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Thread Placement of a Single-Thread Micro-Benchmark

4.4 PARSEC Benchmark Suite

5.1.1 Thread Placement of a Single-Thread Micro-Benchmark

el establecimiento de sus niveles de inserción en la sociedad de ese entonces”. (Barona 1995: 89).

Ahora bien, es importante señalar –como trataré de hacerlo en el siguiente aparte– que en un alto grado, la fragmentación territorial y las disputas regionales que luego quisieron disfrazarse bajo un proyecto de unidad, obedecieron en un alto porcentaje a la miopía inmersa en el uso del poder colonial que ante la ‘diferencia’ optó por la violencia y por la asimilación, y en un segundo momento a la incapacidad que motivó a la élite criolla a trazar lazos de ‘unidad’ sin validar la diferencia propia a cada región. El proyecto criollo encontrará nuevos asideros en las contemporáneas formas de planificación y ordenamiento territorial, pero esa será una discusión que daré en el capítulo II.

1.2.2 Un espacio conexo desde lógicas ‘otras’

Así como desde la arqueología se encuentra una amplia variedad de estudios que atestiguan la articulación y el manejo territorial de las diferentes comunidades indígenas, al igual que las dinámica de sus rutas comerciales que se desplegaba con facilidad por los diversos accidentes geográficos, es también cierto que para los españoles, la geografía representó uno de los mayores obstáculos a salvar y en consecuencia también, uno de los mayores condicionantes para la fundación de centros poblados y para la articulación de sus lógicas territoriales.

Se podría suponer –basado en estas experiencias y en los elementos analizados hasta el momento– que este tipo de dinámicas no alcanzaron a ser reconocidas y mucho menos valoradas desde la lógica española, lógica que sirvió como escala y como patrón de medición frente a la cultura occidental. La imposición de nuevos ordenes y la imposibilidad de leer los anteriores, generó una primera gran ruptura y fragmentación territorial.

Sin embargo, y pese al uso de la violencia y de la asimilación como formas de negar ‘lo otro’ o de ubicarlo en la prehistoria57

de la civilización para declarar su inferioridad constitutiva, no pudieron borrar de tajo esas grafías que los diferentes grupos habían empezado a trazar y a adaptar sobre el territorio. Dicha ubicación en la ‘prehistoria’ responde a un dispositivo de control aferrado al discurso de la alteridad. Este discurso, siguiendo al antropólogo Cristóbal Gnecco, está permeado por dos aspectos centrales, “es moralizante y localizante” (Gnecco ([2006] 2008: 222).

Moralizante porque el proyecto civilizador comparte tres características mínimas, cuya lógica cultural fue construida por la síntesis entre el evolucionismo social y el darwinismo: (a) la civilización moderna es superior; (b) esta superioridad supone un imperativo moral: civilizar, modernizar, desarrollar a los primitivos, bárbaros, sub-

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Siguiendo las lógicas impuestas en la conquista y colonización, “[…] a finales del siglo XIX y principios del XX el pensamiento liberal integrista reivindicó a las sociedades prehispánicas civilizadas como génesis de la nación. La significación de sociedad ‘civilizada’ fue precisa: estratificada, con varios niveles de toma de decisiones, con discriminaciones institucionales, con aparato legal, religión, ejercito, tributo y, de manera central, territorio. Sin embargo, a esas sociedades no se les permitió sobrevivir en el tiempo ni en el espacio de la retórica nacionalista”. ”. (Gnecco ([2006] 2008: 228).

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desarrollados, tercer-mundistas; (c) si este empeño moral encuentra oposición o se concibe como imposible el uso de la violencia resulta legítimo, el victimario se resignifica en víctima y el sufrimiento de los otros aparece como inevitable (Cf. Dussel 1994). (p. 222).

En este primer momento, pervive, bajo el argumento de lo ‘moralizante’, el constructo de las jerarquías y del uso de la violencia como elemento conductor hacia la legitimidad, sin embargo, veamos el segundo aspecto propuesto por Gnecco, que ilustra mejor esa ‘localización’ en la ‘prehistoria de la civilización’.

[…] el carácter localizante de ese discurso construye el locus espacio-temporal en el cual aparece (o desaparece) la alteridad étnica. […] En ambos casos el otro es el sujeto lejano en el tiempo y en el espacio (un habitante de la naturaleza). […] Fabian (1983) llamó a este fenómeno simultáneo de desespacialización y temporalización, que estableció la lógica fundante del orden colonial, negación de la coetaneidad. Por eso uno de los requerimientos esenciales de la modernidad fue la existencia de una cronopolítica. Para que el otro (lejano en tiempo y espacio) pudiese ser ‘atraído’ al tiempo moderno (el lugar de la cultura) hubo que universalizar la historia. Para que el otro fuese atraído primero se necesitó su localización en un tiempo-lugar lejano: de esta manera la distancia aparece como un pre-requisito del proyecto civilizador; sin ella, ese proyecto no existiría. El discurso espacio-temporal usado por occidente para localizar el espacio-tiempo de la alteridad es un discurso distanciado, que ha producido tiempos y espacios marginados de, y colonizados por, el tiempo y el espacio occidentales. Este discurso ha tipologizado temporalidad y espacialidad con categorías políticas más que disciplinarias (como salvaje, primitivo, tribal, mítico). (p. 223; énfasis agregado). Ahora bien, es importante señalar que el tiempo del otro, establecido a través de la distancia espacio-temporal, es un tiempo detenido, en el cual no ocurren cambios, por tal razón, es un tiempo que hay que rescatar, que hay que ‘atraer’, hacia un ‘tiempo evolutivo’ para que en él, comiencen a operar los cambios, los avances y los ‘desarrollos’ propios a la empresa moderna. “El poder se articula directamente sobre el tiempo; asegura su control y garantiza su uso. Los procedimientos disciplinaros hacen aparecer un tiempo lineal, cuyos momentos se integran unos a otros, y que se orienta hacia un punto terminal y estable. En suma, el tiempo es ‘evolutivo’”. (Foucault [1975] 2009: 186).

Estas características inmanentes al discurso de la alteridad, hicieron parte del crisol interpretativo a través del cual fue referido y asimilado el cuarto continente, que distanció en un primer momento a indígenas y en un segundo, a los negros esclavizados, aferrándolos a una naturaleza agresiva y salvaje, pero a la vez como serviles y funcionales a la cultura. Esta dicotomía, que no es natural sino discursiva, se ha normalizado a tal punto

que hacer una historiografía critica al respecto, resulta en una empresa de gran complejidad. “Durante la Conquista y casi toda la Colonia los territorios ocupados por los

indígenas y situados dentro de las estrechas fronteras mineras y agrícolas, fueron referentes mercantiles, integrados al precario sistema económico a través del despojo”. (Gnecco ([2006] 2008: 224). Con la llegada de las naos negreras al nuevo mundo, se vinculó otra

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variable a este entramado de relaciones, los esclavos que se empezaron a ser distribuidos por el territorio, encontraron en las minas y en las haciendas su principal centro de trabajo, desplazando por su fortaleza la mano de obra indígena. Su adaptación a condiciones hostiles y a climas poco benévolos –en términos de las geografías jerarquizadas de raza– permitió el trabajo donde indígenas y europeos enfermaban y morían con relativa facilidad. Además, con el desplazamiento de los indígenas hacia zonas más elevadas, –generalmente de piedemonte de cordillera–, empezó de manera incipiente un manejo de costas, ríos, selvas y manglares, es decir, una compenetración con el medio y en consecuencia, un primer momento de –lo que he tenido a bien denominar en esta investigación– (re)configuración territorial.

Aún con la presión que supusieron los arduos trabajos, sus extremas jornadas y el absurdo maltrato, los esclavos negros –quizá también por ser su única opción–, empezaron a obtener de estas zonas geográficas las mínimas condiciones que requerían para garantizar una incierta sobrevivencia, el conocimiento, comprensión y adaptación a estos territorios, colaboraron, por ejemplo, en que las cuadrillas pudieran desplazarse hacia lugares cada vez más alejados del dominio del colonizador y así, empezar a contemplar, pese a la hostilidad generalizada, un escenario de libertad. Lejos de ‘predecir’, –como así lo hacían muchos de los mapas de la época– las dinámicas territoriales, estos grupos empezaron de a poco, a trazar y marcar culturalmente el territorio, en cuya empresa estaba implícita, claro, la producción de conocimiento.

Este conocimiento que fue creciendo y alimentándose con nuevos elementos, que encontró una mixtura con sus saberes previos, nunca se perdió del todo, muy a pesar de la lógica avasallante, que obviamente si impidió continuidades y evoluciones, forzó a olvidos y condicionó posiciones. Sin embargo, tras la adaptación o asimilación de las ideas del colonizador, corría paralela una forma sinuosa y sincrética de conservación, un afán de no perder –o al menos no del todo– las raíces.

En suma, los esclavos negros desarraigados del continente africano, emprendieron un proceso de reconstrucción y de adaptación en el nuevo territorio americano. En este tránsito se sucedieron una serie de acomodamientos, de fusiones y de hibridaciones, “El contacto forzoso entre españoles, indígenas y africanos en tierras del Pacífico fructificó en una especial postura frente al habla como hecho cotidiano” (Vanín 1996). No sería posible desconocer así la herencia y trascendencia que ha tenido el continente africano en el nuevo tejido cultural que los esclavos negros empezaron a generar en América, lo anterior encuentra cabida en una línea investigativa actualmente conocida como: Enfoque Afroamericanista58, que trata de develar todo tipo de conexiones y rupturas del legado africano en América, veamos:

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Si bien han sido varios los autores que desde la década de los años cincuenta del siglo XX trabajaron desde este enfoque en Colombia, “[…] se puede argumentar que Jaime Arocha, Nina S. de Friedemann y Adriana Maya han sido los autores que han estado activos decantando una específica forma de sustentar una posición afroamericanista (aquella que argumenta apelando a huellas de africanía con base en la combinación de los enfoques conceptuales de Bateson y del materialismo y la ecología cultural). Por eso es importante tener en consideración de que no hay un modelo afroamericanista en singular, sino diferentes posiciones que ameritas ser examinadas en sus especificidad argumentativa”. (Restrepo 2005: 79-80).

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De manera general, las perspectivas afroamericanistas son aquellas que, de acuerdo con diferentes propuestos teóricos y metodológicos, hacen un énfasis en las continuidades y rupturas de los legados africanos en su explicación de las expresiones culturales de los descendientes africanos en el nuevo mundo así como de su contribución en la constitución de las diversas sociedades. (Whitten y Torres, citado en Restrepo 2005: 79).

Sin embargo, es cuestionable pensar que todo lo que empezó a pasar en América en torno a las mezclas y fusiones comentadas anteriormente, dependiera exclusivamente de la herencia africana, es decir, que de alguna manera se estarían negando las construcciones culturales que dichos grupos tuvieron desde su llegada al nuevo continente. “Así, los africanos llegados a América, no constituían de antemano una comunidad ni representaban una cultura, sino que devinieron en comunidades y crearon culturas ante las nuevas situaciones”. (Mintz y Price, citado en Restrepo 2005: 82). Al respecto, Jaime Arocha brinda un interesante aporte conceptual en aras de explicar estas dos situaciones a través de los conceptos de Africanidad y Africanía.

El concepto de Africanía se refiere a aquella identidad que los afrodescendientes fueron generando para resistirse a la civilización, aún antes de que a los cautivos se les forzara por la ruta trasatlántica. […] para modelarse en respuestas a la apropiación de los vínculos, objetos, plantas y animales que les ofrecían los nuevos sistemas sociales y ambientales de América […] En África hay africanidad, no africanía. Esta última designa la reconstrucción de la memoria que –con muy diversas identidades– tuvo lugar en América, a partir de los recuerdos de Africanidad que portaban los cautivos. (Arocha 2002: 53-57).

Se podría sugerir en línea con la argumentación, que la (re)configuración territorial en el nuevo territorio, y de manera específica en el hoy Pacífico sur colombiano, devino como una forma de africanía, en la que, claro, hubo un proceso parcial de reconstrucción de la memoria, y de otro lado, de construcción de una comunidad y de una cultura ante los nuevos elementos brindados por el medio, las jerarquías sociales y las dinámicas del poder y la autoridad. La pervivencia y posterior lectura de estos rastros, se convertirán en los hilos para tejer e interpretar un segundo momento de (re)configuración territorial que empezará su desarrollo en la postrimería del siglo XX, permitiendo lecturas que darán cuenta de continuidades y conexiones que no se perdieron –o al meno, no totalmente– y que pueden brindarnos elementos para advertir formas de interpretación territorial ‘otras’, a las que trataré de acercarme en los capítulos II y III.

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1.3 Las tierras de “nadie”59