hacer alusión al bien humano. El bien humano “es una historia, un proceso concreto, acumulativo, que resulta de la captación humana y de las elecciones humanas que pueden
ser buenas o malas”128, “donde se dan tanto el avance en la captación como la distorsión, la
aberración debida al mal”129. En este caso no hablaremos de pecado como tal, sino de
sesgos. Y para entender un poco mejor dicha categoría, vamos a hablar del sujeto operador, y del bien humano como objeto. Del sujeto operador, porque en la medida que sus operaciones se realicen correctamente, este se trasciende a sí mismo hasta alcanzar la autenticidad; y, si por el contrario, las operaciones no se realizan o se realizan erróneamente, el sujeto no puede alcanzar dicha autenticidad. Hablaremos del bien humano como objeto, porque a través de su estructura invariable (invariantes) y su estructura variable (diferenciales) se puede apreciar el origen y el curso de los posibles sesgos individuales y colectivos en cualquier persona, tiempo y lugar.
2.2.1.1 El sujeto Operador. Para hablar de sesgos a nivel individual, teniendo como referencia a la persona, abordaremos las operaciones humanas en un camino hacia la autenticidad, como resultado de una serie de operaciones auténticas; y, paralelamente en otro camino hacia la inautenticidad, como resultado de una serie de operaciones no auténticas, lo que sería aquí el sesgo o el desorden.
La persona como tal, por el hecho de existir, se mueve dentro de dos ámbitos: uno subconsciente y otro consciente. En el primero (subconsciente), nos referimos al organismo y a la psique. En cuanto al organismo, que tiene que ver con el metabolismo natural de las células, podríamos hablar de la enfermedad o la muerte, como sesgo y en cuanto a la psique, hablaríamos de las psicopatías.
128 Lonergan, Filosofía de la Educación. Obras de Bernard Lonergan, 67. 129 Ibid.
En el segundo ámbito (consciente), nos referimos en primera instancia al nivel intencional del sujeto, que corresponde a las operaciones inteligentes: experimentar, entender y juzgar. En cuanto al experimentar, tenemos el papel fundamental de la atención para que la operación sea realmente auténtica; de lo contrario, dicha operación se convertiría en inauténtica con la distracción, que en este caso sería lo que llamamos sesgo. El entender, como operación fruto del experimentar con atención, se convierte en una operación auténtica, mientras que el no entender o el entender mal se convierte en una operación inauténtica o sesgo, al que llamamos estupidez. El juzgar, como operación auténtica, se realiza mediante la afirmación de la verdad, de la realidad; cuando se juzga desde alguno de estos dos parámetros, se puede decir que vamos por un camino de autenticidad, mientras que si en el juicio se afirma algo que no es verdad, que no es real, que es engaño o falsedad se transita por el camino de la inautenticidad.
En este mismo ámbito (consciente), nos referimos en segunda instancia, al nivel existencial del sujeto, que corresponde a las operaciones de decidir y amar. En cuanto al decidir, como operación auténtica, cobra un papel fundamental el discernimiento, los juicios de valor, y la opción por los verdaderos valores; y, como operación inauténtica, la opción por los valores ambiguos, los valores falsos o los antivalores. El amar, como operación auténtica, es el dinamismo de estar enamorado de Dios, como experiencia, estar enamorado sin
restricciones: “todo amor es auto-entrega, pero estar enamorado de Dios es estar enamorado
sin límites o cualificaciones o condiciones o reservas”130. El amor como operación fallida
consiste en un cerrarse sobre sí mismo, y no corresponder al don del amor de Dios.
La inautenticidad humana, como condición existencial, es una alienación práctica de la autotrascendencia, a la que está sometido el sujeto por su condición; lo que implica, una posterior integración del ser humano en sí mismo, que sólo es posible por la redención, porque restablece plenamente la significación de la verdad y del bien, liberando la inteligencia y la libertad humanas. El sujeto tiene siempre la posibilidad de la conversión en todas sus operaciones humanas; tiene la posibilidad de volver a integrar su psique, de
experimentar con atención, de entender, de juzgar con verdad, de optar por los verdaderos valores y de abrirse completamente al amor redentor del Dios Uno y Trino.
2.2.1.2 El bien humano como objeto. Para hablar de sesgos a nivel social, teniendo como referencia a grupos, desde un ámbito socio-cultural, hablaremos de los invariantes del bien humano con sus tres elementos: el bien particular, el bien de orden y el valor. Estos tres elementos son constantes en cualquier sujeto, época y cultura; por eso se llaman invariantes. Dichos invariantes están presentes desde la existencia del hombre de las cavernas, en la Edad Media, así como en cualquier continente. En cuanto al bien particular, nos referimos a todo “aquello en lo que la gente piensa de ordinario cuando habla del bien
(…) Se refiere a la satisfacción de un apetito particular”131; lo que tengo yo aquí en este
momento: mi desayuno, mi casa, mi bus... Paralelamente, debo decir que así como hay bienes particulares; también hay males particulares: privaciones, sufrimiento, daño, destrucción132.
El bien de orden corresponde a la estructura: a la tecnología, la economía, la política. La familia también se constituye en un bien de orden, al igual que un sistema educativo, al igual que la Iglesia, al igual que el mundo del arte, de las ciencias y de la filosofía. El bien de orden es una organización social que asegura los bienes estables necesarios para la vida de todos. La ausencia de este orden, corresponde al mal o al sesgo social, porque la estructura ha resultado mal en alguna forma y no funciona. El mal particular también puede hacerse crónico; puede penetrar en el bien de orden, y puede hacerlo de tantas maneras cuantos aspectos tiene el bien de orden.
El tercer elemento de la estructura invariante del bien humano es el valor. Este valor surge ante la pegunta ¿es bueno este bien de orden que determina los hábitos, las instituciones, los medios y la posición social de cada persona? Los valores que hay en el ámbito de la vida van orientando las opciones humanas y la sociedad en general; sirven de criterio para
131 Lonergan, Filosofía de la Educación. Obras de Bernard Lonergan, 68. 132 Ibid., 79.
decidir cuál bien particular y cuál bien de orden se ha de escoger y realizar. Existen tres tipos de valor: el estético, que es la realización de lo inteligible en lo sensible, puede transparentarse en todas las cosas hechas, en todas las acciones realizadas, en los hábitos y en las instituciones; el ético, que es el emerger consciente del sujeto como autónomo, responsable y libre, surge aquí la autonomía del espíritu, el sujeto que toma su posición a cerca de la verdad, a cerca de lo que es correcto, de lo que es bueno; y, el religioso, que aparece cuando el sujeto autónomo se ubica ante Dios, con su vecino, en el mundo de la historia, cuando descubre dentro de sí, el orden interno133. En este caso, también puede darse el mal como negación del valor: en oposición al valor estético, se da la fealdad, el orden puede existir y con todo, no ser transparente; puede ser demasiado complejo, demasiado intrincado para que la gente lo capte; en oposición al valor ético, se da la enajenación: el hombre se convierte en alguien llevado por la corriente, no elige, no desea ser un centro de elección inteligente, racional, libre, responsable; en oposición al valor religioso, se da el alejamiento de Dios, el secularismo, la negación de la idea del pecado y una auto-afirmación completa y plena134.
En la historia hay cosas que van cambiando; es lo que llamamos diferenciales y constituyen la estructura variable del bien humano. Esta estructura está relacionada con la historicidad humana y da cuenta de aquellos principios que generan diferencias en los sujetos, en la sociedad y en la cultura. Son tres los diferenciales de la historia humana, del bien humano concreto; funcionan juntos; están entrelazados y no existen aisladamente. El primero es la inteligencia creativa135, que se refiere a la capacidad humana de ser inteligente y libre para autoconstituirse, con la posibilidad de la autotrascendencia, fruto del buen ejercicio de las operaciones, como principio que genera avances constantes y acumulativos y que desencadenan en el progreso; el segundo, es el sesgo o pecado, que advierte que dicho progreso no ha sido continuo en la historia y se constituye en la base de la decadencia de la sociedad humana. Este principio se entiende como la orientación contraria a la inteligencia
133 Ver. Ibid., 72-74. 134 Ver. Ibid., 80-84.
135 Ese desarrollo puede explicarse como progreso, es un primer principio para diferenciar las sociedades
y a la responsabilidad, por tanto, rechazo de la autotrascendencia. El tercer principio que diferencia la sociedad humana, es la redención, la victoria sobre el pecado, la restauración del orden destruido por el mismo136. La redención como iniciativa divina requiere de la libre cooperación humana para que sea recibida y comunicada; entonces aparece la conversión, como esa respuesta del hombre, que consiste en volverse hacia Dios con todo el corazón y con toda el alma.