3.2 Event Detector
3.2.2 The Three Detection Methods
autocrítica que se debe realizar a diario, com o hace Séneca (cf. Ira III 36, 3).
100 La moral natural impone o prohíbe conductas que la ley no con templa, a las veces porque la tipificación legal de un delito parece que provocara a cometerlo; así al menos lo explica el filósofo (cf. Sobre la demencia I 23, 1), aduciendo como ejemplo a los parricidas, mucho más numerosos desde que el parricidio quedó condenado como crimen que comportaba un cruel castigo, además (cf. Ira I 16, 5).
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seamos más imparciales con los delincuentes, confiemos en quienes nos regañan; en todo caso, no nos airemos con los buenos (pues ¿con quién no, si también con los buenos?), mucho menos con los dioses; pues no por su (culpa) sino por la ley de la mortalidad sufrimos todos los inconvenien tes que nos suceden. «Pero nos sobrevienen enfermedades y dolores.» En todo caso, de alguna forma tendrán que desa lojar su domicilio en minas aquéllos a quienes tocó en suerte. Te dirán que alguien ha hablado mal de ti: piensa si no lo has hecho tú antes, piensa de cuántos hablas tú. Pen semos, digo, que unos no nos hacen ultraje, sino que nos lo devuelven, otros lo hacen por nosotros, otros lo hacen obli gados, otros sin darse cuenta, incluso los que lo hacen adre de y a sabiendas, con nuestro ultraje no buscan el propio ul traje: se ha rendido al encanto de una fineza o ha hecho algo no para ponemos la zancadilla, sino porque él no podía con seguir lo que fuera a no ser que nos anulara antes; a menudo la lisonja, mientras halaga, ofende. Quienquiera que repasa consigo mismo cuántas veces ha caído él en sospechas in fundadas, cuántos desempeños suyos la fortuna ha revestido con la apariencia de un ultraje, a cuántos ha empezado a apreciar después de la enemistad, no podrá airarse instantá- nemente, en todo caso, si calladamente se dice a sí mismo ante cada hecho que le ofende: «Esto también yo lo he co metido.» Pero ¿dónde encontrarás un juez tan imparcial? El que desea a la esposa de cualquiera y considera motivo sufi cientemente justo para amarla el que sea de otro, no quiere que miren a su esposa; y el que reclama lealtad con más vehemencia es desleal, y el propio peijuro persigue las men tiras, y el calumniador sufre de muy mala gana que le mue van un pleito; no quiere que se atente al pudor de los escla- villos quien no respeta el propio. Los defectos ajenos los tenemos ante los ojos, a nuestras espaldas están los núes-
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tros101: de ahí viene el que los festines a hora temprana del hijo los censure un padre más degenerado que el hijo, y na da perdone a la lujuria ajena quien nada ha negado a la su ya, y el tirano se aíre con el homicida, y castigue los hurtos el profanador. Hay una gran proporción de hombres que no se aíra con los delitos sino con los delincuentes. Nos hará más moderados fijarnos en lo nuestro, si nos consultamos: «¿Es que no hemos cometido nosotros algo igual? ¿Es que no nos hemos equivocado así? ¿Nos corresponde condenar esas acciones?»
29 'E l mejor remedio para la ira es la dilación. Exígele al
principio no que perdone sino que piense: tiene un primer impulso intenso, desistirá si espera. Y no intentes eliminarla entera de un golpe: toda ella será derrotada mientras la aco-
2 samos por partes. De las cosas que nos ofenden, unas nos
las comunican, otras las oímos nosotros o las vemos. De lo que nos cuentan no debemos hacer caso en seguida: muchos mienten para engañar, muchos porque han sido engañados; uno con su acusación trata de obtener favor y finge un ul traje para aparentar que se duele porque se lo han hecho; está el individuo perverso y que querría romper amistades bien trabadas; está el provocador de suspicacias y que de searía contemplar sus juegos y de lejos y a salvo observaría 3 a quienes ha enemistado. Si fueras a emitir un juicio sobre
una cantidad pequeña, el asunto no te quedaría probado sin
101 Al igual que otros autores (cf., por ejemplo, Ho r a c io, Sátiras II 3, 298-299) Séneca se hace eco de la conocida fábula de las alforjas (símil, por otro lado, tradicional, cf. Ca t u l o, 22, 21-22), una de las que al estilo de Esopo compuso Fedro (IV 110), autor cuya obra, por el contrario, pretende ignorar a la hora del halago, cf. Polibio 8, 3. Una opinión total mente contraria (Séneca no se inspiró en Fedro nunca) sostuvo M. Da- d o n e, «Appunti sulla fortuna di Fedro, I: Fedro e Seneca», Rìv. Stud. Class. 2 (1 9 5 4 ), 3-12.
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un testigo, el testigo no valdría sin un juramento, darías a ambas partes el derecho a hablar, les darías su tiempo, no las escucharías una sola vez; pues la verdad más resplande ce cuanto más a menudo viene a nuestra disposición: ¿tú condenas sumariamente a un amigo? ¿Antes de atenderlo, antes de interrogarlo, antes de que le sea posible conocer al denunciante o la denuncia, te vas a airar? ¿Ya, pues, has es cuchado (qué) se decía por ambos lados? Éste mismo que te 4
hizo la delación dejará de declarar si debe probarla: «No tienes por qué descubrirme», dice, «yo, si me presentas, lo negaré; de otro modo, nunca más te diré nada». Al mismo tiempo incita y se sustrae él al enfrentamiento y a la pelea. Quien no quiere hablarte más que en puridad casi que no habla: ¿qué hay más incoherente que creer en secreto, airar se en público?
De algunos casos nosotros mismos somos testigos: en 30
ellos examinaremos la condición y la voluntad de quienes los provocan. Es un niño: quede disculpado en atención a su edad, no sabe si hace mal. Es un padre: o ha sido tan bueno que incluso tiene derecho a ultrajar, o quizá esos mismos buenos servicios suyos son los que nos ofenden. Es una mujer: se equivoca. Es un mandado: ¿quién sino el injusto se irritará contra la obligación? Es un perjudicado por ti: no es ultraje sufrir lo que hayas hecho tú primero. Es un juez: debes confiar más en su dictamen que en el tuyo. Es un rey: si castiga al responsable, acata la justicia, si al no responsa ble, acata la suerte. Es un animal irracional o similar a un 2
irracional: lo imitas si te indignas m . Es una enfermedad o un quebranto: más ligeramente pasará por uno que la so- 102
102 Tanto aquí como ya en 16, 1-2 e Ira I 1, 6, Séneca olvida que los animales están exentos de ira, según sus propias palabras (cf. Ira I 3, 4- 5), con lo que mal puede imitarlos el airado.
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porte. Es un dios: malgastas tu esfuerzo cuando te aíras con él tanto como cuando le ruegas que se aíre con otro. Es un hombre bueno quien te ha hecho el ultraje: no lo creas. Malvado: no te preocupes; dará a otro las satisfacciones que te debe a tí y ya se las ha dado a sí mismo quien ha obrado mal.
3 1 Dos causas son, según dijel03, las que excitan la iracun
dia: primero, si nos parece que hemos recibido un ultraje (sobre esto hemos hablado bastante); segundo, si lo hemos
2 recibido injustamente (sobre esto hemos de hablar). Los
hombres juzgan injustas algunas cosas porque no habrían debido sufrirlas, otras porque no las habrían esperado. Con sideramos indignas las que son imprevistas104; así pues, nos transtoman sobre todo las que ocurren en contra de nuestras esperanzas y expectativas, y no es otro el motivo por el que en nuestros íntimos nos ofende lo más mínimo, en nuestros 3 amigos llamamos ultraje al descuido. «¿Cómo, pues», dice,
«nos transtoman los ultrajes de los amigos?» Porque no los esperábamos, o al menos no tan graves. Esto lo produce nuestro excesivo amor propio: juzgamos que debemos ser inviolables incluso para los indispuestos con nosotros; cada cual tiene dentro de él el talante de un rey, de modo que quiere que se conceda plena libertad a él, contra él no quie-
4 re. Así pues, o la ignorancia o la inexperiencia nos hacen
iracundos. Pues ¿qué maravilla es que los malvados perpe tren actos malvados? ¿Qué hay de insólito, si el enemigo causa daño, el amigo ofende, el hijo tiene un desliz, el es clavo se equivoca? Decía Fabio que la excusa más vergon zosa para un general es «No lo pensé»; yo pienso que es la * 10
103 Probablemente, en el texto perdido al comienzo del libro primero (cf. Ira I, n. 4), a no ser que se trate de un descuido de Séneca.
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más vergonzosa para un hombre105. Piénsalo todo, espéralo todo: en las buenas costumbres, incluso, aparecerá algo un tanto desagradable. La naturaleza humana comporta espíri tus insidiosos, los comporta ingratos, los comporta ávidos, los comporta impíos. Cuando juzgues sobre las costumbres de uno solo, medita sobre las de todos. Cuando te alegres mucho, has de tener mucho miedo; cuando todo te parezca tranquilo, no es que falten entonces cosas dispuestas a da ñarte, sino que descansan. Hazte cuenta de que siempre va a haber algo que te ofenda. Un piloto nunca ha desplegado el velamen tan seguro de sí que no preparara los aparejos para arriarlo sin dificultad.
Ante todo ten presente que es repulsiva y execrable la capacidad de causar daño, y completamente extraña al hom bre, gracias al cual se amansan incluso los seres salvajes. Observa los cuellos de los elefantes sometidos al yugo, los lomos de los toros pisoteados sin peligro cuando les brincan encima niños lo mismo que mujeres, las serpientes reptando con su inofensivo deslizamiento entre las copas y los plie gues del vestido106, y dentro de las casas las fauces de osos y leones calmadas para quienes los cuidan, y las fieras cari ñosas con su dueño107: te avergonzará haber intercambiado
105 La falta de previsión es censurable en general (cf. Tranquilidad
11, 9) y especialmente en un general: Séneca atribuye esta reflexión a Fabio Cunctátor (cf. Ira I, n. 18), mientras que, con una ligera variante («No lo había pensado»), Valerio Máximo, VII 2, 2, la pone en boca de Escipión Africano, y Cic er ó n, Sobre los deberes I 81, la deja anónima.
106 Cf. Ma r c ia l, V 31, donde describe los juegos de los jóvenes con los toros amansados, sobre cuyos lomos se pasean y de cuyos cuernos se cuelgan. El mismo autor, en VII 87, enumera unos cuantos animales teni dos como mascotas; el más extravagante, la serpiente que una dama lleva enroscada en torno a su cuello (v. 7).
107 Elefantes, leones y tigres menciona en otros lugares Séneca (cf.
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costumbres con los animales. Es abominable hacer daño a la patria; luego también a un ciudadano, pues él es parte de la patria (las partes son sagradas si el conjunto es digno de ve neración); luego igualmente a un hombre, pues éste es con ciudadano tuyo en una urbe más grande108. ¿Qué, si las ma nos quisieran hacer daño a los pies, a las manos los ojos? Igual que todos los miembros están de acuerdo porque inte resa a la totalidad conservar cada uno109 110, así los hombres respetan a cada uno, porque han sido engendrados para la vida en común, pero la sociedad no puede estar segura si no es por medio de la preservación y la estima de sus compo nentes. Ni siquiera exterminaríamos a las víboras, las cule bras y cualquier alimaña que hace daño con sus mordeduras o sus golpes, si pudiéramos amansarlas para los restos o conseguir que no representaran un peligro para nosotros ni para los demás; luego tampoco haremos daño a un hombre porque ha obrado mal, sino para que no obre mal, y nunca el castigo se referirá al pasado, sino al futuro uo; pues no se aí ra sino previene. En efecto, si hay que castigar a todo el que
das y convertidas en animales domésticos; cf., sin embargo, la contradic ción de Vida feliz 14, 2.
108 El cosmopolitismo, esto es, la creencia en una sociedad universal de la que forman parte todos los hombres con los mismos derechos y obligaciones, es esencial, aunque no exclusiva, en el estoicismo; Séneca gusta de glosar esta idea en toda su obra filosófica (en los Diálogos, cf.
Vida feliz 20, 5, y Tranquilidad 4, 4), empleando a menudo la imagen del ciudadano de una ciudad mundial, imagen tampoco específica de los es toicos (cf. Ci c e r ó n, Tusculanas V 108).
109 Recuerda el apólogo de los miembros del cuerpo y el estómago («Los pies y el estómago» en Esopo, 130 en la ed. Pe r r y) con que Me- nenio Agripa convenció a los plebeyos que habían abandonado Roma (la llamada primera secesión de la plebe, en el año 194 a, C.) de que tanto a ellos como a los patricios convenía su regreso a la ciudad, como partes de un todo que eran, mutuamente dependientes (cf. Ti t oLi v i o,II 32, 8-12).
tiene un carácter perverso y maléfico, el castigo no excluirá a nadie.
«Pues sin embargo la ira contiene cierto placer y es dul ce devolver un dolor.» Ni mucho menos; pues igual que en los favores lo honesto es compensar buenos servicios con buenos servicios, no así ultrajes con ultrajes. Allí es vergon zoso ser vencido, aquí vencer. Venganza es una palabra in humana y no obstante acogida como lo justo11 *. No se dife rencia mucho, a no ser en el orden que regula el dolor: tan sólo obra mal con mayor excusa. En los baños un insensato pegó a Catón sin reconocerlo; pues ¿quién le haría un ultraje a sabiendas? Después, cuando le ofrecía disculpas, Catón le dijo: «No recuerdo que me hayan pegado.» Consideró mejor no admitirlo que desquitarse111 112. —Y al otro—, dices, — ¿no le sucedió ningún mal después de tanta desfachatez?— . Al contrario, mucho bien: empezó a conocer a Catón. Propio de un gran ánimo es menospreciar los ultrajes; la clase más ofensiva de venganza es que alguien no nos haya parecido digno de tomamos venganza de él. Muchos se han clavado más profundamente unas afrentas superficiales, mientras se desquitan: grande y noble es aquél que, a la guisa de una
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111 En efecto, la base de los primeros códigos legales es la reciproci dad, una justicia primaria y rápida obtenida con la equiparación exacta de la falta y su castigo: la elemental ley del talión aceptada, según dice Aristóteles, también por algunas corrientes filosóficas, como la pitagórica (cf. Etica a Nicómaco 1132b: Aristóteles cita, para definir el talión, el mismo verso de Hesíodo que Séneca transcribe en la Apocolocintosis 14, 2 — «Si sufres tus propias acciones, se hará una recta justicia»— y que, nótese bien, ahora, concretamente en 30, 1, acaba de parafrasear y admi tir su acierto); sin embargo, precisamente a los peripatéticos adjudica Fi- l o d e m o, Sobre la ira 24, la doctrina de la venganza como algo justo, im prescindible y agradable.
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fiera grande, escucha imperturbable los ladridos de los pe rros minúsculos113.
33 «Menos despreciados seremos», dice, «si nos desquita
mos del ultraje». Si llegamos a eso como solución, llegue mos sin ira, no como si fuera dulce desquitarse, sino como si fuera útil; ahora bien, no pocas veces es preferible disi mular a vengarse. Los ultrajes de los poderosos hay que so portarlos con expresión risueña, no sólo resignadamente: los harán de nuevo si creen haberlos hecho. Esto es lo peor que tienen los espíritus infatuados por su magnífica suerte: a los
2 que lastiman por añadidura los odian114. Conocidísimas son
las palabras de uno que había envejecido al servicio de los reyes; al preguntarle alguien cómo había alcanzado un esta do rarísimo en la corte, la vejez115, dijo: «Recibiendo ultra jes y respondiendo con agradecimiento.» A menudo a tal punto no conviene desquitarse de un ultraje, que no convie-
3 ne siquiera reconocerlo. Cuando Gayo César tenía en pri
sión a un hijo de Pastor, ilustre caballero romano, molesto con su elegancia y sus bien cuidados cabellos, al rogarle el padre que le concediera la vida de su hijo, como si le hu biera recordado su condena, ordenó que lo ejecutaran inme diatamente; sin embargo, para no comportarse en todo de forma inhumana contra el padre, lo invitó a cenar ese día116.
113 Repetición de ideas ya expresadas (cf. 14, 4).
114 Esta misma afirmación y con los mismos términos la hará extensi va Tácito a todos los hombres en común (cf. Agrícola 42, 3).
115 Puesto que es fácil caer víctima de los arrebatos o las suspicacias del rey, incluso para los más cercanos (cf. 23, 1): la moderación y la cle mencia son raras también en palacio (cf. Sobre la clemencia I 5, 4).
116 D e nuevo la bestia negra de Séneca, Caligula, haciendo de déspo ta demencialmente cruel; sin concretar que se tratara del caballero roma no Pastor ni dar tantos detalles, cuenta el mismo hecho Su e t o n i o, Calí- gula 27, 4. Este emperador llevaba muy a mal su aspecto desgarbado y su calvicie (cf. Firmeza 18, 1): no era raro que, celoso, mandara rapar o in-
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Acudió Pastor con expresión nada rencorosa. César le hizo servir una hemina117 y le puso un espía: el infeliz aguantó no de otra forma que si bebiera la sangre de su hijo. Le en vió ungüento y coronas y mandó vigilar si lo cogía: lo co gió. El día en que había enterrado a su hijo mayor, mejor di cho, en que no lo había enterrado, yacía como uno más entre cien invitados y, siendo como era un anciano gotoso, apuraba unas cantidades de bebida a duras penas decentes en los aniversarios de sus hijos, y en todo el tiempo no de rramó una lágrima, no consintió que su dolor se evidenciara con señal alguna; cenó tal como si con sus megos hubiera conseguido algo favorable a su hijo. ¿Preguntas por qué? Tenía otro118. ¿Qué hay del celébre Príamo? ¿No disimuló su ira y abrazó las rodillas del rey, se llevó a los labios la mano fatal empapada en la sangre de su hijo, cenó?II9. Pero, no obstante, sin ungüentos, sin coronas, y su crudelísimo enemigo lo animó con mil cumplidos a coger comida, no a vaciar enormes copas con un espía puesto sobre su cabeza. Yo habría despreciado al padre romano si hubiera él temido cluso m atar a jóvenes de herm osa presencia y larga cabellera (cf. Su iíto-
n io, ibid. 35, 2).
117 Medida de capacidad equivalente a medio (de ahí su nombre) sex- tario, esto es, poco más de un cuarto de litro; una cantidad excesiva para un brindis y que exige copas de tamaño fuera de lo común.
118 Casi al modo de un epigrama, a la pregunta sigue inmediata la res puesta escueta y aguda: Pastor, cuando menos, pudo intentar salvar a otro hijo; ni siquiera esa oportunidad quedó a otros padres con sus hijos víc timas de los excesos reales (cf. la serie de casos en Ira III 14-15, 4 y 16, 3-4).
119 Tal como se relata casi al final de la litada, XXIV 468-634, Pria- mo. acepta la invitación de Aquiles y cena con él, después de haber con seguido con sus súplicas que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor; el joven Aquiles se muestra comedido y cortés con el anciano Príamo, no cruelmente obsequioso com o Caligula, joven también (tenia 29 años a su muerte), con Pastor.
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por su vida: en realidad fue el cariño lo que refrenó su ira. Fue digno de que se le permitiera retirarse del banquete a recoger los restos de su hijo; ni siquiera eso le permitió el joven siempre afable y servicial: con frecuentes brindis mor
tificaba al anciano, invitándolo a aliviar su angustia. Por el contrario, él se mostró contento y olvidado de qué había he cho ese día: había muerto el otro hijo si al verdugo no le hu