Una vez caracterizadas cada una de las etapas de la modernidad, se hace necesario plantear que si bien los tres períodos abordados presentan características particulares, esto no implica, necesariamente, su completa desaparición con la emergencia de la etapa posterior y mucho menos que cada uno de ellos tengan límites claros y absolutos frente a su antecesor o predecesor. Haciendo una analogía con la estructura de las revoluciones científicas, formulada por Thomas Samuel Kuhn (2004), la aparición de un nuevo paradigma no elimina por completo a su antecesor, sino que, en muchas ocasiones, el emergente recoge ciertas particularidades del saliente, logrando formulaciones sinérgicas y/o más complejas. Para el caso concreto de la modernidad, el tiempo actual, enmarcado en el proceso de Globalización, es evidencia del traslape y la múltiple combinación de las características de su etapa previa, así como de sus estados sólido y líquido. Es decir, en este punto no es posible afirmar la prevalencia de una sola “etapa” de la modernidad en el contexto mundial, desconociendo a las demás, sino, por el contrario, se propone el reconocimiento y la comprensión de la superposición y dialéctica14 que entre ellas se da, en la idea de abordar efectivamente las complejidades territoriales del mundo contemporáneo.
En primera instancia, valga decir que, como se ha anotado en este capítulo, la concepción sobre las categorías territorio y ordenamiento territorial ha variado de acuerdo con la época histórica en la que se sitúe, es decir, de acuerdo a los marcos contextual y de referencia. Se ha transitado de una concepción inicial meramente vinculada a la comunidad y sus imaginarios, hacia otros escenarios donde es el Estado quien reclama y ejerce la autoridad sobre el territorio. Ulteriormente, la soberanía que el Estado posee sobre su territorio es
14 Para el nivel particular, la dialéctica no se reduce a la perspectiva de la tesis, antítesis y síntesis, sino que se aborda desde la postura planteada por Harvey (1996, 124) según la cual “[…] es un proceso y no una cosa y es además un proceso en el que las separaciones cartesianas entre las mente y la materia, entre el pensamiento y la acción, entre la conciencia y la materialidad, entre la teoría y la práctica no tiene ningún asidero”. Es decir, desde el enfoque dialéctico, la aproximación realizada a la modernidad implica la comprensión de los procesos, flujos, fusiones y relaciones de las etapas propuestas, entendiendo las interrelaciones que entre ellas se presentan, más que restringir a una división inflexible de cada época en un tiempo y espacio determinado; más aún si se tiene en cuenta que estos últimos “[…] no son ni absolutos ni externos a los procesos sino [que] son contingentes y contenidos en ellos mismos” (130). Desde este punto de vista, se plantean cuestionamientos alrededor de la modernidad en cuanto a su origen y evolución en el tiempo: ¿por qué proceso se constituyó? y ¿cómo se sostiene?
puesta en entredicho a raíz de una gama de factores, entre los que se destacan las prácticas económicas neoliberales (por lo general vinculadas a un discurso imperialista). Sin embargo, hoy por hoy es posible establecer, en el marco de las relaciones espaciales del mundo, la existencia y “convivencia” simultáneas de estas tres perspectivas.
En coherencia con ello, Agnew & Oslender (2010, 210) proponen el concepto de territorialidades superpuestas “[…] como una herramienta de análisis para entender estos procesos a escala múltiple […]”. Todo ello, partiendo de la base según la cual no sólo se identifica y reconoce al territorio asociado con la espacialidad del Estado moderno, “[...] con su pretensión de control absoluto sobre una población dentro de unas fronteras cuidadosamente definidas” (195), sino también la dinámica en dirección divergente, siendo aquella donde la significación del territorio se da en el seno de la construcción social. En pocas palabras, la visión tradicional descendente del territorio, propia del Estado, es matizada a partir del reconocimiento de aquella visión de abajo hacia arriba, donde el territorio es concebido desde y para la identidad y la diferencia culturales.
Más aún, su propuesta parte de la identificación de nuevos regímenes de autoridad territorial, que han surgido en las últimas décadas “[…] como resultado de la contestación política del espacio y como desafío a la supuesta soberanía territorial transparente exclusiva como un contenedor del Estado Nación […] (194), con lo cual se evidencian complejos procesos de re-territorialización y des-territorialización que asumen formas que van desde la violencia explícita hasta elucubraciones políticas y económicas, así como una mixtura de ambos mecanismos.
En síntesis, a lo largo de este capítulo se realizó una lectura e interpretación de la modernidad, partiendo de la periodización propuesta por Zygmunt Bauman (2002) entre modernidad sólida y modernidad líquida, y agregando una etapa previa, la cual se denominó premodernidad. Sin embargo, más que una nítida separación entre ellas, lo que se reconoce y plantea es una amplia gama de relaciones, yuxtaposiciones, superposiciones y dialécticas, entendiendo que la realidad es producto de la heterogeneidad, lo cual supone una confrontación continua entre procesos, que a su vez “[…] se vuelven puntos nodales particulares para los modelos posteriores de la actividad transformativa” (Harvey, 1996, 131). Entendiendo esto, de lo que se trata en el capítulo posterior es, en congruencia con lo expresado, hacer explicitas las relaciones que se han tejido a lo largo de la historia entre los
contextos global (o por lo menos regional) y nacional, pues ello resulta trascendental a la hora de abordar y entender las múltiples implicaciones espaciales (conflictos y paradojas territoriales) para la región latinoamericana, pero, particular y especialmente, para Colombia.
Por ahora, valga decir que este país ha sido más que testigo directo de un proceso dialéctico entre dichas etapas, toda vez que desde hace más de cincuenta años el Estado se enfrenta bélicamente a grupos guerrilleros, con el objetivo de lograr el control territorial y, paralelamente, comunidades indígenas y afrodescendientes se ven involucradas en esta disputa, dadas sus relaciones diferenciales con el territorio, respecto a aquellos “modelos” promulgados y seguidos por la institucionalidad estatal o por los grupos armados ilegales. Simultáneamente, en el país se han dado procesos tales como el reconocimiento de las entidades territoriales indígenas y la propiedad comunitaria de la tierra de los afrodescendientes, a partir de la Constitución de 1991; el establecimiento de una zona de distención desde 1998 hasta 2002, por parte del gobierno de Andrés Pastrana, para entablar diálogos de paz con la guerrillas de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia); y la firma de un acuerdo bilateral con EE.UU. para permitir la instalación de bases militares en el territorio nacional; en donde el papel del Estado ha variado notoriamente y, en términos virtuales y reales, ha perdido soberanía y control territoriales, ya sea en escenarios bélicos o jurídicos.
En definitiva, el país atestigua y es objeto de la formación de un complejo tejido territorial, donde aún se “lucha” por su control con comunidades étnicas y grupos armados al margen de la ley y, paralelamente, se cede soberanía en el marco del contexto económico y político predominante a partir, por ejemplo, de la creación de Zonas Especiales de Exportación o de la injerencia de personal militar extranjero en bases nacionales. Adviértase que esta lucha por el control territorial no es exclusiva de Colombia y, por el contrario, los Estados enfrentan en la actualidad el reto de mantener su soberanía y el arbitrio sobre un territorio frente a una diversidad de actores.
2. ECONOMÍA, POLÍTICA Y TERRITORIO: APROXIMACIONES AL CASO