6.5 A pricing example using the SABR model
6.5.2 The pricing procedure
Debido a las múltiples y antiguas afirmaciones que generalizaron el concepto erróneo de que en la República Argentina se hablaba únicamente español, durante muchos años, se ha ignorado e incluso negado que existen otras lenguas, ya sea las de inmigración como las lenguas indígenas habladas desde antes de la llegada de los españoles al territorio americano. Teniendo en cuenta nuestra realidad lingüística, hemos afirmado que la Argentina es un país minoritariamente plurilingüe, ya que solo el 5% de la población emplea dos lenguas para interactuar socialmente.
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Los centros urbanos de la Argentina (Censabella, 2005) albergan la presencia de habitantes originarios de diferentes puntos del país, provenientes –muchos de ellos- de comunidades indígenas que han migrado en búsqueda de mejorar su condición socioeconómica, lo que ha producido una realidad de contacto cultural que ha configurado la situación de plurilingüismo que habíamos mencionado con anterioridad. Podemos afirmar que las lenguas originarias también están presentes en las huellas que las mismas dejaron en el castellano regional. Estos fenómenos de contacto han repercutido en una serie de cambios lingüísticos que caracterizan la lengua que hablamos en los diferentes puntos del país.
Cuando nos referimos a la representación lingüística, podemos considerar lo sostenido por Silverstein, uien expresa ue consiste en un “conjunto de creencias sobre el lenguaje que articulan los hablantes como racionalización o justificación de cómo perciben la estructura y el uso ue hacen de él” (Silverstein, 1979, p.244).
La investigación en torno de las actitudes lingüísticas constituye un tema central para la Sociolingüística, disciplina que ha focalizado sus estudios en los diferentes aspectos sociales que influyen en el uso de la lengua. Entre los tópicos contemplados por dichas investigaciones, encontramos el de las actitudes lingüísticas, entendidas como las manifestaciones de la disposición social de los individuos centradas específicamente tanto en la lengua o cualquier tipo de variedad lingüística, como en su uso social (Moreno Fernández, 1998). Por medio de este concepto, los sociolingüistas (Fishman, 1972) se han referido a los sentimientos hacia el uso de la lengua. Esta noción incluye las actitudes manifestadas hacia el idioma (ej. el alemán tiene sonidos rudos), hacia las distintas variedades de la lengua (ej. el español de España es correcto y el de América, no) o hacia el idioma como un instrumento para identificar a un grupo social (ej. el
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quechua es la lengua de los campesinos). Para Gómez Vargas (2003), las actitudes lingüísticas son
[…] comportamientos subjetivos o comportamientos latentes ue el hablante tiene para con su lengua y otras variantes de habla, las cuales se manifiestan en general a través de creencias, prejuicios, valoraciones, impresiones u opiniones. Es decir, en el momento de conocer, o creer conocer, algún aspecto de alguien teniendo como referente la lengua, se tiene una reacción emocional frente a este y luego se asume una actitud o comportamiento con base en dicha reacción (p. 21).
En relación con las actitudes desarrolladas hacia la lengua, se indaga la forma en que esta relación atraviesa el proceso de construcción de la identidad étnica de una comunidad. El estudio de las actitudes lingüísticas conforma una de las líneas más modernas e interesantes de la investigación sociolingüística. Al respecto, explica Moreno Fernández:
La actitud ante la lengua y su uso se convierte en especialmente atractiva cuando se aprecia en su justa magnitud el hecho de que las lenguas no son solo portadoras de unas formas y unos atributos lingüísticos determinados, sino que también son capaces de transmitir significados o connotaciones sociales, además de valores sentimentales. Las normas y marcas culturales de un grupo se transmiten o enfatizan por medio de la lengua (2005, p. 178).
El abordaje de las actitudes lingüísticas nos coloca en un campo de trabajo a medio camino entre la Sociolingüística y la Psicología Social e intenta demostrar que el habla es uno de los factores fundamentales de la identidad. Las actitudes frente a la lengua pueden ser positivas o negativas, fuertes o débiles y, como suelen ser colectivas,
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podemos afirmar que tienen un fundamento social. Si las representaciones tienen una connotación negativa, pueden implicar cierto grado de desprestigio hacia la lengua y la cultura representada por ella.
Los hablantes toman posiciones con respecto a una lengua de las cuales surgen valoraciones que llegan a afectar a distintos ámbitos: para asegurar su conciencia nacional, para valorarla, para desestimarla o para reafirmar la conciencia de clase (Alvar, 1975). Frecuentemente, podemos observar que los grupos socialmente prestigiosos trasladan dicho prestigio a su manera de hablar.
JC:-Nosotros no queremos perder nuestro idioma. ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que venir a cambiar una cosa por la otra? ¿Me entendés? Algunos tienen vergüenza en hablar en guaraní. Yo no tengo vergüenza (Juan Carlos, 60 años, Corrientes).
López Morales (2004) afirma que existe una dificultad que radica en dilucidar si la evaluación positiva corresponde al fenómeno lingüístico porque es usado por un grupo que cuenta con un prestigio social elevado, o si la evaluación es negativa hacia el grupo social porque emplea fenómenos lingüísticos de un prestigio social bajo. Según Venås (1991), las actitudes lingüísticas son manifestaciones hacia los hablantes y no, hacia el habla, por ello las investigaciones centradas en estos aspectos tendrán una orientación más social que lingüística.
Plantearemos algunos conceptos que se desprenden de la consideración acerca de las actitudes hacia la lengua. En primer lugar, podríamos referirnos a la conciencia lingüística, o sea, la disposición sobre el propio sistema, sobre otros o sobre la relación establecida entre diferentes lenguas. En segundo lugar, nos detendremos en las cuestiones que le otorgan prestigio a la lengua y que están vinculadas con nociones
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socioculturales, económicas e incluso políticas que trascienden a la lengua y que afectan a sus hablantes. Fasold (1996) contempla que la propia actitud con respecto a una lengua lleva consigo una valoración sobre su supervivencia.
Los primeros estudios sociolingüísticos que se detuvieron en la importancia de las actitudes lingüísticas de los hablantes pertenecen a Bright, en 1966 (López Morales, 1993), Agheyisi y Fishman, en 1970 (Moreno Fernández, 2005). Para Fishman (1995), es fundamental focalizar la investigación en las actitudes lingüísticas siempre que el interés esté puesto en estudiar el mantenimiento o el desplazamiento de una lengua. Para Moreno Fernández, “la actitud lingüística es una manifestación de la actitud social de los individuos, distinguida por centrarse y referirse específicamente tanto a la lengua como al uso ue de ella se hace en sociedad” (2005, p.179). Este mismo autor sostiene que la manifestación de una actitud favorable o positiva puede generar que se produzca un cambio lingüístico más rápidamente o que predomine la elección del uso de una lengua en detrimento de otra, o que la enseñanza y el aprendizaje de una lengua extranjera sean más eficaces. En cambio, una actitud desfavorable o negativa puede provocar el olvido o el abandono de una lengua así como también, la decisión de impedir que se difunda una variante o un cambio lingüístico. Por otro lado, las actitudes que manifiestan los hablantes pueden ser conscientes o inconscientes; se las aprende, no son inherentes, pueden estar basadas en hechos reales, o surgir a partir de creencias inmotivadas (Blas Arroyo, 1999). Diremos también que las investigaciones vinculadas con las actitudes lingüísticas pueden estar centradas en las reacciones hacia idiomas, variantes, sociolectos o rasgos particulares de una lengua. A su vez, es sabido ue “los juicios de aceptabilidad no siempre reflejan lo que el hablante sabe o usa, sino más bien lo ue él cree ue debe responder con tal de crear una imagen positiva de sí mismo” (Silva-Corvalán, 2001, p. 3).
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Todo intercambio lingüístico es un proceso dinámico que genera y reconstruye el mundo social en cada situación comunicativa, donde los roles sociales y las identidades se negocian. Las actitudes lingüísticas pueden incluir reacciones hacia las personas que hablan una lengua así como expresar los preconceptos basados en estereotipos que elaboramos en relación con grupos específicos y que relacionamos con su habla. Las creencias y las actitudes negativas pueden devenir en prejuicios, o sea, en valoraciones negativas hacia el grupo social o hacia los individuos que lo conforman.
Otras veces, esas actitudes no se traducen en comportamientos que afectan directamente a nuestra práctica lingüística, sino que lo hacen en forma de opiniones verbales. Son los llamados prejuicios lingüísticos. Es muy importante identificar y analizar estos prejuicios, porque en la práctica funcionan como argumentos que sirven para apoyar y justificar una determinada conducta lingüística (Fernández Paz, 1996, citado por Lomas, 2001, p. 235).
Estos prejuicios pueden generar el rechazo hacia un grupo o hacia un individuo, lo que podrá impedir o dificultar las relaciones sociales. Existen trabajos de investigación acerca de las actitudes lingüísticas, que están centrados en el estudio de los estereotipos. Justamente, en relación con este tema, Labov (1983) define los estereotipos como formas lingüísticas estigmatizadas y destacadas por la sociedad.
Es notoria la forma en que los hablantes toman posiciones más o menos explícitas en relación con su lengua (Alvar, 1986) o hacia una lengua extranjera. Existen estudios recientes que provienen de la Lingüística Aplicada, la Sociolingüística o la Pragmática, que tratan de demostrar la relevancia que tienen las valoraciones que manifiestan los hablantes, porque en sus discursos podemos encontrar respuestas que nos permitan comprender los procesos lingüísticos en los que un individuo se constituya en el agente,
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que incluya o que excluya a otros hablantes en una comunidad de habla sin dejar de tener en cuenta que, en cualquiera de los casos, se hace presente una determinada ideología.
Los estudios centrados en las actitudes lingüísticas han sido enfocados básicamente desde dos perspectivas diferentes que suponen dos tipos de trabajos metodológicos. Agheyisi y Fishman (1972) son los primeros investigadores que se refieren ellos: uno conductista y otro, mentalista, conceptos que retomará Blas Arroyo (2005).
La línea de estudios conductistas parte de las opiniones de los individuos acerca de las lenguas; mientras que la corriente mentalista parte de la consideración de la actitud como un estado mental interior en el que participa un estímulo recibido por el individuo frente al que manifestará una reacción o respuesta (Fishman, 1970).
El enfoque conductista lleva adelante una observación directa, debido a que las actitudes son exteriorizadas. El investigador constata las opiniones de los hablantes en relación con las cuestiones sociales o lingüísticas. Desde esta perspectiva, la actitud es observada como una estructura unidimensional que se basa en hechos reales y este tipo de estudio trata de resaltar la relación entre actitudes y actuaciones. El análisis de las actitudes es abordado a partir de las respuestas lingüísticas de los hablantes; o sea, partiendo del uso de la lengua en una interacción comunicativa. Este tipo de perspectiva no puede predecir ningún tipo de conducta verbal ni social, ni puede establecer patrones sistemáticos. Los investigadores conductistas como Bain (1928) y Osgood (1957), Agheyisi y Fishman (1972) han centrado su análisis en el habla y no, en las reflexiones de los informantes. Consideran, además, que las actitudes deben ser estudiadas dentro de un contexto.
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Al respecto, Fishman (1995), especifica tres subdivisiones básicas en su estudio sobre este tema:
(a) el uso habitual de la lengua y el grado de bilingüismo de una comunidad;
(b) los procesos psicológicos, sociales y culturales relacionados con la estabilidad o cambio en el uso de hábitos lingüísticos;
(c) la actitud ante la lengua.
Por otro lado, este mismo investigador explica que el estudio de las actitudes lingüísticas abarca, a su vez, tres dimensiones:
(a) comportamientos afectivos de actitud: se trata de las actitudes y las emociones que se orientan hacia las lenguas. Virkel (2000) las conceptualiza incluyendo indiferencia, rechazo, adhesión emotiva, orgullo y lealtad lingüística. Garvin y Mathiot (1974) consideran que, en la lealtad, existe una actitud intelectual y nacionalista y que el orgullo implica, por su parte, un apego personal y emocional hacia la lengua.
(b)realización conductiva explícita de actitudes, sentimientos y creencias: dos aspectos fundamentales constituyen los fenómenos de reforzamiento y planificación de la lengua, así como también, el crecimiento o disminución del uso lingüístico real. Fishman (1988) postula la posibilidad de un desfasaje entre las actitudes expresadas hacia una determinada variedad de lengua y los usos lingüísticos concretos producidos.
(c) aspectos cognitivos de la respuesta lingüística: se incluye la conciencia que el hablante tiene de su lengua y de otras variantes sincrónicas y su influencia en la constitución de los grupos.
En cambio, el enfoque mentalista no favorece la observación directa, puesto que la actitud es entendida como una introspección, como un estado de disposición. Toda actitud predispone a un individuo para reaccionar de un modo determinado frente a una situación. Esa actitud será considerada como una estructura formada por múltiples
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componentes; no puede ser directamente observable ni analizable, sino por medio de técnicas indirectas. A pesar de que la aplicación de este tipo de trabajo presenta dificultades metodológicas, es la más generalizada. Las dificultades metodológicas radican en determinar qué tipo de datos son relevantes para interpretar las actitudes y cómo recoger la información, o sea, cómo elaborar los mecanismos de medición. Las actitudes contempladas como un estado mental nos permiten construir patrones sistemáticos, mientras que el enfoque conductista no ofrece la posibilidad de formular predicciones. Con respecto al análisis de las actitudes lingüísticas desde el punto de vista mentalista, podemos afirmar que existe la posibilidad de anticipar ciertos patrones de actuación y, por esto mismo, han resultado ser las preferidas en el campo de investigación sociolingüística. Los investigadores que siguen una línea mentalista pretenden revelar la forma de razonar de sus informantes ya que las actitudes dependen de su propio contexto y son consideradas como una predisposición del sujeto para actuar de una manera determinada frente a un objeto dado: una lengua, una variedad, un estilo, un rasgo lingüístico particular (Torino de Morales, 2005). Por estos motivos, no son observables de manera directa y, por ello, serán inferidas por el investigador partiendo de las respuestas de los informantes. Por lo mencionado, diremos también que los datos no pueden considerarse plenamente fiables. Algunos investigadores que adscriben a esta línea son Lambert (1964), Fishbein (1965) y Rokeach (1968). Para ellos, las actitudes son estructuras multidimensionales. Lambert (1964) considera que la actitud está formada por creencias, valoraciones y conductas, mientras que Rokeach (1968) la interpreta como un conjunto de creencias, por lo tanto: las actitudes dependen de lo que se considere acerca de un objeto sociolingüístico. Para una aproximación mentalista son fundamentales tres aspectos:
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(a) cognoscitivo, relacionado con los saberes, las creencias o los pensamientos en que se basa una actitud con respecto a una lengua.
(b) afectivo, que comprende una valoración o un sentimiento acerca de una lengua y que incluye el gusto o el disgusto hacia ella, el acuerdo o el desacuerdo así como la creencia de que puede ser buena o mala.
(c) conativo, vinculado con la conducta lingüística, relaciona la concepción y la evaluación con la acción hacia una lengua.
Para la perspectiva conductista, el punto central radica en el aspecto conativo que está apoyado en acciones ya realizadas. Venås (1991) se refiere a estas aproximaciones diciendo que una actitud abarca tres campos interrelacionados: una idea, un sentimiento y un contenido.
Fishbein (1965) propone otra mirada y altera la estructura de los componentes de las actitudes cuando diferencia actitudes de creencias. Considera que las actitudes están conformadas exclusivamente por un componente afectivo mientras que las creencias están integradas por el componente cognoscitivo y por la acción. Si bien existen diferencias entre estos planteos, López Morales (1993) afirma que existen puntos en común. Por un lado, el hecho de considerar que las actitudes:
(a) se adquieren,
(b) permanecen implícitas, (c) son relativamente estables,
(d) presentan un referente específico, que se modifica en su dirección y grado y (e) son la base para obtener índices cuantitativos.
Para elaborar el concepto de actitud lingüística, algunos de los autores tuvieron en cuenta al emisor; y otros, la influencia ejercida sobre el comportamiento lingüístico y la
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conducta vinculada con el lenguaje. López Morales (2004) entiende que –si bien las actitudes son multidimensionales- están dominadas por un solo rasgo, el conativo ya que son las creencias las que producen las actitudes. Este autor sostiene que las actitudes pueden ser positivas (de aceptación) o negativas (de rechazo) y considera que no es posible que exista una actitud neutra porque equivale a una ausencia de actitud. Las creencias integran dos componentes, uno cognitivo y otro afectivo y suponen una toma de posición aunque no todas provoquen una actitud.
Finalmente, López Morales (2004) explica que las creencias y las actitudes lingüísticas afectan a fenómenos particulares dentro de una comunidad de habla así como a las lenguas que coexisten dentro de una misma comunidad o fuera de ella, puesto que toma en cuenta la lengua materna y sus variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas. Como consecuencia, podremos hallar como respuesta, la motivación de los cambios lingüísticos, tener ciertas consideraciones sobre los hablantes de una variedad en particular, ya sea fomentando el aprendizaje de una lengua extranjera o proporcionando los justificativos para elaborar el concepto de comunidad de habla. Por su parte, Fasold (1996) destaca que las actitudes lingüísticas funcionan como un reflejo de las conductas que suelen tomarse hacia los integrantes de distintos grupos étnicos. Existen, a su vez, estudios sobre las actitudes lingüísticas que se centran en el proceso de enseñanza-aprendizaje de una lengua extranjera y que analizan tanto las actitudes de los profesores hacia las variantes de los alumnos como las actitudes de los alumnos hacia la lengua que aprenden. Estas investigaciones son centrales en función del proceso de adquisición de la lengua materna y el aprendizaje de la L2. Fasold (1996)
añade al estudio de las actitudes lingüísticas un aspecto relevante, la reacción frente a un acento extranjero.
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Moreno Fernández (1998) considera que la identidad de un grupo se relaciona estrechamente con las actitudes que los individuos poseen hacia sus lenguas y destaca que:
(a) las actitudes lingüísticas están relacionadas con las lenguas mismas y con la identidad de los grupos que las manejan y -debido a que existe una relación entre lengua e identidad- es posible pensar que ha de manifestarse en las actitudes de los individuos hacia esas lenguas y sus usuarios.
(b) es necesario tener en cuenta que no es un factor único ni aislado, aunque consideramos que las actitudes lingüísticas juegan un rol esencial en la definición de la identidad de una comunidad de habla.
De Fina (2009) plantea el concepto de identidad étnica, discute la noción esencialista de la identidad y desarrolla una visión constructivista en la que las afiliaciones étnicas son negociadas en circunstancias concretas. Esta autora plantea que la identidad colectiva no es una imagen mental sino que se define y emerge dentro de prácticas significantes por lo que, puede reconocerse una relación estrecha entre ser y hacer, entre proyectar una imagen del grupo y realizar ciertas actividades. En dicho proceso de creación o de producción de identidades, los actos lingüísticos resultan una clave en la asignación de un valor simbólico a prácticas significantes.
Teniendo en cuenta el marco teórico expuesto y el tema que abordamos en el trabajo que presentamos, afirmaremos que el método de análisis llevado a cabo en los estudios centrados en las actitudes lingüísticas es de tipo cualitativo (Moreno Fernández, 1990),