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The Economic Perspective – functional-oriented, social network

2.2 The Labour Migrants’ Agency, Experiences and Strategeis

2.2.1 The Economic Perspective – functional-oriented, social network

Desde que Aquitania les fue arrebatada a los hijos del rey y legítimos herederos, Pipino y Carlos, las cosas fueron allí mal y la corrupción llegó a todos los rincones. El país se vio sacudido por una serie de revueltas y Carlos el Calvo, en otro tiempo deseado por los aquitanos, fue perdiendo cada vez más su favor hasta ser tenido por un tirano holgazán y cruel. Cuando en 853 mandó decapitar al conde Gozberto de Maine, un hombre que hasta entonces le había sido leal, no sólo se hizo odioso a la influyente parentela de éste sino también a la nobleza, que en buena parte simpatizaba con él. Y así, según refieren los Anales del imperio franco oriental rigurosamente coetáneos, los embajadores de Aquitania acudieron «frecuentemente al rey Luis con el ruego de que asumiese personalmente la soberanía sobre ellos o enviase a su hijo para librarlos de la tiranía del rey Carlos (a Karli regís tyrannide) y no se vieran forzados a buscar por ejemplo entre gentes extrañas al reino y enemigas de la fe, con el peligro que ello comportaba para la cristiandad, una ayuda que no podían encontrar entre los soberanos ortodoxos y legítimos».29

En febrero de 854 Carlos el Calvo estipuló con Lotario en Lüttich un pacto especial, refrendado de nuevo con un juramento solemne. El pacto iba dirigido contra Luis, cuyo hijo homónimo, Luis el Joven, había caído entretanto sobre Aquitania, pero con la aparición de Pipino hubo de abandonar el país a toda prisa. Luis el Germánico por su parte también estableció entonces un pacto especial con Lotario, quien sin embargo a instancias de Carlos también renovó el pacto especial con él. Y cuando Lotario, que en su viudedad aún había tomado dos concubinas entre las mujeres a su servicio, enfermó de muerte, los hermanos Luis y Carlos se coaligaron como buitres al acecho, seducidos por el gran botín.30

Una semana antes de su muerte el emperador Lotario entró como monje en el monasterio de Prüm. Y antes de que allí el 29 de septiembre de 855 «se despojase del hombre mortal» y alcanzase «la vida eterna», repartió el reino central entre sus hijos: el mayor Luis II recibió Italia y la corona imperial; Lotario II obtuvo los territorios que después se llamaron «Lotaringia», desde el Ródano hasta las costas del mar del Norte; y el pequeño Carlos de Provenza consiguió en conjunto unas posesiones importantes, que Carlos el Calvo acabó engullendo paso a paso.31

Pronto estallaron las rivalidades, como era de norma tras los repartos; por algún tiempo hasta pareció que Carlos de Provenza, todavía un muchacho, fuera a recibir la tonsura clerical con la consiguiente división del país. La decidida oposición de los magnates borgoñones, que aspiraban a un país autónomo, lo impidió.

Mas pronto volvieron a crearse unas situaciones hostiles entre los hermanos mayores.

El 1 de marzo de 856 Lotario II estableció en Saint-Quentin un pacto formal con su tío Carlos el Calvo, que se veía enfrentado a dificultades crecientes: unos normandos incendiarios, unos bretones victoriosos, unos aquitanos levantiscos, con los que incluso se coaligaron sus propios grandes, y casi todos los condes del país. Por lo demás, éstos apenas devastaban y robaban menos que los salteadores normandos, que en 856- 857 entre otras hazañas incendiaron por dos veces París y pasaron a sangre y fuego regiones enteras a orillas del Loira. Y tras el pacto de Carlos el Calvo con su sobrino Lotario II, también Luis el Germánico buscó y encontró un aliado en su sobrino el emperador Luis de Italia.

De ese modo los reyes carolingios volvían a estar fuertemente en- frentados entre sí. Y en el verano de 858, cuando Carlos había acabado encerrando a los normandos durante semanas en Oissel, una isla del Sena, y cuando en el este Luis el Germánico tenía listos tres ejércitos de moravos, liones abodritos y sorbios para combatir a los eslavos, justamente entonces dos grandes de la nobleza franca occidental, el conde

Otón y el abad Adalhardo de Saint-Bertin, solicitaron su intervención armada en el reino de su hermano, cuya corona le ofrecían. Reclamaban la supresión de su «tiranía», pues «con su malvado furor aniquilaba» cuanto los paganos que acometían desde fuera les habían dejado; «en todo el pueblo no había nadie que otorgara crédito a sus promesas o juramentos»

(Annales Fuldenses).

De hecho una gran parte de la nobleza franca occidental pertenecía al partido opositor. En él figuraba también Roberto el Bravo, antepasado de los Capetos, abad laico de los monasterios de Marmoutier y de Saint Martin en Tours. En 852 Carlos le había nombrado conde de An-jou y de Turena; pero ahora se pasó al bando de Luis el Germánico. Y éste prometió «apoyado en la pureza de su conciencia (buena o mala que fuese) ayudarle con la asistencia de Dios». En el otro bando, Hink-mar de Reims advirtió al rey que con la guerra fratricida «corría a su condenación» e impidió la deserción de los obispos. Pero en el verano Luis cruzó Alsacia «para librar al pueblo» penetrando profundamente en el reino franco occidental, donde la nobleza, infiel como de costumbre, lo acogió con los brazos abiertos. En ella figuraba el arzobispo We-nilo de Sens, que tantas mercedes recibió después. ¡Apenas un decenio antes había ungido y coronado personalmente en Orleans a su soberano franco occidental después de que hubiera sido elegido rey!

Carlos rompió el cerco de los normandos y el 12 de noviembre los ejércitos de los dos hermanos se enfrentaron en Brienne del Aube. Primero quiso Carlos «mejorar con el consejo y asistencia de Luis y con la ayuda de Dios lo que hubiera de malo». Después exigió de sus obispos —igualmente en vano— la excomunión eclesiástica contra Luis. Por último abandonó secretamente con unos pocos (cum paucis latenter) a sus propias tropas dispuestas ya para la batalla y huyó a Borgoña, por lo que su ejército se pasó a Luis. También Lotario, rompiendo su pacto de alianza, dejó a Carlos en la estacada y se unió al vencedor sin lucha alguna.

Luis, al que tan sin esfuerzo se pasó una gran parte del reino franco occidental, repartió generosamente entre quienes le habían llamado honores y tierras, condados enteros, monasterios, bienes y alodios reales (denominación jurídica de los «bienes de plena propiedad» y libres de toda carga) y pasando por Reims se encaminó a Saint-Quentin, donde, siempre piadoso, celebró la fiesta del Nacimiento del Señor en el monasterio del santo mártir Quintín.32

Por lo demás, el episcopado franco occidental resistió al intruso. Los prelados de las provincias eclesiásticas de Reims y Rouen —el propio responsable arzobispo Hinkmar— hablaron a la conciencia de Luis y le recriminaron haber provocado una miseria mayor que los paganos. La- mentaron la ruina derivada de la guerra de cristianos contra cristianos,

cuando el primer deber del rey habría sido ¡volver la espada contra los condenados paganos..., ¡además de proteger los derechos y privilegios eclesiásticos!

Y entonces Luis, demasiado seguro de la victoria, licenció rápidamente a su ejército, aunque había recibido el aviso de una sublevación sorbía, además de que en el oeste muy pronto fracasó la «liberación». Los hijos del conde güelfo Conrado se pasaron al bando de Carlos y le incitaron contra su hermano, ahora casi indefenso. Éste huyó precipitadamente a Worms «después de haber arruinado todo el reino y no haber mejorado ninguna cosa» {Annales Xantenses), mientras que la victoria de Carlos en una situación más difícil en apariencia fundamentó sorprendentemente su ascensión. Lotario cambió una vez más de campo y al poco de la huida de Luis se pasó de nuevo a Carlos, al que acababa de traicionar, reforzando con un nuevo juramento en Warq, cerca de Me-ziéres, la antigua alianza. Hasta que por fin en junio del 860 Luis y Carlos se garantizaron mutuamente la paz mediante un juramento solemne en la fortaleza de Coblenza, en la que también se encontraba Lotario. Como en 842, el juramento lo formularon en dos lenguas, «de conformidad con la voluntad de Dios y para la estabilidad, honra y defensa de la santa Iglesia...» y también, evidentemente, «para el bien y la paz del pueblo cristiano que nos ha sido confiado», a la vez que «para el mantenimiento de la ley, la justicia y el orden...».33

Se vivía justo en unos tiempos de fe profundamente cristiana, cuando poco antes «en muchísimos lugares había caído nieve tinta en sangre», cuando justamente Liutberto de Münster, «el bienaventurado obispo», llenó el monasterio de Freckenhorst con «muchas reliquias» de santos mártires y confesores y hasta con «una parte del pesebre del Señor y de su sepulcro...». No quedaba ahí lo milagroso: se tenía «asimismo polvo de sus pies cuando subió al cielo...». Inmediatamente después leemos que los reyes (cristianos) «devastaron todos los alrededores» de Coblenza. Y al poco tiempo el rey Lotario II habría abandonado «a su legítima esposa» para vivir «públicamente con la concubina». Y el rey Luis habría nombrado conde «al impío Hughardo». Sin duda eran tiempos de profunda fe cristiana. El cronista cierra su informe anual: «Sería harto laborioso relatar la discordia de nuestros reyes y la desgracia que los paganos trajeron a nuestros reinos».34

Algo de todo ello contaremos ahora.