Chapter 4: Model Design
7.3 Research Contribution
7.3.1 Theoretical
Es indiscutible que Aristóteles, con sus enseñanzas sobre la amistad, alcanzó cotas muy altas e introdujo orientaciones definitivas respecto del fundamento y sentido profundo de la convivencia humana. Sentido que, tal como lo ha dejado plasmado en páginas definitivas el Estagirita, consiste en entablar lazos estables entre los ciudadanos con miras al bien común y a la vida lograda de todos y cada uno de ellos. No obstante, el individualismo, que siempre amenaza con degradar dicha convivencia, necesita de un antídoto todavía más radical y con el que, como es obvio, Aristóteles no podía contar. Nos
referimos a la noción y experiencia vivida del amor donación
o amor agapé, el cual es legado exclusivo del cristianismo. Es
el amor entendido “como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios.” Un amor, que a imitación del amor de Dios96, lleva el sello inconfundible
de la sobreabundancia y la gratuidad.
En el extremo opuesto de esta lógica del amor se sitúa la lógica individualista para la cual, lo hemos visto, el ideal supremo de convivencia no puede ser más que el de la tolerancia. Considerar al otro como hermano no es posible, ni es posible tener como ideal de la convivencia humana el amor. Simplemente porque un estorbo no se ama, sino que, a lo sumo, se tolera, cuando no se puede eliminar.
Sobre el concepto cerrado de sujeto no se puede construir una sociedad de hermanos. El otro, si no es malo en sí, lo es al menos para mí, justamente en el sentido de “estorbo”. El recurso a él es por pura necesidad, por pura y simple utilidad (el grado más bajo de la denominada amistad imperfecta, según Aristóteles). Y esto, precisamente, porque mi subjetividad, por desgracia, no se basta totalmente a sí misma, no logra ser totalmente autosuficiente, como desearía.
En una concepción abierta y relacional de la persona, en cambio, el otro es mirado siempre como aquel gracias al cual yo puedo ser yo mismo, justamente entrando en relación receptiva y activa con él, especialmente mediante el conocimiento y el amor. No es un estorbo, sino una ayuda, no es un extraño, sino un hermano. La sustitución del amor por la tolerancia como ideal supremo de la convivencia, implica un notable descenso de nivel en la calidad humana de la relación interpersonal, en todos los ámbitos. Una moral en la que el supremo ideal es la tolerancia, es una moral que ha bajado de nivel humano.
96 Benedicto XVI, Carta Encíclica Dios es amor; Bogotá, Ediciones Paulinas, 2005, Nº 6.
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El amor implica e incluye la tolerancia, pero no a la inversa. El que tiene a los demás por hermanos, les ama, incluso cuando no obran como tales. Y este amor suscita la actitud de tolerancia en el sentido más noble. Es la actitud del que constata el mal que no puede aprobar de ninguna manera, pero sabe distinguir entre el mal que una persona hace y la dignidad personal —la radical igualdad fraterna— de esta persona que hace el mal.
La persona no se tolera, sino que siempre se ama: “Precisamente porque el hombre es un ser personal, no se pueden cumplir las obligaciones para con él si no es amándolo. Del mismo modo que el amor es el mandamiento más grande en relación con un Dios Persona, también el amor es el deber fundamental respecto de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.”97
El amor a esa persona hace que toleremos el mal que hace. Se trata de una tolerancia activa, que incluye la confianza en esa persona, la esperanza contra toda esperanza, de que esa persona, por su dignidad de persona, puede cambiar de comportamiento. La tolerancia, entonces, deriva del amor y se sostiene en su ser más genuino en la medida que está permanentemente sustentada por el amor. Y cuando la fuente y base del amor falta, la tolerancia se debilita progresivamente, y corre el riesgo de desaparecer totalmente, como vamos a ver.
Pero respondamos antes a una posible objeción. Se suele decir: “debemos tolerar al que es diferente de nosotros, simplemente diferente”. Midiendo ajustadamente las palabras, deberíamos decir que esta afirmación es ofensiva, pues el que es simplemente diferente debe ser simplemente amado, y por tanto aceptado de todo corazón, congratulándonos de la diferencia que, en cuanto simple diferencia, no implica ninguna condición moral negativa. Quien en serio se limitara a “tolerar” al que es “diferente” demostraría que está considerando al otro inferior, rival o malo, simplemente porque no se ajusta a su propia medida.
Ciertamente, quien cultiva un estilo subjetivista de comportamiento, no podrá evitar esa actitud, que oculta, bajo el honesto nombre de tolerancia, un juicio peyorativo del otro, o al menos una indiferencia o caprichosa molestia de tenerlo al lado. La actitud de tolerancia, que es buena cuando la tenemos respecto a quien obra mal, es propiamente ofensiva cuando la tenemos para quien es simplemente diferente, sin que haya obrado ningún mal. Puesto que no tenemos ningún derecho a descalificar o menospreciar, en ningún sentido, al que es simplemente diferente, le hacemos una ofensa si adoptamos con el la actitud de tolerancia. El que es simplemente diferente merece algo más que tolerancia.
Se puede tolerar sin amar, porque no hay otro remedio… El subjetivista no puede evitar ponerse él mismo como centro del universo. Su mismo dogma le obliga a ello. El mundo es esférico para él, y él es el centro de la esfera. No puede admitir que el mundo, y él mismo, posea una estructura más bien elíptica en que un centro tiene esencialmente necesidad del otro.
En realidad el subjetivista no puede amar de verdad al otro, con un amor verdaderamente desinteresado, de igual a igual, buscando sinceramente el bien del otro. Si lo hace es por una afortunada incoherencia. En efecto, nuestra esencial referencia a los demás está de tal modo grabada en nuestra naturaleza, que ningún subjetivista puede ser tan subjetivista en la práctica como cree serlo teóricamente.
Propiamente, el subjetivista, si quiere ser fiel a las exigencias del subjetivismo, no puede tener otro ideal más elevado que el de la tolerancia, como los árboles del bosque. Tolerará sin amar, porque no hay otro remedio. La tolerancia se convertirá así en el mínimo exigible para salvaguardar la convivencia humana. A su vez, la convivencia se habrá reducido a mera pervivencia de sujetos que toleran la existencia de otros sujetos que limitan su subjetividad.
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Así, el concepto de tolerancia nos aboca a la moral de mínimos, a la llamada ética mínima, que parece ser el sueño dorado de los constructores de una ética universal, aceptable por todos, que “supere todos los fundamentalismos de las morales religiosas”. Nótese, sin embargo, que una tal moral mínima no puede aspirar a más. La cota máxima a la que podrán aspirar quienes la adopten será justamente ese mínimo. Una antropología subjetivista no puede albergar un ideal ético de convivencia superior a la tolerancia. La moral mínima, en el subjetivismo, se convierte necesariamente en impedimento y prohibición de ideales superiores. Debemos preguntarnos, pues, en toda su radicalidad, si una moral auténticamente humana puede ser moral de mínimos o, por el contrario, debe ser esencialmente moral de máximos. ¿No es el hombre un ser que crece? ¿No es indefectiblemente perfectible? ¿No es su bondad moral lo que mejor lo define como persona? ¿Podremos señalar a esa dimensión esencialmente personal unos límites de crecimiento y expansión que no pondríamos a su crecimiento físico e intelectual?
La moral, cuyo primero y fundamental mandamiento es el amor a los demás como a uno mismo, no es de mínimos, sino de máximos. Pues el amor lleva a desear, buscar y hacer el bien, todo el bien posible, sin límites prefijados, a la persona que se ama.
En esta moral máxima, acorde con el deseo de crecimiento ilimitado inscrito en la naturaleza del ser humano, la tolerancia aparece como el borde mínimo por debajo del cual se sitúa, con toda certeza, un tipo de relación interpersonal indigno de personas humanas. Quien es intolerante no se comporta como persona ciertamente, y esto es bueno que se diga, que se haya dicho y que se siga diciendo, y no nos ha de incomodar que se repita incesantemente.
Ahora bien, quien conscientemente se limita a ser tolerante y renuncia a ir más allá, ¿puede decirse que obra conforme a su dignidad de persona? ¿No está más bien achatando, disminuyendo, recortando su dignidad humana, llamada a crecer siempre más y más moralmente? Y este comportamiento mínimo, ¿contribuirá a elevar el nivel humano de la convivencia social o más bien pesará como lastre sobre los demás? Es decir, la tolerancia, situada como frontera mínima en la moral del amor –norma suprema de comportamiento humano– tiene pleno sentido, y tiene garantizada su pervivencia y fuerza: quien aspira a lo máximo fácilmente asegura, cuando menos, lo mínimo. Pero la tolerancia que se sitúa fuera de la moral del amor, se priva ella misma de la raíz que la vivificaba, y pretendiendo ser ella misma en el valor más elevado se convierte en realidad en tope de las aspiraciones del hombre. Una tal moral de la tolerancia iría contra la aspiración más elevada del hombre, sería inmoral y tendría consecuencias sociales funestas.
Como hemos podido constatar, la sustitución del amor por la tolerancia es significativa. Es un sofisma de consecuencias graves.