcisista, “va a ser mejor que yo”.

Hoy es especialmente delicado el hecho de aceptar limitaciones. Sí que pare- ce que el mundo de hoy, el primer mundo, es un mundo omnipotente que pone las cosas al alcance de la mano. Todo a nuestro alcance, los viajes, la información, la cultura, todo “on-line”. Podemos relacionarnos con los que están a miles de kiló- metros con la sensación de estar al lado de ellos, de tenerlos aquí. Lo paradójico es que con los vecinos no nos sentimos en muchos casos tan cerca.

Podemos escuchar al adolescente que está incluido en un grupo donde tiene cientos de amigos pero luego no habla con los de su centro escolar porque tiene que ir a conectarse con su grupo, “sus amigos” a través del ordenador.

El adolescente, el que adolece, se enfrenta a una sociedad o a un entorno omnipotente capaz de cualquier hazaña o tarea. Parece que no tiene espacio para poder sentir la pérdida, la incapacidad o el sentimiento de necesitar de la ayuda del otro.

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