4. RESULTS AND DISCUSSIONS
4.5 Laser surface treatment of Fe-based bulk amorphous alloys
4.5.3 Thermal modeling and temperature distribution
San Ignacio, que en la Primera semana de Ejercicios ha hablado solamente de “meditación”, en la Segunda semana comienza a hablar sobre todo de “contemplación” y de “aplicación de sentidos”. ¿Qué nos quiere indicar con este cambio en la manera de expresarse sobre la oración en los Ejercicios?
Recordemos que, para san Ignacio, “no se puede dar forma ni modo alguno de orar” (EE 238), sino solamente apare- jar y disponer el “ánima (o persona) para que la oración sea acepta” a Dios. La oración —esa elevación de la perso- na a Dios y su diálogo o conversación con él— es asunto peculiar del Espíritu, Maestro de oración, que socorre nuestra incapacidad y nos hace orar “como conviene” (cf. Rom 8, 15-16 y 26-27, con notas de BJ).
Recordemos también que para Ignacio “meditación” es un modo de disponer y aparejar a la persona mediante el em- pleo de “las tres potencias” (memoria, inteligencia, volun- tad) sobre una materia “invisible” como los pecados (cf. EE 47; como lo es toda verdad de fe), para que pueda entrar en diálogo o conversación personal con Dios o con los santos (sobre todo, con la Virgen, cf. Ef 61, 63 y passim). Esto supuesto, vengamos a nuestro tema de la contempla- ción y aplicación ignaciana de sentidos, que se limitará a ver su diferencia con la meditación y entre sí.
La contemplación versa sobre la vida de Cristo, tal cual esta nos es proclamada por el Evangelio. Y no se aplican las “tres potencias” —al menos, de una manera explícita y consciente— sino que se tienen en cuenta las personas —o personajes evangélicos—, viéndolas, oyéndolas hablar y mirando lo que hace (cf. EE 106-109 y passim). Ahora bien, este ver, oír y mirar es un trabajo de la imaginación, iniciado en la “composición de lugar” (EE 47, 103 y pas- sim), que se debe continuar durante el curso de la contem- plación ignaciana.
Este trabajo de la imaginación —que no se da demasiado en la meditación, salvo en la “composición de lugar” y en otros momentos en que el Espíritu lo inspire— caracteriza a la contemplación ignaciana. Por eso san Ignacio reco- mienda que, durante toda la contemplación de los miste- rios de la vida de Cristo, el ejercitante ha de hacerse como “un pobreci- to y esclavito indigno, mirándolos —a los personajes del Evangelio- contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente se hallase” (EE 114). Esto no se puede hacer sino con la imaginación, por la
distancia de tiempo que nos separa de los hechos evangé- licos.
Ayudándonos con nuestra imaginación, podemos contem- plar al “Jesús de la historia”, como hoy se dice, y conversar con el “Cristo de la fe” a través de él. Pero lo que caracteri- za —por el uso de la imaginación— a la contemplación ignaciana es el “Jesús de la historia”. De modo que con toda verdad podemos decir que la contemplación ignacia- na es más la contemplación del‟‟Jesús de la historia” que la del “Cristo de la fe”.
3. La aplicación ignaciana de los sentidos versa también sobre los Evangelios. Así que, desde este punto de vista, no se diferencia de la contemplación tal cual la recomienda san Ignacio.
La diferencia la podemos encontrar si advertimos que para san Ignacio hay dos tipos de sentidos que se pueden apli- car a la vida del Señor: los sentidos de la imaginación (ver, oír, mirar) y los sentidos espirituales. Es decir, los de la fe, la esperanza y la caridad.
Los sentidos de la imaginación se aplican al “Jesús de la historia” y los espirituales, al “Cristo de la fe”. Esto su- puesto, si dijimos que en la contemplación ignaciana se usan más los sentidos de la imaginación, en la aplicación ignaciana de los sentidos se usan más los sentidos espiri- tuales. O sea, este último “modo” de orar versa más sobre
el “Cristo de la fe” que sobre el “Jesús de la historia”.
En ambos modos de orar —contemplación y aplicación de sentidos— se tiene en cuenta tanto al “Jesús de la historia” como al “Cristo de la fe”. En la contemplación, por ejem- plo, se tiene en cuenta al “Cristo de la fe” en la Tercera adición —o mirada del Señor (cf. EE 75), que es la del Se- ñor resucitado y glorioso— y lo mismo en el coloquio final (cf. EE 109). En la aplicación de sentidos se comienza por los sentidos de la imaginación, viendo “…las personas con la vista imaginativa” y oyendo “con el oído de la imagina- ción lo que hablan o pueden hablar” (EE 122 y 123). De aquí se pasa a “oler y gustar con el olfato y el gusto la infi- nita suavidad y dulzura de la divinidad del ánima (o per- sona) y de sus virtudes y de todo, según fuere la persona que se contempla” (EE 124), cosas todas que sólo se pue- den hacer con los sentidos espirituales de la fe, la espe- ranza y el amor.
Pero en la contemplación ignaciana se tiene en cuenta más al “Jesús de la historia” y en la aplicación ignaciana de sentidos se tiene en cuenta más el “Cristo de la fe”.
4. Para explicar la diferencia entre contemplación y la aplicación de sentidos espirituales hemos recurrido a la distinción entre el “Jesús de la historia” y el “Cristo de la fe”.
Esto no quiere decir que el “Jesús de la historia” quede reducido al personaje que vivió y murió en la tierra, ni que el “Cristo de la fe” no pertenezca a la historia. Ambos se distinguen, pero están indisolublemente unidos. Forman una doble dimensión de una Verdad cuyo significado sigue siendo único. No es posible encerrarse en una alternativa: el “Cristo de la fe” actual o el “Jesús de la historia” pasada. Hay continuidad entre uno y otro, continuidad dada por el Espíritu que nos hace hacer oración con uno y con otro: en el “Cristo de la fe” se actualiza, mediante la acción del Es- píritu, el “Jesús de la historia” pasada (cf. Jn 14, 26, con
nota de la BJ: “el Espíritu Santo os recordará todo lo que yo os he dicho”).
Esta actualización del uno en el otro se indica implícita- mente en la petición ignaciana, común a la contemplación y a la aplicación de sentidos: en ambos modos de orar, se pide “conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre en la historia, para que más la ame y le si- ga” como “Cristo de la fe”.
Además, en el modo de orar ignaciano se parte de los acontecimientos del “Jesús de la historia”, para llegar al “Cristo de la fe”. Se comienza por un conocimiento externo del “Jesús de la historia”; se comienza por la “historia” (EE 2) o “historia de la cosa que tengo que contemplar” (EE 102 y passim), que es un conocimiento externo del pasaje evangélico en cuestión, que quien da los Ejercicios debe “narrar fielmente, discurriendo solamente por los puntos —ver las personas, oír lo que dicen, mirar lo que hacen— con breve o sumaria declaración” (EE 2). Y de aquí se pasa al conocimiento y al diálogo o conversación con el “Cristo de la fe” (que es, a la vez, el “Jesús de la historia”).
Este proceso del uno al otro se inicia con el trabajo del hombre —ayudado siempre por la gracia de Dios— y se termina con el trabajo del Espíritu Santo, Maestro de ora- ción: “Él os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26, con nota de BJ).
5. Como primera etapa de la aplicación de sentidos hemos mencionado los sentidos de la imaginación y a estos mis- mos los hemos usado preferentemente en la contempla- ción ignaciana.
Ahora bien, existe una “alergia” respecto del uso de la imaginación en la oración, una reacción exagerada en con- tra de la imaginación en la vida de oración. Sin entrar en detalles, diría, en general, que la raíz de esta alergia nos viene de una tradición espiritual excesivamente intelectua- lista y abstracta que ha visto, en todo lo que sea imagen o imaginación, un obstáculo para encontrar a Dios en la oración.
Sin embargo, ya entre los Padres encontramos testimonios antialérgicos. Es sobre todo el hecho de la encarnación de Cristo lo que
lleva a los Padres a reflexionar sobre el valor cristiano de la imaginación y de la imagen en el camino hacia el encuen- tro con Dios:
“Puesto que Cristo ha nacido del Padre indescriptible, no puede tener imagen —nos dice san Teodoro Estilita—. Pero, en el momento en que Cristo ha nacido de una ma- dre descriptible, tiene ya naturalmente una imagen, que corresponde a la de su madre. Y si no pudiera ser repre- sentado por el arte (o por nuestra imaginación), entonces habrá que decir que nació solamente del Padre y que no se ha encarnado. Pero esto es contrarío a toda la economía divina de nuestra salvación.”
A pesar de ello, la alergia iconoclasta perdura en nuestros días y cuando en instrucciones sobre la oración se habla de las ventajas de usar de imágenes o de la imaginación, no es raro encontrar personas que dicen: “No tengo imagina- ción”. Con ello nos quieren decir que su imaginación ha dejado de ser activa, es decir, no tiene fuerza creadora ni dinamismo que colabore constructivamente, integrándose con las restantes facultades (memoria, inteligencia, volun-
tad). En el polo opuesto, no es raro encontrar tal desarro- llo monstruoso de una imaginación pasiva, que se limita simplemente a recibir las imágenes que le impone la vida moderna, la civilización del consumo.
Como las demás facultades humanas, la imaginación es, en sí misma, indiferente, es decir, ambivalente. Esto significa que podemos empobrecerla o exagerarla, servirnos de ella como un poder creador o destructor (en las distracciones durante la oración), utilizarla para el bien o para el mal. Cristo nos da ejemplo de un buen uso de la imaginación: en las parábolas está poniendo a nuestra disposición sus propios recursos de imaginación humana para ayudarnos a captar mejor su mensaje.
Para completar lo dicho, sería interesante hablar de la imaginación orante en los santos: los que más se distin- guen en el uso de la imaginación no son precisamente los menos “intelectuales”. Santa Teresa de Jesús da consejos y orientaciones prácticas sobre el uso de la imaginación, sobre todo al hablar de la humanidad de Cristo: la repre- sentación imaginativa de Cristo —dice— ayuda en todos los grados de oración; es un método sólido para los co- mienzos y un modo fácil de avanzar hacia los otros grados de una oración más profunda. La gran apología de la ima- ginación de la oración la hace en el capítulo 22 de su Vida (véase, por ejemplo, n. 6).
Lo dicho baste para hacer ver la importancia de la imagi- nación en la contemplación y en la aplicación de los senti- dos.