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4. DISCUSSION

4.11. Theoretical Implications

el f i n de las

h i s t o r i a s.

deja de estar en el lugar que le era legítimo, y que toda la cultura había construido para él; donde el suicidio era reconocido como una expresión de facultades individuales e independientes y, al tiempo, provocaba un interés de control represivo, porque escapaba al mismo poder, a través de una serie de sanciones y castigos que se legitimaban con las leyes estatales; y se vuelve, en ese momento, en una acción que es preciso estudiarla como un fenómeno social, en el que entra a jugar

una serie estrategias medico-científicas de

desarrollo teórico, tan abstractos, que termina convirtiendo al suicidio en una patología que nos es común a todos. A qué responde, verdaderamente, esa nueva forma cómo se piensa al suicida, y por qué, actualmente, de repente, pareciera, ha dejado de existir como un interés intelectual.

La respuesta a esa interrogante podría sugerir que ese momento, en el que el suicidio se convierte en un evento fascinante, puramente intelectual, responde a unas pulsiones culturales concretas. Pero, de eso hablaremos detalladamente en el segundo capítulo. Por ahora, luego de citar estos

59 tres postulados de psicoanálisis propuestos por Freud para reconocer tres elementos reiterativos o lugares comunes donde, pareciera, se desarrolla el suicidio, continuaré retomando otras dos propuestas lanzadas al juego por dos ciencias sociales que se desarrollaban en ese mismo momento de la historia.

Uno de esos dos presupuestos se desarrolla desde una perspectiva sociológica y otra lo hace desde la psiquiatría, y ambas son un ejemplo claro de cómo, en ese momento concreto, sobre el suicidio se desarrolla todo un sentimiento que incita la curiosidad intelectual a tratar de comprender ese

accionar de manera científica, a través de

suposiciones presuntuosas, que solo lo intentan -comprenderlo- cuando logran totalizar todo convincentemente.

Como se mencionó antes, uno de esos presupuestos es el que propone el sociólogo Ëmile Durkheim, quien, en un intento por

desarrollar de forma científica el hecho suicida,

propone que la acción suicida podría incluirse en tres tipo o categorías generales:

El primero es el suicidio altruista, que se acomete cuando existe un grado excesivo de integración de la persona que acciona el suicidio con la sociedad a la que pertenece, hasta el punto en el que este personaje

se dispone a sacrificarse a sí mismo por las

creencias que se desarrollan en su cultura “es una acción común de las sociedades primitivas (...) de estructura rígida(...) que sobreviven hoy, como el ejército”(Alvarez, 1991 Pag. 106)

El suicidio egoísta, en cambio, ocurre cuando el individuo no está integrado adecuadamente a su sociedad, y queda libre a sus propios medios para satisfacer sus necesidades; en su experiencia de desintegración social, en el sujeto ocurre una individualización excesiva y esto eclosiona un sentimiento de desamparo que no le permite dar sentido a su vida, quedando a su libre elección lo que él considera necesario, su propia muerte. El suicidio anómico, por otro lado, sucede cuando ocurre un cambio repentino en la posición social del hombre que lo incapacita para enfrentarse con su nueva experiencia.

61 Cada uno de esos tres tipos generales

de suicido son el producto de una situación

social específica; y esas mismas situaciones

se convierten en los lugares comunes donde

se desarrolla un tipo de conflicto que nos es común a todos dentro de lo que significa vivir,

y lo complicado que puede llegar hacerlo. Aun así, al construir estas categorías, en las que todas las personas tiene cabida por algún momento en donde seguramente transcurrirá una de sus experiencias de vida, Durkheim lo hace con un cierto grado de responsabilidad, en comparación a quienes llevan sus propuestas a un extremo bastante crítico, como es el postulado que se desarrolla desde la perspectiva de la psiquiatría.

Karl Menniger es un psiquiatra americano, y es quien le atribuyó el nombre de “suicidio crónico” a una nueva categoría del suicidio en el que tiene cabida todos los casos en los que nosotros hacemos cualquier cosa por destruirnos, menos aprobar voluntariamente que lo que

estamos buscando es ese fin. Los alcohólicos y

drogadictos, explica con su propuesta, entran en esta categoría en la que el suicido se desarrolla

como una manera de buscar la muerte poco a

poco y por partes, sin dejar de justificar que lo que

se está haciendo son prácticas necesarias para hacer tolerable la vida.(ALvarez, 2000, p. 122)

Estas categorías, que intentan comprender el

suicidio de manera científica, son un tipo de postura

intelectual en la que entra en cabida un error, y es el de hablar en una sola dirección, como si quien accionará su muerte por voluntad propia no pudiese decir con ello nada más que su insistencia en dramas, frente a lo complicado que puede ser la vida misma. Aun así, esas mismas situaciones sociales

específicas en las que, pareciera, se desarrolla cada

una de las categorías del hecho suicida pueden insinuar elementos que llegan a hacer comprensible la misma acción suicida, o por lo menos, proponen unos lugares desde donde es importante pensarse las acciones suicida.

Esos mismos elementos que, parecieran, hacen comprensible el hecho suicida, hablan mucho de las situaciones que podrían incitar, dentro de la cabeza de un personaje suicida, un tipo de pensamiento por realizar que cabría dentro de esas categorías, pero, hablan poco de las persona que lo accionan. Eso

63 demuestra que este interés por desarrollar de forma

científica el hecho suicida lo único que logra sobre

la misma acción es desarrollar teóricamente esa acción, “como si en vez de seres humanos, ahora solo les preocupara las historias clínicas anónimas y las estadísticas y hechos y aspectos (...) que puedan dar base a las teorías” (Alvares, 2000, P. 107) En otras palabras, el interés que en ese momento se empieza a tener sobre el suicidio se desarrolla la acción como un síntoma de los males de la sociedad, como un hecho que demuestra algo de la naturaleza social humana.

Es en esa pretensión, la de comprender el suicidio como un síntoma de los males de la sociedad, donde se abre espacio, dentro de esas posturas, uno de esos lugares comunes dentro de la lógica

científica de la naturaleza del hecho suicida. La

cual, permite comprender desde esos lugares, que se presuponen legítimos, una mecánica funcional del suicidio; donde se desarrolla esta misma acción en relación a diferentes pulsiones culturales, que podrían inducirlo. Por tanto, aun cuando estas posturas intelectuales acceden a esos lugares de forma bastante forzada, su validación se encuentra en el mismo lugar donde

ellos reconocen esos elemento que suponen son importantes para entender con ellos un poco sobre las acciones suicidas, y no lo hacen de manera fortuita. Esos elementos los reconocen dentro de ciertas pulsiones culturales que ocurren en su contexto más próximo y que, también, inciden en esas mismas propuestas teóricas y

científicas.

Por eso, insisto en reconocer, antes de continuar retomando aquel modelo funcional del suicidio que se propone desde la perspectiva del psicoanálisis, el momento en que Freud desarrolla su concepto de duelo y melancolía. Ambos conceptos surgen a comienzos del siglo XIX, en una época donde avanzaba el desarrollo de la psiquiatría y dentro de su campo la depresión había adquirido cierta

especificidad. Con estos dos conceptos se propone

un mecanismo funcional del suicidio, que nunca se desarrolla de manera concreta. Solo se hace a través de una recopilación de las mismas intervenciones de la sociedad Psicoanalítica de Viena, en las que se tocaba el tema de manera ajena en algún momento dentro del hilo conductor de sus conversaciones y discusiones.

65 Luego, Freud desarrolla su concepto de “pulsión de muerte”, en una época al borde de una segunda guerra mundial, y con esa idea propone cómo en la cultura existe una tendencia innata de procurar la destrucción de otros seres, o la propia. Esta pulsión es opuesta a la de la vida, a la del principio del placer,

y tiene como fin reducir completamente todas las

tensiones del sujeto.

Este concepto propuesto por el psicoanálisis plantea que existe en la lógica de la vida una pulsión que busca hacer volver a todo ser vivo hacia el estado inorgánico de quietud. En otras palabras, que existe en todo organismo vivo una tendencia a retornar hacia la muerte; y propone, también, esa relación es mucho más compleja dentro de la cultura. Pero, en eso no entraremos a hablar detalladamente, ahora la importancia de retomar este concepto de “pulsión de muerte” es la de comprender en qué momento y lugar fue pensada y cómo, luego, cuando fue desarrollada, la atribuyen a ese mismo mecanismo funcional del suicidio, que se había propuesto antes, para comprender a esta

pulsión dentro de esa relación de conflicto entre

esas tres instancias, como una pulsión que funciona como un catalizador que hace mucho más lógico

y compresivo esa relación conflictiva y sádica en la

que, pareciera, se desarrolla el hecho suicida. Esta idea sobre la pulsión de muerte adquiere cierta importancia pensarla dentro de lo que veníamos comprendiendo cómo funciona ese mecanismo, totalmente abstracto, del suicidio, propuesto por Freud. Pues, dentro de la psique de una persona suicida, desde la perspectiva del psicoanálisis y encabezado por este autor en concreto, existe una compleja relación entre el Yo, el Superyó, y el Ello. Esa relación tiene un mecanismo ofensivo de proyección e introyección, escisión, negación e

identificación entre los tres agentes en los que se

ven implicados ambas pulsiones, la del principio de placer y la de la pulsión de muerte. Las cuales, hacen que se desarrolle en sus relaciones un tipo de sadismo que revela el enigma por el que la melancolía y su producto mal atribuido, el suicidio, consiguen ser tan peligrosas; como productos sociales, por supuesto.

Pues, este mecanismo funcional del suicidio,

pareciera, responde a una situación específica

que, creo, se desarrolla de una mejor forma con la literatura. Pero, insisto, de eso hablaremos en el segundo capítulo de este proyecto. Por ahora, sólo

67 intento comprender, desde esos lugares comunes que propone esta postura, por qué Andrés y Sergio tomaron la decisión de morir por voluntad propia y,

aún más importante, qué podría significar para ellos

ese accionar, y por qué lo hicieron público.

Creo que en ambas decisiones hubo más una acción política que una pretensión de querer detener ese momento y hacerse al centro de la escena, aún cuando desde la perspectiva del psicoanálisis ambas pretensiones podrían coexistir en el mismo hecho. Al poner en sobreaviso esas decisiones que, de forma amenazante para el sistema, Sergio y Andrés se dispusieron a ejecutar, con sus actos suicidas, ambos tuvieron la pretensión de poner en un lugar crítico la moral del grupo, al pervertir las respuestas y formas de actuar de todo su entorno social frente a esa misma acción.

Sergio y Andrés se convirtieron, con sus acciones suicidas, en la materialización del lugar donde

sucede ese conflicto constante entre esas tres

instancias, desde una perspectiva psicoanalítica, por supuesto; donde la acción suicida era el

acto final con el que pretendían acceder a una

Por tanto, se puede señalar que ambas decisiones pudieron responder a ciertas

situaciones sociales específicas que cabrían

dentro de una de esas categorías, antes mencionadas. Pero, la pretensión de este proyecto no es retomar todas esas propuestas que intentan resolver ese, tan extraño, deseo de morir, y de hacerlo comprensible al describirlo con un

lenguaje científico. Sino en intentar comprender

ese accionar desde cierta participación afectiva. Por eso insisto en reconocer ese mecanismo ofensivo de proyección, que en un comienzo mal interpreté con la manera de operar de Andrés. No creo que fuese fortuito que ambos lo hayan hecho público.

En ambos eventos se podría reconocer, en sus decisiones y la materialización de su ejecución, que sus actos podrían ser un producto de ciertas situaciones sociales concretas. Pero, en ello, también, existe una estrategia que funciona en

contrapartida, y que intenta anular esa figura

victimizada del suicida como alguien que, como un producto de ciertas situaciones sociales

específicas, confiesa que ha sido sobrepasado

69 Pues, en las acciones suicidas siempre, se ha podido reconocer, existe una serie de expresiones de capacidades individuales, porque a ello solo se puede acceder a través de una decisión personal. Aun cuando todos construimos una noción de nosotros mismos a través de la interacción con otras personas, lo que nos hace inseparables del resto de la cultura y experiencias humanas, cada uno de nosotros tenemos la libertad de decidir qué hace parte. Por tanto, lo que adquiere importancia dentro de este postulado del psicoanálisis respecto al sistema funcional del suicidio es que, aun cuando resulta totalmente abstracto, y por eso consigue ser válido, propone que el suicidio no es solo el acto de realización -una muerte accionada por voluntad propia-, sino que, antes, existe todo un proceso que, desde el psicoanálisis, se comprende como un cuadro clínico causado por un delirio de

insignificancia, y en ello es donde se encuentra esa

misma estrategia que funciona en contrapartida, si lo vemos alejados de una mirada patológica.

Con esto, lo que se pretende exponer es que, bajo esta idea, el hecho suicida no es solo la acción

liberatoria en un conflicto constante entre esas tres

propia- sino una serie de intentos fallidos en los que se quiere deshacer y castigar a ese objeto que daña, pero también se desea preservarlo porque en él se ha proyectado un sentimiento de apego, y con la muerte se perdería.

Lo importante en reconocer este proceso, que sucede antes de la realización misma del acto suicida, es observar cómo dentro de este delirio

de insignificancia se desarrolla una estrategia

en contrapartida, por parte de esa conciencia moral; quien expone y habla de sus propias vulnerabilidades como si no hablara de las de sí mismo, sino de las de otra persona. Bajo esta idea, quien acciona el acto suicida pone en un lugar crítico la funcionalidad del sistema. Pues, de quién es, realmente, de quien habla sino es de eso que es él mismo, su propio entorno social.

Es en ese momento, cuando la persona suicida se reconoce a sí mismo como un producto social, donde quien acciona su muerte por voluntad propia, le atribuye su decisión y la materialización

del acto a ciertas situaciones sociales específicas.

Las cuales, convierten al hecho suicida en el acto con el que, quien lo acciona, no solo

71 busca exponer sus propias vulnerabilidades, sino que con ello lo que pretende es hablar de las vulnerabilidades de todo su entorno social. Por tanto, bajo esta idea, al igual que la manera de operar de la conciencia moral, al hablar de un otro, que termina siendo él mismo, el suicida no solo busca hablar y exponer sus propias vulnerabilidades, en lo que se convierte su propio cuadro clínico, y en lo que el suicidio se vuelve en un producto realizado, sino busca, con ello, juzgar a eso otro que también hacen parte de él.

Con esto, la pretensión de retomar este postulado del psicoanálisis es la de un intento de distanciamiento sobre esa mirada patológica en relación a ese cuadro clínico, que sucede con

los delirios de insignificancia, para tomarlo como

una estrategia en contrapartida con la que, quien acciona su propia muerte, reconoce que con ello accede a ejecutar un acto en el que se descubre un tipo de libertad, en la que no existe sino el desorden, y la confusión por la ausencia

y la afirmación misma de la autoridad.dicho de

otra forma, quien accede al acto suicida no solo busca expresar con su acción su “incapacidad”

complicado que puede llegar a hacerlo, sino que busca, también, juzgar a eso otro que también hace parte de él.

Es en esa figura proyectiva donde intentó comprender

el hecho suicida como una acción política, alejada de muchos de los prejuicios que se han construido socialmente alrededor de su idea. Pues, cinco años después de la muerte de Andrés, he reconocido que siempre existirá una buena razón para quitarse la vida, y esas causas siempre serán convincentes para quien desea accionar su muerte por voluntad propia; con todo, he llegado a la conclusión que el suicidio tiene una lógica propia e irresistible, la cual, no permite ser entendida del todo para quienes participamos en ella de manera indirecta. Es una experiencia que quien la vive no podrá describir jamás.

Toda teoría que intenta comprender esta acción tan ambigua se desarrolla con suposiciones presuntuosas, y ninguna puede interpretarlo de una manera correcta, solo totalizar todo convincentemente. Pues, dentro de estas posturas intelectuales todos los detalles encajan y cualquier incidente refuerza la decisión; en ello, todo

73 Por tanto, todos esos presupuestos que se han citado hasta el momento para mostrar de qué forma se ha desarrollado la idea del suicidio a lo largo de la historia solo hablan de los procesos que llevan a alguien a tomar la decisión de morir por voluntad

propia, y ayudan a definir la profunda ambigüedad

de este deseo de morir, pero dicen poco de lo que

significa ser suicida y de lo que se siente.

Pues, bien, tampoco podría dar una respuesta verdadera a estas preguntas; para ello, reconozco, tendría que acceder totalmente a tal experiencia, y nunca ha habitado en mi cabeza un pensamiento dentro de estas categorías; este hecho solo ha evocado en mí cierta participación afectiva, desde donde he intentado comprender la misma acción suicida.

Con todo, antes de finalizar con esta revisión

histórica, habría que reconocer que desarrollar cualquier postura intelectual sobre esta acción, y cualquier otra, siempre estará cargado de una serie de intenciones determinadas, y cada uno de todos estos desarrollos teóricos que he citado en este capítulo no se salvan de esa mala situación. Cada uno ha tenido una intención determinada

sobre el hecho suicida en su contexto más próximo. Lo paradójico de todo es que el suicidio siempre ha sido reconocido como una acción de libertad cargada de cinismo, con la que, quien lo acciona, desafía el orden aceptado; y es con esa idea como se ha reconocido al suicida, lo que hace que en ese camino del Dios salvaje sugiera esa pregunta con la que inicié este último subtítulo del primer capítulo de este proyecto, a qué responde, verdaderamente, esa nueva forma cómo se piensa al suicida, y por qué actualmente, de repente, pareciera, ha dejado de existir como un interés intelectual, en este momento particular, donde la libertad es reconocida como una materia inagotable que, al igual que el suicidio,

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