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El cadáver de Evita es el primer desaparecido de la historia Argentina. Durante 15 años nadie supo en dónde estaba. El drama fue tan grande que su madre, Juana Ibarguren, clamaba de despacho en despacho pidiendo que se lo devolvieran, murió en el año 1970 sin poder averiguar nada. Nadie o casi nadie

sabían si lo habían incinerado, si lo habían arrojado en el fondo del Río de la Plata o si la habían enterrado en Europa.

El cadáver embalsamado encerraba suficientes virtualidades narrativas y novelescas, que con muy buen acierto, se ha establecido para explotar el autor, material sobre el cual se proyecta el personaje mismo, en el frágil hilo entre lo mítico y lo verdadero. El resultado es la historia de un cuerpo que sobrepasa a cuantos lo rodean, un cuerpo canonizado por vastos sectores independientes de la población argentina.

Además, el cuerpo de Evita fue durante años la expresión fetichista de una situación política no resuelta, sobre todo después de 1955. De esta manera, Evita-Santa Evita está investida de los atributos típico-épicos de las mitologías de nuestro tiempo, lo cual podría llevar al error de descontextualizar al personaje, es así como, el autor convierte al mito en la expresión de un anhelo colectivo o de su desesperanza, según como se lo quiera interpretar.

Eloy Martínez sugiere en su reactualización del mito el trasfondo popular de la protagonista, su poder de convocatoria, su condición psicológica que la llevó por igual al populismo y al resentimiento, a la acumulación de riquezas y a la filantropía en muchos casos arbitraria y equívoca. En términos literarios no es relevante el juicio que sobre el personaje histórico pueda tener el autor, lo pertinente es la capacidad de convicción que tiene su personaje novelesco y la maestría con que sabe insertarlo en el devenir narrativo explotando a fondo las increíbles peripecias del cuerpo embalsamado.

Después del velorio oficial y durante los tres años posteriores a la muerte, el cadáver de Evita permaneció en el segundo piso del local de La Confederación General del Trabajo (CGT), custodiado por el conservador el Dr. Ara y bajo protección de personal de la Policía Federal; producida la Revolución Libertadora, el General Eduardo Lonardi no definió ninguna actitud con respecto al cuerpo, se limitó a conservarlo sin resolver qué hacer con el mismo pese a las indicaciones tanto del Dr. Ara como de la madre y hermanas de Evita que le solicitaban un entierro cristiano.

Antes que se adoptará una decisión, Lonardi fue desplazado por Aramburu y el régimen militar se endureció contra todo lo que se vinculase con el peronismo y la CGT fue intervenida. Los militares antiperonistas temían que el cuerpo fuera utilizado para alentar la resistencia de los obreros y militantes peronistas aprovechando el fervor que siempre despertó Evita entre los humildes.

Surgieron entonces, dos posiciones con respecto al cadáver; los sectores más antiperonistas, en especial la Armada, eran partidarios de destruir el cuerpo por cremación o por cualquier otro medio; en cambio, los sectores más moderados, en especial los miembros del Ejército, movidos por una actitud más piadosa, proponían su entierro. Finalmente, como veremos, se llegó a una solución de compromiso entre ambas posiciones, el cadáver fue desaparecido pero se le dio cristiana sepultura.

Lo que ocurrió con el cadáver fue un misterio durante mucho tiempo, incluso después de la restitución a Perón. La más acertada reconstrucción de la trayectoria seguido por el cuerpo de Evita fue realizado por un equipo de periodistas del Diario Clarín y publicado por ese matutino el 21 de diciembre de 1997 en su segunda sección, bajo el título general de "Evita, entre la espada y la cruz". La descripción que sigue se ha basado fundamentalmente en una síntesis de dicha investigación.

El 24 de noviembre de 1955 el cuerpo de Eva Perón pasó a custodia del Teniente Coronel Carlos Eugenio Moori Koenig, jefe a cargo del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) por enfermedad de su titular, el Coronel Héctor Cabanillas, tal como testimonia el mismo Dr. Ara; Moori Koenig dispuso el traslado del cuerpo, pero como no disponía de un lugar seguro donde guardarlo, el transporte militar que guardaba los restos peregrinó por diversas instalaciones militares.

Los militares no podían ocultar su nerviosismo debido, a que misteriosamente, allí donde se estacionaba el cadáver, aparecían al pie flores y velas que indicaban que grupos peronistas estaban al tanto de su ubicación. En su rabia, afirma el diario, Moori Koenig la guardó algún tiempo en la casa del Mayor

Eduardo Arandia, obsesionado por la seguridad del encargo, el mató de tres balazos a su mujer embarazada a fines de noviembre de 1955 al confundirla con un ladrón.

Desde agosto de 1956, una vez bajo la competencia del Coronel Héctor Cabanillas, quien decidió despersonalizar esa cosa, fue rotando entre el edificio de Obras Sanitarias en la avenida Córdoba y el cine Rialto, en la esquina de Córdoba y Lavalleja, hoy demolido, donde la guardaron detrás de la pantalla, Por último, el cadáver fue depositado en una casa de la calle Sucre, que por entonces alquilaba el SIE, mientras se ultimaban los detalles del viaje oceánico. Cuando Aramburu enterado de la precaria situación en que se encontraba el cuerpo, encomendó al Coronel Cabanillas que en colaboración con un sector de la Iglesia Católica, representado por el capellán militar Francisco Rotger, un sacerdote español perteneciente a la Compañía de san Pablo, para que encontrara la forma de dar cristiana sepultura a los restos fuera del país y en condiciones de absoluta seguridad.

El 23 de abril de 1957, el cadáver es embarcado en el buque Conte Biancano, rumbo a Génova, bajo el falso nombre de María Maggi de Magistris, mujer nacida en Dálmine, Bérgamo, difunta a raíz de un accidente automovilístico. A su arribo a Italia el cuerpo fue enterrado con ese nombre, el 13 de mayo de 1957, en el cementerio Maggiore de la ciudad de Milán, bajo el cuidado y protección de la Compañía de San Pablo.

El cadáver reposó en esa tumba anónima hasta 1971. Por ese entonces el Teniente General Alejandro A. Lanusse presidía el país en la etapa final de la Revolución Argentina. Lanusse trataba de llegar a un entendimiento con Perón para asegurar una transición a la democracia, suavizando el accionar terrorista que se efectuaba en nombre del peronismo. Como muestra de la seriedad de sus intenciones de pacificar el país y permitir al peronismo intervenir en la vida política, decidió restituir al General Perón los restos de su esposa.

El brigadier Jorge Rojas Silveyra, fue uno de los encargados de efectuar la devolución de los restos con la colaboración del Coronel Cabanillas y el mismo equipo que trasladó el cuerpo catorce años antes. Con la colaboración del gobierno italiano y del régimen franquista que gobernaba en España, el cadáver fue desenterrado y trasladado en automóvil hasta Madrid.

El cadáver permaneció en una cripta de la capilla junto al féretro de Perón. Desde el 22 de julio de 1976 el cuerpo de Evita descansa en la bóveda de la familia Duarte en el cementerio de la Recoleta, bajo una gruesa plancha de acero, a seis metros de profundidad.

A diferencia de los cadáveres desaparecidos durante la última dictadura, que ruegan por ser enterrados, el cadáver de Evita pide ser ofrecido a la veneración. De algún modo, en Santa Evita hay una especie de transformación del cuerpo muerto en un cuerpo político, que se constituye en una amenaza para las oligarquías; si en vida era peligrosa, muerta lo sería aun más.

“En vida, siempre había estado echándole tierra a su fuego, para no hacerle sombra al marido. Muerta, se iba a convertir en un incendio.” (Eloy Martínez, 47)

El cadáver embalsamado encerraba suficientes virtualidades narrativas y novelescas, que con muy buen acierto, se ha establecido para explotar el autor, material sobre el cual se proyecta el personaje mismo, en el frágil hilo entre lo mítico y lo verdadero. El resultado es la historia de un cuerpo que sobrepasa a cuantos lo rodean, un cuerpo canonizado por vastos sectores independientes de la población argentina.

Fue la senda tortuosa de la muerte, uno de los venerados caminos de la Argentina contemporánea. Es la historia del cadáver de Evita, que después de muerta empezó a viajar sin destino. Desatando vendavales de maldiciones, suscitando amores negros, apabullando al país con intrigas, y seduciendo al mundo con las lágrimas que brotaban de un despojos hermoso, melancólico y profanado por la vida en el corazón de su larga muerte.

Mientras Evita era odiada en vida por los sectores más poderosos, Ella muerta seguía siendo demasiado peligrosa, si el odio anti-peronista creyó que decretando la desaparición verbal y física de borrar todo vestigio que recordara su figura, la del General exiliado y toda la simbología peronista, obrarían en el colectivo popular el silencio y el olvido definitivos, estaba equivocado, pues bastó con ver la grandeza con que se realizó su entierro, la imposición de luto obligatorio a los empleados públicos y los intentos de canonización.

El cuerpo se hace fuerte; Evita fallecida se convierte en una amenaza más grande para la oposición; aparecen volantes defendiendo al cuerpo de Evita, “Comando de la Venganza, Déjenla donde está, déjenla en paz”; se temía un ataque de la CGT por la recuperación del cuerpo; Los objetos tocados por Evita en vida son utilizados como artefactos de veneración.