• No results found

«…y el ejército es responsable, no os quepa la menor duda. ¿Pero acaso no os dais cuenta de que son los mismos? Los que mandaban antes son los mismos que mandan ahora; se han cambiado de traje y de discurso, pero idénticos perros son. Para empezar, la iglesia que tenemos es la misma iglesia que zahirió la necesidad de una guerra y alentó a Franco para que la gestionara, le ayudó durante la contienda santificándola, bautizándola como “cruzada” y convirtiendo en mártir a cualquier muerto sin mirar qué muerto era, siempre y cuando vistiera de azul. Y cuando los cañonazos terminaron, mantuvo a las masas tranquilas, bien por adormecidas, bien por sometidas, justificó el origen divino del régimen y le chivó los deslices políticos de aquellos cándidos que reconocían su disensión política bajo secreto de confesión. Y a cambio, Franco le dejó el monopolio sagrado de la fe para ellos solitos, y gobernar directamente algunos aspectos de la vida terrena. Continuando con los beneficiados, están las oligarquías económicas, los poderosos de siempre, banqueros, terratenientes, industriales y nobles con posibles; todos ellos pagaron muy a gusto y muy bien pagada la guerra, porque haciendo cuentas entendieron que les salía barata en tanto en cuanto gracias a ella mantenían, e incluso aumentaban sus privilegios. Hoy los hijos de aquellos banqueros y terratenientes pagan otro tipo de guerras que ya no se hacen con fusiles, sino con la libertad de movimiento de capitales y la política al servicio de estos. Y para mantener el solar tranquilo, en silencio y con la mirada gacha, ¡¡¡el ejército!!!, ¡¡¡el glorioso ejército español!!! Me cago en el ejército un millón de veces. No han sufrido las gentes de este país mayor traición y humillación que la que le infligió su ejército en 1936. Por desgracia, estamos acostumbrados en España a que periódicamente el ejército nos “salve la vida” sin que se lo pidamos, o eso creemos, que nos la salva, porque en realidad lo que hacen los militares cada cierto tiempo es evitar que curas y banqueros empeoren algo su privilegiada calidad de vida, y para eso, para dar buen servicio a los que mandan, obedeciendo órdenes o motu propio, de vez en cuando declaran una guerra, dan golpes militares o imponen el toque de queda, y después, lo justifican diciendo que era por salvar nuestra miserable vida,

que tenemos que estarles eternamente agradecidos, y como los agradecimientos verbales no se comen, exigen el trozo de vida que nos queda y la obediencia como moneda de pago.

La historia así lo indica: los militares siempre han trabajado para los poderosos; son sus perros amaestrados, no penséis que hacen lo que quieren, cuando quieren o que actúan de por libre, y si se les ocurre hacerlo, pagan las consecuencias amargamente porque no llegarán a ningún sitio si no van acompañados en el viaje de los oligarcas económicos y del permiso de dios. Tenéis un ejemplo relativamente cercano: el golpe de Tejero de hace unos años. ¿De verdad pensáis que eso iba a funcionar? No, amigos; el rey no nos ha salvado de nada, de hecho, ha sido un torpe reaccionando tan tarde, y si no ha sido un torpe, resulta que en la Zarzuela había más comprensión y complicidad que la que nos han querido hacer tragar. En cualquier caso, de haber triunfado el golpe yo os digo que en poco tiempo lo hubieran hecho derivar hacia el más rotundo de los fracasos, o tal vez, lo habrían vestido a prisa y corriendo de democracia. Y esto es así porque nos encontramos en otro ámbito histórico, social y económico; hace treinta años un dictador era algo común en el escenario y las bambalinas de la política internacional, y no desentonaba; hoy queda feo todo aquello que no huela a democracia liberal, y a la banca y a la iglesia, el tufillo de la democracia no les molesta en exceso siempre y cuando ellos sigan mandando; y en esa tesitura no dejaran carreras en solitario, sino que obligarán a los militares a que se plieguen a las nuevas necesidades, y lo militares, salvo cuatro exaltados sin dos dedos de frente que serán apartados y sacrificados, van a obedecer, a callar y a acatar su nueva función, como buenos perros adiestrados que son».

Los pocos, cuatro o cinco, que habían decidido perder algo de su tiempo escuchando a aquel mendigo borracho de tres patas, se largaron. Solo quedó uno saboreando la amargura que en su boca había dejado el discurso del rojo borracho que se apoyaba cómo podía en sus muletas y en la pared. Él, el oyente, que no tenía cara de buenos amigos, permanecía inmóvil y firme ante Julio, el cual, mientras bebía del cartón mirando por el rabillo del ojo, se dio cuenta de dos cosas: la primera, que el tipo que se había parado ante él le estaba taladrando con los ojos mientras sujetaba con soltura y decisión a un perrazo horrible difícil de doblegar para cualquiera que no estuviera

acostumbrado a mandar; y la segunda, que el hombre y el perro que lo miraban descaradamente eran, como él mismo lo era, camaradas de la calle. Tu perro da miedo. Por eso lo elegí y por la misma razón vive conmigo. Deberías tener cuidado; un bicho de estos puede meterte en problemas muy gordos. Tranquilo, él sabe obedecer a quien manda; como tú bien dirías, “es un buen perro adiestrado”.

En ese momento, el animal se lanzó hacia Julio impulsándose con rabia en las patas traseras mientras recogía las de delante para hacer más efectivo el salto; un salto, en cualquier caso, abortado, porque el Barón tenía reciamente sujeta la correa que ataba al perro y que precisamente lo hacía perro obediente a diferencia del amo, cuyo nombre propiamente indica que él y no otro posee y manda al can.

Quieto Cetme, ¡¡¡quieto, hostia!!!, ¡¡¡sit!!! Y el perro con nombre de fusil de asalto, como no podía ser menos y como de él se esperaba, se sentó y dio muestras de tranquilidad sacando la lengua y respirando tranquilamente. ¿Lo ves?, obedece. Gracias, pero insisto, este perro es peligroso y puede... No me ha hecho maldita la gracia todo lo que has dicho sobre el ejército, especialmente lo de compararlo con un puto chucho. Lo siento, pero así lo creo, y como lo creo lo expongo. Tú no tienes ni puta idea. Hablo desde la experiencia, sé lo que digo. ¿Qué experiencia? Yo he sido militar. Entonces además de malnacido eres un traidor. Lo de malnacido, tal vez, pero traidor, ¿quién eres tú para llamármelo? El coronel Beltrán-Kensington, en la reserva, ¿y tú? Julio González Barbosa, médico internista del Ejército, y capitán. No te creo. Ya, lo entiendo, pero es la verdad. Entonces, no tienes perdón de Dios, debería matarte aquí mismo. Eso no tendría sentido, porque a ciencia cierta para el ejército, para la sociedad y desde luego para dios, yo ya estoy muerto, pero, aunque no fuera así, tú no tienes cojones para matarme.

Cetme percibió que las voces adquirían tonos estridentes más cercanos a la ira que a una simple discusión acalorada, y demostró que él también sabía ponerse tenso y a la altura de la situación enseñando los dientes. El Barón sonrió una mueca torcida.

Te equivocas; soy capaz de eso y de mucho más, y tú lo sabes. Tal vez; ahora que te miro y vuelvo a escuchar gruñir a ese bicho, quizás sea cierto que tengas el valor para matarme a mí o a cualquiera, cosa que no te hace más valiente, sino solo un poco más loco de lo que yo creo que ya estás. Sí,

es más que probable que esté loco, pero lo de matarte no sería más que un acto de limpieza, quirúrgico —si eres médico lo entenderás— a todas luces cuando se trata de extirpar un tumor que emponzoña la imagen del ejército, de sacrificar al perro que tú eres y que muerde la mano que le da de comer. ¿La mano que me da de comer?, ¿pero tú me has visto?, y por otro lado, ¿cómo iba a consentir el ejército tener entre sus filas a un pedigüeño borracho como yo?; la gente que me arroja dos duros... esa es la mano que me da de comer, pero, sobre todo, de beber, que es lo que yo necesito; hace mucho que el ejército no me paga, hace mucho que el ejército me jodió la vida y que borró la que pudiera quedarme, tanto del pasado como del futuro, pero nada le reprocho, nada le pido, en realidad, nadie sabe que un día fui militar, y con esta apariencia, ¿quién podría imaginarlo?, y mejor así, ¿dónde quedaría la coherencia de mi discurso?... pero ahora que te miro y lo pienso, con esas pintas, esos restos de uniformes de diferentes ejércitos mezclados, ese olor a vinazo y ese perro... a ti te tiene que pasar lo mismo que a un servidor, ¿o no?, ¿acaso el ejército responde por ti y perteneces a un comando de operaciones, “los mendigos de asalto”, por ejemplo, o tal vez, vas camuflado y de incógnito en misión especial... o es que el ejército o la propia vida ha mordido tu mano al igual que yo, según tu opinión, he mordido la del ejército?

Muy en contra de lo que la gente creía, el Barón no llevaba un 38 corto en el fondo de su petate. Eso carecería de sentido; ¿cómo agarrarlo rápidamente si es que hacía falta? El revolver siempre iba oculto en su sobaco izquierdo, en una funda bruñida y domesticada de piel de camello que le hizo un guarnicionero en el Sahara, hace mucho tiempo. Aquel viejo de muletas estaba pidiendo a gritos que el trozo de hierro americano saliese a reencontrarse con la brisa de la calle. Cetme estaba deseando recibir la orden de ataque, y el Barón se sujetaba a sí mismo para no cejar en la sujeción del perro, que sin dudarlo saldría a destrozar a la escoria humana que tenía delante en cuanto notase que su dueño cedía en la tensión de su correa.

¿Ves?, va a resultar que yo tenía razón y que en realidad no tienes cojones.

En ese instante, apareció el coche patrulla de la guardia municipal, que paró en doble fila frente al lugar donde se encontraban los dos mendigos. El policía que iba de copiloto bajó del coche y dijo, ¡Eh, Julio!, esta noche

parece que van a bajar mucho las temperaturas; no tenemos a nadie en los calabozos, así que, si quieres, ya sabes, un colchón para dormir tienes.

El Barón, en cuanto vio las luces azules del coche de policía, tiró de la correa de Cetme y se perdió General Ricardos abajo. No se esperó a ver qué querían los guardias del malnacido rojo y cojo de las muletas, que, con su comunismo de acera, había conseguido calentarlo como hacía mucho tiempo que nadie lo lograba. Si era verdad que semejante borracho había pertenecido al ejército, merecía consejo de guerra, veredicto y paredón; el consejo ya se había producido mientras conversaban, el veredicto ya lo tenía en su cabeza el Barón, y tan solo quedaba ejecutar la sentencia, y eso, tarde o temprano, sería llevado a cabo. Solo necesitaba conocer algunos detalles más de Julio —de Julio González Barbosa, lo había memorizado concienzudamente— y tal información, con un par de tardes de seguimiento y observación, la tendría en pocos días. El odio que surge de un calentón, para luego enfriarse en los remansos del olvido, no era el tipo de odio al que el Barón estaba acostumbrado. No, él se encargaba de mantenerlo tal cual, a fuego lento, como un estofado, y al guiso le iba añadiendo poco a poco su sal, su pimienta, su guarnición, de tal forma que al final quedaba el odio original flotando en un caldo espeso como la pez, cargado de un sabor persistente, destinado a una masticación lenta y a una digestión pesada.

Según bajaba por la avenida y se desviaba buscando la dirección correcta hacia su guarida, con su perro ligeramente adelantado en un trote poderoso y alerta a cualquier traición de vanguardia contra su amo, el Barón, en un descuido, pensó involuntariamente que, quizás, una conversación pausada con un camarada, a pesar de que aquel tullido fuera el traidor que había mencionado ser, resultaría agradable, recreativa, evocadora. Tal vez, tendrían algunos puntos de vista comunes. Se veía sentado en la acera, compartiendo un cartón de vino, o incluso la botella de coñac que tenía guardada, contando historias de milicia y cuarteles que atraerían incluso los buenos recuerdos; y tras las risas, le diría a aquel rojo que su discurso sobre los militares, salvo algunos matices, era completamente cierto, y que él mismo era la prueba, que su pobreza extrema, su modo de vida, sus circunstancias actuales y las que le llevaron a dejar el mundo militar, no eran sino consecuencia de algunos de los argumentos que él había referido. Pero Cetme, alerta ante cualquier ataque, viniera de donde viniera, y con un olfato misteriosamente certero y finísimo para detectar cualquier falla en la

psicología de su superior, entendió que el Barón atravesaba peligrosamente la frontera de la debilidad porque —y hasta semejantes y profundos entresijos llegaba su olfato— inexplicablemente su amo estaba empatizando, dándole la razón al enemigo, y eso de asumir al contrario no podía ser de ninguna de las maneras. En un civil, tal vez, pero resulta impensable en todo un coronel, y tras detenerse firmemente, ladró, ladró a su amo con violencia sacándolo del peligro que, en la mayoría de los casos, el pensamiento libre y la reflexión acarrea. De nuevo, con los pies en la tierra, el Barón acarició a su perro y le dio las gracias por haberle devuelto a la senda correcta, esto es, a la senda de la venganza, porque el mendigo militar debía vengarse del piojoso pedigüeño borracho y lisiado que, poniéndose verbalmente a su altura, le había contestado y rebatido sin miedo, y al hacerlo de tal guisa, sin respetar el escalafón, sin pedir permiso ni perdón, le había humillado, rematando además la faena con lo peor que se le podía hacer a un militar de raza como el Barón: decirle por dos veces que no tenía cojones.

Related documents