[1] Puesto que no te ha llegado el libro596 tan rápidamente, perdona nuestro temor y ten compasión de las circunstancias. Según tengo entendido, mi hijo ha estado atemorizado, y no sin razón, por si el libro se publicaba —puesto que no importa tanto con qué intención se escribe como con cuál se acoja— a fin de que este hecho no me perjudique absurdamente, en concreto cuando todavía pago un castigo por el cálamo. Y en este aspecto mi suerte no tiene parangón. Pues mientras que una errata de escritura se elimina con una enmienda y la estupidez es castigada con la publicidad, mi error se corrige con el exilio; y la única acusación contra mí es la de haber hablado en contra del adversario cuando estaba en armas contra él.
[2] No hay nadie de los nuestros que no haya hecho votos por la diosa Victoria597, nadie que, aun sacrificándose incluso por algún otro motivo, sin embargo, no desease en aquel preciso momento que César fuese vencido lo antes posible. Si no se le ocurre este pensamiento, tendrá una felicidad completa; si lo sabe y está persuadido, ¿por qué se encoleriza contra esta persona que ha escrito algo contra su voluntad, toda vez que ha perdonado a todos los que han dirigido numerosas plegarias a los dioses en contra de su integridad vital?
Pero, para volver a lo mismo, la causa de mi temor fue la siguiente: [3] he escrito sobre ti, por Dío Fidio598, mesurada y tímidamente599, no de un modo contenido, sino prácticamente a escondidas. ¿Quién ignora que este género literario no sólo debe ser libre, sino también pasional y elevado? Se considera que este género está desbocado cuando se habla mal contra alguien; sin embargo, hay que procurar no caer en el descaro; resulta incómoda la autoalabanza, no sea que luego le siga el vicio de la arrogancia. Únicamente hay libertad en la alabanza al otro, pero cualquier menoscabo que formules contra él, es inevitable que se achaque o bien a la incompetencia o a la envidia. Y no sé si te ha sucedido algo más grato o más conveniente: pues lo que yo no podía tratar de manera brillante, lo primero que hacía era no abordarlo; el segundo beneficio es el de tratarlo lo más austeramente posible. Pero de todas formas, yo me he refrenado: he minimizado muchas cosas, he suprimido otras muchas, y ni siquiera he consignado la mayoría. Y de esta manera, como si quitas algunos travesaños a una escalera600, y cortas otros, y dejas algunos mal asegurados, te creas el peligro de una caída y no preparas el
ascenso, del mismo modo ¿qué obra digna de escucharse o merecedora de estimación puede surgir de una dedicación literaria no sólo atada sino también quebrantada por tantas desgracias?
[4] Pero cuando he llegado al nombre del propio César, me estremezco con todo el cuerpo no por el miedo al castigo, sino por su juicio, pues desconozco a César por completo. ¿Qué actitud piensas que puede mantener cuando hable consigo mismo? «Esto lo aprobará; esta otra expresión es sospechosa. ¿Qué sucede si cambio esto? Pero me temo que sea aún peor.» Pero, venga, alabo a alguien, ¿y si con ello lo ofendo a él? Y cuando, por el contrario, censuro a otro601 ¿qué sucede si a él no le gusta? Persigue los escritos de los que aún luchan contra él, ¿qué no hará contra los escritos de aquellos que han sido vencidos y no han recuperado todavía sus derechos. Incluso aumentas mi temor tú, que en El Orador tuyo te proteges por medio de Bruto y buscas un aliado para excusarte602. Cuando el patrono de todos actúa así, ¿qué conviene que opine yo, tu antiguo cliente603 y ahora de todos? Así pues, en esta calumnia propia del temor y en este tormento de la sospecha ciega, cuando se escriben muchas cosas por conjetura sobre la opinión ajena y no con su propio juicio, percibo cuán difícil resulta escapar si no has experimentado todo con lo que tu especial y sobresaliente talento te ha armado para afrontar cualquier situación. Pero, sea como fuere, yo había dicho a mi hijo que te leyera el libro y se lo trajese, o que te lo diera con la condición de que lo ibas a corregir si lo recibías, esto es, si hacías uno enteramente nuevo.
[5] Sobre el viaje a Asia, aunque me acuciaba una necesidad imperiosa, sin embargo, respeté tus órdenes604. ¿A qué fin voy a pedirte que me ayudes? Ves que ha llegado el momento en que es necesario tomar una decisión sobre mi persona. No merece la pena, querido Cicerón, esperar lo que haga mi hijo: es un adolescente y no puede pensar en todos los detalles por sus afanes, su edad y su temor. Conviene que te encargues por completo del asunto: en ti descansa toda mi esperanza. Tú, gracias a tu inteligencia, conoces los medios con los que alegrar a César y con los que cautivarlo; es preciso que todas las iniciativas salgan de ti y lleguen a buen fin gracias a ti. Tú tienes mucho poder ante él, más poder aún entre todos sus amigos.
Basta con que te persuadas de que tu deber no es hacer cualquier [6] cosa que se te pida —aunque sea esto algo grande e importante—, sino que, por el contrario, has de tomar todo el asunto bajo tu responsabilidad, y así lo conseguirás; a no ser que, casualmente, te esté imponiendo muy tontamente esta carga debido a mi desgraciada situación o lo haga muy descaradamente por mor de nuestra amistad. Para ambas actitudes, las costumbres de toda la vida proporcionan una excusa; en efecto, como te has acostumbrado tanto a esforzarte por los amigos, ahora tus íntimos no sólo lo esperan de ti, sino que incluso te lo exigen.
En lo que respecta al libro que mi hijo te entregará, te pido que no salga a la luz o bien lo corrijas de manera que no me perjudique.