8.1 Mass Mobilization
8.1.3 The Prussian Counter Move: isolating the variable
En las ciudades se evidencia con mayor notoriedad las culturas en crisis, es decir no solo se sobrevive sino que se recrea y produce nuevas expresiones culturales (Barbero, 1991). Debido a la incursión de grupos rurales en la ciudad, se produce un proceso de cambio tanto para los migrantes como para los que residen en ella. Algunos de los cambios que ha conllevado la modernización han sido la incursión de las mujeres en el campo laboral, la feminización de la educación, el contacto con los medios de comunicación masiva, la ética del cuidado en el hogar pasa a ser ampliado al barrio, a través de su participación en organizaciones sociales (Muñoz, 1995).
De esta manera, el mundo urbano no es solo fuente de conflictos, sino también permite el establecimiento de vínculos, sentidos comunitarios y de cooperación. La decisión de las personas de quedarse en la ciudad posibilita que desplieguen sus capacidades para reconstruir sus proyectos de vida.
Es necesario recordar que con el proceso de migración e inserción en la ciudad, en décadas anteriores al período de conflicto, se identifica dificultades de adaptación. Esto debido a que la ciudad se caracterizaba por presentar una mayor división del trabajo en respuesta a las exigencias del mercado, un sistema de conocimientos y hábitos de comportamiento diferentes a la cultura andina. De otra parte, las condiciones de vida en las zonas de recepción como Lima eran los
suficientemente críticas: la sobresaturación del espacio, déficit de infraestructura y servicios básicos, limitadas ofertas de trabajo que generó un mayor desempleo y subempleo, así como la agudización de la pobreza (Coral, 1994).
Esta situación generó anomia así como la búsqueda de referentes de seguridad, identidad y redes sociales (los clubes provincianos, el acceso a los servicios educativos, y el mantener relaciones con el pueblo de origen). Estos referentes también permitieron cambios en las relaciones sociales como el parentesco, la reciprocidad, el compadrazgo, etc. (Golte, 2001).
Sin embargo, a diferencia de la migración, el destierro implicó una inserción más violenta, debido al profundo desarraigo con el territorio, con sus vínculos sociales y culturales, así como el impacto de la violencia (Coral, 1994; Restrepo, 2008).
Las mujeres desterradas al empezar sus vidas en las ciudades experimentan las precariedades –gran parte de sus recursos tuvieron que dejarlos por la salida abrupta y las desigualdades que ya existían en la ciudad antes de su ingreso– en conseguir un lugar donde instalarse, construir sus viviendas, acceder a servicios básicos, conseguir un empleo, alimentarse, entre otras necesidades. Incluso Coral (1994) señala que las personas desterradas se asentaron en lugares donde ya existían condiciones de pobreza, por lo que su llegada generó mayor inestabilidad, ubicándolas como uno de los grupos sociales más pobres.
Jaramillo (2006) expone que la inserción de las personas desterradas en el espacio urbano comprende la variación de representaciones sociales (sistema de valores, ideas y prácticas que permiten a las personas construir su mundo social, los vínculos y marcos de referencia con el espacio social), alejarse de su territorio de manera forzada, la incertidumbre y precariedades del éxodo con sentimientos ambivalentes que fluctúan entre el retorno y permanecer (CVR, 2003).
La vivienda se constituye en una de las principales necesidades a ser cubierta y exigida, en la medida que su morada y territorio les fueron arrebatados, así como
el significado que ambos elementos conllevan para sus vidas –permite un arraigo con el mundo, la construcción de un espacio de intimidad y familiaridad, en donde se asienten los nuevos proyectos de vida (Naranjo, s.f) –. Sin embargo, la búsqueda de vivienda fue un camino difícil: en muchos de los casos se inició con el hospedaje temporal brindado por parientes o paisanos, el alquiler de viviendas y posteriormente la invasión de terrenos en zonas periféricas, que carecían de condiciones adecuadas para la residencia (Coral, 1994).
El ámbito laboral también estuvo marcado por la complejidad: las dificultades para acceder a un puesto laboral y en condiciones mínimas para cubrir las necesidades, el uso de un idioma, habilidades y experiencia de trabajo diferentes a la que poseían las personas desterradas, especialmente para los hombres (Segura y Meertens, 1997). Igualmente, la pérdida o ausencia de capitales – teniendo en cuenta que debido a lo intempestivo y destructivo de la violencia sus bienes fueron dañados, consumidos para desplazarse y/o no pudieron ser trasladados a la zona de recepción– para emprender iniciativas independientes.
Las dificultades laborales motivaron a que la población desterrada se ubique en el sector informal, realizando actividades en condiciones de subempleo, riesgo, inestabilidad, e incluso vulnerables a relaciones de explotación. Coral (1994) y Segura y Meertens (1997) refieren que después de la actividad ambulatoria comercial, el segundo trabajo con mayor participación de ésta población sería como empleadas domésticas, labor que se caracteriza por la reproducción de relaciones serviles y de violencia.
En relación a la situación de alimentación y salud, esta se ve afectada por las dificultades de acceder a un puesto de trabajo que les genere un sueldo mínimo para cubrir dichas necesidades. Ante el deterioro de la alimentación y de la salud, surge un esfuerzo importante de las mujeres para articularse a los programas sociales como los comedores populares y comités de vaso de leche. Reynaga (1996) en su estudio detecta como hallazgo que:
“[...] Las mujeres eran casi todas analfabetas y tenían muchos hijos pequeños, que limitaban sus posibilidades de conseguir trabajo. Una parte de ellas se dedicó al comercio ambulatorio de verduras y frutas, otras a lavar ropa. Muchas mujeres, al tener la necesidad urgente de sobrevivir, se incorporaron a los clubes de madres, a los programas de vaso de leche [...]” (Reynaga, 1996, p. 43).
Adicionalmente, a esta situación, la condición de marginalidad y el estigma estuvo presente durante su instalación y residencia en las ciudades, al ser consideradas “extrañas” o “sospechosas”, como se explicará posteriormente.
El destierro y la inserción en la ciudad también fomentaron su capacidad de agencia. Esta se ve expresada en el deseo de volver a empezar, en la implementación de estrategias de vida, de retomar y generar nuevos vínculos sociales para mejorar las condiciones de vida, así como en la exigencia de la protección de sus derechos por las afectaciones sufridas por el conflicto armado. En medio de estas adversidades, surgen estrategias como las ollas comunitarias, la búsqueda de apoyo en instancias gubernamentales y privadas, el incursionar en empleos, aunque estos fueron informales (Naranjo, s.f; Jaramillo, 2006; Segura y Meertens, 1997).
En estos espacios de encuentro cultural surgen estrategias de adaptación al nuevo contexto urbano (Planas y Valdivia, 2007): dejar de usar sus vestimentas o su lengua en ciertos espacios de socialización, mantener otras expresiones propias de su cultura como por ejemplo la música, aprovechar las oportunidades de las zonas urbanas como un mayor acceso a servicios de educación –que les permitió cruzar fronteras–, entre otras.
En ese sentido, la inserción y adaptación de las mujeres desterradas en la ciudad fue un proceso lento, ambiguo y lleno de tensiones (Osorio, 2011).
Entre algunos motivos que conllevaron a que mujeres desterradas decidan permanecer en las zonas urbanas se encuentran razones de seguridad y barreras emocionales, las ventajas que brindó la ciudad para sus hijos e hijas como la educación, las nuevas posibilidades de desarrollo al incursionar en el mundo laboral, mayor socialización en otros espacios y redefinir su posición en la familia (Segura y Meertens, 1997; CVR, 2003).
Sin embargo, una razón constante y significativa para que las mujeres desterradas no retornaran a sus lugares de origen fue el bienestar de los “otros”. Henríquez (2006) al respecto señala “[...] Como sabemos, las mujeres están involucradas en la reconstrucción de sus comunidades y en muchos casos han resistido, pero la justificación para sí mismas y para los interlocutores sigue siendo la familia y su condición de madre [...]” (Henríquez, 2006, p. 40).
2.4 Discriminación étnica y estigma: La suma de opresiones