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Desde el primer momento en que el bebé con visión normal abre los ojos comienza a interrelacionarse con el mundo a través de su visión. Se inicia un largo y complicado proceso de maduración donde el pequeño va integrando esas experiencias sensoriales en conductas motoras que le permiten responder a los estímulos que los objetos y otras personas tienen sobre él. Entonces el movimiento se da como una respuesta al estímulo sensorial.

Una vasta gama de experiencias se hace accesible al niño por el simple hecho de

abrir los ojos, mover la cabeza y fijarse en los objetos de su entorno inmediato. “Aún

adoptando una posición pasiva, el entorno constituye un estimulador activo que favorece

el aprendizaje incidental” (Núñez 1999 p62). Oír, ver, tocar, oler, cambios en la postura,

son señales sensoriales que le permiten cambiar la posición de las diferentes partes de su cuerpo, afinar sus movimientos y relacionarse tomar control de los que le rodea. Dentro del desarrollo de estos primeros meses, el bebé logra una de las mayores hazañas de toda su vida: Unir sus manos en línea media; lo que lo posibilita para asir objetos, explorarlos, relacionarse con ellos, aprender cómo funcionan y desarrollar sus hemisferios cerebrales.

Sin embargo, para el bebé que tiene discapacidad visual, la información del medio llega fragmentada de modo tal que no es impactado por el ambiente y lo que sucede en él con la misma intensidad que al niño o niña que ve. La diferenciación entre el bebé que ve y el que no tiene esta capacidad sensorial comienza a acentuarse en el momento en que el niño con visión normal intenta tomar objetos que no están cerca a su cuerpo, a pesar de no alcanzarlos a través sus gestos y su mirada logra hacer contacto con el objeto y lograr mediante diferentes habilidades comunicativas que los adultos lo acerquen al objeto o el objeto sea traído hasta sus manos. Por el contrario, en el niño ciego no estimulado adecuadamente se observa una pasividad la cual según Burlingham

(citado por Nuñez1999) “obedece no a la falta de motivación para moverse sino más bien a grandes inhibiciones de las tendencias normales por moverse” ”(p76), es decir; es

un mecanismo de protección del niño ante un ambiente externo a su cuerpo desconocido para él. Desde los primeros meses de vida, el niño con discapacidad visual congénita

inhibe su necesidad de movimiento ante la dificultad para controlar los estímulos que le rodean así como los obstáculos presentes en él, por ello las diferencias desde el punto de vista psicomotor entre un niño que ve y el que no tiene percepción visual se ahondan a partir del 5 mes de vida donde la actividad y el movimiento de acrecientan.

Se ha querido suplir la dificultad visual con estimulación auditiva y táctil, en un intento de estimular al niño a moverse, pero de acuerdo a estudios como los realizados

por Fraiberg, Smith y Andelson (citados por Nuñez1999) “la audición no remplaza eficazmente a la visión en la tarea de estimular al niño ciego a explorar objetos” (p68).

El tacto ofrece una información limitada dado que sólo puede ser percibido por este canal sensorial lo que el niño abarque entre sus manos, además de esto; no todo se puede tocar: las nubes, los astros, etc. Otros aunque se pueden tocar, por sus grandes dimensiones no pueden ser percibidos al 100% por el tacto (un auto, un edificio, una casa etc.) o tan pequeños que no pueden ser detallados a través del taco, por tanto la información que se recibe es parcial.

Sin embargo, con las limitaciones que el uso del sentido del tacto tiene para la adquisición de información por parte de la persona con discapacidad visual no puede tampoco despreciarse su enorme valor en lo que a la estimulación de un niño o niña con discapacidad visual se refiere. Bardisa, Eguren, Fresnillo y Muro (1983) afirman que “la piel de todo el cuerpo interviene en valiosas experiencias somáticas y psíquicas desde los primeros momentos de la vida y también es importante tener en cuenta que la piel es capaz de compensar en modo extraordinario la pérdida de los sentidos como la vista y el

oído” (p. 36)

Otro aspecto importante a tomar en cuenta, es que cuando el niño es capaz de moverse independientemente y logra separarse momentáneamente de la madre, alejarse y acercarse a ella logra un nivel importante de autonomía que le permite encontrar su individualidad. Según Piaget a los 18 meses es cuando el niño comienza a tener experiencias de marcha, se da también la conciencia cognitiva y perceptiva de la permanencia de objetos.

Por ello la actitud de los padres es vital en este período para todos los niños y niñas pero muy especialmente para quienes están privados de la vista. Los progenitores deben evitar conductas sobre protectoras pues estas no les darán a los pequeños la oportunidad de adquirir destrezas y experiencias que incrementen su autonomía. Lo ideal es que ambos padres vigilen las actuaciones del niño a prudente distancia permitiéndole aprender de sus propios errores y brindándole la posibilidad de construir experiencias nuevas haciéndose dueño del ambiente en el que se encuentra conociendo palmo a palmo el espacio que habita, los sonidos que lo envuelven, las texturas que rozan su piel y los aromas que identifican objetos, acciones o personas.