CHAPTER 3: STUDY 1
3.4. Results
3.4.2. The most frequently impaired functional process
A las madres que confían en Dios, el Señor.
Queridísima amiga mía:
Ya sé que mi hijo Agustín ha dicho muchas cosas de mí. Pero por mucho hijo mío que sea de sangre, de dolor y llanto, y de fe, ni él ni nadie podrá encontrar las palabras justas que sean capaces de explicar mis auténticas vivencias interiores de mujer, de esposa, de madre y de cristiana. Te confieso que he sabido cómo es bien cierto que las que participamos de estas realidades maternales encontramos profundas sintonías en nuestra vivencias.
Dice Agustín en el Libro IX, capítulo IX de sus «Confesiones»:
«Educada con lecciones de modestia y discreción y sumisa a Dios y a los padres, desde el momento que contrajo matrimonio obedeció y respetó siempre a su esposo; y como deseaba ardientemente conquistarlo para Ti, Dios mío, procuraba mucho que en sus propias costumbres tuviese una revelación tan sensible que le aproximara a Ti».
No les falta verdad a estas palabras de Agustín. Yo, en vez de valerme de las palabras, enzarzarme en discusiones, incidir en las reconvenciones para ganar el corazón y las actuaciones de mi marido, hacía que Dios se viniera hacia mí. En lugar de predicar y exigir la virtud, me empeñaba seriamente en practicarla yo misma con toda intensidad. Procuraba ser amable con él y con todos, me esforzaba en ser humilde con él y con los demás, me enfrascaba en la paciencia con unos y los otros, consagraba mi presencia, mi pensamiento y mis acciones a mi esposo, y dejaba que Dios revoloteara con cautelas y sin cautelas por todos los rincones de mi persona y de nuestra casa.
Con la ayuda de Dios y de Jesucristo, que siempre han sido mi fuerza y mi salvación, no podía ser difícil conseguir que estas verdades cristianas mías llegaran algún día a Patricio, de tal forma que no pudiese resistirse a ellas. Seguro que para conseguirlo había de ser necesario algún tiempo y fuertes dosis de heroísmo. Yo buscaba en mí, dentro de mí, buscaba en Dios, buscaba en Jesucristo, tanto lo uno como lo otro, es decir, el tiempo y el heroísmo. Rezaba con mucha más intensidad que antes. Empezaba a llorar cuando solicitaba a Dios su ayuda y su benevolencia. Antes no lo hacía. Pero en estos primeros años de matrimonio, la urgencia me lo reclamaba. Claras y patentes eran las debilidades de mi marido, pero no era yo quién para recriminarle, aunque algún derecho habría de tener para ello. Así pues, no se me escapaba una palabra áspera o desabrida, sino que cuanto veía, sentía y sufría lo envolvía y guardaba en mi silencio; este conjunto de vivencias se traducía en mí en oración constante, en súplica agobiante, en esperanza
resurgente.
Cuando mi marido se ausentaba, yo gemía y lloraba en mi particular alcoba. Cuando mi marido retornaba bebido o exaltado, violento o agresivo, yo callaba, le atendía, le escuchaba. Porque empecé a saber que todavía no era el momento que Dios había elegido, pero ese momento habría de llegar. Yo quería a mi marido cristiano, lo quería creyente, como yo, como el Señor nos enseñaba; lo quería lejos de las lujurias callejeras, lejos de los bacanales bullangueros, lejos de cuanto fuera mal y tentación para la conciencia cristiana y para la rectitud humana. Yo quería también una familia armoniosa, unida, donde florecieran las flores de lo cristiano.
Mi vida de recién casada se estaba convirtiendo en una constante ofrenda de sacrificio a Dios. Me daba cuenta de que era una locura pedir a mi marido, que no amaba a Dios, que amara con fidelidad conyugal a su esposa, y con amor cristiano a los suyos y a los otros. Conocido es que tal generosidad solo prende sus raíces en el amor de Dios. Si el amor de Dios nos falta, ¿qué amor podemos tener a las criaturas?
Cuando Patricio se dejaba llevar de su carácter violento, yo callaba y le amaba con toda sinceridad, porque ése era el impulso que Dios ponía en mi corazón y me unía a Dios y a Patricio. Cuando Patricio me levantaba la voz airado y me culpaba de acciones que no habían sido mías, yo me mostraba dulce, discreta, comprensiva, porque ése era el impulso que Dios había puesto en mi corazón y que Él mismo lo cuidaba y lo protegía.
Muchas veces, aguardaba a que se le pasase el momento violento y la ira, y cuando había recobrado la recta razón y la serenidad, aprovechaba para ser con él más afectuosa. Me esforzaba por olvidar sus excesos, le brindaba mi confianza, le mostraba mis más genuinas muestras de delicadeza y, a solas con él, cuando ya se abría cauce para una normal conversación, alguna vez le reconvenía con máxima ternura, con todo el afecto de mi corazón. Yo sabía y tenía el gran convencimiento de que mi ser mujer y esposa fiel, buena y sincera, acabaría por rendir su efecto.
A mis amigas, a las que algunas veces las veía con el rostro acardenalado como fruto de los ultrajes que habían recibido de sus maridos, les aconsejaba esta misma destreza, y abnegación, y, sobre todo, una marcha preparada y consciente hacia el silencio. Les decía: «En tales casos procurad contener vuestra lengua; es decir, guardad silencio».
A mí, esta táctica me fue bien. Pues, a pesar de que mi marido era mucho más violento que los de ellas, jamás tomó la iniciativa de maltratarme físicamente. Algunas veces, sí que me amenazaba en determinados momentos de su ira incontrolada, pero jamás llegó a pegarme o a ponerme la mano encima. Para mí, la dulzura, empleada contra los violentos, siempre ha sido una baza de aciertos y éxitos satisfactorios.
bochorno y sufrimiento, no dejaban de agradecer a Dios que tan prudentemente me guiaba de su mano. Yo no estoy segura, pero, en mis años de matrimonio, creo que ha sido esto muy especialmente lo que ha influido para que mi marido Patricio fuera viendo en mí una belleza especial y desconocida. Y digo y acepto por verdadero que todo ello fue efecto de la belleza del alma, de los principios cristianos, de la fuerza permanente de la presencia de Jesucristo en mi persona y en mi forma y manera de actuar.
Amiga mía querida, como ves me refiero a la dulzura interior, expresada en delicadeza; me refiero al sacrificio personal y a la cercanía hacia el otro; me refiero a la fuente donde yo he conseguido estos valores: la reflexión, la oración, las súplicas constantes a Dios Nuestro Señor. Por eso, cada día aumentaba más mi confianza en el Señor Dios. Mi hijo Agustín ha escrito sobre esto y ha dicho en relación a su padre:
«Mónica le parecía cada vez más bella; y esta belleza que provenía de su virtud, empezaba a granjearla el amor respetuoso, y hasta la admiración de su marido».
¿De qué pasta estamos hechas las mujeres? ¿Qué ha puesto Dios nuestro Señor de especial en el conjunto de nuestras esencias femeninas? Te hago este planteamiento porque, a veces, yo no me explicaba nada de lo que me pasaba. Sólo me lo explicaba desde mis perspectiva interior y espiritual en cuanto me mantenía unida a la perspectiva de Dios y a su misteriosa forma de proceder.
De alguna manera, el Señor ya me lo advirtió durante el embarazo. Dando vueltas y vueltas a las primeras penas y disgustos que me proporcionaba mi marido, y teniendo en mi vientre a mi primer hijo, tuve como una revelación en la que se me decía las maravillas que habría de obrar en su vida aquel hijo que yo portaba en mis entrañas. Se me decía también, que ello sería así, si yo sabía criarle para Dios y como Dios manda. Y te aseguro que no fueron alucinaciones de mujer embarazada. Toda la verdad del mundo acompaña estas palabras mías.
Por supuesto, cuento también con la verdad de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo, a quien amo, en quien confío y de quien siempre espero lo mejor, cuando yo misma he sido capaz de darles lo mejor. En esto de los dones humanos, personales, religiosos, de los que una puede disfrutar, no sólo vale el hecho de recibir, sino que cada cual ha de estar totalmente dispuesto también a dar. A mí me decía Dios que diese a cambio algo tan natural para una madre como la buena educación de mi hijo.
Afectuosamente,
9ª
MI MATERNIDAD
A todas las madres dejadas solas al cuidado de sus hijos.
Querida amiga:
¿Qué puedo decirte yo de la maternidad, si sobre la grandiosidad de este gran don que nos ha sido dado a las mujeres sabes tú tanto y más que yo? Porque nuestro cuerpo, nuestra alma y toda nuestra persona están especial y graciosamente preparados y dispuestos para el sublime ejercicio de ser madres, propio de nuestra existencia y nuestra femenina esencia. ¿Quién puede entender mejor que nosotras, las madres, esa facultad, ese poder, que únicamente nosotras poseemos para procrear hijos dentro de muestro cuerpo, para ayudarles a crecer en nuestro interior, para traerlos a luz de este mundo y para criarlos adecuadamente con todos los requisitos precisos?
Sabes bien que nuestra maternidad no se inicia mediante una pasividad receptiva. Ni que siquiera se inicia precisamente en el acto matrimonial en el que el hijo se concibe. Sino que se inicia y crece desde aquellos momentos personales en los que la niña adolescente crece a mujer y conduce sus pasos a los estados de aprendizaje personal y matrimonial para encontrar a su mano los instrumentos y medios adecuados para la plena realización de su maternidad. Porque la formación del hijo, alma y cuerpo, se ha de realizar dentro de nosotras, al abrigo y con la protección directa de todas las fuerzas vivas que intervienen en la creación.
Este hecho de ser nosotras artífices creativos de nueva vida, nos coloca no precisamente en situación de dependencia femenina, sino ante la verdad del más hermoso privilegio de grandeza. Ahí es donde nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestra persona entera, alcanza una cima incomparable. Bien es cierto también que necesitamos ayudas imprescindibles para instaurarla y desarrollarla. El Señor, creador de las cosas y de los hombres, lo quiso plantear así. Y digo yo: Algunas razones tendría para ello. Porque yo entiendo la maternidad no solo como una donación y apertura de nuestro ser a nuestros hombres y a nuestros hijos, sino fundamentalmente como una apertura de generosidad y de entrega, de respuesta, a Dios nuestro Señor, presente en todos los latidos y secretos de la naturaleza humana y de la existencia cósmica.
El hecho de la creación de un nuevo ser, tal y como se realiza en nosotras, no es otra cosa que el hecho del ejercicio de un don que Dios ha puesto en nosotras. Así lo dice muy claramente Eva ante la verdad de su primer hijo: «He conseguido un hombre con la ayuda del Señor» (Gen 4,1), para que, al igual que ella, lo aprendan y lo sepan decir todas las mujeres que culminan su maternidad. Por eso, la maternidad se entiende más
en la mujer bajo el aspecto de acogida; por eso se habla de la receptividad femenina, como característica destacable en todas nosotras.
Cierto que la maternidad de Eva nos adentra en las verdades esenciales de la maternidad humana, pero también es fundamento para llevarnos a un mejor entendimiento de la maternidad cristiana, en cuanto que ella es una apertura a Dios, porque tiende a que acojamos la acción divina para que la nueva vida que nosotras transmitimos sea vivida en Jesucristo. Dentro de la perspectiva cristiana, la maternidad tiende a la formación de Cristo en el niño engendrado, en el niño alumbrado, pues se trata del nacimiento de un hijo de Dios Padre, que, siendo hijo de mujer, es hijo de Dios en la verdad y en el misterio de su Hijo en Jesucristo, que nos constituye a todos los humanos en sus hermanos.
Yo he vivido mi maternidad cristiana desde siempre, pero especialmente desde joven, en especial a raíz de mi matrimonio con Patricio y a partir del nacimiento de mi hijo Agustín. Mi realidad maternal comencé a vivirla intensamente en Tagaste, sobre los años 350-355, cuando yo caminaba mis veinte años bien cumplidos. He tenido tres: Agustín, Navigio y Perpetua. Los tres muy queridos para mí; los tres distintos; los tres han marcado mi vida de una manera especial. Agustín, la cruz y la gloria, el mayor dolor y la última alegría. Ya te contaré. Navigio y Perpetua, dos perlas finas, que han llenado de paz, serenidad y satisfacción mi atormentada vida de madre durante muchos.
Agustín me lo dio Dios cuando yo apenas sabía casi nada de estas realidades naturales; entraba en mis veintidós años. Creció bueno, tierno, bondadoso, hasta que comenzó a adentrar sus pasos en la adolescencia. Entonces, poco a poco, se me fue encabritando, se alejó de mis criterios, de mi fe, de mi piedad, de las esencias cristianas que marcaban y llenaban mi vida. Durante muchos años, prácticamente durante toda su juventud, fue para mí el tormento secreto más intenso, más insoslayable que te puedes imaginar. Al fin, conseguí recuperarlo para la fe cristiana y a partir de ahí mis alegrías no dejaron de crecer.
Mi segundo hijo, Navigio, nació como un niño dulce, creció como un muchacho piadoso y maduró como un joven honrado. No le agitaron a él las tempestades ideológicas y sensuales que atraparon a mi Agustín. Por tanto, no sufrí por él grandes pesares, ni me causó algaradas de arranques maternales y cristianos sublimes. Cierto que su vida no se ha elevado al prestigio, ni a la sabiduría, ni a la altura de piedad que ha ascendido Agustín, pero su virtud y su buen hacer iban dejando en nuestra Iglesia una grata memoria. Y su persona, envuelta en un recatado misterio, no careció de belleza, así como sus obras no carecieron de mérito ni de valor. Él fue creciendo entre nosotros siendo alguien notablemente tímido, muy silencioso y bastante enfermizo. He de decirte de él que era uno de esos seres sensibles que surgen con alguna frecuencia y que pasan su vida más ocupados en los otros que en sí mismos.
Perpetua, mi hija, fue como la flor que toda madre agradece verla resplandeciente, tenerla cerca y disfrutarla siempre; como alguien que no puede faltar en el entorno de una familia feliz. Le pusimos este nombre para celebrar el recuerdo de Santa Perpetua, la célebre mártir de Cartago, y desde su martirio la santa más reconocida en estas nuestras tierras africanas. Mi hija aprendió de mí lo bueno y lo mejor; era piadosa, servicial, cariñosa, afable. Muy pronto quedó viuda, y no llegó a tener ni a disfrutar de los hijos. Esto le facilitó el estar siempre cerca de mí y de mi hijo Agustín, y cuando ni yo ni Agustín necesitábamos de sus buenos servicios, de su ayuda, de su persona, decidió consagrarse enteramente a Dios, abrazando la vida religiosa; llegó a ser Superiora de uno de los muchos monasterios que abundan por nuestra región.
Éstos fueron los componentes de mi familia. En cuanto a las otras fuerzas vivas que la animaban, ya sabes: mi esposo, pagano; su madre, pagana; los criados y criados de la casa, paganos. Yo, esposa, madre y nuera, cristiana; mis hijos crecieron también cristianos. Mi vida, mi energía, mi dedicación, era conseguir que mi esposo se hiciera cristiano, que la suegra y los criados se hicieran cristianos. Pero, ante todo y sobre todo, que mis tres hijos crecieran buenos cristianos, aceptaran el hecho de ser cristianos, maduraran en la fe y en la vida cristiana, fueran en todo momento consecuentes con sus criterios cristianos y dieran ejemplo a los demás de cómo se ha de vivir la religión cristiana.
A esto dedicaba mi existir. Nada más y nada menos. Como puedes descubrir por lo que te vengo diciendo, tenía a Dios y a Jesucristo en el meollo mismo de mi vida, y también en la caparazón de lo que era esencialmente mi familia, y no faltaba su presencia en todas las extremidades relacionales entre los que incluía al conjunto que componían los parientes. Fuerte oposición me hacían las extremidades: esposo, suegra, criados. Conspiraban contra mí para que me resultara imposible la educación cristiana de mis hijos. Pero Dios estaba conmigo, yo necesitaba que estuviera conmigo, me urgía que estuviera conmigo. Esta era mi oración, estas eran mis súplicas. En esto radicaban mis peticiones a Jesucristo, porque, aunque estaba segura de la presencia de Dios en mí y de la cercanía misteriosa y real de Jesucristo, no podía menos de temblar ante la posibilidad de que habiéndome Ellos concedido a mis hijos, no pudiera yo, no supiera yo, no consiguiera yo, obtener el fruto deseado de que mis hijos resplandecieran entre los santos cristianos. Por hoy te digo adiós.
Te seguiré teniéndo presente en mis oraciones, tu amiga