Chapter 3: Experimental Set-Up 26
3.3 Test setup-EMEA 33
Frente a algunas de las limitaciones del enfoque psicológico se ha desarrollado una tercera perspectiva, el enfoque sociológico, en el que los riesgos no son vistos ni como propiedades objetivas que dependen de cómo sea físicamente el mundo, ni de propiedades subjetivas que dependen de cómo sean cognitivamente los individuos. El enfoque sociológico entiende que los riesgos son construcciones sociales que dependen de factores socioculturales vinculados a estructuras sociales dadas, permitiendo la distribución de culpa y responsabilidad, que son utilizados como reclamo para la movilización social y permiten la
adaptación de la conducta individual a pautas colectivas marcadas por la opinión pública. A diferencia de la investigación psicológica que contempla la aceptación del riesgo como una decisión individual subjetiva, el enfoque de la perspectiva sociológica es contextual, esto es, se centra en el estudio de los factores que hacen que ciertos puntos de vista respecto a riesgos resulten dominantes en grupos sociales determinados, o bien que se produzcan polarizaciones y enfrentamientos respecto a la distribución del riesgo.
Este tipo de objetivos son los que predominan en el enfoque que se aplica en la gestión política del riesgo. Según éste, en la valoración y aceptación de tecnologías no pesan tanto los factores de carácter individual, sino que la aceptación depende más bien de cuestiones tales como los valores sociales, la confianza en las instituciones o la transformación de la información en los medios de comunicación. En el ámbito de la gestión política del riesgo, el enfoque sociológico se nos presenta como el más apropiado, según Cerezo y Luján (2000), ya que no presupone una experiencia directa del individuo con respecto al riesgo y hace del conflicto y los procesos sociales el centro de su investigación. Con todo, argumentan estos autores, la concepción del riesgo como objeto social, o la asimilación del riesgo real a riesgo percibido, no quiere decir que todo valga. Así, rechazar el enfoque técnico positivista no debe conducir al constructivismo cultural extremo, sino que se debe tener en cuenta que hay juicios y percepciones mejores y peores en la evaluación del riesgo, que no dependen tanto de la posibilidad de expresar cuantitativamente esos juicios como de la cantidad y diversidad de la información disponible para formar tales juicios. La incapacidad de distinguir entre riesgos reales y riesgos percibidos no arroja a un relativismo ontológico ya que los riesgos percibidos suelen ser también riesgos con consecuencias físicas reales.
En la caracterización del riesgo como objetos sociales se trata de buscar un compromiso entre la visión positivista del riesgo realizada por el enfoque técnico y la visión constructivista social del enfoque sociológico38. En este modelo resultado de esta síntesis, no vale todo y
38Con la que coincide Shrader Frechete en su obra “Risk and Rationality” (1991), en la que
defiende la necesidad de encontrar un equilibrio entre los defensores acérrimos del enfoque técnico -los positivistas ingenuos-, y el enfoque sociológico de los “relativistas culturales”. Un acercamiento al análisis del riesgo aplicando la aproximación Riesgo
habrá que echar mano de la ciencia y la tecnología para evaluar y regular el riesgo; y es que el cambio científico tecnológico no sólo crea nuevos riesgos sino que también pone al descubierto amenazas previamente desconocidas. En conclusión, los problemas respecto de los riesgos son problemas transcientíficos, que aún requiriendo del concurso de la ciencia, dependen de valores e intereses, con frecuencia en conflicto, de una diversidad de agentes sociales. El debate público sobre riesgos naturales y tecnológicos no se deriva, por tanto, de una supuesta debilidad cognitiva de legos, o de limitaciones evidenciales de expertos, sino que constituye básicamente un debate moral y político sobre atribución de responsabilidades.
Ha llegado a ser un lugar común afirmar que el riesgo es un fenómeno social tal y como se puede desprender de las dimensiones que lo configuran (Arnoldi, 2009). La primera de ellas se refiere al riesgo como fuente de problemas sociales y políticos, como podría ser la creación o consecución de una sociedad ecológicamente sostenible. Esta corriente, encabezada por Beck y Giddens, tomaría como punto de partida los nuevos peligros provocados por las tecnologías modernas en las que científicos, políticos y público, así como los mass media, se encuentran en una situación compleja al enfrentarse al riesgo en un contexto de alta incertidumbre generado por la pérdida de confianza y certeza hacia las decisiones y las estructuras políticas que distribuyen responsabilidades. La segunda dimensión, subrayada por Mary Douglas y sus colaboradores, se centra en la visión cultural del riesgo. La tercera, por último, se refiere a las práctica y conocimientos con que se gobierna a la población y se estructura la sociedad.
Coste-Beneficios, ponderado éticamente aparece como una opción válida para no caer en el reduccionismo científico, que se equivoca al infravalorar el papel de los valores éticos y procedimientos democráticos; ni en el reduccionismo sociológico que se equivoca al sobrevalorar el papel de los valores en la evaluación del riesgo. La evaluación del riesgo no debería ser sólo una investigación científica, sino también un procedimiento político de negociación entre expertos y ciudadanos.