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Chapter 2: Literature review

2.2 Sociolinguistic concepts

2.2.6 Theoretical framework

Introducción

Hasta ahora, aparte de señalar las diferencias existentes entre Oriente y Occidente, hemos puesto también de relieve la expansión por todo el ámbito del Mediterráneo de los rasgos generales de una determinada estructura social y económica. Durante el reinado de Justiniano (527-565) se produjo un acontecimiento decisivo, concretamente el intento de los ejércitos de Oriente —cosechando al principio un éxito clamoroso— de recuperar los territorios perdidos del imperio de Occidente. Respondía a la denominada política de «reconquista» de Justiniano, que dio comienzo con el envío de una expedición contra los vándalos de África en 533 y que continuó a lo largo de veinte años de acciones militares y de diversas vicisitudes, hasta la firma del pacto conocido como Pragmática Sanción, de 554, que venía a ratificar el ansiado retorno de la Italia ostrogoda a la dependencia de Roma.

Este episodio es importante por muchas y variadas razones, entre las cuales la cuestión de las motivaciones de Justiniano tiene sólo un papel secundario. Por lo pronto, poseemos una relación completa de los hechos, escrita con gran dramatismo por un autor de primera fila, Procopio de Cesárea, que nos ofrece un relato casi completo de los acontecimientos bélicos en sus Guerras, y un sensacional análisis de los mismos en su Historia arcana.1 La obra de Procopio constituye un capítulo de la historiografía griega tan importante en sí mismo como pueda serlo la de cualquier otro historiador de la Antigüedad, suministrándonos una información riquísima sobre todos los pormenores del mundo militar, la topografía, las finanzas, los edificios, y toda clase de materias. Procopio fue protagonista y testigo ocular de algunas de las campañas que relata, y aunque esta circunstancia no garantice la veracidad de sus informes, confiere a su obra una inmediatez y una autoridad que sorprenden al lector. En términos generales, las guerras de Justiniano plantean el problema de las relaciones entre Oriente y Occidente en unos términos bastante decisivos: al fin y al cabo, se trata de un emperador de Constantinopla que utiliza los ejércitos de Oriente para reclamar lo que, a su juicio, seguía siendo territorio del imperio romano. En el Norte de África, donde más éxito tuvo ese programa de reconquista, hasta el punto de permitir a Belisario celebrar un grandioso triunfo en Constantinopla en el año 534, podemos contemplar de pronto el

espectáculo de una administración griega —impuesta por Constantinopla en nombre de la restauración de Roma— montado en una provincia que tradicionalmente había venido considerándose verdadero bastión de la Iglesia latina. Otra consecuencia igualmente irónica de los largos años de guerra contra los godos de Italia fue la definitiva desaparición del senado romano y el éxodo de las familias aristocráticas romanas que aún quedaban hacia Oriente, donde algunas de ellas formaron en Constantinopla una colonia de latinohablantes. Por último, cabe afirmar que los costes y el esfuerzo que supuso esta iniciativa militar tan descomunal y tan larga, que para colmo vino a coincidir con un gravísimo brote de peste y con las continuas y costosas guerras contra los persas sasánidas, trajeron consigo en realidad el debilitamiento del gobierno de Oriente, incapacitándolo para hacer frente a los desafíos militares de finales del siglo VI y comienzos del VII.

La “reconquista” de Justiniano, c. 565.

Los juicios que se emitan acerca de las guerras de Justiniano pueden ser tan contradictorios como los que merece el resto de sus medidas de gobierno. El mismo Procopio, por razones personales o de otro tipo, nos ofrece un panorama bastante ambiguo, por no decir contradictorio, de ellas. Si en las Guerras da por lo general la sensación de ofrecer la visión oficial de lo que fue este reinado, de vez en cuando intercala espontáneamente sus buenas dosis de crítica, como por ejemplo en BG, III-IV; del mismo modo, entona las alabanzas del emperador en el panegírico que escribe para ensalzar su política arquitectónica, pero lo ataca severamente en su «historia secreta», que tenía la intención de no publicar hasta después de la muerte de Justiniano.2 La verdad es que otros contemporáneos, como el funcionario retirado y anticuarista llamado Juan Lido, tampoco sabían si alabar su figura o criticarla.3 El propio Justiniano lanzaba grandes soflamas en las que anunciaba sus intenciones de restaurar el glorioso pasado de Roma, al tiempo que promulgaba unas leyes tan severas contra los paganos y

toda clase de disidentes que algún autor moderno ha creído conveniente comparar su figura con la de Stalin.4 Fue Justiniano quien promulgó las leyes que prohibían a los paganos impartir sus enseñanzas, medida que provocó el cierre de la milenaria Academia de Atenas, fundada por Platón en el siglo IV a.C. Pero fue también Justiniano quien convocó a la comisión de juristas que, a los pocos años de su subida al trono, publicaron esa magnífica compilación de derecho romano que son el Digesto (533) y el Codex Justinianus (534), y quien publicó una nueva colección de leyes, que habrían de convertirse en el fundamento de los sistemas jurídicos de los estados europeos basados en el derecho romano.5 A menudo se califica a este emperador de patrono de las letras e inspirador de un renacimiento artístico de corte clasicista.6 Ambas opiniones deben ser tratadas con mucha cautela. Lo cierto en cualquier caso es que su reinado fue testigo de un notable incremento de la actividad literaria en alguno de sus géneros clásicos y de un espectacular despliegue de obras artísticas realizadas a instancias del emperador, aunque sea poco lo que se ha conservado. Justiniano fue además un teólogo muy activo, al que gustaba entablar debates incluso con clérigos desterrados por orden suya, llegando a escribir varios tratados de teología bastante complicados desde el punto de vista técnico.7 Quizá se deberían a estas contradicciones y a otras por el estilo las violentas reacciones que su figura suscitó entre sus contemporáneos, aspecto en el que coincide con otros poderosos gobernantes de la historia.8 Procopio lo condenó por su codicia y por sus excesos; por otra parte, el esfuerzo tributario que exigían las medidas que tomó durante su reinado supuso una carga muy onerosa para el imperio, sobre todo para las clases más pudientes. En cierto modo su reinado fue un espléndido anacronismo, la última afirmación de las tradiciones militares e imperiales de Roma antes de que diera fin la Antigüedad clásica; aunque por otra parte ese grandioso colofón habría de precipitar su caída.

En conjunto, eran muchas las motivaciones que se ocultaban tras aquel ambicioso programa de reconquista, pero las que por lo general expresan más abiertamente los autores de la época y también sobre las que hacen más hincapié son los deseos de restauración del imperio y la defensa de la ortodoxia cristiana en los territorios regidos por los arrianos. Estos dos objetivos, que a los ojos de un observador moderno quizá no casen demasiado bien, se hallan presentes en realidad en la política llevada a cabo por Justiniano a lo largo de todo su reinado; de igual modo, da la sensación de que el emperador era al mismo tiempo un conservador y un innovador, rasgo que a sus contemporáneos les costaba mucho trabajo entender o, mejor dicho, tolerar.9

Tanto si Justiniano tenía ya in mente el objetivo a largo plazo de reconquistar Occidente —lo que no es ni mucho menos seguro—, como si no, la expedición enviada contra los vándalos en 533 se hizo realmente a lo grande. A bordo de las naves iban diez mil soldados de infantería y cinco mil de caballería, junto con el capitán general, Belisario, acompañado de su esposa, Antonina, y de su mano derecha, el historiador Procopio; en Constantinopla acudieron a despedirlos el emperador, la emperatriz y el patriarca, que elevó sus plegarias por el feliz éxito de la campaña. Recordando el ignominioso fracaso de la expedición enviada por el emperador León (véase el capítulo 1), nadie se había mostrado conforme con la idea del emperador —dice Procopio—, pero el único que manifestó claramente su oposición ante Justiniano fue su ministro Juan de Capadocia, cuyo extenso discurso es citado por el historiador. En cualquier caso, un misterioso «obispo de Oriente» tuvo la buena ocurrencia de interpretar un

sueño del soberano, según el cual Dios prometía su ayuda a la causa del emperador y confirmaba que su entusiasta idea era perfectamente factible (BV, 1, 10-12).10 En un tiempo increíblemente breve, Belisario se hallaba de regreso en Constantinopla celebrando su triunfo y Justiniano empezaba a pensar en Italia, adonde, cruzando por Sicilia, fue inmediatamente enviado Belisario, que llegó a la península en el verano de 536. El emperador había encontrado un pretexto para declarar la guerra a los godos en el asesinato de su protegida Amalasunta, hija de Teodorico, rey de los ostrogodos, y madre del difunto Atalarico, que imprudentemente había ofrecido el trono a Teodato (BV, 11, 9; BG, 1, 4-5).11 Sin embargo, Justiniano tenía otras buenas razones políticas —esta vez de orden interno— para organizar semejante campaña, aun en contra de la prudente opinión de sus consejeros. En efecto, poco tiempo atrás se había visto en grandes dificultades para calmar los ánimos de la población, que había protagonizado en Constantinopla una insurrección, la llamada «rebelión de Nika», por los gritos de «¡Nika! ¡Nika!» —esto es, «¡Victoria! ¡Victoria!»— repetidos por los sublevados. Según parece, durante este levantamiento Justiniano estuvo a punto de salir huyendo, y si no lo hizo fue por la resolución demostrada por su esposa, Teodora, que logró infundir ánimos en los partidarios del emperador al declarar en tono enérgico que no estaba dispuesta a salir huyendo de ninguna manera: «El imperio —afirmó— es un velo muy fino».12 El peligro inminente fue soslayado y, como señala Procopio, se pensó que, como la situación reinante en el frente oriental contra los persas era satisfactoria tras el tratado firmado en 533, el éxito de una expedición podría restaurar la reputación del emperador. Esta misma impresión es reforzada por el propio Procopio, que hace mucho hincapié en la oposición al proyecto de Justiniano, del cual él mismo era partícipe, y que en este punto de su relato concede un papel muy destacado a los sueños proféticos (llega incluso a afirmar que él mismo soñó con el futuro triunfo de Belisario). La inesperada rapidez y facilidad del éxito de la primera expedición, junto con el asesinato de Amalasunta, hicieron pensar que era igualmente factible una acción semejante contra los godos de Italia. La legislación reformista de todo este período tiene un tono optimista y enérgico, que concuerda muy bien con las esperanzas de triunfo del imperio que acariciaba Justiniano.13 No podía sospechar que las campañas de Italia habrían de durar cerca de veinte años, ni que el precio del acuerdo final logrado en 554 iba a ser una Italia totalmente devastada.