RESEARCH METHODOLOGY 4.1 Introduction
4.2 The constructive paradigm
Ando con el sol lejos y de paloma herida, en tanto el día náufrago transcurre en la memoria, golpeado por las cosas que mueren despacito detrás de las palabra y demuelen las penas y juntan soledad a manos llenas.
Un aire de sudeste humedece el silencio, pasa y no vuelve, cruza violando las ventanas y agita las polleras de las oficinistas por ausencia de flor sobre los muros y en los fríos despachos donde la muerte suma discretos memorandums, facturas, porcentajes, números temporales como cualquier olvido.
Así, con un regazo de luz a medio luto, camino, reconstruyo el cereal del tiempo, uno por sus mitades la mañana y el río, para que tenga el cielo su debido horizonte y los niños no caigan al sueño sin paisaje.
He asumido este oficio casi sin darme cuenta: soy el que desentierra las cosas
perdurables. y es que la ciudad olvida que necesita un duende que ordene la alegría y suelte las abejas y mire, todo un siglo, la antigüedad del pájaro.
(Han omitido el grillo en medio del tumulto, La soledad, sin puertas, vive y muere de espaldas. No advierten el peligro de sus breves prisiones y corren a su prisa sin verse los candados. No sé. Yo no recuerdo cuándo ocurrió el olvido. Nadie puede saberlo: son siglos de olvidarme.)
Algún rey, un remoto señor de aleves ojos, traspapeló el infolio entre el polvo canalla. Después, cuando vinieron los barcos por el río, cuando el hierro entró al viento, cuando creció la sombra del primer cabildante, un día tras del otro, entre mercaderías, entre hombres y relojes, entre tasajo y pan, cuando entre sal y cuero se fundaba el olvido, mi voz bajó a a la tierra junto al encomendero, y el soldado y el loco abuelo Trapalanda: traían las espadas, caballos, herrerías y la palabra siempre y todas las palabras, para hacer un idioma de dura maravilla y construirnos leyendas de asible eternidad.
Es difícil saber en qué memoria vine, cómo me fui cayendo de la copla hacia el aire, qué corazón nombraba la nostalgia por dentro, qué mano inmemorial me escondió la
guitarra.
El caso es que una noche me despertó la luna y descubrí la tierra
De: Amanecer bajo los puentes (1971) Canción de largas calles
Los dos sabíamos que no era cierto, pero a mí me encantaba contárselo y a él, al Toto, le encantaba escucharme.
¿De dónde podía haber tenido yo su hermano, un caballo que se llamaba Marcial y que tenía una estrella entre los ojos de enorme lucidez como dos noches? ¿De dónde podía tener yo la casa, de puro y pleno sol que no teníamos? Pero nos gustaba a morir tener un caballo que se llamaba Marcial con una estrella y una casa de sol grandote, tamañazo, revés más bien violento de la madriguera de abajo del puente donde dormíamos con el solo calor de nuestros cuerpos y el pedazo de trapo o arpillera que habíamos robado andá a saber adónde, porque hacía ya rato que andábamos alzados, huyendo a la ternura furiosa con que la Mamá nos azotaba, a manotones con la miseria que llegó con cuatro velas y sin sopa el día que se llevaron al Papá, totalmente dormido como lo recuerdo, los cuatro peones de la Municipalidad, porque no había cómo ni quién entre nosotros. Desde entonces -o de antes, según la versión de mis hermanos mayores- para comer había que aviarse o procurarse o como se dijera al modo nuestro, toda vez que no había nada que comer de una manera absolutamente seria y definitiva. Por lo que cada cual, allí donde estuviera, se las tenía que arreglar con las dos manos, las diez uñas, los dos pies, las rodillas, los codos o la mismísima madre querida que nos trajo al mundo, sólo para verse sola con nosotros delante, ocho que quedábamos de los veintitrés que parió, sin contar a Manuel y Nazario que eran, fueron, asuntos de mi padre que debe haber tenido también su mediodía en medio de la cueca o acaso, si cantaba, su caliente abriboca para después del vino como siempre sucede cuando uno es disponible.
Así es que yo, penúltimo, número veintidós, casual, inevitable como cualquier resfrío, debía procurarme. Y el Toto, como yo, casual, inevitable, a patas por la calle, procuraba conmigo. Pero a él le encantaba acortar el camino, escuchándome hablar. Así es que conveníamos lo que yo le contaba. Era un pacto de honor. Jamás se le ocurrió hacerme zancadillas ni exigirme las pruebas de los hechos contados. Me dejaba mentir en su provecho. Y yo inventaba cosas: milagros, maravillas, le contaba películas partiendo del afiche aunque los dos sabíamos que ninguno sabía y ferozmente menos que existiera un caballo Marcial con una estrella y una casa solar con jamones y sol, como decía. Pero quiero jurar que nos hacía bien. Pero puedo llorar por estas cosas. Fueron años enteros: de los seis a los doce o algo así. Toda nuestra inocencia supongo que sería.
El Toto me llevaba un año y medio. Raúl, un poco más. Lucas, toda una vida. Lucas fue de linyera y volvió proletario, condición que aprendimos por el cuarenta y cinco, después, cuando Perón prendió fuego en nosotros y llamó a los bomberos. Caso que ahí quedamos: del trabajo a la casa, de la casa al trabajo, pero esta es otra roncha como dijo el mosquito. Cuento que yo contaba, que le contaba al Toto historias con caballos, que íbamos a la Imprenta, que sacábamos diarios con la muerte del Papa, creo que Pío X, creo que Pío XI. Entonces ardió España de su luz y su sombra, pero ganó la sombra, es decir la ceniza, según me fui enterando por Pablo y por Vallejos. Un día de esos días deben haber sitiado de muerte a Federico. El sería noticia en ese entonces. ¿Habré voceado yo su muerte enorme? No recuerdo en mi voz esa agonía. Juro que no recuerdo y que me duele, como suele pasar en las peleas: después viene el dolor, después se hincha. Después puedo gritar: ¡Y fue en Granada! ¡Carajo, fue en Granada! ¡Qué sabía...
Ay, don Antonio, abajo del ciruelo; ay, padre de mi voz, puedo jurarle que yo recuerdo que tenía frío, que no recuerdo si grité esa muerte, que no puedo acordarme del olvido! Pero todo era así: feroz y hermoso, vital, canalla, límpido, grosero; alucinante, duro, sustancioso; soez, maligno, espeso, miserable; todo era iniquidad, nazi, jocundo; asesino, Guernica, Alcazar, canto; miedo, trepidación, zarpa en la sangre; concentración, Ejército del Ebro; era la chispa, el grito que no vuelve, París, aliados Londres, bombardeos; tremaba el Rider Digest por manteca y supe Praga, Maginot, Dunkerke; todo quemaba como Stalingrado y dije Partisanos o Salernos, un fuego súbito en el que todo ardía en tanto yo tenía un hambre ciego, particular, insomne, permanente, un hambre mío en medio del infierno, un hambre de siete años cabalgando sobre un Marcial caballo y sobre un cuento, que al Toto le gustaba que contara, aunque supiéramos que no era cierto.
De: Canto popular de las comidas (1974) Menú del día
1
El lunes se despierta labrador, metalúrgico, ferroviario, bracero, pintor, oficinista; avanza tumultuoso con todos los oficios y simple, como un silbo, va a buscarse la vida. Dicen que el lunes es padre. Pero también es madre. Yo canto que también es muchacho y muchacha. Madruga en las azules brújulas del planeta y anda de campanero por los gallos del alba. El lunes se conduele del que no tiene lunes, del lunes sin semana de los desocupados,
pasa frente a sus casas como una estrella errante donde hace cola el odio con los puños cerrados. Yo suelo ver al lunes a eso del mediodía
en la fonda, en los bares, en las grises cantinas, celebrando un puchero de rabo sustancioso donde un coro de choclos sinfoniza la risa. Pienso que si los lunes se pusieran de acuerdo, como ya sucedió y sigue sucediendo,
todo amanecería violentamente hermoso y en todas las cantinas cantaría el puchero.
2
Si uno ríe los martes, debe llorar los viernes y mirarse las manos a la luz de una vela,
porque el martes, desnudo, como un niño, padece de las admoniciones de la luna perversa.
Los martes tiene ruidos en todos los rincones y suelen nominarse con un trece tridente,
por lo que el martes es ese muchacho de catástrofe que rompe las ventanas de los adolescentes. Haga el martes arroz, fideos con manteca, una sopa liviana, churrasco vuelta y vuelta: hay que evitar el íncubo que oficia a media noche y las convocatorias rojas de la pimienta.
Los martes se discute. Hay plenario en la casa. El viejo se levanta. Deja el puño en la mesa. Sus hijos dicen: armas, dicen Che, dicen basta y sobre nuestra bronca pasa ardiendo la huelga. -Madre, no llore. Madre, no estamos contra el viejo.
-Estamos contra el mate del paro dominguero. -El cree que la huelga es cosa de parar
y nosotros creemos que es pueblo en movimiento.
De: El río de la legua (1979)
Don Cleto
Don Anacleto Aznar entró a la sala aún bufando y dio orden de cerrar -tapiar, dijo- todas las puertas y ventanas -y cualquier otro resquicio, agregó- de su mansión solariega de la calle de la Catedral y bufó fulmíneo, tonante, ante toda su familia y la servidumbre atónitas:
-Ni el aire. ¡Que no entre ni salga ni el aire de esta casa, nunca más!
Y sus hermanas solteras se llevaron, como siempre, las manos a la cara y la servidumbre inclinó su impasible reverencia y la Lela, su Ama de Llaves, chancleteó hasta la poltrona donde don Cleto se había dejado caer y comenzó a sacarle las polainas y a desabrocharle los botines de capellada alta de charol, mientras una de su hijas, también soltera, lo abanicaba para que no fuera darle un soponcio.
Como tantas veces había salido esa mañana con don Bartolomé Mitre de la casa del general, discutiendo ese asunto de la guerra con el Paraguay y cuando ya iba a hacerle una seña a su cochero, quedó clavado en la palabra: inconcebible -que venía diciendo-, al oír un como trueno de todo el averno y ver venir desde el fondo de la calle de la Florida un tronco de percherones arrastrando una carrindanga monstruosa y el toque a rebato de una corneta estridente de sonido grotesco, admirado de cómo la gente se apartaba presurosa y de que hasta algunas damas tuviera que saltar a la vereda para ponerse a salvo del paso irresoluto de esa guarangada que pasó ante su asombro levantando una nube de polvo. A su confusión la terminó de confundir la carcajada del general que, además había dicho:
-Es el Tranway, don Cleto. ¡Es el progreso que avanza!
Furibundo, don Cleto había mirado al general y con un ademán olímpico, ordenado a su cochero que se acercara a la acera para partir empacado en su dignidad herida, con apenas una leve inclinación de cabeza a Mitre, que se quedó riendo ya moderadamente, despidiéndolo divertido porque, al fin, esta no era más que otra manía del maduro patriarca, pero sin sospechar hasta dónde llegaría la ofensa del tranvía a caballos, verdaderamente atronador, que había incorporado a la ciudad un ritmo que, raudamente, la alejaba de la Gran Aldea para siempre.
Ahí iba don Cleto, en el recinto recoleto de su carroza, sabiendo que ese era su último paseo por las calles ya atestadas de un Buenos Aires procaz, insolente, infestado de gringos que parloteaban una jerigonza bárbara, donde ya no se podía vivir. De ahí que parentela y servidumbre, tardarían mucho tiempo en comprender qué quiso decir cuando dijo, ordenó, decretó:
-¡Ni el aire!
Pago Lejos (Los desterrados)
1
Por años, los escasos años suyos que ya servían para algún recuerdo, el tren había sido el único suceso de Pago Lejos, como le llamaban los lugareños a Coronel Cevallos, como rezaba el cartel de la Estación, o las guías o remitos a los lejanos consignatorios -Bunge y Born-, a cuyo destino iba el grano embolsado o la leña o el algodón, según fuera la siembra del año; nombre éste del oscuro coronel que ganara estas tierras en un tiempo ya tapado por los polvaderales y que algunos, ya muy viejos para saber a qué se referían, llamaban la Campaña del Desierto, una como guerra que alguna vez hubo o debió haber, no precisamente en esta desolación sino que vaya a saber dónde, pero el caso es que aunque ya no quedaran ni cenizas del coronel se seguía llamando así, Coronel Cevallos, para fijar un punto de partida a los Bunje y Borges, como les llamaban los lugareños, que, al parecer, eran los únicos cristianos que aún recordaban a Pago Lejos o tenían algo que ver con este confín algunas veces al año. Ni ellos. Porque como decía el tío Benito: este es un pueblo de irse. El único que vuelve aquí, cuando se va, es el sol.
El Panza, todavía andaba muy borracho de chicharras a los diez años, la honda colgada al cuello, los bolsillos negros de moras, agujereados de piedras, las alpargatas reventadas en los dedos gordos de los pies, bigotudas, deshilachadas, para ponerse a entender otra cosa que ese portento de pitadas lejanas, ese renovada acontecimiento de ver pasar, aunque más no fuera, a ese toro negro con un penacho de humo grueso sobre la testuz que arrastraba tras de sí quince, veinte vagones, haciendo temblar el aire quieto de los atardeceres con sus terribles bufidos que lo precedían desde mucho tiempo antes de que se lo divisara y la gente volviera a jugar a la eterna adivinanza: ¿parará? ¿no parará? Que para, te digo; cuánto de jugás. Hasta que, parara o no, el tren seguía arrastrando su misterio, interrumpiendo el bostezo de aquella monotonía de la que, claro, nadie se daba cuenta, si no pasaba el tren por Pago Lejos.
De nuevo, nada. Que el turco vino como todas las veces que hacía lo que él llamaba la travesía y paró el carro frente al rancho, pero de nuevo, nada. Las muchachas alborotadas, también como siempre, ante los cortes de telas estampadas que les hacían relampaguear los ojos y palparlas en el tacto áspero de sus dedos hechos a las duras tareas del campo y de la casa, plegarlas contra sus cuerpos, imaginando cómo les quedarían ya cortadas y cosidas, hablar y reír, chanceando con el Turco, que no era turco sino italiano, pero que le decían el Turco, como a cualquiera que recorriera el campo vendiendo baratijas, ropas, espejos, jabones, toscos zapatos, botas, alpargatas y el módico tendal de objetos que los campesinos renovaban después de cada cosecha y que, si acaso había sido un poco más abundante que otros años, les hacía llegar hasta el derroche de un frasco de perfume para las mujeres y otro de agua de colonia para los graves hombres silenciosos que compraban de lejos, a cierta distancia de las alharacas del hembraje y el regateo tenaz de las curtidas madrazas insobornables a la palabrería del Turco que, fuera turco, alemán o escandinavo, desplegaba un mismo oficio de seducción por la palabra a fin de despertar el entusiasmo que facilitara la venta y los precios verdaderamente falaces con los que, a la larga, cerraban los tratos.
Todo venía igual, tal cual había sucedido temporada tras temporada y el Panza, aún lejos de la edad de presumir, alternaba su curiosidad con los juegos del perro, excitado por el revuelo del color de los trapos y pensando que de todo ese jaleo él saldría favorecido con algún par de alpargatas nuevas, como siempre, o alguna tricota, porque el resto de
sus ropas las heredaba siempre, también de su padre, aunque esa vez, la rueda de los hechos iguales se le empantanó en un: vení, muchacho, de su padre; probate estos zapatos y, súbitamente, se encontró sorprendido por toda una sucesión de medias, pantalones, camisa y una chaqueta que lo sujetó por los hombros y lo ató de los brazos, mientras su madre se la tiraba de atrás y le ordenaba: enderezate y fue ahí, en medio de su embarazo, cuando vio la guitarra colgada del techo de la carrindanga del Turco y se dejó hacer y deshacer, totalmente absorto ante el milagro.
De: Historia de tu ausencia (1985) HISTORIA DE TU AUSENCIA
Si ahora digo amor tal vez no diga
que la ausencia me mira del fondo de tus ojos, que aquí estuvimos juntos, que fue hermoso y que el sol conocía tu perfil de memoria. Tal vez sea imposible que alguien sepa lo claro, la luz que fue llevarte de la mano pequeña como a un tallo mecido por un viento de música hacia los territorios donde aguarda el silencio. Y ya que estás distante,
qué pensarán los árboles qué dirán las canciones,
cómo verá la noche mi soledad de río;
dónde pondrán su ronda los niños de la tarde, adónde irán los pájaros sin tu risa y mi silbo y la calle tan sola con sus puertas inútiles y las sombras sin besos
y los perros perdidos;
ahora que la ausencia me interrumpe la boca, ahora que me esperas tan allá de los niños. Se nos ha muerto el año.
Yo le veo el invierno hecho de un sólo frío, de un solo tajo solo a la mitad de agosto, de una dura distancia... larga, definitiva.
Porque de pronto sobran los barcos, los andenes
y de pronto este rumbo ya no tiene sentido como si nadie fuera hacia ninguna parte o alguien hubiera muerto a mitad de camino. Alguien.
Mi voz. Tu pelo. Las cosas que no dije. La flor de tu vestido.
Se nos ha muerto el año donde dejé tu nombre para que recobrara su condición de estío. Ya no sé,
nunca entiendo estas precarias sílabas
cosas que no recuerdo de pronto me dominan: ¿te dije que tenías la piel como de humo?
¿que de estarme en tus ojos me conozco el origen? ¿te he enseñado el misterio de los árboles solos?
¿sabes ya que tus manos son dos siestas dormidas? No sé,
nunca recuerdo tanta distancia,
tanta canción que no he cantado cuando anduvimos juntos. Me dolería mucho no haberte dicho todo
LA BARCA A imagen de mí, a semejanza
de cuánto y tanto sueño desvelado, te vi llegar,
atravesar la ausencia
con la proa lunada de tu barca. Y a imagen de ti,
a semejanza
de un antiguo profeta destinado, salí a nombrarte niños,
a fundarte,
a ser tu territorio y tu habitante. Pongo una historia aquí,
fecho tu arribo,
inauguro en tu voz mi calendario:
tú has de explicarme el alba cuando llegue rodeada del rito de los pájaros.
Destino tu lugar. Este es el sitio
donde fui diariamente solitario.
Siembro una estrella aquí para que crezca su luz enamorada por tu sangre.
Fundo tu casa aquí, sostengo el día
y su paloma sideral sin margen para que andes vestida de alegría tan húmeda de azul como el verano.