Las distancias o contraposiciones entre estos textos y lecturas como las de Hobsbawm pueden advertirse en diversos planos. Las diferencias de enfoque que pueden notarse reflejan también la contraposición entre la historia social estructural y las corrientes desarrolladas en el marco de la crisis de la historia. Una de estas diferencias radica, probablemente, en el enfoque eurocéntrico. Hilda Sabato, por ejemplo, ha subrayado que la historia global ha desarrolla- do una prédica en pos de no replicar las viejas formas de la historia universal caracterizadas por este tipo de discurso (Sabato, 2013: 81-83).
La necesidad de avanzar en un argumento que rehúye el eurocentrismo es visible sobre todo en obras como la ya mencionada de Bayly. Puede advertirse esta intención en su forma de enfocar los procesos de cambio social y político acaecidos desde finales del siglo xviii y que fueran tratados por Hobsbawm en Las revoluciones burguesas. Por un lado, la idea de las “revoluciones industriosas”, alternativa al concepto de Revolución industrial, le permite a Bayly plantear el origen múltiple del cambio económico que en obras como las de Hobsbawm tiene un claro origen y sello británico. En este sentido, y basándose en la obra del historiador holandés Jean de Vries, Bayly ha hecho un uso extensivo del concepto de revoluciones industriosas. Dicho concepto le permite afrontar el estudio de los cambios económicos acaecidos en el siglo xviii no solo desde el punto de vista de la producción como era habitual en los textos clásicos de historia económica sino, fundamentalmente, desde la perspectiva del consu- mo y la distribución. Los anhelos de las clases medias nacientes por acceder a nuevos tipos de consumo a partir de sus expectativas por emular a las clases
altas constituyen un factor fundamental para explicar los cambios económicos de este período. También debe destacarse que, si bien Bayly extiende, desde esta perspectiva, la amplitud de los cambios a Japón y China casos en los que subraya como factor decisivo del cambio económico también la aspiración de los sectores medios por disfrutar de los mismos lujos refinados de la elite mandarina reconoce, al mismo tiempo, en ciertas dimensiones la supremacía europea. Si bien señala entonces que el desarrollo europeo no constituyó un fenómeno extraordinario cuando se lo analiza a escala global, afirma que los europeos tenían ventajas competitivas basadas en instituciones legales relativa- mente estables, en instituciones comerciales y financieras dinámicas y eficaces y en sistemas eficientes y razonables de financiación de la guerra.
Por otro lado, la perspectiva de las transformaciones políticas que en la historia social estructural encontraba un paradigma ineludible en la Revolución francesa es percibida en Bayly desde una concepción plural y descentralizada. La era revolucionaria que en Hobsbawm tiene un origen claramente europeo y norteamericano posee en Bayly también una dimensión global: “Europa y Norteamérica no fueron los únicos lugares en que se inauguraron las nuevas y peligrosas doctrinas de la época revolucionaria” (Bayly, 2010: 78). Esta última, a su vez, es el producto de la primera gran crisis global que se extiende en el planeta y que además es el resultado de los desequilibrios entre los aspectos militares y financieros que signan a los Estados de los distintos continentes. La era revolucionaria, finalmente, acelera la creciente uniformidad y complejidad de las sociedades.
Una crítica similar a la perspectiva eurocéntrica puede advertirse en el texto de Burbank y Cooper, Imperios. Puede destacarse en este caso el esfuerzo por subrayar que ni la forma imperio ni las políticas imperiales constituyen un producto europeo. Relativizan de este modo el mismo dominio europeo y la idea de la asimilación de las poblaciones conquistadas. Los imperios, eje de su lectura de la historia mundial, construyen formas políticas que han surgido y resurgido en el transcurso de miles de años en todos los continentes. De esta manera afirman que su estudio “rompe en concreto con las teorías sobre la nación, la modernidad y Europa para explicar el curso de la historia” (Burbank y Cooper, 2011: 29).
Estas aproximaciones se contraponen con el eurocentrismo de Hobsbawm, uno de sus aspectos más cuestionados. Su obra contiene un sello eurocéntrico innegable y transmite, por otro lado, una clara admiración por la sociedad europea. Todo esto puede advertirse en los criterios de periodización, en la elección de los puntos de ruptura y continuidad que estructuran sus relatos.
Así, esta impronta de su obra puede apreciarse no solo en los contenidos de sus textos sobre la historia mundial que otorgan un lugar secundario a los pueblos no europeos sino también en la organización por capítulos y secciones de esas mismas obras. Esto puede entonces observarse tanto en Las revoluciones bur- guesas, cuyos capítulos “La Revolución industrial”, “La Revolución francesa”, “El nacionalismo” delimitan procesos y episodios propios de la historia europea como también en la Historia del siglo xx organizada en base a criterios claramente
eurocentristas: de este modo, “La revolución mundial” pone énfasis en la Re- volución rusa, “El abismo económico” analiza la crisis norteamericana y sobre todo su impacto europeo o “La caída del liberalismo” y “Contra el enemigo común” que exploran dimensiones de las experiencias dictatoriales europeas de los tiempos de entreguerras.
Como ha señalado Enzo Traverso, la perspectiva eurocéntrica es central en las obras de Hobsbawm a las que nos hemos referido en el inicio de este texto. La dinámica “derivada” de los llamados “pueblos sin historia” constituye un rasgo fundamental de su enfoque historiográfico. De esta forma, ha subrayado cómo Hobsbawm nunca se ha alejado realmente de la posición de Marx “que estigmatizaba al imperialismo británico por su carácter inhumano y predador pero se obstinaba en otorgarle una misión civilizadora en nombre de la dialéctica histórica” (Traverso, 2012: 50).
En este contexto, otro eje central de su interpretación del siglo xix radica en el proceso de expansión del capitalismo europeo que es en sí mismo la gran fuerza integradora y uniformizadora por excelencia de la historia mundial. La lectura del proceso de expansión del imperialismo europeo reconoce también aquí sus matices ya que, a diferencia de la visión leninista, sus componentes políticos, ligados al proceso de democratización europeo, son relevantes también en la explicación que ofrece del tema en La era del imperio (1989).
El imperialismo constituye en la perspectiva de Hobsbawm un elemento relacionado directamente con el nacionalismo. En este sentido, debe señalarse que otro rasgo evidente en el enfoque propuesto por la historia global es el rechazo a la perspectiva nacional. Asimismo, si bien Hobsbawm ha dedicado gran parte de las obras de su última etapa a subrayar el carácter “inventado” de la nación y a sostener que el relato sobre el que se construyen sus obras generales trasciende los límites nacionales no puede dejar de reconocerse que el tema de las naciones recorre toda su obra como una variable central. Las referencias geográficas sobre las que se construyen sus argumentos son probablemente más nacionales que regionales. La historia global ha partido justamente también del rechazo de esta perspectiva.