9. Fixed cost arbitrage
9.1. The single-step model.
En este apartado tratamos de analizar la intervención socioeducativa llevada a cabo con los adolescentes con problemas de comportamiento y conductas antisociales, poniendo especial atención a las medidas de contención.
A la hora de establecer una definición de lo que vendría a ser la intervención socioeducativa, diversos autores vienen a coincidir en que la intervención socioeducativa es un proceso de acción que influye en unos sujetos determinados y que persigue un fin. Así pues, Lucio-Villegas (2005) la define como un proceso de acción sobre otros sujetos, donde se produce una intromisión y una alteración de su realidad ambiental y personal. Siguiendo esta definición la intervención socioeducativa es un proceso en el que personas externas al ambiente y al contexto de los sujetos actúan para modificar determinadas actuaciones o circunstancias, variando la realidad personal para poder obtener unos determinados resultados. Otra de las definiciones que podríamos utilizar para comprender qué es la intervención socioeducativa es la que desarrollan Melendro y Rodríguez (2013) centrándola en una acción social de naturaleza y alcance educativo, añadiendo a su definición la concepción de la expresión “socioeducativa” que realiza Caride (2005) y que enfatiza la necesidad de una educación que dé respuesta a un complejo entramado de necesidades sociales de los individuos, restableciendo y ampliando oportunidades educativas de las personas y de los colectivos sociales en la vida cotidiana. Según esto la intervención no se dirige solo a actuar sobre el sujeto de forma individual, sino que hay que conocer las necesidades individuales enmarcadas dentro de un conjunto social para que de esta forma puedan desarrollarse en un entorno que le ofrezca las oportunidades educativas adecuadas a sus circunstancias. En la intervención socioeducativa es importante la proximidad del educador y su presencia en el entorno más inmediato de la vida cotidiana del adolescente para ayudarle a elaborar cuestiones fundamentales en su vida en determinados momentos o situaciones aparentemente triviales pero que contienen una carga emocional o competencial enorme (Lahire, 2007).
En el diseño y puesta en marcha de una intervención socioeducativa es necesario tener en cuenta el contexto en el que los sujetos se encuentran inmersos, ya que es ese contexto el que, en mayor o menor medida, nos facilitará o nos impedirá el desarrollo de nuestro trabajo. El contexto en el que se encuentran los adolescentes con problemas de comportamiento y conductas antisociales presenta un alto grado de complejidad y una diversidad de entornos de procedencia. Estos dos elementes son determinantes a la hora de entender la intervención socioeducativa con estos menores y a su vez son indicadores de la flexibilidad que ésta requiere (Melendro y Rodríguez, 2013). Cada persona es la suma de sus experiencias y de las experiencias que ocurren a su alrededor. Atendiendo a esto, la diversidad de situaciones a las que podemos enfrentarnos a la hora de intervenir hacen muy complicado establecer un único tipo de intervención. Por este motivo y debida a la necesidad de flexibilidad en la programación de las intervenciones, Melendro y Rodríguez (2013) establecen el concepto de estrategia como el proceso de intervención y toma de decisiones a corto y medio plazo, que suponen actuaciones bien definidas y capaces de movilizar sistemas. Así mismo, la eficacia de la intervención socioeducativa gira en torno a la puesta en funcionamiento de estrategias flexibles que parten del protagonismo real del adolescente en la toma de decisiones que le son vitales y que supone, como elemento central de la labor de los profesionales, el establecimiento del vínculo con estos adolescentes (Melendro y Rodríguez, 2013). Estas ideas son también compartidas por Carrión (2010), quien expresa que la intervención social en el abordaje de los conflictos y situaciones problemáticas tiene que tener varias direcciones, centrándose en el protagonismo de los jóvenes y actuando de forma directa y conjunta con los educadores, añadiendo la intervención de la familia en el proceso.
En la intervención socioeducativa con adolescentes con problemas de conducta y comportamiento se establecen 3 conceptos centrales: el protagonismo adolescente, la resiliencia y la planificación flexible (Melendro y Monserrat, 2013). Estas autoras inciden en la importancia de implicar y aportar protagonismo al adolescente en la intervención para, de esta forma, potenciar la eficacia del proceso. Ese protagonismo viene caracterizado por la participación, con el fin de que el adolescente sea consciente de las dificultades existentes. En esa intervención socioeducativa con el adolescente como protagonista es importante, tal y como expresan Melendro y Monserrat (2013), el acompañamiento en el proceso de empoderamiento de los jóvenes, para que de esta forma puedan asumir las responsabilidades hacia su emancipación personal, siendo protagonistas en todo su proceso de desarrollo y en la toma de decisiones.
Para poder superar las situaciones en las que se ven inmersos muchos de los adolescentes en la acción socioeducativa y solventar la situación de rechazo que suelen presentar al comienzo de la intervención es fundamental el concepto de resiliencia. Las actuaciones han de ir encaminadas a potenciar valores de “adolescentes resilientes” y a promover el esfuerzo y la resistencia a la frustración, ayudando así a construir imágenes positivas (Melendro y Monserrat 2013). Es muy importante que la planificación del proceso tenga como característica intrínseca la flexibilidad, adaptando a las necesidades y posibilidades de cada adolescente la actuación que se lleve a cabo.
La intervención socioeducativa en adolescentes con problemas de comportamiento y conductas antisociales se ve influida por la actitud y la percepción que se tiene de estos menores, Carrión (2010) considera que dependiendo de la mirada que ponemos sobre los niños/as y jóvenes, de cómo interpretamos sus actuaciones, va a depender mucho cómo
podremos ayudarles en sus interpretaciones del mundo y acompañarles a encontrar nuevas significaciones menos sufrientes. Si etiquetamos a quienes queremos ayudar, ya desde el principio estamos edificando una gran barrera que nos va a ser difícil de retirar. No se puede caer en el error de establecer categorías individuales para cada menor, ya que las características que presenta en el momento en el que nos planteamos llevar a cabo una intervención pueden ser modificadas mediante nuestra acción y mediante la colaboración del menor a intervenir. Si establecemos una “etiqueta” a un niño/a o joven esta va a acompañarle durante todo el proceso e incluso una vez terminada la intervención y solventados los problemas, esa etiqueta seguirá estando ahí.
Durante un proceso o acción de intervención socioeducativa hemos de tener en cuenta que algunos de los comportamientos se repetirán ya que, según establece Carrión (2010) la intervención socioeducativa es un proceso en espiral y no podemos esperar linealidad. Esta repetición de comportamiento no se realiza porque la intervención no esté surtiendo efecto, al contrario, es sinónimo de que se va progresando, siempre y cuando la repetición de esos comportamientos o conductas vaya cada vez a menos y no a más. La desaparición de determinadas conductas (agresivas, violentas, antisociales…) no se produce de golpe, de una sola vez o en un momento determinado, sino que es un proceso gradual y progresivo.