La literatura vampírica del siglo XIX, principal fuente de inspiración del Romanticismo Negro, hunde sus raíces en el siglo XVIII, especialmente en el periodo comprendido entre los años 1720 y 1740, cuando empezaron a propagarse peculiares historias sobre exhumaciones de no-muertos en diversos lugares de Europa Oriental. La historia más conocida hacía
223 Véase: BORNAY, E. (2001): Las hijas de Lilith. Madrid, Cátedra (4ª ed.). DIJKSTRA, B. (1994): Ídolos de pervesidad. La imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo. Madrid, Debate
224 BELLUSCIO, M. (996), Las fatale ¡Bang, Bang! Una mirada de mujer al mundo
femenin del género negro, Valencia, La Máscara. PAGUA, C. (2001): Vamps & Tramps. Más allá del feminismo. Madrid, Valdemar
173 | P á g i n a
referencia al supuesto caso de vampirismo experimentado por Arnold Paole o Arnold Pavle, un hadjuk serbio que supuestamente se conviritó en vampiro tras su muerte iniciando así una epidemia de vampirismo que afectó a la región de Medveja. La investigación llevada a cabo por médicos militares concluyó que existían evidencias suficientes para hablar de un caso de vampirismo225. Más allá de la superstición, la figura del vampiro se
abrió paso en el imaginario colectivo y en la literatura donde se fraguan los grandes iconos de perversidad.
Una de las primeras fuentes escritas del siglo XVIII que habla de los vampiros a partir del folkore de Europa Oriental es El vampiro (1748), de Heinrich August Ossenfelder, un poeta alemán que actualmente es considerado el creador de la primera obra literaria moderna vampírica226.
La obra no se refiere explícitamente a ningún episodio atribuible a la tradición vampírica, sino que narra la historia de un amante que amenaza a su amada con convertirse en un vampiro y vengarse de ella visitando su habitación por las noches si no aceptaba su amor. El poema, muy breve, deja vislumbrar cierta fascinanción por la muerte, lo prohibido y el concepto de pecado en la medida en que el vampiro es comparado con un reptil, posiblemente en referencia a la serpiente bíblica como símbolo de pecado.
Gottfried August Bürger, profesor de la Universidad de Gotinga y uno de los mayores representantes del movimiento Sturm und Drang, realiza una aproximación literaria más completa de la figura del vampiro en su poema Lenore (1773)227. La obra relata la historia de una joven
llamada Lenore que, impaciente por el regreso de su prometido de la Guerra de los Siete Años, reniega de Dios. A medianoche, un joven
225 Véase: MARIGNY, J. (1999): El despertar de los vampiros, Barcelona, Ediciones B. MYRING, L. (1982): Vampiros, hombres lobo y demonios, Madrid, Plesa. HAMBERGER, K. (1992): Mortuus non mordet; kommentierte Dokumentattion zum Vampirismus, Viena, Turia & Kant.
226 Véase VV.AA (2009): No despierten a los muertos. Relatos de vampiros, Madrid, Jaguar.
174 | P á g i n a
físicamente parecido a su prometido acude en busca de Lenore solicitándole que lo acompañe hasta el lecho nupcial. Ambos atraviesan a caballo paisajes espectrales hasta llegar a un cementerio donde el caballero se revela como un espectro y el lecho nupcial resulta ser un nicho en el que yace el esqueleto de su prometido. Allí, los cadáveres se apoderan de la joven como castigo por haber renegado de Dios. Aunque el espectro no se revela como un vampiro, la importancia del poema en la temática vampírica es innegable como señala el hecho de que Bram Stoker incluyera en Drácula el verso “Die toten reiten schnell” (Los muertos cabalgan deprisa) extraído de Lenore.
Sin embargo, la primera gran obra que marca un punto de inflexión en la popularización del mito de las vampiras señalando algunas modificaciones que influirán en al arte del XIX es La novia de Corinto de Johann Wolfgang Goethe (1797)228, con grandes paralelismos con la
historia de empusa recogida por Filóstrato en Vida de Apolonio229,
228 GOETHE, J. W. (1974): Obras completas (T 1): Miscelánea. Teoría de los colores.
Poesía. Novela. Madrid, Aguilar. Recopilación, traducción, estudio preliminar,
preámbulos y notas de Rafael Cansinos Assens. (4ª ed.).
229Rafael Cansinos Assens, en las notas que incluye a su edición de las Obras completas de Goethe, apunta que la fuente que se inspiró Goethe fue la misma que ya le sirviera para la Noche de Walpurgis, el libro de Juan Praterius, Neue
Weltbeschleibung von atlerley wunderbarenMenschen (Magdeburgo, 1668). Al parecer,
allí encontró reproducida una narración tomada de la obra de Flaejon Trallianus Sobre
los prodigios, del siglo II de la era cristiana. El motivo del vampiro puede proceder de
la Vida de Apolonio por Flavio Filostrato. Aunque, según St Hock (Die Wampirsagen, Berlín, 1900), fueron las leyendas de vampiros eslavas las que inspiraron la fantasía de Goethe hasta enlazar con la narración clásica. Julio Ángel Olivares Merino afirma que en la composición de Goethe late implícita la historia de un vampiro femenino del siglo II d. C. que fue relatada por Phlegon de Tralles en su obra, traducida al inglés como Concerning Wondrous Things (Olivares, 2001: 190). Por su parte, Alberto Bernabé Pajares, en la "Introducción" a la edición que hicera de Vida de Apolonio dice que en el episodio de la empusa de Corinto hay un paralelo muy claro con la historia de Flegón de Tralles sobre Macates y Filinión, en la que se nos narra cómo Filinión, muerta seis meses antes, obtiene la posibilidad de pasar tres días con su amado y así lo hace. Aunque los padres le advierten de lo que realmente está sucediendo, Macates hace caso omiso de su advertencia. Finalmente la Empusa huye, Filinión muere y
175 | P á g i n a
analizada en el capítulo dos de la presente investigación. La historia narra la vida de una joven que muere de pena tras conocer que sus parientes pretenden encerrarla en un convento para evitar que contraiga matrimonio con su prometido. Para vengar su deseo arrebatado, abandona por la noche el sepulcro y se aparece en la habitación de su prometido con quien entabla una conversación en la que la joven le alerta:
¡No te acerques a mi joven! ¡Detente! ¡Vedada tengo yo toda alegría! Que estando enferma hizo mi madre un voto que cumple con severa disciplina.
Naturaleza y juventud -tal dijo-, al cielo en adelante
habrán de estarle siempre sometidas230.
Además añade: "¡No me toques, que a Cristo por esposa/destinada me tienen!". Después de haberse jurado fidelidad, y tras un improvisado ágape, en la que ella con sus "pálidos labios" sólo "sorbe vino rojo", se inicia el cortejo amoroso. Pero en su cuerpo -"¡Cual la nieve blanca,!/cual la nieve fría/ningún corazón palpita". Entonces la madre los sorprende en el lecho y la muchacha altiva exclama:
“Por vindicar la dicha arrebatada la tumba abandoné, de hallar ansiosa a ese novio perdido y la caliente sangre del corazón sorberla toda. Luego buscaré otro
corazón juvenil, y así todos mi sed han de extinguir”231.
Al final, dirigiéndose al joven, amenaza tajantemente:
¡No vivirás, hermoso adolescente! ¡Aquí consumirás tus energías!
Macates se suicida. Esta historia es recogida por A. Giannini, Paradoxographorum Graecorum reliqlliae, Milán. 1945. págs. 170-178 (Filóstrato, 1979: 43).
230 GOETHE, 1974: 875 231 GOETHE, 1974: 878
176 | P á g i n a ¡Mi cadena te di; conmigo llevo
un rizo de tu pelo en garantía! ¡Míralo bien! ¡Mañana tu cabeza blanca estará
y tu cara, al contrario, estará negra!232.
De esta manera, la novia de Corinto resulta ser una muerta que ha vuelto de la tumba para materializar su amor y su deseo, pues al vampirizar logra saciar su pulsión erótica con la sangre que le ofrece el corazón del amado. La suya será, entonces, una forma de vindicar lo que en vida le estuvo prohibido. En la configuración de este personaje femenino se condensan a una serie de elementos que caracterizan a la vampira: una naturaleza difunta, una sexualidad lasciva y “el misterio de una madre devoradora”233.
En este punto es conveniente precisar que la muerte, sobre todo en las culturas de lengua germánica, se identificaba siempre con una figura masculina. Lo que además permite comprender la originalidad del poema de Goethe ya que, hasta la aparición de La novia de Corinto, la presencia vampírica, por su vinculación con Thanatos, había adoptado predominantemente la forma de un hombre234. Tal vez sea éste uno de los
motivos que explique que en el siglo XVIII el personaje de la vampira no sea aún habitual en las obras literarias.
Ya en el tránsito al siglo XIX, cuna del Romanticismo Negro, se publica el primer poema de temática vampírica en lengua inglesa,
Christabel (escrita en 1797 pero publicada en 1816) de Samuel Taylor
Coleridge. Esta obra refiere la historia de una muchacha que habita en un castillo gótico en compañía de un padre sumido en el dolor por la muerte de su esposa. Una noche, en medio del bosque, Christabel encuentra a
232 GOETHE, 1974: 878-879
233 PEDRAZA, P. (1999): “La madre vampira”, en Asparkía, nº 10. Castellón, Universidad Jaume I de Castellón, p. 43.
234 IBARLUCÍA, R. & CASTELLÓ-JOUBERT, V. (2002): Vampiria. Veinticuatro historias
de revinientes en cuerpo, excomulgados, upires, brucolacos y otros chupadores de sangre. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, p. 16-17.
177 | P á g i n a
Geraldine, bellísima hechicera que la convence de que la lleve a dormir a su alcoba. La joven comienza a sentirse atraída por la extraña y, mientras comparten el lecho, tiene un sueño en el que se ve vampirizada al pie de un viejo roble por una mujer con ojos de serpiente. Por la mañana su padre conoce a Geraldine, en cuyo rostro cree descubrir a la hija perdida de un antiguo amigo, e irremediablemente se enamora de ella. Christabel, celosa de un amor que la excluye, ruega a su progenitor que eche a la intrusa pero no lo consigue y acaba siendo despreciada.
Coleridge publicó Christabel en 1816 sin haber concluido la obra. Las reseñas literarias de la época fueron principalmente negativas y apuntaron, sobre todo, a la ambigua naturaleza de Christabel que no se parecía a ninguna heroína conocida. Un crítico se preguntó: “¿De qué trata todo esto? ¿Cuál es la idea? ¿Lady Geraldine es una hechicera o una vampira? ¿Es un hombre, es él, es ella, es eso?”235 La trama, con
sugerencias de lesbianismo y ausencia del amor maternal dejan una profunda huella en el imaginario vampírico que será explicado con detalle en el análisis de Drácula.
Cerrando el ciclo vampírico del siglo XVIII, destaca el poema épico
Thalaba el Destructor (1797) de Robert Southey236. En este monumental
poema épico, Southey relata cómo Oneiza, la amada muerta del héroe Thalaba, se convierte en vampira y detalla el encuentro entre éste y su amada en la cripta funeraria durante una noche de tormenta. En un resplandor de azufre, Thalaba ve levantarse a su amada del sarcófago con las “mejillas lívidas”, los “labios azules” y “un terrible brillo en la mirada” hasta que el padre de la joven finalmente atraviesa el “cadáver de la vampira” con una lanza. El poema muestra así uno de los temas fundamentales del mito vampírico: la muerte violenta y la desmembración del cuerpo femenino. Las implicaciones de la decapitación y desmembración del cuerpo se analizan en el estudio sobre Drácula que cierra este capítulo.
235 HOLMES, R. (1982): Coleridge, Oxford, Oxford University.
236 La versión inglesa del poema está disponible en el proyecto digital Gutenberg: www.gutenberg.org.
178 | P á g i n a
El año 1819 es especialmente prolijo en la producción literaria vampírica con la publicación de La bella dama sin compasión y Lamia de John Keats y, sobre todo, El vampiro de John Polidori. Por su especial relevancia, analizo exclusivamente la obra de Polidori que es considerada la narración que inaugura el Romanticismo Negro literario237. El Vampiro
surgió de un encuentro entre Polidori, Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y Matthew Lewis en el que decidieron escribir una historia de terror inspirada en la lectura de Phantasmagoriana de Polidori. Sólo éste último y Mary Shelley con Frankenstein terminaron el desafío.
El cuento de John Polidori está protagonizado por el personaje de Lord Ruthven, inspirado en la vida decadente de Lord Byron, que se se conviritió en el paradigma del vampiro romántico: un aristócrata joven, atractivo, inmortal, de tez pálida y hábitos nocturnos que se alimenta de la sangre de jóvenes doncellas238. El cuento causó un gran impacto en la
Inglaterra victoriana llegando a publicarse numerosas ediciones y traducciones del relato. La particularidad de El Vampiro radica en que el autor crea un nuevo paradigma de vampiro muy alejado de los rasgos grotescos procedentes de las tradiciones de Europa Oriental. En su lugar, configura un estereotipo de vampiro burgués, refinado, atractivo y profundamente seductor; unos atributos que recogerán Sheridan Le Fanu, Bram Stoker, Edgar Allan Poe y Alejandro Dumas.
Un año después, la literatura alemana alumbra un nuevo hito en la tradición vampírica, Vampirismus (1820) de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, el primer relato en prosa protagonizado por una mujer vampiro239. La obra narra la particular historia de amor entre el joven
Hipólito y una mujer enigmática, Aurelia, con la que finalmente contrae matrimonio. Aurelia es descrita como una joven con un semblante de “palidez mortal”, débil y nerviosa: “una extraña criatura solitaria, con un
237 La versión inglesa del poema está disponible en el proyecto digital Gutenberg: www.gutenberg.org.
238 FRAYLING, C. (1992): Vampyres: Lord Byron to Count Dracula, Oxford.
239 IBARLUCIA. R. (2003): Vampiria: de Polidori a Lovecraft, Madrid, Adriana Hidalgo Editora.
179 | P á g i n a
fuego intenso que brotaba de sus ojos”. Pero lo más extraño “era que la condensa no tomaba ningún alimento, y sobre todo que demostraba tal asco a la comida, especialmente a la carne, que más de una vez se alejó de la mesa dando las más vivas muestras de aborrecimiento”240. Finalmente,
el esposo escucha rumores que aseguran que Aurelia, tras narcotizarle, abandonaba todas las noches su dormitorio hasta el amanecer para pasear por el cementerio. El joven Hipólito decide seguir una noche a su esposa hasta el cementerio y allí descubre horrorizado que Aurelia, junto a otras mujeres semidesnudas, se alimentaba de los cadáveres de los hombres con la “voracidad de un lobo”.
“Rápidamente, corrió el conde tras ella, atravesó la puerta del muro del cementerio, que halló abierta. Al resplandor clarísimo de la luna vio un círculo de espantosas figuras fan- tasmales. Viejas mujeres semidesnudas, con el cabello desmelenado, hallábanse arrodilla- das en el suelo, y se inclinaban sobre el cadáver de un hombre, que devoraban con vora- cidad
de lobo. ¡Aurelia hallábase entre ellas!”241.
Pese al horror de la escena final y de la extraña naturaleza de Aurelia, es necesario precisar que, aun cuando la joven comparte algunas características propias de las vampiras, no se alimenta de sangre humana ni la necesita para sobrevivir porque su sustento son los cadáveres. Por ello, más que vampira, Aurelia se configura como una femme fatale diabólica y necrófaga242.
Uno de los aspectos más destacables de la novela es la relación establecida entre Aurelia y su extraña madre que, tras aprobar la relación sentimental de su hija, es hallada muerta en el cementerio el día de la boda de Aurelia. En numerosas novelas vampíricas se observan complejas relaciones maternofiliales ya sea porque las mujeres padecen de una suerte de orfandad materna concibiéndose a sí mismas como huérfanas, o bien porque las progenitoras se comportan de manera perversa y abyecta con
240 HOFFMANN, E. T. A. (1986): Cuentos, 2. Madrid, Alianza, p. 99. 241 HOFFMAN, E.T.A. 1986: 100.
180 | P á g i n a
su descendencia243. Tensión que, más tarde, se hará presente en el cuento
de Edgar Allan Poe, Morella (1835) y en la novela Carmilla (1871) de Sheridan Le Fanu.
La literatura francesa no se mantiene ajena al éxito de las novelas vampíricas y en 1836 Théophile Gautier publica La muerta enamorada; un relato vampírico, claramente influido por el estilo de Hoffmann, y narrado en primera persona por su protagonista, un joven abad que se ve irremediablemente seducido por la bella Clarimonde. Aunque el abad se resiste a los encantos de Clarimonde, el día que ella fallece no puede evitar besarla en los labios en su lecho mortuorio. Pero, igual que ocurre en algunos cuentos como La Bella durmiente o Blancanieves, el beso provoca que Clarimonde vuelva a la vida (o quizás no estaba muerta) y ésta le confiese su pasión:
“Te esperé tanto tiempo que he muerto; pero ahora estamos prometidos, podré verte e ir a tu casa. ¡Adios, Romuald, adios! Te amo. Es todo cuanto quería decirte, y te devuelvo la vida que me has insuflado un minuto con tu
beso. Hasta pronto”244.
Tras permanecer el joven abad tres días inconsciente, el padre superior del monasterio le informa que la mujer había muerto después de una orgía que duró ocho días con sus ocho noches y le advierte de las historias que, desde siempre, han circulado sobre Clarimonde en las que se la califica de ser sobrenatural, “una mujer vampiro”. Sin embargo, todas las noches el abad recibe en su habitación a la no-muerta Clarimonde llevando así una doble vida en la que no puede distinguir el sueño de la vigilia. Sin embargo, el abad descubre que Clarimonde aprovecha las noches para provocarle una herida en el brazo con un alfiler y beber su sangre. Preso de desasosiego, profana la tumba de Clarimonde rociando su cuerpo con agua bendita hasta que queda convertida en polvo. No obstante, Clarimonde vuelve a aparecer ante el abad la noche siguiente:
243 PEDRAZA, P. 1999: 46.
244 GAUTIER, T. (1999): Muertas enamoradas (relatos fantásticos). Barcelona, Lumen, p.73
181 | P á g i n a “¿Y que te había hecho yo, para que violaras mi pobre tumba y pusieras al des-nudo las miserias de mi nada? Desde ahora se ha roto para siempre cualquier comunicación entre nuestras almas y nuestros cuerpos. Adiós,
me echarás de menos”245.
Clarimonde se erige en símbolo de la fusión de Eros y Thanatos, en el arquetipo de la vampira moderna, pero con un rasgo diferenciador: su fidelidad, porque antepone su amor por el abad a la posibilidad de “tener otros amantes cuyas venas secaría… el amor es más fuerte que la muerte y acabará por vencerla”246.
La tradición vampírica francesa no continúa la línea del personaje de Clarimonde en lo que respecta a su fidelidad y se continúa configurando el arquetipo de la vampira seductora y sanguinaria en novelas como La dama
pálida (1849) de Alejandro Dumas, La vampira (1865) y La ciudad de los vampiros (1867) de Paul Féval y El Horla (1876) de Guy de Maupassant.
Sin embargo, paralelamente al éxito de las novelas vampíricas en Europa, hay que destacar un fenómeno literario que sin estar directamente vinculado a la tradición vampírica se nutre de ella y, a la inversa, perfecciona el arquetipo de vampira moderna: la fascinanción por la bella muerta, por la amada difunda; un tema que se difundió con gran éxito en la literatura norteamericana de la mano de Edgar Allan Poe.
El relato Berenice (1835) de E. A. Poe narra la historia de amor entre un joven y su prima Berenice quien sufre eventualmente episodios de catalepsia. Berenice enferma de manera progresiva hasta que finalmente fallece. El joven marido entra en diversos trances de ensimismaminto hasta que un criado le alerta de que el sepulcro de Berenice ha sido profanado hallándose la joven con los dientes arrancados, el “cadáver desfigurado, sin mortaja, y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía”. Todo indica que la joven había sido enterrada viva durante uno de sus ataques de catalepsia y que la profanación la había llevado a cabo el marido durante uno de sus