2.3 Axioms
2.3.1 Theoretical framework
una nación homogénea. He aquí un extracto del análisis que realiza Bernardo Subercaseaux en su monumental estudio sobre la historia de las ideas y la cultura en Chile:
Luego de la Independencia, para poder ejercer la soberanía y en el marco de la ideología ilustrada, las elites y los nacientes Estados se dieron a la tarea de construir una nación de ciudadanos, una nación cuyos miembros debían es- tar unidos por un conjunto de creencias, valores, tradiciones y, en el ámbito de cada país, por una sola cultura. Esta concepción homogeneizadora de cuño ilustrado, sobre la cual se construyeron las naciones latinoamericanas, percibía los particularismos y las diferencias culturales como un estorbo. En algunas naciones, la elite ilustrada, amparada en la ideología liberal, buscó exterminar a las culturas indígenas, promoviendo la presencia ‘civilizadora’ de migraciones europeas. El ideal asimilacionista de los Estados-naciones del siglo xix tendió a negar la diferencia cultural (…). Contra esa realidad protestaría José Martí en Nuestra América (1891), cuando reclamaba el reconocimiento al indio, al negro y al campesino, e ironizaba sobre esos mestizos ‘montados a caballos, en libros’ que se avergüenzan del delantal de su madre india (212).
Es interesante reparar en el énfasis que el autor hace en la concepción ‘de cuño ilustrado’ o en la ‘ideología liberal’, como la responsable de esta arquitectura cen- tralista y homogeneizante. En efecto, existen evidentes conexiones (o ‘afinidades electivas’, en su sentido weberiano) entre el mercantilismo del siglo xviii, el li-
beralismo político de esa época y el diseño unitario del Estado que se consagra luego en la Constitución de 1833 en Chile (Montero 2015, 2016). Como se hizo hincapié más arriba, Herder y el resto de los románticos se posicionaron cons- cientemente contra las tesis más reductivistas y racionalistas liberales-ilustradas, para proponer en su lugar una antropología y filosofía social alternativa. Siendo esquemáticos: si la ilustración tiende a un universalismo (en muchos casos de tipo homogeneizante), el romanticismo va a tender a valorizar la diversidad. El Estado nacional-popular del siglo xx, al amparo de la Constitución de 1925, a pe- sar de su esfuerzo integrador y su preocupación por la cuestión social, no va a ser capaz de superar “una perspectiva asimilacionista o de mestizaje y no de di- versidad” (Subercaseaux 213). Subercaseaux aduce, como ejemplos, la exclusión sistemática de la poesía o lira popular del canon de la literatura chilena o la casi imposibilidad de escuchar en Santiago, a lo largo de toda una vida, a un mapuche o a un quechua o a un aimara hablando en su lengua propia.
¿Cómo hacer sentido de estas tendencias? La oposición arriba esbozada entre ilustración y romanticismo, en el plano de la historia de las ideas, revela algo, pero resulta insuficiente para dar cuenta del problema al que nos enfrentamos. Hay que también mirar directamente hacia las estructuras y necesidades funcionales de la sociedad que resultan del imaginario ilustrado-utilitarista: de las economías de mercado, industriales y orientadas hacia el crecimiento, en el contexto de una polis burocratizada y con creciente movilidad social. Para que las personas que viven bajo estas enormes sociedades modernas se puedan comunicar, operar bajo un sistema judicial de cortes, funcionar dentro de un aparato estatal burocrático, comerciar y hacer negocios, escalar profesional y socialmente sin apelar a víncu- los familiares y directos (es decir, como extraños), se requiere que un lenguaje estándar reemplace a los idiomas locales e inter-clase que abundaban antes. Es así que el Estado moderno adquiere un rol fundamental —reemplazando a la fa- milia y a la Iglesia— en la tarea de educar a todo el mundo en forma uniforme. La homogeneidad del lenguaje y de la cultura (‘oficial’ o ‘canónica’) está así dirigida desde el Estado, en respuesta a las necesidades de la nueva sociedad. Los medios de comunicación harían otro tanto. Esta es precisamente, puesta en forma muy sucinta, la explicación de Ernest Gellner sobre la emergencia del nacionalismo y su íntimo vínculo con la sociedad moderna.
También se podrían invocar aquí las políticas culturales del Estado, en términos de la instalación de museos, ceremonias oficiales, himnos y otros símbolos pa- trios, y que contribuirían a la consolidación de una cultura oficial, portadora de ‘la’ nación chilena, argentina, o la que fuera el caso. Eric Hobsbawm y Terence Ranger han examinado varias instancias en las que las ‘tradiciones’ nacionales han sido inventadas por elites desde el Estado. En Chile, Mario Góngora es co- nocido por su tesis de que el Estado (se asume, el portaliano) creó ‘desde arriba’
la nacionalidad chilena, asumiendo que la sociedad recibió pasivamente de los discursos nacionalizadores de la dirigencia estatal; tesis que, aun conteniendo mucha verdad, peca de unilateralidad. Por otro lado, Seton-Watson ha denomi- nado ‘nacionalismos oficiales’ a la identificación de nación con imperio dinástico, observable desde mediados del siglo xix, como un modo de naturalizar y perpe- trar a las decaídas dinastías de aquella época en Europa y hacia el oriente —como fue el caso de la rusificación zarista—, una respuesta de grupos de poder frente a la aparición espontánea de los nacionalismos populares-culturales, con potencia- les tendencias imperialistas. Estos son solo algunos ejemplos de construcciones ficcionales verticales, desde el Estado moderno.
En todo caso, y para retomar el argumento central, la explicación (funcionalista) de Gellner, por sí sola, parece no ser suficiente para entender el poder motivador del nacionalismo. Por sobre todo, ilumina más un tipo de nacionalismo, el que no agota todo el fenómeno en cuestión. Debemos, pues, volver a recordar las tesis antes expuestas sobre la influencia que tuvo el imaginario expresivista. Junto al (o contra el) universalismo de las instituciones liberales, se apela aquí a la idea de que cada sociedad se debe adecuar al ‘genio’ particular que emana del pueblo (o los pueblos) de que se trate, el que siempre está coloreado por circunstancias e historias particulares. Conviene recordar también que no todos los nacionalis- mos han nacido y crecido bajo el alero y poder organizador del Estado moderno, heredero del centralismo absolutista7. No es que con esto desaparezcan las pre-
siones funcionales del Estado en pos de una asimilación con un idioma y cultura oficial, pero el hecho sí nos invita a reconocer otros modos de nacionalismo al del tipo homogéneo.
En los encuentros y fricciones entre estas distintas variantes de nacionalismos, podemos entender mejor las luchas nacionalistas, los movimientos separatistas, las demandas de autodeterminación o bilingüismo, las políticas asimilacionistas, los acuerdos y compromisos endebles entre etnias dentro de un territorio, et- cétera. Cataluña, Escocia, Quebec o las demandas mapuches son solo algunos ejemplos actuales. Y lo que hay que entender quizás mejor que nada es que estas tensiones no son tanto accidentes, resultados de figuras carismáticas arbitrarias o impulsos atávicos, cuanto conflictos que se generan en el seno mismo de los imaginarios y procesos históricos típicamente modernos que hemos estado estu- diando. El nacionalismo nace, como se postuló, de la mano de una serie de preo-
7 En última instancia, las tendencias centralistas y homogeneizantes aquí señaladas responderían a la lógica centrípeta de las monarquías absolutas que dominaron Europa (e indirectamente Latinoamé- rica) durante los siglos xvi, xvii y xviii, pues fueron estas las verdaderas constructoras de los Estados modernos.
cupaciones —tan modernas como las del liberalismo ilustrado— y dicen relación con una política del reconocimiento de diferencias culturales e identitarias. Las luchas nacionalistas luego dieron el molde a las luchas feministas, a las de las minorías étnicas, al movimiento gay (u, hoy por hoy, al de la comunidad lgbt); y tampoco las luchas anticolonialistas de Fanon se pueden entender realmente fuera de estos moldes.
Hacia fines del siglo xx, en especial desde los años setenta u ochenta, esta vez comenzando en Estados Unidos y Canadá8, se comenzaron a debatir con mucha
fuerza las demandas culturales de reconocimiento a la pluralidad de etnias, idio- mas y grupos minoritarios que conviven dentro de esos países, lo que Habermas en general cataloga como ‘derechos de tercera generación’ (155-212); pero ambos discursos, el universalista (que puede tender a la homogeneidad) y el de la dife- rencia (que en ciertos casos conduce al separatismo, a una especie de ‘guetoiza- ción’) se alimentan del imaginario moderno. El develar el carácter contradictorio y ambivalente de la idea de nación entendida por otro lado como unidad, y que los dos casos expuestos en este trabajo ilustran, solo implica un reconocimiento más consecuente, siguiendo el segundo discurso, de la riqueza y diversidad cultural latinoamericana.