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Tense, mood, modality and aspect

Before I conclude this section I shall make some notes on typological features of the language Golpa and “other Yolŋu languages are typologically agglutinative, synthetic and

4. Lexical classes and morphosynta

4.3 The verb phrase

4.3.2 Tense, mood, modality and aspect

El papel higiénico, eufemismo que sirvió para nombrar su innoble destino, fue inventado en los Estados Unidos en 1857 por Joseph Cayetty. Pero tardó en generalizarse su uso, cosa que hizo en Francia algunas décadas más tarde, donde se le consideró como refinamiento al alcance de todas las fortunas.

Era natural que un artículo de aquella naturaleza conociera graciosas anécdotas. Se cuenta que cuando los zares de Rusia visitaron París en 1901, un funcionario del Departamento de Exteriores galo, llevado de su celo por hacer bien las cosas, y de su natural deseo de agradar a sus jefes, ordenó imprimir el escudo del zar en el papel higiénico que los ilustres huéspedes iban a autilizar. Afortunadamente tan grave indiscreción fue abortada a tiempo.

El papel higiénico había tenido ya cierto auge en los mercados americanos, a pesar de que el primero en ser comercializado no obtuvo grandes ventas debido al desenfoque que se le dio en su publicidad, y porque se empaquetó en hojas individuales. Además, el público estaba acostumbrado y mentalizado a utilizar la prensa para aquellos menesteres innombrables.

Fue en Inglaterra donde Walter Alcock intentó en 1879 replantear el asunto.

Lanzó un papel higiénico en rollos, muy parecidos a los de hoy. No logró éxitos importantes debido a la moralidad victoriana, para quien era tabú hablar de ciertas operaciones fisiológicas aunque fuera muy indirectamente. Pero en los Estados Unidos, durante la misma época, no existían aquellos remilgos, y en Nueva York los hermanos Clarence y Edward Scott, de Filadelfia, perfeccionaron el rollo de papel higiénico.

En 1880 los hoteles, restaurantes, edificios oficiales habían instalado modernos elementos de fontanería sanitaria en servicios y excusado. Un hotel de Boston, el Tremont House, daba importancia al hecho de ser el primero en contar con wáteres de cisterna y baños en todas las habitaciones. Y por la misma época, la ciudad de Filadelfia se jactaba de ser la mejor dotada de wateres. También en el Manhattan neoyorquino iba en aumento vertiginoso la utilización de este tipo de equipamientos…, todo lo cual favoreció la implantación del nuevo producto: el rollo de papel higiénico que los hermanos Scott vendían en pequeños paquetes, envueltos en un atractivo formato para desviar las miradas y los comentarios irónicos. No se hablaba de cosa alguna que pudiera recordar el destino del artículo en cuestión, sino que se decía que estaba destinado a ser utilizado en las habitaciones más pequeñitas de la casa, que era como eufemísticamente se aludía al water. Para prestigiar el producto se habló de él como del Waldorf Tissue, y más tarde Scott

tissue. Le acompañaba el reclamo publicitario, o slogan «suave como lino viejo». Sin embargo,

el producto llegaría a introducirse después de muchos tropiezos. No era fácil enfrentarse al público con un mensaje adecuado. No se tardó en caer en la cuenta de que lo mejor era llamar a las cosas por su nombre, aunque de manera inteligente. ¿Cómo conseguirlo…? Se puso en boca de una niña la siguiente frase: «En casa de mi amiguita Leslie tienen una cosa preciosa, mamá, pero su papel higiénico lastima…». Y con anuncio tan anodino se multiplicaron las ventas, el

producto remontó el vuelo, y se introdujo en todas las casas…, hasta hoy.

EL PAÑUELO

Por curioso que pueda resultar, para lo último que se utilizó el pañuelo fue para sonarse las narices.

En efecto, su primer uso fue para limpiarse el sudor de la frente y de la cara, por lo que los romanos llamaron a esta prenda facilia, en plural, porque siempre se llevaba más de uno. También se utilizó en la Antigüedad como vendas de primera mano, e incluso como cartera donde guardar provisionalmente cosas de valor.

Cuenta Eusebio de Cesarea, en su Historia eclesiástica, que el othone de los griegos servía tanto de pañuelo como de servilleta. Y el hispanolatino Quintiliano habla del candidum

sudarium, pañuelo que podía servir para ocultar el rostro, o para protegerse con él del sol, como

hacía Nerón en los espectáculos circenses. Otro uso que tuvo en la Roma clásica fue para protegerse la garganta a fin de preservar la voz y evitar ronqueras y resfriados…, uso que todos hemos conocido cuando en las noches frías nos protegemos del relente.

El pañuelo tenía valor simbólico en fiestas y espectáculos. Así nació la costumbre, hoy tan taurina, de airear los pañuelos al viento para expresar agrado. También sirvió como distintivo social que caracterizaba a las clases elevadas. El vulgo no poseía pañuelo, y se contentaba con agitar al viento una parte de la toga. Por eso cuenta el delicado poeta latino Catulo que en la sociedad romana de su tiempo regalar un pañuelo era gesto muy valorado…, sobre todo si era un pañuelo de calidad y nombradía…, como los que se fabricaban en una ciudad hispana: Setabis, la valenciana Játiva.

Los romanos no se sonaban las narices con el pañuelo; sonarse en público, así como hacer cualquier otro ruido corporal, era considerado de pésimo gusto por aquella sociedad sofisticada que llegó a ser la romana.

El pañuelo de bolsillo apareció en Venecia, hacia el año 1540, y se llamó fazzoletto, traducción de la voz latina facilia a la que hemos aludido al principio. Lo utilizaban principalmente las llamadas «damas de la noche», mujeres de vida alegre, y de las que la romántica ciudad rebosaba. De Venecia el pañuelo pasó a la corte francesa de Enrique II, aquel monarca que había dicho lo de «París bien vale una misa», presionado por los españoles.

En tiempos de Cervantes los españoles hablaban de «pañizuelos de narices», que según dice Sebastián de Covarrubias en su conocido Tesoro de la lengua castellana, eran lo que sus antepasados llamaron «mocaderos», palabra que indica el fin al que estuvieron dedicados. Pero en aquel siglo XVII el pañuelo tenía un uso consagrado en el teatro, era utilizado por los actores, que lo requerían para representar las tragedias, enjugándose con él las simuladas lágrimas; sin él, este género dramático resultaba tan falto de algo como la comedia sin abanico.

Hasta el siglo XVIII el tamaño del pañuelo no era importante, ni su color, ni siquiera su forma. Todo servía. Fue la antojadiza esposa del rey francés Luis XVI, María Antonieta, quien dictaminó

que todos los pañuelos debían ser cuadrados, como los que el emperador Aureliano del siglo III impuso en Roma a los asistentes al circo y al teatro.

En 1844 llegó a Madrid una nueva moda francesa: la del pañuelo llamado à la fleur de

Marie, que toda persona elegante, sin importar su sexo, debía llevar en la mano. Fue ese pañuelo

el que servía de pretexto a las damas cuando querían dar a entender a los despistados acompañantes su interés hacia ellos… dejándolos caer al suelo de manera displicente tantas veces cuantas juzgara ella que el mozo en cuestión merecía la pena. De esa costumbre se dijo aquello: «tan buen partido es el mozo que recogía hasta veinte pañuelos en una tarde». Estos pañuelos à la fleur de Marie estaban decorados profusamente con motivos florales y de aves del paraíso. Unos versos festivos de principios de nuestro siglo aluden a esa moda:

De levantar pañuelos por todo el Rastro le duele a mi manolo

el espinazo; y yo le digo: “¿no tiene gracia…? hay hombres que amor

lleva a la farmacia…”