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The Differences Between the Two Approaches

Partiendo de la teorización de Marx y Engels sobre el materialismo histórico, la interacción entre los corpus teóricos del marxismo y el feminismo ha tomado diversas formas.

Para estos dos autores, la división sexual del trabajo fue conceptualizada como un resultado de la aparición de la propiedad privada y la familia nuclear funcional a un sistema de explotación capitalista. Antes del surgimiento del capitalismo, la producción social era compartida puesto que no existía una separación rígida entre el trabajo productivo y el reproductivo, ni entre el remunerado y el no remunerado. Se reconoce que había una especialización de tareas de acuerdo a las características biológicas de hombres y mujeres, pero ésta no se veía reflejada en el estatus o en la subordinación de las mujeres, quienes de forma comunitaria compartían el cuidado de los niños, las tareas domésticas, y también la producción de bienes destinados al autoconsumo.

Sin embargo, esta situación se transformó cuando la lógica del mercado empezó a regular las relaciones sociales. Así, de acuerdo con lo planteado por Antoine Artous (1996), quien retoma a Marx y Engels, el capitalismo introdujo una tajante separación entre la producción de bienes con valor de cambio, y la de bienes con valor de uso, así como entre relaciones de producción y relaciones de parentesco. El surgimiento de la propiedad privada reconfiguró la organización social dando lugar a la familia nuclear, en la que el trabajo doméstico se convirtió en responsabilidad absoluta de las mujeres, signando así su condición de subordinación. Según lo explica esta autora

con el advenimiento del capitalismo, el trabajo doméstico no solamente se convierte en un servicio privado, sino que se ve separado totalmente de la producción dominante y, de paso, se desvaloriza totalmente, hasta el punto de desaparecer como trabajo, y de aparecer como un no trabajo (Artous 1996: 18)

Desde esta perspectiva, la opresión de las mujeres – expresada en la división sexual del trabajo – estaba enmarcada en un sistema capitalista, puesto que éste es el origen de todas las desigualdades sociales. El corolario de esto es que, una vez vencido el capitalismo, desaparecerían

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todas las relaciones de desigualdad, incluidas aquellas entre hombres y mujeres. Para Engels, esta posibilidad estaba implícita en la propia dinámica capitalista que para su funcionamiento requería la creciente proletarización de las mujeres, quienes perteneciendo a la clase obrera serían también capaces de hacer la revolución que acabaría en primer lugar con su opresión de clase, para después y de forma consecuente, terminar con su opresión de género13.

Las posturas desarrolladas en este tenor han sido denominadas por Heidi Hartman (1979) como la vertiente clásica o primitiva del socialismo feminista, mientras que R.W. Connell (1987) las caracteriza como explicaciones extrínsecas de la desigualdad de género. La extensión del marxismo para analizar las relaciones entre hombres y mujeres ha conducido a enfatizar la relación del trabajo de las mujeres con el capitalismo (y no con los hombres), y de esta forma a subordinar sus intereses en tanto mujeres a sus intereses de clase. En esta corriente más ortodoxa, la identidad de género se encuentra en el plano de la ideología y la cultura, es decir, de la superestructura, y es en última instancia determinada por las condiciones materiales de existencia.

Esta postura ha sido cuestionada por ciertas autoras, entre las que destaca Heidi Hartman (1979), quien en su artículo “El infeliz matrimonio entre marxismo y feminismo: hacia una unión más progresista” señala que la relación entre feminismo y marxismo siempre ha estado supeditada a los intereses de clase, ignorando así que la desigualdad entre hombres y mujeres sigue una lógica particular que no es exclusiva del modo de producción capitalista. Éste es también uno de los cuestionamientos planteados por Connell para argumentar que una teoría que analice las relaciones entre hombres y mujeres debe ser intrínseca, es decir, debe situar el origen y la solución para la desigualdad en una lógica particular propiamente de género.

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Evidentemente, Engels no lo planteó en términos de “género”, concepto que fue introducido a las ciencias sociales hasta la década de 1970. Lo enuncio aquí en el lenguaje contemporáneo, aunque tanto para Marx como para Engels se tratara más de una característica anatómico biológica que cultural.

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Esto es justamente lo que propone Hartman, quien identifica al patriarcado como la estructura responsable de la subordinación de la mujer. Sin embargo, éste no actúa totalmente independiente del modo de producción que se analice; en este sentido existe una cooperación entre el patriarcado y el capitalismo, de igual forma que es posible la existencia de un socialismo patriarcal.

El reconocimiento de esto lleva a cuestionar la postura marxista más ortodoxa, y señalar que si bien el fin de la división sexual del trabajo implica desmontar también el sistema capitalista, las mujeres tienen intereses propios que hacen necesaria la articulación de la lucha feminista y socialista, sin que la primera se subordine a los intereses de la segunda. En esto coincide con Antoine Artous (1996), quien puntualiza que tanto Marx como Engels sobreestimaron la posibilidad de emancipación de las mujeres en el capitalismo al ignorar que la creciente proletarización de la población femenina ocurre dentro de una lógica de género; es decir, que las mujeres se proletarizan como mujeres, en trabajos de menor remuneración, con salarios caracterizados como una ayuda para el hombre, y en empleos que reproducen la división sexual tradicional al colocar a las mujeres en el sector de servicios y cuidados.

Estas críticas y propuestas más heterodoxas continúan centrando el análisis en las condiciones materiales de existencia de las mujeres, dejando con relativamente poca teorización la identidad de género. Me parece que ésta es una de las principales limitaciones de este tipo de cuestionamientos al marxismo ortodoxo: por una parte se reconoce que la desigualdad de género no encuentra sus raíces únicamente en el modo de producción dominante, sino que incluye aspectos simbólicos y culturales anteriores al capitalismo; mientras que por otra parte al momento de explicar la identidad de género se recurre a la idea de que la conciencia se origina en las condiciones materiales de existencia.

Estas limitaciones son señaladas por autoras también marxistas como Nancy Hartsock (1983), quien articula el materialismo histórico y la división sexual del trabajo con la corriente psicoanalítica de relación – objeto, puesto que según Hartsock ésta es una psicología materialista que permite explicar

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las identidades de género con base en la división sexual del trabajo, y en la forma de socializar, sentir e interpretar la sexualidad a partir del hecho de que sean las mujeres quienes se encargan del cuidado de los primeros años de vida de los niños y niñas.

En este sentido, las niñas aprehenden su feminidad por medio del ejemplo y la imitación de la madre, quien es una figura presente y tangible, mientras que los niños deben construir su masculinidad separándose de la madre a través de un modelo abstracto de lo que “deberían de ser”, puesto que el padre usualmente es una figura ausente. Así, la masculinidad es idealizada por los niños, mientras que la feminidad es algo concreto para las niñas. Esto representa una experiencia de dos mundos: uno valorado, que es al mismo tiempo abstracto e inalcanzable, y otro desprovisto de valor, que es concreto y necesario. Para la autora, esta dicotomía se encuentra en el corazón de los dualismos constitutivos del pensamiento occidental (abstracto/concreto, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, ideal/material, permanencia/cambio, entre otros), revestidos todos ellos por la desigualdad de género.

Las raíces edípicas de las dicotomías jerárquicas también implican para hombres y mujeres una forma distinta de relacionarse con el Otro. Las mujeres, por su socialización y por sus características biológicas - que implican tener un ser dentro de sí que sin embargo es Otro - construyen relaciones sociales de continuidad, mientras que para los hombres separarse de la madre implica una relación de antagonismo y oposición con el Otro. Nancy Hartsock amplía estas consideraciones para sugerir la necesidad de desarrollar una teoría del poder distinta a las que conocemos en la que, a diferencia de las relaciones de dominación/subordinación, el poder se ejerza en aras de la libertad de los demás. Esto requiere un planteamiento epistemológico diferente, que la autora llama una “epistemología de la reproducción”, y que consiste en seguir el método marxista para analizar las relaciones entre hombres y mujeres, considerando que el trabajo reproductivo, realizado a través de la maternidad como una institución, es cualitativamente distinto al trabajo productivo, y tiene alcances

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y posibilidades aún no exploradas para teorizar sobre el poder y las organizaciones sociales que se desprenden de su ejercicio.

De la revisión bibliográfica que realicé durante la elaboración de esta investigación, la propuesta de Nancy Hartsock fue lo más cercano que encontré a una propuesta materialista que permita analizar la dinámica identitaria de género más allá de la aparente simplicidad de la relación entre estructura y superestructura. Sin embargo, en su libro Money, sex and power: toward a feminist historical materialism (1983) ella termina con estas consideraciones, concluyendo que el esfuerzo por desarrollar a profundidad tal teoría es algo que habría de realizarse en el futuro.

Es quizás por esto que su propuesta no ha sido incluida en el debate más reciente sobre identidades de género. En todo caso, la originalidad de la misma radica en la articulación de la propuesta marxista y el psiconálisis, para lo que retoma el importante trabajo al respecto de Nancy Chodorow (1978).

Como se ha presentado, dentro del marxismo existen posturas más ortodoxas y cercanas al planteamiento inicial de Marx y Engels sobre la subordinación de la mujer en un contexto de conflicto de clases, mientras que otras autoras como Heidi Hartmann, Nancy Hartsock y Nancy Chodorow han ampliado la propuesta marxista para conciliarla con otros marcos analíticos como el del psicoanálisis. El análisis entre la división sexual del trabajo y la identidad de género me parece más desarrollado en las propuestas de estas autoras que en las más ortodoxas, puesto que pese a que las condiciones materiales de existencia mantienen su estatus de eje fundante de la desigualdad de género, también se introducen otras consideraciones sobre la formación de los procesos subjetivos e identitarios. En los siguientes capítulos veremos que la condición de clase de las mujeres y hombres entrevistados es un factor de suma importancia en la construcción de su identidad, pues en ésta hay una notoria intersección entre características de clase y de género. Es por ello que pese a que no tomé como referencia teórica la totalidad de la propuesta marxista, sí consideré conceptos que han sido ampliamente teorizados desde esta

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perspectiva, como son la división del trabajo entre hombres y mujeres, así como las condiciones materiales de existencia.